Punchkin

Punchkin

Publicada en Publicada en CUENTOS, De la India

Punchkin

Hubo una vez un Rajá que tenía siete hermosas hijas. Todas eran buenas y honradas, pero la más joven, llamada Balna, era muchísimo más inteligente que las otras. La Raní, su madre, murió cuando las hermanas eran aún muy jóvenes, dejándolas sin nadie que pudiera cuidar de ellas.
Como el soberano temía ser envenenado por alguno de sus enemigos, las siete princesas encargáronse de prepararle la comida. Además, mientras estaba ausente, discutían con los ministros los asuntos de la nación.
Por entonces murió el Gran Visir, dejando mujer y una hija. Cada día, mientras las siete princesas preparaban la comida del Rajá, la viuda acudía a visitarlas, pidiéndoles unos carbones encendidos para su cocina. Balna, que no se fiaba de ella, no se cansaba de repetir a sus hermanas:
– No hagáis lo que pide esa mujer. Si quiere fuego que lo encienda en su casa. Estoy segura de que alguna vez nos arrepentiremos de haber sido tan complacientes.
Pero las demás princesas no se dejaron convencer.
– No seas así, Balna -contestaban.- ¿Por qué estás siempre peleándote con esa pobre mujer? ¿Qué importa que le demos unos carbones? Somos ricos y no nos puede causar ningún perjuicio.
Así, la viuda del Gran Visir, con la excusa de recoger en un plato de cobre unas ascuas, y aprovechando algún momento en que nadie la observaba, ponía un poco de barro en la comida del Rajá.
El soberano que quería mucho a sus hijos, se extrañó al ver barro en los manjares y como nadie más que ellas entraba en la cocina, supuso que sería un descuido de alguna de las princesas. Pero como la cosa se repitiera días y más días, al fin decidió descubrir el motivo, aunque sin decir nada a las jóvenes, pues no deseaba disgustarlas.
Oculto en la habitación próxima, observó a sus hijas por un agujero abierto en la pared. Pudo ver cómo las princesas lavaban cuidadosamente el arroz y preparaban los diversos ingredientes de la comida. Al poco rato advirtió la llegada de la viuda del Gran Visir que, como otras veces, pidió unas brasas para su cocina. Balna se encaró furiosa con ella y le dijo:
– ¿Por qué no encendéis fuego en vuestra casa, en vez de venir aquí a molestar? Una vez más os digo, hermanas, que no debéis darle ni una pavesa.
– Deja que esa pobre mujer coja el carbón que necesite replicó la hermana mayor.- No puede hacernos ningún daño.
– No estés tan segura. Si sigue viniendo cada día, no me extrañará que nos cause más de un disgusto.
En aquel momento el Rajá vio que la viuda del Gran Visir echaba un puñadito de barro dentro de la cazuela.
Irritado por lo que acababa de presenciar, ordenó a sus guardias que la detuvieran y la condujesen a su presencia. Pero, cuando la mujer llegó ante él, le dijo que había hecho aquello porque deseaba obtener una audiencia suya. Habló de manera tan persuasiva que el Rajá, no sólo le perdonó el haberle echado barro en la comida, sino que, prendado de ella, la hizo su esposa.
La nueva Raní odiaba profundamente a las siete princesas y decidió hacer lo posible por librarse de ellas, a fin de que su hija heredase todos los tesoros. Olvidando las bondades que las seis mayores habían tenido con ella, hizo cuanto pudo por mortificarlas. Para comer les daba sólo pan y agua, pero en tan poca cantidad que las pobres apenas podían sostenerse. Era tanta la tristeza e infelicidad de las muchachas, que se pasaban largas horas llorando ante la tumba de su madre, y diciendo:
– ¡Oh madre, madre! ¿No ves lo desgraciadas que somos y lo mal que nos trata nuestra madrastra?
Un día mientras sollozaban sobre la tumba, empezó a crecer un naranjo al lado de la losa. En pocos momentos sus ramas quedaron llenas de dorados frutos, con los cuales las princesas calmaron su apetito. Desde entonces, en vez de comer los malos guisos que les daba su madrastra iban a la tumba de su madre y se alimentaban con las excelentes naranjas.
Extrañada la Raní por lo insólito del caso, dijo un día a su hija:
– No comprendo cómo esas muchachas, que se niegan a comer lo que yo les doy, estén cada día más sanas. En vez de menguar, su belleza va en aumento, y son mucho más hermosas que tú misma. Vigílalas bien y dime si alguien les da algo.
