Los cerezos de Villa Salada

Los cerezos de Villa Salada

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Los cerezos de Villa Salada

En el parque de Villa Salada había un viejo árbol seco. Pablo Azafrán, un niño delgado y huesudo como las costillas de las barbacoas, se hizo muy popular porque organizaba concursos de chistes y canciones en las gruesas ramas de ese roble. Aunque Pablo ya había cumplido diez años, por su voz frágil y delicada parecía que no pasaba de siete, pero sus chistes de ballenas y cachalotes y su habilidad para cantar los temas de La Oreja de Van Gogh y del Sueño de Morfeo retenían a muchos espectadores hasta que salía la luna dulce de las noches de primavera.
Hacía unos meses que se había instalado en el pueblo Reptilio Picante, un vendedor de cítricos y zumos agrios.
Su hijo Eduardo, que se libraba de exprimir pomelos porque siempre tenía las manos sucias y las uñas pinchudas, se acercó una tarde al parque, oyó cantar a Pablo Azafrán y dijo a viva voz para interrumpir el espectáculo:
—Este pequeñajo tiene voz de pito y entona peor que los lagartos afónicos.
Cuando Pablo, enfadado, dejó de cantar,
Eduardo Picante se subió a la rama más alta que pudo y  gritó:
—¡Que no se escape nadie. Os voy a ordenar a los niños de fuertes a flojuchos!
Y, sin más miramientos, bajó del roble y a empujón limpio puso en fila a amigos y enemigos y los clasificó como le dio la gana:

Blanca Pimentón, que era grande como una adolescente, tenía derecho al primer puesto porque ella sola levantaba la mesa de su profesor con libros y todo.

