Las estatuas discretas (2ª Parte)

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Las estatuas discretas

En aquel instante Sanchica oyó el lejano canto del gallo que anunciaba que la aurora estaba próxima y al punto se levantó una suave brisa. Un leve rumor como de hojas secas mecidas por el viento, llegó a sus oídos, al tiempo que veía cómo, una a una, se iban cerrando todas las puertas interiores y exteriores de la Alhambra.
Entonces decidió volver a sus habitaciones y, recorrió de nuevo, en sentido contrario, todas las estancias, los corredores, los patios interiores y las salas, que antes recorriera en compañía de la princesa, pero, ¡qué distinto todo! El ejército de Boabdil, así como su corte palaciega, sus sirvientes y guardias, habían desaparecido. Las estancias de nuevo presentaban su aspecto lóbrego y abandonado de todos los días y las paredes, desnudas, dejaban ver grietas y manchas, mientras por todas partes revoloteaban a sus anchas murciélagos y otros animalejos nocturnos, y el único sonido que hasta ella llegaba, era el croar de una rana, que chapoteaba en un estanque de aguas poco límpidas.
La niña se apresuró a subir a las humildes habitaciones en las que vivía con su familia. Y pudo entrar sin despertar a sus padres que todavía descansaban, porque Lope Sánchez era tan pobre que jamás tuvo miedo de que ningún ladrón se acercara a su morada, y nunca cerró con llave sus puertas, ni con cerrojo sus ventanas. Sanchica, antes de meterse entre las sábanas de su camita, deslizó debajo de la almohada la corona de mirto que la bella princesa le había regalado y en cuanto se hubo acostado, se quedó profundamente dormida.
En cuanto despertó, a la mañana siguiente, se apresuró a ir en busca de su padre para contarle la extraña aventura que le había sucedido. Esperaba que él se mostraría admirado y maravillado, pero no fue así. El bueno de Lope Sánchez juzgó que todo aquello era un simple sueño y se rió mucho.
– Estoy seguro de que te quedaste dormida junto a las mismas ruinas o quizá junto a ese banco, en el que dices que te sentaste a descansar. Tienes mucha imaginación, hija. Pero, anda, ahora olvida tu sueño y ve a ayudar a tu madre en sus tareas -le dijo. Y volvió a su trabajo.
Apenas habían iniciado el arreglo de unos setos de flores, cuando vio que Sanchica volvía corriendo y gritando:
– ¡Fíjate, papá! ¡Papá, es verdad cuanto te conté! ¡Mira la corona de mirto que la princesa puso sobre mi frente! ¡Mírala, mírala!
El bueno de Lope se quedó atónito y casi se le cortó el habla de puro sorprendido. La rama de mirto, que la princesa cortara para formar con ella una corona, se había transformado y su tallo era ahora de oro purísimo que brillaba a la luz del sol y cada una de sus hojas estaba formada por una esmeralda de gran tamaño. El padre de Sanchica, en su pobreza y su humildad, no estaba acostumbrado a admirar joyas de tanto valor, pero comprendió en seguida que se encontraba ante algo que, ya por si mismo, era un verdadero tesoro. Ya no podía seguir pensando que su hija había soñado la historia de la princesa. Aquella corona, por lo menos era algo positivo y real, y los sueños jamás dejan a nadie recuerdos tan tangibles y maravillosos.
-Sí, hija, ahora creo todo cuanto me contaste. Y al punto iré hasta la bóveda de las dos estatuas, para comprobar lo que me dijiste acerca de que ambas miran a un mismo punto. Entretanto, no hables con nadie de lo que a mí me has contado; como muy acertadamente te aconsejó la propia princesa, hay que ser siempre discretos y reservados. Además, recuerdo que te predijo desgracias para mí y para tu madre, si el secreto era revelado a algún extraño – firmó acariciando la cabeza de su hija.