Al día siguiente, la hija de la Raní, siguió a las siete princesas y las vio coger naranjas.
Balna, que se había dado cuenta de que eran seguidas, advirtió a sus hermanas:
– ¿Habéis notado que la hija de nuestra madrastra nos está espiando? Marchémonos de aquí, o escondamos las naranjas, pues de lo contrario, se lo dirá a su madre.
– No seas así, Balna -replicaron las otras.- Esa joven no será tan mala que haga una cosa así. Al contrario, lo que debemos hacer es ofrecerle algunas de estas frutas.
Diciendo esto, la mayor de las princesas, llamó a la hija de la Raní y le dio dos naranjas.
Apenas las hubo comido, corrió a explicar a su madre lo que ocurría.
Al enterarse la Raní de lo bien que se alimentaban las hijas de su marido, irritóse mucho y ordenó a sus criados que derribasen el naranjo y la tumba de la antigua reina. No contenta con esto, al día siguiente, fingió estar gravemente enferma y cuando vio que el Rajá se hallaba muy acongojado, le dijo que en sus manos estaba salvarle la vida.
– Sólo existe un remedio para mí, -murmuró- pero ya sé que vos no seréis capaz de proporcionármelo.
– Os juro que, lo que sea, os lo traeré -replicó el soberano.
– Pues bien, el único remedio para mi enfermedad consiste en que me echéis en la frente, en la barbilla, en el pecho, en los pies y en las palmas de las manos, una gota de sangre de cada uno de los cadáveres de las siete princesas, vuestras hijas.
Al oír estas palabras, el Rajá retrocedió horrorizado, mas como no podía faltar a su juramento, contuvo el dolor y fue a buscar a sus hijas, a quienes encontró llorando junto a la destrozada tumba de su madre.
Al verlas tan hermosas, dióse cuenta de que no podría matarlas, y con dulces palabras les pidió que le acompañasen a la selva virgen. Al llegar a un sitio muy alejado del palacio, hizo que encendieran una hoguera y preparasen un poco de arroz. A poco, como el calor era muy intenso, las siete princesas se quedaron dormidas; entonces el Rajá se alejó presuroso de ellas diciéndose:
– Es preferible que mis pobres hijas mueran aquí a que su madrastra las asesine.
En aquel momento se cruzó con un ciervo y le disparó una flecha matándole. Cogió un poco de sangre, y con ella, regresó junto a su esposa. Esta, creyendo que la sangre del ciervo era la de las princesas, sanó inmediatamente.
Al cabo de unas horas se despertaron las jóvenes. Al verse solas en la espesa selva, se asustaron mucho y empezaron a llamar a su padre. Pero éste se hallaba muy lejos y no hubiera podido oírlas aunque sus voces hubieran tenido la fuerza del trueno.
Dio la casualidad de que los siete hijos del Rajá del vecino país habían ido a cazar a aquella selva. Regresaban a su palacio cuando el más joven de ellos dijo a sus hermanos:
– Me parece que alguien pide socorro. ¿No oís voces? Dirijámonos hacia donde suenan y veamos lo que ocurre.
Los príncipes partieron hacia el lugar de donde salían las voces de las princesas y, al descubrirlas, su asombro no tuvo límites. Pero aún fue mayor cuando se enteraron de su historia. De mutuo acuerdo, decidieron que cada uno de ellos se casase con una de las siete hermanas. Y así el primero tomó por esposa a la mayor de las princesas, el segundo a la segunda, el tercero a la tercera, el cuarto a la cuarta, el quinto a la quinta, el sexto a la sexta, y el séptimo, que era el más bello de todos, casóse con la bellísima Balna.
El pueblo del padre de los siete príncipes se alegró mucho al ver a las hermosas princesas que los hijos de su señor habían tomado por esposas y los festejos duraron días y días.
Al cabo de un año, la hermosa Balna tuvo un hijo hermosísimo. Los príncipes y las seis princesas restantes quedaron tan prendados de él que en vez de dos padres parecía tener catorce. Ninguno de los otros matrimonios tuvo hijos y por ello todos decidieron que el niño sería el heredero de la corona.
Durante varios años una gran felicidad reinó en el palacio del rey, pero, un día, el marido de Balna salió a cazar y no regresó.
