Las estatuas discretas (1ª Parte)

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Las estatuas discretas

Hace muchos años vivía en uno de los amplios aposentos interiores de la Alhambra, un hombre de corta estatura pero sumamente simpático e ingenioso, que contaba con el afecto de todos sus conocidos. Trabajaba en los jardines que rodean esa antigua fortaleza mora y siempre, mientras cumplía con sus diarias obligaciones, cantaba, alegrando con su voz a todos sus compañeros. Terminado el diario quehacer, se sentaba en alguno de los muchos bancos que hay en avenidas y explanadas y seguía cantando, pero en aquella hora sus canciones se acompañaban con la música de la guitarra que sabía tocar con singular maestría. Ya no eran canciones ligeras, sino que entonces gustaba entonar largos romances, en los que se relataban las aventuras y heroicidades del Cid, Bernardo del Carpio, Fernando del Pulgar, el Gran Capitán y otros bravos españoles, cuyos nombres se han convertido en leyenda y, finalmente, cuando a su alrededor se había reunido ya suficiente grupo de gente, sus dedos pulsaban las notas de algún bolero o de un fandango y los jóvenes se apresuraban a bailar un rato.
Este jardinero que, como ya dijimos, era de estatura muy corta, se llamaba Lope Sánchez y estaba casado con una mujer bastante más alta que él. El matrimonio sólo tenía una hija, Sanchica, una chiquilla de doce años, que había heredado los hermosos ojos negros de su madre y del padre la corta estatura, el carácter alegre y el tono amable. Tenía una voz sumamente agradable y siempre acompañaba a su padre, cuando entonaba sus canciones o era la primera en iniciar el baile, cuando él pulsaba aires vivos.
Día a día crecía el encanto y la vivacidad de la niña, que llegó a ser la verdadera alma de la Alhambra, con gran satisfacción por parte de sus padres, que se sentían orgullosísimos de aquella hija única y quizá por eso más particularmente querida.
Aquel año, como sea que Sanchica había cumplido ya los doce años, llegada la víspera de San Juan, sus padres le permitieron ir con ellos por la noche a la montaña del Sol, donde tiempo inmemorial, todos los habitantes de Granada se reúnen desde para festejar la velada, encendiendo grandes hogueras y cantando y bailando al son de alegres músicas.
Era una noche clara y muy hermosa. La luna brillaba en lo alto, iluminando la tierra con su dulce y pálida claridad. ¡Con qué animación y con qué brío tocaba el bueno de Lope Sánchez su guitarra! ¡Y con qué alegría bailaban a su alrededor los mozos y las jóvenes… y también los que ya no eran jóvenes, pero que sentían que se les rejuvenecía el corazón llevados por el entusiasmo y el gozo general!
También la campiña aparecía a los ojos de todos más hermosa que nunca y, allá abajo, brillaban las cúpulas y las altas torres de Granada, mientras los riachuelos y pequeños arroyos que cruzan la vega, parecían cintas de plata que las hadas hubieran desplegado, para unirse también de algún modo a la fiesta, que con tanta ilusión celebraban anualmente los granadinos.
La simpática Sanchica, en compañía de un grupo de amiguitas de su edad, se había alejado un tanto del corro en el que se hallaban sus padres, y se divertía correteando con ellas entre las ruinas de un antiguo castillo moro emplazado en el punto más alto de la montaña. De vez en cuando, recogían guijarros o piedras blancas pulidas, que después empleaban para sus juegos. De pronto, Sanchica, encontró entre las piedras una manecita de azabache, cuya negrura parecía aún más intensa iluminada por la luz de la luna. Era pequeña, pero labrada con singular delicadeza y tenía los dedos cerrados y el pulgar unido a ellos. Aquel hallazgo la llenó de alegría y corrió a enseñárselo a su madre. Naturalmente, al instante, toda la concurrencia se enteró también y surgieron los más dispares comentarios.
– ¡Corre y tírala donde la encontraste! -dijo uno-. Sin duda es del tiempo de los moros…
– …y los moros, eso todos lo sabemos, eran amigos de hechizos y encantamientos -corroboraba otro.
– ¡Yo jamás permitiría que una hija mía poseyera nada semejante! -afirmaba un tercero.
– ¡Valiente tontería! -aseguraban los jóvenes-. Si no lo quiere, puede venderlo a cualquier joyero de la ciudad. ¡Seguro que se lo pagarán bien!
Ni el bueno de Lope Sánchez, ni su mujer, se decidían a tomar partido, hasta que, por fin, se les acercó un viejo soldado que había peleado en Africa por cuya razón su rostro estaba tan curtido por el sol y el viento del desierto, que aparecía oscuro como el de un verdadero árabe. Y ese soldado, después de examinar con mucho cuidado la manecita de azabache, afirmó:
– Esta manecita es un amuleto mágico. ¡Le felicito, amigo Lope y también a usted, señora! ¡Estoy seguro de que traerá buena suerte a Sanchica! Pero es conveniente que jamás se separe de él, a partir de ese mismo instante.