La niña era sumamente discreta y esa discreción era tanto más de admirar teniendo en cuenta su corta edad. Y así le fue fácil no hablar con nadie de los extraños sucesos que aquella noche había vivido, ni siquiera con ninguna de sus amiguitas.
Su padre, entretanto, se dirigió a la bóveda, como había dicho. Y allí pudo observar que ambas estatuas tenían la cabeza vuelta en sentido contrario al portal y sus respectivas miradas estaban fijas en un mismo punto de la bóveda.
-¡Original estratagema para señalar un lugar! -exclamó.
Seguidamente trazó una línea desde los ojos de las estatuas hasta el punto donde las respectivas miradas se entrecruzaban y, después de señalarlo con cuidado, para que la señal no pudiera llamar la atención a nadie, decidió volver a su trabajo.
– Por la noche, acompañado de Sanchica, regresaré para recoger el tesoro -se dijo.
¡Pero qué día tan agitado e inquieto pasó el bueno de Lope Sánchez! Su imaginación estuvo constantemente atormentada con temores y zozobras. De vez en cuando, procurando no ser visto, se acercaba hasta las estatuas, sintiéndose dominado por el miedo de que alguien, a lo largo de aquel día, pudiera descubrir el secreto que habían guardado durante siglos.
– Eso de que ambas miren a un mismo punto y que al principio me pareció una estratagema original, ahora me parece una imprudencia. ¡Cualquiera pude entrar en sospechas! -se decía. Sin detenerse a reflexionar que gran casualidad sería que alguien lo sospechara precisamente aquel día, cuando nadie lo había imaginado siquiera durante largos siglos. ¡Ah, si yo pudiera volverles la cabeza hacia otro lado! Lo haría si ello fuese posible, ¡vaya si lo haría!
Y en cuanto oía los pasos de alguien que se acercaba, se apresuraba a marcharse sin que le vieran, temiendo también que su sola presencia junto a aquella puerta tuviera que hacer sospechar a cualquiera. ¡Todo eso nos demuestra cuán ingenuo, sencillo e inocente, era Lope Sánchez, el padre de Sanchica!
Por fin llegó el atardecer y en seguida las sombras de la noche comenzaron a cubrir Granada. Ya no se oía ningún ruido de pasos por los salones y pasillos de la Alhambra; el último visitante había traspuesto el umbral un buen rato antes y tras él la gruesa puerta fue cerrada con estrépito por el guarda encargado de la custodia de la fortaleza. Y, como cada día, algunos murciélagos se convirtieron en los únicos habitantes del antaño lujoso palacio real, mientras las ranas, en sus estanques de aguas quietas, iniciaban su concierto nocturno.
Lope Sánchez, sin embargo, aún esperó un par de horas antes de internarse en el interior del palacio, en compañía de su hija, porque quería estar muy seguro de que no tropezaría con nadie.
Por fin, cercana la medianoche, se acercaron al salón en cuya puerta se encontraban las dos estatuas de alabastro, provistos de una linterna y de algunas herramientas, que juzgó habían de serle útiles para su trabajo.
Las estatuas, tan inmóviles como siempre, seguían con la mirada fija en aquel mismo punto al que durante años habían estado mirando. Lope, al pasar junto a ellas, no pudo por menos que dedicarles un pensamiento, como si de seres reales de carne y hueso se tratara.
– Con vuestro permiso, nobles damas, voy a liberaros de ese secreto que durante tantos años habéis guardado. ¡Y os agradezco que a nadie se lo hayáis revelado hasta ahora, permitiendo que sea yo quien desentierre el tesoro! -les dijo, con el pensamiento.
Apenas había trabajado unos minutos, haciendo un agujero en el lugar que previamente había señalado, cuando quedó al descubierto un ancho boquete en cuyo interior vio dos grandes jarras de porcelana. Pero fueron inútiles todos sus esfuerzos por sacarlas. Cualquiera hubiera dicho que estaban empotradas en el muro o que una mano invisible las cogía con fuerza. Y el hombre ya iba a desanimarse cuando Sanchica, dejando en el suelo la linterna con la que hasta aquel momento alumbrara a su padre para que pudiera trabajar con comodidad, las tocó con su manecita de azabache y, así, ella misma pudo retirarlas del muro, con toda facilidad, ante la mirada asombrada de su padre.
