Verlioka

Publicada en Publicada en CUENTOS, Rusos

verliokaUna vez vivía un matrimonio anciano con dos nietos huérfanos, tan hermosos, tan dóciles y buenos, que el matrimonio los quería sin medida. Un buen día se le ocurrió al abuelo llevar a los nietos al campo para enseñarles un plantío de guisante, y vieron que los guisantes crecían espléndidos. El abuelo se regocijó al ver aquella bendición y dijo:
– No hallaréis guisantes mejores en todo el mundo. Cuando estén bien granados, haremos de vez en cuando sopa y tortilla de guisantes.
Al día siguiente, el abuelo mandó a su nieta, diciendo:
– ¡Anda y ahuyenta a los gorriones de los guisantes! La nieta se sentó junto al plantío, agitando una rama seca y diciendo:
– ¡Fuera, fuera, gorriones que picoteáis los guisantes del abuelo hasta que os hartáis!
De pronto oyó un retumbar de pasos en el bosque y se le presentó Verlioka, un gigante de enorme estatura, con un ojo, nariz ganchuda, barbas como zarzas, bigotes de una cana de largo, pelos como cerdas, cojeando de un pie, apoyándose en una muleta, enseñando los dientes y sonriendo. Se acercó a la preciosa niña, la cogió y se la llevó detrás del lago.
El abuelo espera que espera, y al ver que la nieta no volvía mandó al nieto en su busca. Pero Verlioka se lo llevó también. El abuelo espera que espera, hasta que dijo a su mujer:
– ¡Cuánto tardan nuestros nietos! ¡Se habrán entretenido retozando por el campo o cazando estorninos con algún muchacho, y entretanto los gorriones darán cuenta de nuestros guisantes! ¡Anda, mujer, y enséñales a tener juicio!
La anciana dejó el fogón, cogió el palo que guardaba en un rincón y se alejó; pero no volvió. En cuanto Verlioka la vio en el campo, se le acercó gritando:
– ¿Qué buscas aquí, bruja? ¿Vienes a desgranar guisantes? ¡Si tanto te gustan, voy a dejarte entre los guisantes para siempre!
Y levantando la muleta, empezó a golpear a la anciana hasta que la pobre