Al punto se alegraron los rostros de los esposos y la madre se apresuró a atar el amuleto a una cinta roja, colgándolo alrededor del cuello de su hija que, a su vez, se mostraba satisfechísima.
Aquel hallazgo hizo que las gentes perdieran el interés por el baile. Y así Lope Sánchez dejó a un lado la guitarra y todos se sentaron alrededor de las hogueras, mientras los más viejos comenzaban a contar leyendas. Algunas de estas maravillosas historias se basaban en los hechizos que encerraba la montaña, sobre la que se hallaban, y entre ellas destacó la que contó una anciana.
– Todos habéis oído hablar del fantástico palacio subterráneo de Boabdil, en el interior del cual yace encantado ese rey que fue el último moro que reinó en Granada, así como toda su corte y también su ejército. Pero quizá no sepáis que la entrada a ese palacio, se encuentra precisamente entre aquellas ruinas junto a las que Sanchica ha encontrado la manecita de azabache. Allí hay un hoyo tan profundo, que llega hasta el mismo centro de la montaña. ¡Ni por todo el oro del mundo me asomaría yo a él! Ni tampoco lo haría nadie que tuviera un poco de sentido común. Recuerdo muy bien lo que le sucedió a un pobre pastor, que acostumbraba a traer por aquí a sus cabras. Un día uno de los cabritos se cayó a ese pozo y él, para salvarle, penetró por aquella boca negra, gateando. Salió temblando por la emoción y bajó corriendo hasta la ciudad, contando cosas extraordinarias y tan inverosímiles, que todos creímos que se había vuelto loco. Durante varios días, con sus noches, tuvo que permanecer en la cama, presa de continuo delirio, sufriendo una fiebre muy alta, y hablando sin cesar de fantasmas moros que le perseguían por el interior de una caverna. Cuando por fin se restableció, sólo por las continuas insistencias de su esposa y de todos sus amigos, consintió por fin en volver a salir al monte con sus cabras. Pero un día aciago desapareció sin que nadie haya vuelto a saber más de él. Sus cabras pastaban entre las ruinas y su sombrero y su manta, fueron encontrados junto a la boca misma del pozo.
Aquel relato hizo estremecer a todos los oyentes, que se dijeron a sí mismos que tampoco ellos, por nada del mundo, se acercarían jamás hasta el pozo del que la vieja les había hablado. Todos, menos Sanchica. La niña era curiosa y viva por naturaleza y, además, parecía como si el amuleto que llevaba al cuello, le ayudara a vencer el natural temor que inspiran las historias de encantamientos o hechizos. Así, sin que nadie la viera, se escabulló de entre sus compañeras y se dirigió hacia las ruinas. Para llegar hasta el pozo, tuvo que andar un buen rato entre escombros y piedras, pero no sintió cansancio alguno, ¡tanta era la curiosidad que sentía por asomarse a la boca del pozo!
Por fin, llegó junto a él. Se asomó, pero era tanta la oscuridad, que no pudo ver absolutamente nada, y entonces al pensar que, como dijera la anciana, era tan profundo que llegaba hasta el centro mismo de la montaña, sintió un escalofrío y se apartó. Pero de nuevo la curiosidad la dominó y volvió a acercarse, esta vez haciendo rodar una piedra de regular tamaño. Cuando sus pies se encontraron por segunda vez junto al borde, empujó a la piedra y se dispuso a escuchar.
Durante un buen rato la piedra cayó sin hacer ruido. Después se oyó un chasquido, lo que hizo pensar a Sanchica que sin duda habla chocado con algún saliente rocoso y, seguidamente, los chasquidos se fueron repitiendo, cada vez más lejanos, prueba evidente de que la piedra iba rebotando de un lado a otro… Hasta que, por fin, se la oyó caer en el agua, pero a grandísima profundidad. Y todo quedó de nuevo sumido en el más completo silencio.
Pero ese silencio duró muy poco tiempo. Pronto comenzó a subir del interior del pozo un, al principio apagado rumor, que a Sanchica le recordó el zumbido de una colmena. Y el rumor fue creciendo hasta que, poco a poco, se convirtió en un vocerío distante, como de una muchedumbre, entre el que destacaban gritos de guerra, ruido de cascos de caballos, trompetas… Vocerío que iba haciéndose minuto a minuto más definido, más inconfundible…
– ¡Es como si un ejército entero se dispusiera a salir por ese pozo, preparándose para un combate! -exclamó la niña, asustada.
Y llena de terror, echó a correr entre las ruinas, deseando llegar cuanto antes al lugar donde habían quedado sus padres y sus amigos.