Seguidamente, con gran alegría, comprobaron que las jarras estaban llenas a rebosar de piedras preciosas y de monedas de oro de incalculable valor, y se apresuraron a llevarlas a sus habitaciones, no sin antes volver a tapiar cuidadosamente el trozo de muro en el que Lope había abierto el boquete, a fin de que nadie pudiera nunca sospechar lo que allí había ocurrido aquella noche. Y las estatuas, que durante siglos habían mirado hacia donde se hallaba un fabuloso tesoro, siguieron mirando ahora hacia un boquete vacío, pero eso no parecía preocuparles lo más mínimo.
Lope Sánchez se convirtió en un hombre rico, como administrador de aquella fortuna que su hija le había proporcionado. ¡Y entonces comenzaron sus preocupaciones! Hasta entonces, como ya dijimos, jamás se había preocupado por los ladrones, ninguna de las puertas de su humilde morada tenía llave, ni cerrojos sus ventanas. Y todos sus amigos y conocidos podían entrar y salir de ella con toda comodidad y entera libertad. Pero, a partir de aquel día…
A partir del día en que tuvo en su casa las dos jarras conteniendo tan fabuloso tesoro, el miedo se apoderó de su espíritu. Puso candados y barrotes a todas las puertas y clavó incluso las ventanas. ¡Y también dejó de mostrarse amable y cordial con sus conocidos, para evitar que le visitaran, porque inconscientemente, de todos sospechaba y a todos temía. Y ellos, a su vez, temiendo que estuviera pasando apuros económicos y para evitar que en algún momento les pidiera dinero prestado, llegaron incluso a retirarle el saludo. ¡Si hubieran sospechado siquiera que la causa de su preocupación no eran las dificultades económicas, sino precisamente todo lo contrario!
«¿Cómo disfrutar de esas riquezas sin que mi cambio de fortuna llame la atención de los vecinos y conocidos?», se preguntaba el hombre, una y otra vez. «¿Cómo trasladarlas a lugar seguro…?» El bueno de Lope ya no cantaba mientras trabajaba, y su guitarra ya no se dejaba oír para alegrar a viejos y a mozos.
Su mujer, naturalmente, participaba de sus preocupaciones y hubiera dado cualquier cosa por aliviarle y tranquilizarle. Pero la buena mujer no poseía la discreción que tenían su esposo y su hija y así, un buen día, sin preveer las consecuencias que ello podía tener, porque había olvidado la recomendación que la propia princesa cautiva había hecho a Sanchica, reveló el secreto.
Sucedió una mañana, en uno de los patios interiores del palacio. La mujer tropezó casualmente con Simón, uno de los administradores de la Alhambra, un hombre que, bajo su apariencia siempre amable, siempre cortés y siempre correcta, ocultaba, al decir de muchos, un corazón ambicioso y un espíritu rastrero.
Ese administrador le preguntó a la mujer si algo malo les sucedía, pues había oído decir que el carácter de Lope Sánchez había cambiado por completo y ella, preocupada como estaba, aprovechó aquella ocasión que se le presentaba para desahogar sus temores en una persona como aquella, a la que, por su posición y estudios, juzgaba inteligente y muy capaz de darle un buen consejo.
Pero el administrador Simón era, en realidad, tan ambicioso y rastrero como muchos decían y también muy astuto, por lo que al instante se dio cuenta de la magnífica oportunidad que se le presentaba para compartir y hasta apoderarse, casi por completo, de aquel fabuloso tesoro. Por eso, después de haber escuchado con mucha atención todo el relato que le hizo la esposa de Lope, exclamó:
– ¡Qué atrevimiento habéis tenido! ¿No sabéis, acaso, que la Alhambra pertenece al rey, por lo que a él pertenece también cuanto se encuentra en su interior…? ¡Desventurada familia! ¡La más grande desdicha caerá sobre vuestras cabezas, si lo que habéis hecho llega a conocimiento de algún juez!