Detrás colocó a Vicente Limón, capitán del equipo de fútbol y sobrino del alcalde, un chico muy poderoso.
—Yo soy más fuerte que Vicente Limón. Le echo un pulso y veréis… —protestó Gabriel Vinagre.
Inmediatamente a Vinagre le cayó una colleja bien dada de Eduardo Picante.
—Podríamos votar, no tienes por qué decidirlo tú solo —comentó Cristina Laurel.
—Ni votaciones ni pamplinas —gritó Picante—, tengo once años y mando aquí. Además, tú no te quejes, Cristina, que te he puesto más o menos en la mitad de la fila.
—Ya. Ni fu ni fa… —suspiró Cristina decepcionada.
Violeta Colorante, la hermana de la dueña del Bar Dulzón, estaba satisfecha con los resultados. No eran para dar alegres saltos de acróbata, pero sí podía sentir alivio:
había quedado en un honroso séptimo puesto.
Pablo Azafrán resultó ser el penúltimo más débil por delante de Margarita Cominos y por detrás de Ignacio Tomillo. Cuando se vio en ese puesto, Pablo pensó:
«Si nos numeraran de altos a bajos, yo sólo sería el quinto más enano del pueblo».
Poco después los siete más fuertes tuvieron derecho a subirse a las ramas del viejo árbol seco. Pablo Azafrán no pudo más, se fue a un rincón del parque y lloró a escondidas. Le contó a don Federico Sal Gorda, el jardinero de Villa Salada, un hombre muy paciente y comprensivo con los niños y con las plantas, que sentía  ganas de estrujar hojas caídas, arrancar caracoles de los troncos, morderse los labios y gritar en inglés (aunque no sabía inglés).
—Entonces has sufrido un ataque de envidia —aseguró don Federico—. Tenías mucho éxito con tus concursos y ahora te sientes apartado. Ya no eres el líder…
—¡Qué va! No es por querer ser el líder, es que en Villa Salada les gustan mis canciones y mis chistes.
—No es malo querer desta… —dijo el jardinero.
—¿Y eso de la envidia se cura? —interrumpió el chico.
—Déjame pensar —contestó el señor Sal Gorda—, la envidia tiene poco remedio cuando te sientes rechazado por
los demás. Sin embargo, si los fuertes y los débiles colaboran entre ellos, alcanzan su verdadera potencia y la envidia hacia los musculosos disminuye un montón.
—Tú acuérdate de esta frase: «La unión hace la fuerza» —concluyó el jardinero mientras podaba los rosales.
—Don Federico, ahora tengo ganas de saltar los setos, de montar en bici y de hacerte cosquillas…
—Eso es bueno, estás sufriendo un ataque de entusiasmo. Pero escucha una cosa: si quieres que tus amigos sigan valorándote, tienes que proponer algo más interesante que ordenarse de fuertes a débiles. A la mañana siguiente, Pablo Azafrán se subió al árbol viejo del parque y exclamó:
—Atención, yo sé algo importante: la unión hace la fuerza… por eso propongo que entre todos quitemos este árbol seco y plantemos uno nuevo.
Al instante Eduardo Picante llamó a Blanca Pimentón, a Vicente Limón y a Violeta Colorante.
También a los otros tres mejor clasificados: Bernardo Piquillo, Almudena Chile y Maite Ketchup. Entre los siete
sansones tiraron con rabia de las ramas como si fueran los cabellos largos de una niña y arrancaron el árbol de cuajo.
—Vivan los fuertes—gritaban los flojos.
Pablo Azafrán, al que no habían dejado ni acercarse al árbol, volvió a sentir ganas de estrujar hojas de otoño, arrancar caracoles, morderse los labios, gritar en inglés.
Don Federico Sal Gorda le propuso lo siguiente:
—Verás, vamos a ir tú y yo al vivero, cogemos un gran cerezo, lo trasladamos en el camión al centro del parque y así podrás decir: «¡Atención, mirad qué árbol traigo! En dos semanas las cerezas se pondrán rojas y los niños de Villa Salada las podremos comer».
A Pablo le pareció una idea estupenda, seguro que Eduardo Picante no le impediría participar en la plantación y él podría sentir menos envidia.
Al poco rato, los niños del parque vieron que Pablo desde lo alto del camión decía:
—¡La unión hace la fuerza! Cojamos azadas y picos, palas y rastrillos y entre todos, fuertes y menos fuertes,  plantemos este cerezo.
Pero cuando quiso anunciar que las cerezas rojas de junio serían para los niños, Eduardo Picante le interrumpió
exclamando:
—Las herramientas para los robustos. Blanca, Vicente, Almudena… cogedlas ahora mismo, haced un agujero que
yo voy a plantar el árbol.
Tan grande era la rabia de Pablo que cogió muchas hojas de un fresno y las hizo picadillo. Luego vio unos caracoles trepando por un chopo. Se acercó con las manos abiertas y tensas como garras y…
De pronto oyó:
—Pablo, escucha, deja en paz a los caracoles. Tengo una idea mucho menos agresiva. El jardinero Sal Gorda le dijo algo al oído a Pablo.
Tanto entusiasmo produjeron en el chico las palabras de su amigo, que buscó por la hierba una pluma de mirlo y
empezó a cosquillear la barba blanca y la nariz del jardinero.
Varios días después, Ignacio Tomillo notó que su amigo Pablo iba menos al parque:
—Pablo, ya no te quedas a jugar al pilla pilla por las tardes.
—No nos has contado ningún chiste nuevo de ballenas y cachalotes —añadió Margarita Cominos.
—Es que estoy harto de Eduardo Picante. Es un abusón.
Cuando lo veo de jefe sufro ataques de envidia y rabia. Además, don Federico y yo tenemos un plan. Vosotros me
podéis ayudar si lo lleváis en secreto.
