Los dos hijos de Iván el soldado (2ª Parte)

Publicada en Publicada en CUENTOS, Rusos

Los dos hijos de Iván el soldado

El que tomó el camino de la derecha llegó a un reino magnífico donde vivía un Zar y una Zarina que tenían una hija llamada la sin par Zarevna Nastasia. El Zar vio al hijo de Iván el soldado, apreció su valor de caballero, y sin andarse por las ramas, lo casó con su hija, llamándolo el Zarevitz Iván, y confiándole el gobierno de todo el reino. El Zarevitz Iván vivió felizmente, enamorado de su esposa, dictó sabias leyes a su reino y se divirtió mucho entregado a los placeres de la caza.
Pero su hermano, el hijo de Iván el soldado, que había elegido el camino de la izquierda, caminó día y noche sin descanso. Pasó un mes, dos meses, tres meses andando y por fin llegó a un imperio desconocido. En la capital de este imperio reinaba la mayor consternación. Las casas estaban cubiertas de velos negros y la gente se deslizaba por las calle, como sombras. Alquiló una habitación en casa de una pobre vieja y empezó a preguntarle:
– Dime, abuela: ¿por qué está la gente de tu tierra tan apesarada y cubre las casas con velos negros?
– ¡Ay, joven! Una gran desgracia nos aflige. Cada día sale del mar por detrás del peñasco verde una serpiente de doce cabezas y cada vez se come una persona, y ahora le ha tocado el turno a la propia casa del Zar. El Zar tiene tres hermosas hijas y ahora mismo están conduciendo a la más joven al mar para que la devore el monstruo.
El hijo de Iván el soldado montó su caballo y se dirigió a galope al mar. No lejos del peñasco verde estaba la sin par Zarevna, atada a una cadena de hierro. Al ver al caballero, le dijo:
– ¡Aléjate inmediatamente, buen joven! La serpiente de doce cabezas saldrá de un momento a otro. Yo he de morir, pero tú tampoco escaparías a la muerte, porque la cruel serpiente también te devoraría.
– No temas, doncella encantadora. Tal vez pueda salvarte.
Y acercándose a ella rompió la cadena con sus manos, como si no fuese de hierro sino de cordeles podridos. Luego encendió una hoguera en derredor del peñasco y la alimentó con robles y pinos que arrancaba de raíz, haciendo una gran pira. Acto seguido, volvió al lado de la encantadora doncella y le dijo:
– Necesito descansar, pero tú vigila el mar y en cuanto veas levantarse una nube y sople el viento y el mar ruja y se encrespe, despiértame, hermosa doncella.
Dicho esto, recostó su cabeza en las rodillas de la joven y cayó en profundo sueño, y la encantadora doncella permanecía con la vista fija en el mar. De pronto, se levantó una nube en el horizonte y empezó a soplar el viento y el mar a agitarse y a rugir. La serpiente salía del mar levantando montañas de agua y la Zarevna trató de despertar a Iván, el hijo del soldado; pero por mucho que lo sacudía no lo arrancaba de su profundo sueño, y entonces lloró y sus lágrimas ardientes cayeron en la mejilla del joven, y el héroe se despertó enseguida, corrió a montar su caballo, que ya había levantado un montón de tierra con sus cascos, y fue al encuentro de la serpiente. Ésta se dirigió contra el joven echando fuego, se quedó un momento mirando al héroe y le dijo:
– Has hecho muy bien en venir, hermoso joven; pero tu última hora ha sonado. Despídete de este mundo y arrójate al galope a mi garganta.
– ¡Mientes, maldita serpiente! ¡Ríndete!
Y enseguida empezó un combate mortal. Iván, el hijo del soldado descargaba sobre el monstruo tan fuertes mandobles que su espada se puso al rojo vivo y no podía tenerla en sus manos, por lo que gritó a la Zarevna:
– ¡Auxíliame, encantadora doncella! Moja tu pañuelo en el mar y envuelve con él el puño de mi espada.
La Zarevna mojó enseguida su pañuelo y se lo alargó al esforzado joven. Él envolvió el puño de la espada con el pañuelo mojado y se lanzó furiosamente contra la serpiente; pero comprendió que no podría matarla con su espada. Cogió, pues, de la pira un tronco de pino encendido y quemó el único ojo de la serpiente, y una vez ciega, le cercenó las doce cabezas, las cuales colocó detrás del peñasco. Luego arrastró el cuerpo del monstruo al mar y se volvió a casa, donde, después de comer y de beber, estuvo durmiendo durante tres días seguidos.
Entretanto, el Zar llamó a su aguador y le dijo:
– Ve a la orilla del mar y recoge los huesos de la Zarevna, si tienes la suerte de encontrarlos.
El aguador fue a la orilla del mar y encontró a la Zarevna sana y salva. La subió a su carro y se la llevó a lo más intrincado de un espeso bosque. Allí desenvainó su cuchillo y empezó a afilarlo.
– ¿Qué haces? -preguntó la Zarevna.
– Afilo mi cuchillo para matarte. Si dices a tu padre que yo maté la serpiente, te perdonaré la vida.
Tan espantada estaba la hermosa doncella que lo juró hacer lo que él le ordenaba. Era la hija predilecta del Zar y cuando éste vio que estaba sana y salva quiso premiar al aguador y se la dio por esposa. Enseguida corrió por todo el reino el rumor de la hazaña del aguador y de su recompensa y también llegó a oídos de Iván, el hijo del soldado, la noticia de que se celebraba una boda en la corte. Sin perder tiempo se encaminó al palacio donde se daba un gran banquete. Una multitud de invitados comían, bebían y se divertían de lo lindo; pero en cuanto la joven Zarevna puso la vista en Iván, el hijo del soldado, y vio la espada que éste llevaba todavía envuelta en su pañuelo de rico encaje, se levantó de un salto, lo cogió de la mano y gritó:
– Querido padre y soberano señor, he aquí al que me salvó de la cruel serpiente y de una muerte terrible. El aguador no hizo más que afilar su cuchillo y decirme: “Afilo mi cuchillo para matarte. Si dices a tu padre que yo mató a la serpiente, te perdonaré la vida”.
El Zar montó en ira e hizo ahorcar al aguador y dio a Iván, el hijo del soldado, a la Zarevna por esposa, y con este motivo hubo grandes regocijos. Y la joven pareja vivió feliz y en continua prosperidad.
No había transcurrido mucho tiempo cuando al Zarevitz Iván, el otro hijo de Iván el soldado le ocurrió algo digno de contarse.
Un día, mientras estaba cazando, sorprendió a un ciervo de ligeros pies. Espoleó su caballo y persiguió al venado, pero no pudo darle alcance y al llegar a un prado, el ciervo había desaparecido. Iván se detuvo pensando: “¿Cómo volveré al punto de partida si no sé el camino?” Y he aquí que un río atravesaba el prado y dos patos grises se deslizaban por el agua. Disparó una flecha y los mató, los sacó del agua, los guardó en su zurrón y prosiguió la marcha. Anduvo sin parar hasta que vio un palacio de piedra blanca, se apeó, ató el caballo a un poste, y empezó a recorrer las salas del palacio. Estaban vacías y no hallaba asomo de ser viviente. Por fin llegó a un salón donde vio la estufa encendida y una cacerola capaz para la comida de seis personas. La mesa estaba puesta, con platos, copas y cuchillos. El Zarevitz Iván sacó los patos, los desplumó, los coció, los puso en la mesa y empezó a comer. De pronto, sin saber como, se le apareció una hermosa joven, tan hermosa que ni la pluma puede describirlo ni la boca expresarlo con palabras y que le dijo:
– Pan y sal, Iván el Zarevitz.
– Perdón, hermosa joven, siéntate y come conmigo.
– Me sentaría contigo, pero tengo miedo. Tú traes un caballo encantado.
– No, hermosa joven, estás mal informada. Mi caballo prodigioso se ha quedado en casa y yo he traído un caballo ordinario.
Apenas hubo oído esto la hermoso joven empezó a inflares, a inflarse hasta convertirse en una espantosa leona que abrió sus enormes fauces y se tragó entero al Zarevitz Iván. No era una joven cualquiera, sino la hermana de la serpiente muerta por Iván, el hijo de¡ soldado.
Y sucedió que, por aquel entonces, el otro Zarevitz Iván se acordó de su hermano, sacó el pañuelo de éste del bolsillo y se enjugó el rostro y vio que todo el pañuelo estaba manchado de sangre. No hay que decir la pena que experimentó. ¿Qué le habría sucedido a su hermano? Se despidió de su mujer y de su padre político y montando su caballo heroico salió a galope tendido en busca de su hermano. Después de largo y fatigoso viaje, llegó al reino donde su hermano había vivido, preguntó por él y se enteró de que el Zarevitz había ido a cazar y desapareció sin dejar rastro.
Iván fue a cazar al mismo paraje y al ver un ciervo se lanzó tras él corriendo hasta que, en un prado, perdió de vista al animal. Un río atravesaba el prado y en el agua nadaban dos patos. Iván los mató y siguió andando hasta que encontró el palacio de piedra blanca, cuyas salas desiertas recorrió. Al llegar al salón donde había una estufa encendida y una cacerola capaz para comida de seis personas, coció los patos y volvió al patio, se sentó en las gradas de la entrada y empezó a comer. De pronto se le apareció una hermosa joven.
– Pan y sal, buen joven. ¿Por qué comes en el patio?
Iván, el hijo de¡ soldado, contestó:
– En el salón no quiero comer, me gusta más en el patio. ¡Siéntate conmigo, hermosa joven!
– Me sentaría de mil amores, pero me da miedo tu caballo encantado.
– No hay por qué temer, hermosa joven. Viajo en una yegua vulgar.
Lo creyó como una tonta y empezó a inflarse, a inflarse hasta convertirse en una espantosa leona. Y se lo hubiera tragado, pero el caballo mágico se lanzó sobre la fiera y la sujetó con sus cuatro patas. Entonces, Iván, el hijo del soldado, desenvainó su espada y gritó con voz penetrante:
– ¡Habla, maldita! ¿No te has tragado tú a mi hermano, el Zarevitz Iván? ¡Devuélvemelo, si no quieres que te haga pedazos!
La horrible leona se transformó de nuevo en la más bella de las doncella y empezó a gritar con voz suplicante:
– No me mates, buen joven. Coge esos dos frascos que hay en el banco, llenos de agua de la salud de la vida, sígueme a la cámara subterránea y vuelve a la vida a tu hermano.
El Zarevitz Iván siguió a la hermosa doncella a la cámara subterránea, y encontró a su hermano despedazado. Lo roció con agua de la salud y vio cómo la carne subía y se juntaba. Luego lo roció con agua de la vida y su hermano se levantó y habló:
– ¡Ah! ¿Cuánto tiempo hace que duermo?
A lo que Iván el Zarevitz contestó:
– ¡Para siempre jamás hubieras dormido, a no ser por mí!
Los dos hermanos volvieron a la corte, donde celebraron su encuentro con fiestas que duraron tres días, y luego se despidieron. Iván, el hijo del soldado, volvió con su mujer en incesante amor y armonía. El Zarevitz volvió a sus dominios y yo lo encontré en el camino. Tres días bebimos y nos divertimos juntos, y él mismo me contó este cuento.

Deja un comentario