Los seis hermanos partieron en su busca y aunque transcurrió mucho tiempo, ninguno volvió a su hogar, sumando en hondísimo tristeza a las siete princesas que temían que sus esposos hubieran hallado la muerte.
Poco tiempo después de este triste suceso, mientras Balna mecía la cuna de su hijito y sus hermanas trabajaban en las habitaciones inferiores, un hombre santo fue a pedir limosna a las puertas del palacio.
– No puedes entrar -le dijeron los criados.- Los hijos del Rajá han partido todos y creemos que deben de haber muerto. Por ello no se puede interrumpir el dolor de las esposas.
El faquir no hizo caso de la prohibición y replicó:
– Soy un hombre santo y debéis dejarme el paso libre.
Los estúpidos criados no opusieron ya la menor resistencia, sin darse cuenta de que en vez de un santo faquir, era un brujo llamado Punchkin.
Tras mucho vagar por el palacio, Punchkin llegó a la habitación donde Balna mecía a su hijito.
La princesa gustó al brujo mucho más que las otras cosas hermosas que había visto en el palacio, y sin vacilar un momento, le pidió que accediera a ser su esposa.
Sin embargo, la princesa movió negativamente la cabeza y replicó:
– Mucho temo que mi marido haya muerto, pero mi hijo es aún muy pequeño y quiero enseñarle a ser un hombre de bien. Por ello no deseo casarme otra vez.
El mago, al oír estas palabras se enfureció mucho, y murmurando unos encantamientos, la convirtió en un perrito que cogió en brazos diciendo:
– Ya que no quieres venir conmigo de grado, te llevaré por fuerza.
Y así la pobre princesa fue sacada de palacio sin siquiera poder enterar a sus hermanas de su triste suerte.
Cuando Punchkin iba a salir, los guardias le preguntaron:
– ¿De dónde has sacado ese perrillo tan mono?
– Me lo ha regalado una de las princesas -contestó el brujo.
Convencidos por estas palabras, los servidores no opusieron ningún reparo a que saliese.
Al cabo de un rato, las seis restantes hermanas oyeron el llanto de su sobrinito. Cuando al entrar en su habitación vieron que estaba solo, quedaron muy sorprendidas. La sorpresa aumentó al no encontrar a Balna por ninguna de las dependencias de palacio. Por fin interrogaron a los criados, y al enterarse de la visita del faquir y de su salida acompañado de un perrillo, sospecharon lo ocurrido. Sin pérdida de tiempo enviaron numerosas fuerzas en busca del falso santón y del perro, mas los soldados regresaron sin haber hallado el menor rastro.
¿Qué podían hacer seis pobres mujeres? Nada. Comprendiéndolo, las princesas, perdida todo esperanza de volver a ver a su hermana y esposos, dedicaron sus cuidados a la educación de su sobrinito.
Cuando éste tuvo catorce años, sus tías le explicaron la historia de la familia. Apenas la oyó, el muchacho sintióse poseído de tan gran deseo de partir en busca de sus padres y tíos para devolverlos a su casa, que, desde aquel momento, no pensó en otra cosa. Alarmadas por estas intenciones, las princesas trataron de disuadirle diciendo:
– Hemos perdido a nuestros maridos y a nuestra hermana. Tú eres nuestro único consuelo. ¿Qué será de nosotras sin ti?
– No os desaniméis -contestó el muchacho.- Volveré pronto y, si es posible, traeré conmigo a mis padres y tíos.
Al día siguiente partió a caballo y durante varios meses buscó en vano el rastro de sus familiares.
Por fin, un día, después de recorrer un sin fin de leguas, llegó a una extraña selva, llena de grandes piedras y añosos árboles, en el centro de la cual se levantaba un enorme palacio con una torre altísima. No lejos del edificio elevábase la mísera cabaña de un leñador.
Mientras observaba el lugar, el príncipe fue visto por la mujer del leñador, quien, saliendo de la choza, le preguntó:
– ¿Quién eres, hijo mío, y por qué te atreves a venir solo a un lugar tan peligroso como éste?
– Soy el hijo de un Rajá -contestó el muchacho.­ He venido en busca de mis padres, que perdí hace mucho tiempo.
– Ese palacio y este país pertenecen a un poderoso mago -replicó la buena mujer,- y si alguien le disgusta lo transforma enseguida en piedra o árbol. Todos los árboles y rocas que aquí ves, son hombres y mujeres encantados. Hace años vino el hijo de un rey y fue transformado en piedra, y lo mismo les ocurrió a sus seis hermanos, que llegaron a los pocos días.
