Pulgarcito

Pulgarcito (2ª Parte)

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Pulgarcito

Cuando ellos comenzaban a entibiarse oyeron tres o cuatro golpes secos en la puerta. Era el ogro que había llegado a casa. Su esposa rápidamente los ocultó bajo la cama y fue a abrir la puerta. El ogro de inmediato preguntó si ya estaba lista la cena y el vino servido, y se sentó a la mesa. El cordero aún estaba crudo, pero así le gustaba más. El olió a derecha e izquierda, diciendo:

-“Me huele a carne fresca.”-

-“Lo que te huele”- dijo su esposa, -“debe ser el ternero que acabo de matar y destazar.”-

-“Me huele a carne fresca, te digo una vez más”- replicó el ogro, viendo fijamente a su esposa, -“y hay algo aquí que no comprendo.”

Y pronunciando estas palabras se levantó de la mesa y se fue directamente a la cama.

-“Ah”- dijo mirando bajo la cama, -“así es cómo me engañas. No sé por qué no te he comido. Es bueno para ti que seas tan dura de carnes. Aquí está el producto de la caza, que llega muy a tiempo para entretener a tres ogros conocidos que vendrán a visitarme en uno o dos días.”-

Él los fue sacando uno a uno de debajo de la cama. Los pobres chicos cayeron sobre sus rodillas implorando perdón, pero estaban tratando con uno de los más crueles ogros, quien, lejos de tener piedad de ellos, ya los estaba devorando mentalmente, y le dijo a su esposa que ellos serían una comida delicada cuando ella haya cocinado una buena salsa.

Entonces tomó un gran cuchillo, y acercándose a los pobres chicos, lo afiló con una gran piedra de afilar que sostenía en su mano izquierda. Y ya había colgado a uno de ellos por los pies cuando su esposa le dijo:

-“¿Qué necesidad tienes de hacer eso ahora? ¿No tendrás bastante tiempo mañana?”-

-“Déjate de habladurías”- dijo el ogro, -“mis amigos comerán el más tierno”-

-“Pero tienes mucha carne ya lista”- replicó su esposa, -” hay un ternero, dos ovejas, y medio cerdo.”-

-“Es cierto” dijo el ogro, -“dale a estos chicos una buena cena, para que no estén tan delgados, y ponlos en la cama”-

La buena mujer estaba muy contenta por ello, y les sirvió una buena cena. Pero ellos estaban tan asustados que no pudieron comer.

Y en cuanto al ogro, se sentó de nuevo a beber, sintiéndose todo complacido de contar con qué atender a sus amigos. Bebió una docena de vasos de vino más que de costumbre, que se le subieron a la cabeza y lo obligaron a ir a la cama.

El ogro tenía siete hijas, que estaban aún jovencitas. Estas jóvenes ogresas tenían todas muy fina tez, pero todas ellas tenían pequeños ojos grises, cara redonda, nariz aguileña, una gran boca, y muy grandes y afilados dientes. Aún no eran malvadas, pero iban en camino a serlo, pues ya habían comido a pequeños niños.

Su madre ya las había acostado, a todas las siete en una misma cama, y cada una con una corona de oro sobre su cabeza. Había en la habitación otra cama del mismo tamaño, y la esposa del ogro puso a los siete muchachitos en esa cama, y luego ella misma fue a su cama.

Pulgarcito, que había observado que las hijas del ogro tenían coronas de oro sobre sus cabezas, y que estaba temeroso de que el ogro los fuera a matar esa noche, se levantó a medianoche, y tomando las gorritas de sus hermanos y la propia, fue sigilosamente donde las hijas,  y quitándole  sus coronas, les colocó las gorritas de ellos, y a sus hermanos y a él mismo, colocó las coronas de oro, de modo que el ogro los tomara a ellos como sus hijas, y a sus hijas como si fueran ellos, a quienes quería matar.

Las cosas salieron tal como las pensó, ya que el ogro, desvelándose a media noche, le incomodaba que hubiera pospuesto para la mañana lo que él pudo haber hecho temprano esa  noche, y saltó ligero de la cama y tomó su gran cuchillo.

-“Veamos”- dijo, -“cómo funcionan nuestros bribones, y no tenga así que repetir el trabajo”-

Él subió las gradas, y andando a tientas todo el camino, llegó al dormitorio de las hijas, y acercándose a la cama donde estaban los muchachos bien dormidos, menos Pulgarcito, quien se puso terriblemente asustado cuando el ogro pasó su mano sobre su cabeza, tal como lo había hecho con sus hermanos. El ogro sintió las coronas de oro y dijo:

-“Tengo que hacer un fino trabajo con todo esto, aunque cierto, bebí demasiado anoche.”-

Entonces se dirigió a la cama donde dormían sus hijas, y sintiendo en sus cabezas los gorros de los chicos, dijo:

-“¡Ah!, mis queridos mozos, ¿están aquí?, vamos a trabajar descaradamente.”-

Y diciendo esas palabras, sin mayor dificultad, cruelmente mató a sus siete hijas. Y bien satisfecho con lo que había hecho, regresó a su cama.

En cuanto Pulgarcito escuchó al ogro roncar, despertó a sus hermanos, y les pidió que se pusieran sus vestidos rápidamente y lo siguieran. Llegaron silenciosamente al jardín y escalaron el muro. Ellos corrieron rápido, toda la noche, temblando todo el tiempo, sin saber hacia donde dirigirse.