La mujer se quedó tan sorprendida que no acertó a responder. El administrador siguió hablando:
– ¡Qué suerte has tenido, sin embargo, al tropezar conmigo y decidirte a contármelo todo! Siendo como soy uno de los administradores de la Alhambra, por mi cargo tengo poder para tomar algunas decisiones importantes, en relación con lo que en esa fortaleza sucede. Y porque aprecio mucho a tu marido, que siempre demostró ser honrado, dile de mi parte que estudiaré cuidadosamente el asunto y veré de resolverlo lo mejor posible. Claro que resultará difícil, muy difícil…
La pobre mujer parecía cada vez más apurada y asustada. ¡Sólo le faltaría ahora que la justicia se incautara del tesoro y a ellos les echasen a la calle! Sin embargo aquellas palabras de Simón: «Has tenido suerte al tropezar conmigo… », le hicieron concebir esperanzas. ¡Si existiese realmente alguna fórmula para solucionar aquel problema…!
– Sí, será algo muy difícil de resolver -seguía diciendo el administrador-. Habrá que estudiar papeles antiguos, repasar archivos… ¡Si por lo menos supiésemos a qué rey moro perteneció el tesoro! Mira, de momento, tráeme la corona de tu hija.
La mujer se apresuró a obedecer y los ojos del administrador Simón brillaron de codicia, al ver cuán puro era el oro y cuán límpidas y grandes las esmeraldas. Durante largo rato examinó cuidadosamente aquella corona, la sopesó, y por fin dijo:
– En cualquier caso, esa corona es fruto de un hechizo o encantamiento, pues dices que tu hija explicó que cuando la princesa cautiva la colocó no era de oro y esmeraldas, sino de simple mirto. Me la llevaré. Quizá estudiándola con mayor detenimiento, pueda comprender algo de su encanto pero, aunque así no sea, los tribunales persiguen a los hechiceros y os prenderían, si supieran que tenéis en vuestra casa una corona como esa. Es mejor que la guarde yo pues, debido a mi elevada posición, no temo a posibles denuncias.
Dichas esas palabras, escondió la corona debajo de su casaca y se apresuró a despedirse de la buena e inocente esposa de Lope Sánchez, no sin antes decirle que pronto iría a su casa para comunicarle el resultado de lo que hubiere pensado o decidido acerca de aquel asunto.
La mujer se quedó mucho más tranquila, ¡pero el marido se indignó cuando, al llegar a sus habitaciones, ella le contó lo sucedido!
– ¡Desdichada! ¿Quieres perdernos a tu hija y a mí, con tus habladurías? -gritó, furioso-. ¿Es que no comprendes que con tu chismorreo lo has puesto todo en peligro…?
– Al contrario -contestó la mujer-. El señor administrador me ha prometido preocuparse por nuestro problema, y estudiar con cuidado la forma de resolverlo lo mejor posible. ¡Figúrate en cambio lo que hubiese sucedido de haberse enterado algún juez o guardia del rey, que no nos apreciara como el bueno del señor Simón nos aprecia! El mismo me ha dicho que en tal caso nos hubieran encarcelado…
– ¿Y quién había de enterarse si tú no hubieses hablado nunca? Además, eso es lo que él dice…, ¡y entretanto se ha llevado la hermosísima corona que la princesa regaló a Sanchica!
Realmente Lope Sánchez era más inteligente que su mujer y por eso temía que el administrador no se contentara con la corona… Y no se equivocó.

A la mañana siguiente, el administrador Simón llamó a la puerta de las habitaciones del bueno de Lope. Le abrió Sanchica.
– ¿No están tus padres en casa, niña? Me urge hablar con ellos -le dijo, a modo de saludo.