Además, en la torre del palacio vive una hermosa princesa, prisionera del brujo porque no accede a casarse con él.
Al oír esto, el joven se dijo que, sin duda, aquella princesa era su madre. Entonces explicó su historia a la bondadosa esposa del leñador, pidiéndole permiso para hospedarse en su casa a fin de llevar a cabo las investigaciones necesarias para volver a la vida a sus tíos y rescatar a su madre.
Ella accedió a la petición del príncipe, pero le aconsejó que se disfrazase de mujer para que el mago no sospechase nada. El príncipe estuvo de acuerdo y vistió un sari que le prestó su protectora. Después convinieron que, en adelante, pasaría por su hija.
Un día, el brujo, que paseaba por su jardín, pudo ver a la que él creyó linda joven y le preguntó que quién era. El príncipe contestó con fingida voz que era la hija del leñador.
– Eres muy simpática -dijo el mago.- Alguna vez llevarás un ramo de flores a la hermosa señora que vive en la torre.
El joven sintió una enorme alegría al oír estas palabras, y enseguida, corrió a la cabaña de su protectora a contarle lo ocurrido. La buena mujer le aconsejó que conservase su disfraz y confiara en la suerte que sin duda le prestaría una oportunidad para hablar con su madre.
Al nacer el príncipe, Balna habíale regalado un anillo de oro, y el anillo, agrandado convenientemente por sus hermanas las princesas, seguía adornando el dedo meñique del joven. La mujer del leñador le dijo que si tenía ocasión de quedarse a solas con la cautiva le mostrase la sortija para que ella le reconociera. Esto no dejaba de tener sus dificultades, pues el mago ejercía sobre la princesa una fuerte vigilancia a fin de que no pudiera comunicarse con el exterior.
Por fin un día se presentó la ansiada oportunidad y el joven entregó a su madre el anillo entre el ramo de flores. Al ver la joya, la princesa tuvo una gran alegría, sobre todo cuando la que ella creía una muchacha se transformó en su hijo, a quien ya no esperaba volver a contemplar. Con voz entrecortada por la emoción, la princesa Balna contó al joven su terrible cautiverio, y la imposibilidad de salir de él.
Pero el príncipe era muy valiente y no se desanimaba por las contrariedades.
– No temas -dijo.- Lo que ante todo hay que hacer es descubrir la verdadera fuerza del mago, pues deseo libertar también a mi padre y mis tíos a quienes tiene convertidos en piedras y árboles. Durante tu cautiverio te has mostrado esquiva con el brujo. Pues bien, ahora haz ver que ya no le odias. Dile que, como has perdido la esperanza de volver a ver a tu marido, consientes en casarte con él. Haz lo posible por enterarte de si es inmortal o no.
Balna decidió seguir el consejo de su hijo. Al día siguiente, hizo llamar a Punchkin y le habló en la forma indicada por el príncipe.
El brujo, entusiasmado por aquella noticia, le suplicó que se casara con él lo más pronto posible.
La princesa dijo que antes era conveniente que ambos tratasen, a fin de ir cobrando confianza, pues, después de tantos años de ser enemigos, la amistad debía llegar poco a poco.
– Y decidme – añadió.- ¿Sois realmente inmortal? ¿Os respetará siempre la muerte?
– ¿Por qué me preguntáis eso?
– Porque, habiendo decidido ser vuestra esposa, deseo estar enterada de todo cuanto pueda ser de importancia para vos, así evitaré los males que pudieran atacaros.
Satisfecho con esta contestación, el brujo dijo:
– En verdad no soy como los demás. Lejos, muy lejos, en plena selva virgen, hay un claro rodeado de altas palmeras. En él se encuentran seis recipientes llenos de agua, colocados uno encima de otro. Debajo de esos recipientes hay una jaula con un loro verde. De la vida de ese animal depende la mía. Si muriese, yo moriría también. Sin embargo, es muy improbable que lo maten pues, aparte que el lugar es inaccesible, está defendido por una legión de genios que asesinan a todo el que consigue acercarse allí.
Balna comunicó a su hijo lo que Punchkin le había dicho, pero suplicándole al mismo tiempo que abandonase toda idea de apoderarse del loro.