perdió el sentido y se quedó tumbada en el suelo, más muerta que viva.
El abuelo esperó en vano la vuelta de los nietos y de su mujer, y empezó a murmurar contra ellos, diciendo: “¿Dónde, demonios, estarán? Bien dicen que un hombre nada bueno puede esperar de su costilla”. El viejo resolvió ir en persona al plantío de guisantes, y allí encontró a su mujer en tan lastimoso estado, que apenas la conocía; pero de sus nietos no vio ni rastro. El abuelo gritó, cogió a la anciana y poco a poco la arrastró hasta casa. Allí le roció el rostro con agua fría y la reanimó. La abuela abrió los ojos, y contó al marido lo que le había pasado. El abuelo se puso furioso contra Verlioka y gritó:
– ¡Eso pasa de broma! Espera un poco, amigo, y te demostraré que también tenemos brazos. ¡Ten mucho cuidado, Verlioka, y procura que no te retuerza los bigotes! ¡Tú has hecho el mal con tus manos y lo pagarás con tu cabeza!
Y como la abuela no trató de retenerlo, el abuelo cogió su bastón de hierro y salió en busca de Verlioka.
Anda que andarás, anda que andarás, llegó ante un pequeño estanque donde nadaba un pato sin cola, que al ver al abuelo dijo:
– ¡Cuac, cuac, cuac! ¡Dios te conserve la vida cien años, abuelo! ¡Hace mucho tiempo que te esperaba aquí!
– ¡Salud, pato! ¿Por qué me esperabas?
– ¡Sé que buscas a tus nietos y que quieres ajustar las cuentas con Verlioka!
– ¿Cómo conoces a ese monstruo?
– ¡Cuac, cuac, cuac! -graznó el pato-. ¿Cómo quieres que no lo conozca, si fue él quien me arrancó la cola?
– Entonces, tal vez puedas decirme dónde vive.
– ¡Cuac, cuac, cuac! No soy más que un ave pequeñita, pero me daré el gusto de hacerle pagar mi cola. Te diré dónde vive.
– ¿Quieres ir delante y enseñarme el camino? ¡Aunque te falte la cola veo que no te falta cabeza!
El pato salió del agua y se puso a caminar contoneándose.
Anda que andarás, anda que andarás, llegaron ante un trozo de cuerda tirado en el camino, que dijo:
– ¡Hola, abuelito juicioso!
– ¡Hola, cuerdecita!
– ¿De dónde vienes, y adónde vas?
– Vengo de tal y tal parte y voy a vérmelos con Verlioka, que ha pegado a mi mujer y se ha llevado a mis dos nietos, y ¡qué nietos, si los vieses!
– Llévame y tal vez pueda ayudarte.
El abuelo pensó: “Podría llevármela y quizá me serviría para ahorcar a Verlioka”. Y contestó a la cuerda:
– Ven con nosotros, si sabes el camino.
Y he aquí que la cuerda se puso en movimiento ante ellos arrastrándose como una culebra.
Anda que andarás, anda que andarás, llegaron ante un molino de agua, que dijo:
– ¡Hola, abuelito juicioso!
– ¡Hola, molinito de agua!
– ¿De dónde vienes y adónde vas?
– Vengo de tal y tal parte a ajustarle las cuentas a Verlioka. Figúrate que ha molido a palos a mi mujer y se ha llevado a mis nietos, y ¡qué nietos, si los
vieses!
– ¡Llévame contigo y tal vez pueda ayudarte!
Y el abuelito pensó: “El molino de agua también puede ser útil”.
Entonces el molino se levantó y apoyándose en la turbina echó a andar delante del abuelo.
Anda que andarás, anda que andarás, llegaron ante una bellota tirada en el camino, que dijo:
– ¡Hola, abuelito narizotas!
– ¡Hola, bellota robliza!
– ¿Dónde vas tan aprisa?
– Voy a zurrar a Verlioka. ¿Lo conoces?
– ¡Ya lo creo! ¡Llévame contigo y te ayudaré!
– ¿Pero en qué puedes ayudarme?.
– ¡No escupas en el pozo si no quieres tenerte que beber tú solo el agua!
El abuelo pensó: “Por qué no llevármela?” Y dijo a la bellota:
– ¡Síguenos rodando!
Pero aquello fue un rodar extraordinario, porque la bellota se puso de pie y marchó dando brincos delante de todos.
Llegaron a un espeso bosque tan tenebroso que daba horror, y en el bosque había una cabaña solitaria, ¡y tan solitaria! La estufa estaba apagada y había un potaje de trigo cocido con leche para seis. La bellota que sabía de qué se trataba, dio un salto y se metió en el potaje. La cuerda se puso tirante en el umbral. El abuelo colocó el molinito en el banco. El pato se situó sobre la estufa, y el abuelo fue a colocarse en un rincón.
De pronto se oyó un retumbar que venía del bosque, y Verlioka apareció caminando sobre un pie calzado de madera y apoyándose en la muleta; entró en la cabaña, dejó en el suelo una carga de leña que traía y se puso a encender la estufa. Pero la bellota que estaba en el potaje se puso a silbar una canción:
¡Pi, pii, piii!
¡Para moler a Verlioka estamos aquí!
Verlioka se enfureció y cogió la olla por el asa, pero el asa se rompió y todo el potaje se esparció por el suelo. La bellota dio un brinco y vació a Verlioka el único ojo. Verlioka lanzó un rugido, agitó el aire con los brazos y de buena gana hubiera salido de allí corriendo. Pero por vueltas que daba, no podía encontrar la puerta. Entonces la cuerdecita se le enredó entre las piernas y lo hizo caer de espaldas contra el umbral, derribando sobre él el molino que cayó con fuerza del banco. Entonces el abuelo salió del rincón y con su bastón de hierro empezó a darle golpes con toda su alma, mientras el pato gritaba desde la estufa con toda la fuerza de sus pulmones: “¡cuac, cuac, cuac! ¡Mátalo, mátalo!” Ni valor ni fuerza fueron de ninguna utilidad para Verlioka. El abuelo le dio golpes hasta dejarlo muerto y luego derribó la cabaña y abrió el calabozo y del calabozo sacó a sus nietos. Luego recogió todo el tesoro de Verlioka y se lo llevó a su mujer. Y vivió feliz con ella y sus nietos, cultivando los guisantes y cerniéndolos en paz y tranquilidad. Y yo que lo conté y vosotros que lo escuchasteis también merecemos probarlos.

Deja un comentario