– Mi padre ha salido ya hacia su trabajo. Pero llamaré a mi madre -contestó la niña.
Y cuando llegó la mujer, a ella se dirigió Simón, con voz firme:
– Ayer me quedé hasta bien entrada la noche estudiando vuestro problema, amiga mía. Y después de consultar muchos archivos y no pocos documentos legales, llegué a la conclusión de que, para decidir algo acerca de todo lo sucedido, será preciso dedicar a su estudio muchas más horas aún de las que en un principio había previsto. Por eso me veré obligado a pedir ayuda a algunos escribanos. ¡Naturalmente a ellos nada les contaré de todo eso del tesoro, desde luego que no! Pero, en cambio, habrá que pagarles y es lógico que seáis vosotros quienes corráis con el gasto. ¡Demasiado hago yo interesándome por vosotros! ¿No querréis que encima gaste el dinero que pertenece a mis hijos, supongo…?
La mujer se apresuró a afirmar que no, que tal cosa jamás se le había pasado por la cabeza y que, por el contrario, lo mismo ella que su marido estarían siempre agradecidos al señor Simón, por ayudarles en tan difícil trance, de forma desinteresada y amable.
– Bien, bien -le interrumpió el administrador, tendiéndole una bolsa de cuero de regular tamaño, que ya llevaba consigo oculta en un bolsillo-. En tal caso, apresúrate a llenar esta bolsa con algunas de las monedas halladas en las jarras.
La buena mujer se dio prisa en hacer lo que se le mandaba, y en cuanto la bolsa, ya llena, volvió a estar en las manos de Simón, éste la escondió de nuevo en uno de sus profundos bolsillos y seguidamente se despidió de Sanchica y de su madre, diciéndoles que ya volvería en cuanto tuviera nuevas noticias que darles.
Cuando Lope se enteró de esa segunda entrega de su mujer al administrador, estuvo a punto de volverse loco.
– ¿Te has creído, acaso, que esas jarras son inagotables…? ¿Y no comprendes, todavía, que ese administrador es un pillo redomado, que quiere enriquecerse a nuestra costa? Y lo que es peor, por tu charlatanería, ahora estamos por completo en sus manos y ya no podemos protestar. Poco a poco tenemos que ir entregándole todo el tesoro. ¡Y si nos negamos, nos denunciará a la justicia, y no contará la verdad, con la cual nadie podría prendernos, sino cualquier embuste, para perjudicarnos! Tú dices que nos aprecia, pero yo he oído decir que es un hombre ambicioso y sin escrúpulos. ¡Qué inconsciencia la tuya al confiarle nuestro secreto!
– Estoy segura de que te equivocas -afirmó una vez más la esposa-. Las razones que hoy me ha dado son normales y lógicas. Si ha de contratar a escribanos para que estudien nuestro caso, somos nosotros y no él los que debemos pagarles… ¡Y la corona me la pidió para tenerla en observación y para evitar que nos trajera desgracia!
– Nada, no comprendes nada -replicó Lope Sánchez-. ¡Qué inocente eres! Apuesto a que volverá antes de una semana, a pedirte que llenes otra bolsa como la que hoy se ha llevado.
– Yo estoy segura de que no -afirmó de nuevo la mujer.
Pero Lope tenía razón. Tres días después de nuevo llamó a la puerta de su casa el administrador Simón y esta vez, con la excusa de que debía hacer un viaje hasta Córdoba para consultar unos papeles que en una de sus bibliotecas se encontraban, le pidió a la mujer una nueva bolsa. Razonamiento ese que también a ella le pareció muy lógico.
Llegadas las cosas a este punto, Lope Sánchez, más que convencido de que todos sus temores se verían realizados y que su capital, mejor dicho, el capital que a su modo de ver pertenecía a su hija seguiría disminuyendo hasta desaparecer por completo, decidió, escapar de las garras de aquel hombre ambicioso, trasladándose de noche y sin que nadie lo supiera, a otra región de España, donde en paz y tranquilidad podrían él y su familia disfrutar de aquella fortuna y ocuparse, como les pidiera la princesa cautiva en obras de beneficencia.