– Mamá -replicó el joven.- Es necesario que me apodere de él, pues de lo contrario tú, mi padre y mis tíos seguiréis prisioneros. No tengas miedo, pues volveré pronto. Entretanto, ve aplazando el casamiento con pretextos.
En cuanto se hubo equipado convenientemente, el príncipe partió hacia la selva virgen. Muchas leguas recorrió hasta que, al fin, echóse a dormir bajo un frondoso árbol. Despertóle un fuerte roce, y al mirar a su alrededor, descubrió una enorme serpiente que se encaramaba por el tronco hacia un nido de aguiluchos.
Al ver el peligro que corrían los dos pájaros que, en aquellos momentos ocupaban el nido, el príncipe sacó su espada y de un tajo mató al reptil. En el mismo instante oyóse un batir de alas. Eran los padres de los aguiluchos, que regresaban a su casa. Al ver muerta a la serpiente y al príncipe con la espada desenvainada, las dos águilas comprendieron lo que había ocurrido. La madre, dirigiéndose al joven, le dijo:
– Durante muchos años nuestros pequeños han sido devorados por esa cruel serpiente. Tú la has matado y con ello salvas a cuantos hijitos podamos tener de ahora en adelante. Si algún día nos necesitas, no tienes más que llamarnos y acudiremos en tu ayuda. En cuanto a los aguiluchos, tómalos como servidores.
El príncipe agradeció el regalo. Entretanto, las dos pequeñas aves, abandonaron el nido, y cruzando las alas, formaron un asiento para el príncipe. Este lo ocupó, siendo enseguida transportado por los aires hasta el claro de la selva. Allí pudo ver los seis recipientes de agua. Era mediodía y hacía un calor sofocante. Alrededor del claro veíanse numerosos genios dormitando.
Cruzar a través de ellos hubiera sido una locura, pero gracias a los aguiluchos, el príncipe pudo descender silenciosamente. Derribando los recipientes, cogió la jaula del loro. Después, sentándose en las alas sus amigos, huyó de allí en el momento en que los genios despertados por el ruido, lanzaban lastimeros alaridos.
Los aguiluchos condujeron al príncipe hasta el árbol donde vivían las dos águilas, a quienes dijo el joven:
– Os devuelvo a vuestros hijos, que me han sido muy útiles. Si alguna vez os necesito para algo, os llamaré.
– Hazlo así -contestó la hembra.- Ahora, antes de que te vayas, quiero decirte una cosa: de la vida del loro que llevas en esa jaula depende la del mago Punchkin, pero si quieres inutilizar su poder, no tienes más que cortarle las uñas de la pata derecha. De esa forma no tendrás que temer nada de él y te ahorrarás la necesidad de matarle.
El joven, dando las gracias por el consejo, siguió su camino hacia el palacio del mago. Cuando estuvo ante la puerta del edificio se puso a jugar con el loro. Punchkin le vio desde una ventana y bajó enseguida a su encuentro.
– Muchacho -le dijo- ¿de dónde has sacado ese pájaro tan hermoso? Te pido por favor que me lo regales.
– De ninguna manera -replicó el príncipe.- Se trata de un amuleto. Lo he tenido en mi poder durante largos años y me ha traído mucha suerte.
– Si es así dime el precio que pides por él.
– No deseo venderlo.
– Puedes pedir cuanto dinero quieras. Por mucho que sea lo tendrás. Y si deseas otra cosa pídela también.
– Perfectamente -sonrió el príncipe.- Sólo quiero que devuelvas a su primitiva forma a los hombres y mujeres que convertiste en rocas y árboles.
El mago murmuró unas palabras, al mismo tiempo que movía la mano derecha. Al momento los árboles transformáronse en elegantes damas y caballeros.
– Dame el loro -suplicó Punchkin cuando hubo cumplido su promesa.
– Enseguida -replicó el joven- pero antes quiero tomar una precaución, pues serías muy capaz de convertir de nuevo en objetos sin vida a las personas que acaban de resucitar.
Y antes de que el mago tuviera tiempo de impedirlo, el príncipe cortó las uñas de la pata derecha del loro.
Punchkin rodó por el suelo sin sentido, tan fuerte fue la conmoción por él recibida al quedar privado de su poder mágico. Antes de que volviera en sí, la caravana de los miles de príncipes y caballeros, con Balna y su marido a la cabeza, estaban ya lejos del valle, en el cual sólo quedaba el palacio del antiguo mago.

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