El ogro, cuando despertó, dijo a su esposa:

-“Ve arriba y viste a esos traviesos que llegaron anoche.”-

La ogresa estaba sorprendida de aquella bondad de su esposo, sin imaginar de que manera los iba a vestir, y pensando solamente que él le había ordenado ir arriba y vestirlos, ella fue. Pero se horrorizó cuando se dio cuenta de que sus siete hijas estaban muertas.

Ahí mismo ella se desmayó, lo que sería natural en tal caso. El ogro, extrañado de que su esposa tardara tanto en hacer lo ordenado, subió para ayudarle. Él no fue menos sorprendido que su esposa ante aquel escalofriante espectáculo.

-“¡Oh! ¿Pero que he hecho?”- gritaba, -“¡Esos desgraciados pagarán por esto, e inmediatamente!”-

Él tiró un tarro de agua sobre la cara de su esposa desmayada, y volviéndola en sí, gritó:

-“¡Tráeme rápido mis botas de siete leguas, pues iré a capturarlos!”-

Salió entonces al campo, y después de correr en todas direcciones, llegó al fin al camino principal por donde estaban los muchachos, y a no más de cien pasos de la casa de sus padres. Ellos vigilaron al ogro, quien caminaba en un solo paso montaña tras montaña, y pasaba sobre anchos ríos como si fueran riachuelos. Pulgarcito, viendo un hueco en una roca cercana, escondió a sus hermanos allí, y metiéndose él también, esperaban a ver que llegaría a ser del ogro.

El ogro, que se sentía agotado con su largo e infructuoso viaje, (ya que esas botas de siete leguas exigían mucho esfuerzo a su usuario), tenía una gran necesidad de descansar, y por casualidad, se fue a sentar sobre la roca donde se habían escondido los muchachos. Y como estaba desgastado por la fatiga, quedó dormido, y al cabo de un rato empezó a roncar tan horriblemente que los pobres muchachos no estaban menos asustados que cuando tomó el cuchillo y estaba a punto de quitarles la vida. Pulgarcito no estaba tan asustado como sus hermanos, y les dijo que debían correr de una vez hacia la casa mientras el ogro dormía profundamente y que no se preocuparan por él. Ellos siguieron lo aconsejado y corrieron de inmediato hacia la casa.

Pulgarcito se acercó entonces al ogro, y suavemente le quitó las botas, y se las puso él mismo sobre sus pies. Las botas eran grandes, pero como eran botas fantásticas, tenían el don de hacerse grandes o pequeñas, de acuerdo a las piernas de quien las usara, de modo que le calzaron al pie y a la pierna como si hubieran sido hechas a la medida para él. Se dirigió entonces directamente a la casa del ogro, donde encontró a la esposa llorando amargamente por la pérdida de sus hijas asesinadas.

-“Su esposo”- dijo Pulgarcito, -“está en grave peligro, ya que ha sido capturado por una banda de ladrones, que han amenazado con matarlo si él no les entrega todo su oro y plata. Y en el  momento en que le tenían puestas sus dagas en la garganta, logró verme y me rogó que viniera y le contara a usted la condición en que se encontraba, y le dijera que me diera todo lo que tuviera de valor, sin retener una sola cosa, pues si no lo matarían sin misericordia. Y como la amenaza iba en serio, me dijo que usara las botas de siete leguas, que puede ver que llevo puestas, de modo que yo pudiera venir rápido y que así le demostraría que no es una imposición de mi parte.”-

La buena mujer, quedando grandemente atemorizada, le dio todo lo que tenía, ya que el ogro aunque comía niños, era un buen esposo. Pulgarcito, teniendo ya toda la fortuna del ogro, llegó con sus hermanos a la casa de sus padres, donde fue recibido con inmensa dicha.

Hay mucha gente que no está de acuerdo con el relato de esta acción de Pulgarcito, y suponen que él nunca le quitó del todo la fortuna al ogro, y que solamente pensó que sería de suficiente justicia tomar las botas de siete leguas, porque él las usaba únicamente para perseguir niños. Estos folkloristas  afirman estar muy seguros de eso, porque dicen que han comido y bebido a menudo en la casa del leñador. Ellos declaran que cuando Pulgarcito tomó las botas del ogro, fue a la Corte, donde se enteró de que había problemas en cierto ejército, que se encontraba a doscientas leguas de allí, y que estaban ansiosos por saber del éxito de la batalla. Él fue, dicen ellos, a donde el rey, y le dijo que si quería, el podría traerle noticias al respecto antes del anochecer.

El rey le prometió una gran cantidad de dinero si tenía éxito. Pulgarcito regresó esa misma noche con las noticias, y esta primera expedición causó que fuera conocido, y ganó tanto dinero como quiso, ya que el rey le pagaba muy bien por llevar sus órdenes al ejército. Muchas damas lo contrataban para enviar sus mensajes, con quienes ganó mucho dinero también. Después de algún tiempo de llevar el negocio de mensajero y ganar con ello una gran fortuna, fue a casa de sus padres, y es imposible expresar la felicidad de su familia. Él colocó a todos sus hermanos en circunstancias muy confortables, compró propiedades para sus padres y hermanos, y con eso los asentó muy firmemente en el mundo, mientras que él continuó su camino exitosamente.

Autor: Charles Perrault

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