Al principio su mujer protestó.
– ¿Por qué temes quedarte al fin sin fortuna alguna? Esas dos jarras son muy grandes. Aunque no dos veces, sino veinte, hubiera llenado la bolsa del señor Simón, seguiríamos siendo inmensamente ricos.
Pero el bueno de Lope Sánchez se mostró inflexible. Y también Sanchica apoyaba a su padre, recordando que la princesa le había dicho que nadie más que ella misma y sus padres, debían conocer el secreto que aquella noche le revelara.
Así, un día, la mujer y Sanchica se trasladaron secretamente a una lejana aldea, donde debían aguardar a que Lope se les reuniera, la noche siguiente.
Por la tarde, Lope Sánchez, hizo sus preparativos. Primero compró el mulo más vigoroso que pudo encontrar en toda Granada y, para que nadie le viera, lo ató en una especie de bóveda muy lúgubre que se encuentra debajo de la Torre de los Siete Suelos, lugar donde, según una antigua leyenda, tiene su cuadra el «Velludo». Es el caballo fantasma del que se dice que sale todos los días, a medianoche para recorrer las calles de la ciudad, perseguido por una jauría de perros que jamás logran darle alcance. Pero Lope, siendo un hombre bueno, no temía a los aparecidos y pensó que ningún lugar mejor que ese para esconder a su mulo, pues el temor de las gentes hacía que nadie se acercara nunca por aquellos parajes. Después, cuando ya la noche caía sobre la ciudad, con mucho sigilo y grandes precauciones, trasladó hasta aquella caverna subterránea, una después de otra, las dos jarras que contenían el tesoro y, cargándolas sobre las espaldas del mulo, comenzó a descender por la oscura alameda, que conducía al camino que debía seguir para alejarse de la ciudad.
A pesar de sus precauciones, sin embargo, la compra del mulo llegó a conocimiento del ambicioso administrador.
– ¡Quieren librarse de mí huyendo con el tesoro, pero no lo conseguirán! -exclamó.
Y así, en cuanto anocheció, se dirigió a su vez hacia la oscura alameda, por la que suponía que pasaría Lope Sánchez, cuando se dispusiera a salir de la ciudad. Escondiéndose entre los arbustos y setos que se alzan a ambos lados, pacientemente, se dispuso a esperar.
Pasó un cuarto de hora, pasó media hora… Pasó una hora y Simón seguía allí esperando. «No es posible que se haya marchado ya», se decía. Sin embargo comenzaba a impacientarse cuando, por fin, oyó un lejano sonar de cascos que se iba aproximando. Apartó las matas tras de la que se había ocultado y en medio de la oscuridad, distinguió aunque muy confusamente, la silueta de un caballo.
– ¡Ahí está! -murmuró entre dientes.
Saliendo al camino se agachó, disponiéndose a saltar sobre el animal en cuanto pasara frente a él. ¡Cómo se parecía a un gato al acecho de un pobre ratoncito! Y, en cuanto su presunta víctima pasó frente a él, saltó sobre la grupa, con un brinco digno del más ágil y práctico jinete.
– ¡Ya te tengo! ¡Ahora no te escaparás, pillo más que pillo! -gritó en voz alta mientras saltaba.
¡Pero cuál no fue su asombro al advertir que el caballo, sobre el que había saltado, no llevaba jinete alguno, ni alforjas, ni saco, ni nada donde pudiera esconderse el tesoro que a él le interesaba! Además, en cuanto el animal advirtió la carga que inesperadamente le había caído encima y al oír sus palabras, se encabritó, lanzándose seguidamente a una velocísima carrera. Fue en vano que Simón tratase de dominarlo y calmarlo. El caballo corría cada vez a mayor velocidad, saltando de peña en peña y brincando por encima de arbustos con lo cual la cabeza del pobre administrador se dio muchos golpes contra las ramas bajas de los árboles, mientras sus piernas recibían los arañazos de las matas que iban atravesando. Además, temiendo que en alguno de sus brincos el caballo le despidiera por los aires, con riesgo evidente para su vida, finalmente tuvo que dedicar todos sus esfuerzos a mantenerse bien sujeto en la silla, pensando que en algún momento el animal terminaría cansándose y se detendría.