Llegaron días de sol. A Pablo Azafrán se le veía casi siempre con el señor Federico aprendiendo trucos para trasplantar y cuidar frutales y árboles de sombra. Volvió el chico una tarde de junio al parque a regar los geranios y vio que Picante, subido en una escalera, comenzaba a recoger las cerezas ya maduras.
—¿Qué haces? —preguntó Pablo Azafrán.
—¿No lo ves? Recojo mis cerezas. ¿Es que estás ciego, Mazapán?—contestó Eduardo Picante.
—Las cerezas son de todos los niños de Villa Salada—advirtió Pablo—. Y no me llames Mazapán, me apellido Azafrán.
—No, perdona, esta fruta es de los fortachones porque el árbol lo plantamos yo, Vicente, Blanca y compañía.
Además, los flojuchos no necesitáis comer gran cosa, Mazapán, porque no levantáis ni árboles ni porterías de fútbol ni mesas escolares.
Después de reírse con carcajada de ave zancuda, Picante llamó a sus seguidores para que trajeran una cesta. Eduardo
la llenó de cerezas y dijo:
—Las voy a repartir por orden de… ya sé… de guapos a feos. A Blanca, por sus largas coletas, le doy diez cerezas, a
Violeta, ocho por sus ojos negros, y a Gabriel Vinagre, solo dos porque tienes cara de seta arrugada, ja, ja.
Pablo se tapó los oídos. Empezó a notar síntomas más raros que los del ataque de envidia: ganas de convertirse en gota de mar o en buitre leonado o en zoombie. Pero en lugar de pagarla con los caracoles o con las hojas del suelo se subió a un árbol y dijo:
—Escuchad, chicos, os recuerdo que la unión hace la fuerza. Si nos unimos contra este abusón todos comeremos cerezas rojas del parq…
Antes de acabar la frase, Pablo Azafrán había recibido un fuerte empujón de Eduardo Picante. Cayó Pablo al suelo y
se hizo una herida en la rodilla. Eduardo preparó los puños para rebatir un posible golpe de Azafrán. Pero Pablo, en
lugar de pegarle, se acercó a la fila de niños ordenados de guapos a feos, y les contó, uno a uno, su secreto al oído.
Eduardo, iracundo al ver que todos abandonaban la fila y despreciaban las cerezas de la cesta, gritó:
—Decidme qué os ha dicho Pablo… no valen los secretitos, eso es de cobardes. ¡Volved aquí!
Su rabia se hizo gigantesca y comenzó a escupirles huesos de cerezas a sus amigos. Ellos los recogieron muy contentos y los plantaron en la tierra del parque.
—¿Qué hacéis con esos huesos? ¿Estáis locos? ¿No pensaréis que puede nacer un solo árbol de unos huesos escupidos?
Eduardo seguía lanzando semillas al aire con cara de orangután resfriado. Sus amigos abrían huecos en la tierra con las azadas y las enterraban con mimo.
Agotado de gritar y escupir, Eduardo se aceercó a Pablo por detrás con intención de agarrarlo del cuello con las zarpas de sus manos sucias. Pablo lo esquivó. Luego salió corriendo y, ágil como un leopardo, se subió al nuevo frutal y dijo:
—¿Qué te apuestas a que dentro de unas horas todas esas semillas se han convertido en cerezos?
—Nada, porque eso es imposible.
—De acuerdo, ¿cuántos huesos hemos plantado, chicos? —preguntó Pablo.
—Más de cincuenta —dijo Ignacio Tomillo.
—Eduardo, si cuando vengas mañana al parque encuentras más de cincuenta cerezos nuevos, te haremos prometer que no volverás a ordenar a los niños de Villa Salada. Además recogerás tantas cerezas para cada uno como árboles hayan brotado. Y si me equivoco y no están los árboles, te daremos entre todos más de…Eduardo, como de costumbre, interrumpió a Pablo.
—Se ve que sois unos niñatos capaces de creer en fantasías absurdas.Y se fue del parque riendo a carcajada limpia.
A la mañana siguiente, muy temprano, don Federico Sal Gorda fue recogiendo a los niños del pueblo y los llevó en su camión al vivero. Allí seleccionaron más de sesenta macetas de cerezos y las llevaron al parque. Desenterraron los huesos y los sustituyeron por las plantas de los tiestos.
Por la tarde, niños y mayores pudieron ver cómo Eduardo Picante, cabizbajo y receloso, dejaba una cesta de cerezas en las 62 casas de Villa Salada.
También encontraron a Pablo Azafrán dando volteretas en el parque, saltando setos y recogiendo plumas perdidas de mirlos y palomas. Don Federico Sal Gorda le dijo:
—¿A que estás contento desde que has vuelto a ser el centro de atención de tus amigos?
—Sí, tengo un ataque de entusiasmo y verás cuántas cosquillas te hago…
—Un momento, más cosquillas no —dijo sonriendo el jardinero—, deja esas plumas para luego. ¿Te has dado cuenta de que la envidia te ha servido para descubrir lo que tú deseabas y para luchar por encontrar soluciones? Quizás la envidia pueda enseñarte a ser mejor persona ya que te ayuda a saber qué deseas ser. Pero no siempre lo que uno envidia de otros es bueno.
Pablo movió la cabeza hacia arriba y hacia abajo en señal de conformidad. Luego se quedó pensando un rato, no mucho, porque le pudo la tentación de pasarle las plumas por las barbas a don Federico.
—¿Te presentarás al próximo concurso de chistes y canciones? —preguntó Pablo Azafrán.
—Claro —contestó el señor Sal Gorda— y voy a contar mis chistes de piratas y corsarios.
Luego el jardinero y el niño comieron las cerezas más rojas que encontraron y se dieron un abrazo largo.

Autor: Chema Gómez de Lora

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