¡Pero qué desencanto experimentó al advertir que todos se habían marchado ya!
Las hogueras estaban apagadas y sólo débiles columnitas de humo, se elevaban de las cenizas. Sanchica llamó repetidas veces a sus padres y también a algunas de sus amiguitas. Sólo el silencio de la noche contestó a sus gritos. Por eso siguió corriendo, en dirección a la Alhambra, bajando a toda velocidad la ladera de la montaña y cruzando los jardines del Generalife. Mientras corría, no dejaba de gritar, llamando a sus padres, pero sólo el silencio continuaba correspondiéndole y ella estaba cada vez más asustada.
Por fin llegó a la alameda que conduce hasta el palacio de la Alhambra y allí se detuvo por fin, agotadas sus fuerzas por la carrera y por los gritos que había dado, y se sentó en uno de los bancos. Seguía rodeándola un completo silencio, pero truncado por el susurro de un arroyuelo cercano. Y ese susurro, tan familiar a sus oídos, así como también el lugar, pues eran muchos los días que por aquella misma alameda corría y jugaba con sus amiguitas, consiguieron por fin tranquilizar y aquietar su espíritu. Casi estuvo a punto de reírse del temor que minutos antes experimentaba. Pero entonces la campana de una torre cercana dio las doce…
De pronto, algo llamó su atención.
– Parece como si se acercasen muchas luces – se dijo.
En efecto, algo se acercaba, pero no eran luces, precisamente, sino los cascos y las armaduras de muchos guerreros moros, que bajaban por el mismo camino que poco rato antes ella recorriera corriendo y que brillaban a la luz de la luna. Y enseguida advirtió, a medida que se acercaban, que sus rostros tenían una palidez cadavérica y que todos iban armados hasta los dientes con escudos, lanzas y cimitarras, y llevaban bruñidas corazas. Montaban briosos corceles de pura raza árabe, enjaezados como para entrar en combate, pero las pisadas de los cascos no hacían más ruido que el que hace la luna al atravesar las copas de los árboles.
Entre los jinetes cabalgaba una hermosísima dama, que lucía una maravillosa diadema de oro y piedras preciosas, y cuyas trenzas rubias se adornaban con largas sartas de perlas finísimas. Su caballo, completamente blanco, llevaba gualdrapas de terciopelo rojo, bordadas en oro y plata. Pero Sanchica advirtió que, a pesar de su gran belleza y del lujo con el que iba vestida, su semblante reflejaba una profunda tristeza y sus ojos estaban siempre fijos en el suelo, como para ocultar las lágrimas que los llenaban.
Detrás de la dama seguía una comitiva de cortesanos magníficamente ataviados, con trajes de sedas de brillantes colores y vistosos turbantes, adornados con piedras preciosas de gran tamaño. Destacándose en medio de ellos, montando un brioso corcel, el último rey moro de Granada, Boabdil el Chico, iba luciendo un manto real enteramente bordado con hilos de oro y piedras preciosas y una corona también de oro en la que brillaban, delicadamente engarzadas, perlas, rubíes y diamantes.

Sanchica reconoció que era Boabdil, porque se parecía extraordinariamente al retrato que tantas y tantas veces había admirado, en la galería de pinturas de la Alhambra.

– Sí, no cabe duda -se dijo-. La misma barba rubia, los mismos ojos altivos y soñadores a la vez, el mismo mentón… ¡Es el propio Boabdil, estoy segura!
Siguió contemplando, admirada, el paso de la regia y lujosísima comitiva. Y aunque sabía, naturalmente, que el rey Boabdil había vivido hacía cientos de años y comprendía que todos aquellos guerreros, aquellos cortesanos y hasta sin duda alguna también la hermosa dama que parecía ir prisionera entre ellos, eran algo anormal, algo que se contradecía con el curso lógico de la naturaleza y fruto de algún encantamiento o hechizo, que ella no podía entender, no sentía temor alguno. Y ese valor, tan impropio para una chiquilla de doce años, se lo inspiraba el talismán que llevaba colgado al cuello y que, de vez en cuando y en forma inconsciente, acariciaba.
También, influenciada sin duda por el talismán, cuando la cabalgata terminó de pasar frente a ella, decidió seguirla y así llegó hasta la gran Puerta de la Justicia que estaba abierta de par en par; los centinelas que, como de costumbre, hacían guardia junto a ella, estaban sentados en los bancos y dormidos, al parecer, a causa de algún hechizo misterioso, pues ninguno de ellos se movió lo más mínimo cuando pasó la brillante comitiva, con las banderas desplegadas, como si se dispusiera a entrar en combate o como si estuviera desfilando en una marcha triunfal.