Pero su terror aumentó cuando advirtió que, saliendo también de la oscuridad, comenzaba a perseguirles una jauría compuesta de siete feroces perros, ¡porque entonces comprendió que había montado precisamente sobre el terrible caballo «Velludo», del que tantas y tantas leyendas se contaban!
La carrera continuó durante horas y horas. Los sabuesos jamás llegaban a alcanzar al caballo, pero sí los talones y las piernas de Simón, que estaba cada vez más aterrorizado, temiendo que aquella carrera no terminara nunca y sin atreverse siquiera a gritar, ni a proferir la menor exclamación porque sus voces, en lugar de aquietar al animal, sólo conseguían enfurecerle más, con lo cual su carrera se hacía aún más rápida y alocada.
Por fin, cuando al jinete no le quedaba un sólo hueso sano y habían recorrido todos los alrededores de la ciudad, cantó el gallo anunciando el nuevo día. Al oírlo, el «Velludo», dio media vuelta, redobló la velocidad de su galope, en dirección a su guarida, seguido siempre por la jauría de perros feroces y después de atravesar como una flecha las desiertas calles de la ciudad, llegó frente a la Torre de los Siete Suelos. Una vez allí se encabritó súbitamente, al tiempo que lanzaba un par de fuertes coces, con lo cual el desdichado Simón voló por los aires, yendo a parar al interior mismo de una mata de espinos, en la que se desgarró el traje.
¡Buen castigo para su avaricia y ambición!
A la mañana siguiente, un campesino que marchaba a trabajar en sus campos y que acertó a pasar por allí, le encontró tendido en el suelo y tan lleno de cardenales, magulladuras y arañazos, que apenas podía sostenerse en pie, por lo cual el hombre tuvo que ir en busca de dos vecinos para, con su ayuda, trasladarle con cuidado hasta su casa. Y pronto circuló por toda la ciudad que el administrador Simón había sido atacado por unos bandidos, que le habían robado y maltratado.
Simón nada dijo para desmentir ese rumor. Por el contrario, le agradó que fuese esa la versión que oficialmente se daba, pues comprende que si explicaba lo que realmente habla sucedido, habría de decir también la causa, con lo cual se descubriría su ambición por apoderarse de un tesoro que no le pertenecía, y los engaños con los cuales había, embaucado a la sencilla mujer de Lope Sánchez.
Permaneció dos días en cama, reponiéndose de sus magulladuras y consolándose con el pensamiento de que, si bien la mayor parte del tesoro se le había escapado definitivamente de las manos, todavía le quedaba la corona de oro y esmeraldas, así como dos bolsas bien repletas de hermosas monedas, lo cual constituía ya una bonita fortuna. Y su primer pensamiento, en cuanto por fin pudo levantarse, fue correr al lugar donde habla escondido todo eso que había conseguido obtener con sus astucias y su enredos.
Pero, ¡cuál no fue su tristeza y su congoja, al advertir que la corona habla vuelto a su primitivo estado y no era más que una rama de mirto, ya marchita! Y al abrir las bolsas, las encontró llenas de piedras y guijarros…
Sin embargo siguió callado y nada dijo a nadie de cuanto había sabido acerca del tesoro, que durante siglos habían guardado las dos estatuas de alabastro. Como antes dijimos, temía, y con razón, la burla y el desprecio de las gentes e incluso el castigo de sus superiores. Por eso sólo muchos años después, cercana ya su muerte, habló de esas aventuras suyas a sus hijos, para que, a través de sus experiencias aprendieran a refrenar, la ambición y fuesen siempre, en cambio, bondadosos con sus prójimos.
Durante mucho tiempo nadie supo nada de Lope Sánchez. Algunos de sus amigos y conocidos, al comprobar su desaparición, pensaron que habían sido ciertas sus suposiciones de que andaba mal de dinero y que por esa causa se había trasladado ocultamente a alguna otra ciudad, en busca de trabajo mejor remunerado.
Hasta que, un buen día, cuando habían transcurrido cinco o seis años, uno de sus antiguos amigos tuvo que marchar unos días a la ciudad de Málaga, para resolver allí unos asuntos importantes. Mientras paseaba por una de las calles, se distrajo contemplando la animación que por allí reinaba y fue atropellado por un lujoso carruaje tirado por seis briosos caballos ricamente enjaezados. El cochero detuvo al instante el carruaje y de su interior descendió rápidamente un caballero, vestido con mucha elegancia y luciendo un vistoso sombrero de plumas y una espada reluciente. Todo esto hacía suponer que se trataba de un hombre de importancia y fortuna, el cual se inclinó sobre el accidentado, para ayudarle. Por suerte todo se había limitado a un buen susto, pero el susto se convirtió en asombro cuando el hombre reconoció en aquel caballero, tan lujosamente vestido, a su antiguo amigo y convecino Lope Sánchez. También Lope reconoció a su amigo de antaño, y ambos se abrazaron con grandes muestras de alegría.
El amigo se acercó al carruaje y vio que también iba la esposa de Lope, vestida y alhajada con mucho lujo. La mujer, sonriendo, contenta al verle, le dijo que se dirigían a la iglesia, donde iba a celebrarse la boda de su hija Sanchica con un noble aristócrata, uno de los más importantes de todo el país. Y como sea que en el carruaje iban también los novios, el antiguo amigo Pudo apreciar cómo Sanchica había dejado de ser una chiquilla para convertirse, con los años, en una joven de extraordinaria belleza y simpatía. ¡No era raro, por lo tanto, que sus cualidades singulares, unidas a su gran fortuna, comparable a la de cualquier princesa real, le permitieran hacer una boda con la cual entraría a formar parte de la aristocracia del país, llegando incluso a poseer un título nobiliario!
Lope Sánchez, a quien la fortuna no había endurecido el corazón, muy al contrario, se llevó con él a su antiguo amigo y, durante varios días le obsequió cuanto pudo, ofreciéndole banquete tras banquete y llevándole a funciones de teatro y a corridas de toros, así como a cuantos espectáculos creyó que podrían interesarle. Y cuando por fin se marchó, le regaló dos bolsas de dinero, una para él, y otra para que la repartiera entre sus viejos amigos de la Alhambra.
El antiguo jardinero explicaba a todos que su cambio de fortuna se debía a que había heredado de un hermano que, siendo aún muy joven, partiera a América en busca de fortuna y el cual había tenido la suerte de descubrir una mina de cobre. Pero los incrédulos y también los charlatanes, afirmaban que su fortuna sólo podía provenir de algún tesoro que había encontrado en el palacio de la Alhambra, o en sus jardines. Aunque, como es de suponer, eso nadie podía confirmarlo.
Las únicas personas que con certeza podían afirmarlo o negarlo, eran las dos hermosas estatuas de alabastro, colocadas a ambos lados del portal que conduce a los pasadizos abovedados, que se extienden por debajo de la Torre de Comares. Pero siguieron tan discretas y calladas como durante siglos, con sus miradas siempre fijas en un mismo punto. Lo cual hace pensar a más de un visitante de la Alhambra, que todavía ha de quedar en aquella pared algún tesoro que quizá mereciera la pena ser buscado, aunque otros, en particular las muchachas, afirman que las estatuas demuestran que también las mujeres son muy capaces de guardar secretos importantes, como también lo demostró la niña Sanchica. El caso de su madre fue algo fuera de lo normal. Fue una excepción.

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