Sanchica pensaba seguirlos. Pero, al llegar a la puerta, advirtió que en la misma tierra, junto a ella, se abría una como entrada subterránea, que parecía conducir hasta los cimientos de la torre. La observó, viendo que había unos escalones, muy bien tallados, y su curiosidad la impulsó a descender por ellos. Así, avanzando lentamente y con precaución, porque aquella escalera abierta en la roca viva estaba alumbrada muy débilmente, llegó hasta un pasadizo cuyo techo, en forma de bóveda, despedía una cierta claridad, lo que le permitió seguir avanzando con mayor rapidez.
A medida que avanzaba, olía con mayor intensidad un extraño y agradabilísimo perfume, y pronto llegó, por fin, a la entrada de un gran salón, amueblado con singular magnificencia y adornado con tapices y cortinajes de sedas finas bordadas en oro y plata. Todo era del más puro estilo árabe. Por todo el salón se veían lámparas de plata, que alumbraban con esplendor la estancia, y también diversos sofás y otomanas, con cojines y almohadones recubiertos de seda bordada.
Pero lo que más llamó la atención de Sanchica, fue un anciano de larga barba blanca, que parecía descansar tendido en uno de los divanes más amplios y lujosos, y que sostenía en sus manos arrugadas un grueso bastón de madera finamente labrada. Muy cerca de él, sobre unos almohadones, se sentaba una hermosísima joven, vestida al antiguo estilo español, con su frente ceñida por una rica diadema de brillantes y su larga cabellera negra salpicada de perlas, la cual, con suavidad y mucho arte, pulsaba un laúd de plata.
Sanchica, ante aquella escena, recordó al punto una vieja historia que tiempo atrás oyera contar a un anciano, y que hablaba de una princesa cristiana a la que un viejo hechicero había encerrado en el corazón de la montaña, gracias a su poder, pero que, a su vez, con el encanto de su música, conseguía mantenerle sumido en continuo y mágico sueño.
«¡Esta es la princesa cautiva y el anciano el propio astrólogo Ibrahim Eben Abú Ajib! ¡Qué maravilloso haber podido descubrir su mágico encierro!», pensó la niña, llena de asombro y admiración.
En aquel momento la joven vio a Sanchica de pie en el umbral del salón y su rostro expresó un asombro sin límites. Pero pronto reaccionó y sin dejar de pulsar ni un solo instante el laúd de plata, le indicó con un ademán que podía acercarse.
Así lo hizo Sanchica que, como ya dijimos, no sentía ningún temor ante todos aquellos acontecimientos de los que era testigo. Cuando se encontró frente a la hermosa princesa, ésta le preguntó:
– Dime, niña, ¿es hoy acaso la víspera de San Juan? – En efecto, señora -respondió Sanchica.
La princesa suspiró con alivio y alegría, y una amable sonrisa se dibujó en sus labios.
– Entonces puedo pedirte un favor. Todos los años, en esta noche, se rompe por unas horas el mágico encantamiento que hace que los moros sigan en España, ocultos en lo más profundo de las montañas, en espera de que llegue el día en que, acaudillados por su rey Boabdil, puedan volver a la vida normal y traten de reconquistar las tierras españolas. Pero yo jamás pude salir de esta habitación, ni un sólo minuto, porque este anciano hechicero me ató con cadenas de oro que ninguna mano mortal puede romper.
– ¿Y qué puedo hacer yo, si soy una pobre niña? -preguntó entonces Sanchica, compadecida de la desventura de la joven.
– Advierto que llevas colgado del cuello un talismán de gran poder. Bastará con que toques con él mis cadenas, para que yo quede libre por toda la noche.
Al decir estas palabras, la joven le mostró a la niña el ancho cinturón de oro que ceñía su cintura y del cual salía una cadena, igualmente de oro, que la mantenía sujeta a la tierra. Y Sanchica, a su vez, se apresuró a tocar con su talismán aquella cadena, que, al instante, cayó al suelo, separada del cinturón. Pero aquel ruido pareció desvelar al anciano, que medio se incorporó entre sus almohadones frotándose los ojos. La princesa dijo entonces, siempre sin dejar de pulsar su instrumento:
– Toca con tu talismán ese bastón que tiene en la mano.
Así lo hizo la niña y al punto el bastón cayó también al suelo y el anciano quedó de nuevo sumido en profundo sueño. Entonces la princesa dejó el laúd de plata cuidadosamente colocado junto al almohadón en el que descansaba la cabeza del hechicero, haciendo vibrar las cuerdas mientras exclamaba:
– ¡Oh, poderoso espíritu de la música y la armonía! ¡Haz que ese anciano hechicero no despierte de su sueño, mientras un nuevo día no comience a iluminar la tierra!
Después, dirigiéndose a Sanchica, añadió:
– Ven conmigo. Eres una muchachita muy valiente y te mereces un premio. Yo haré que contemples la Alhambra exactamente como era en sus tiempos de gran esplendor, cuando el rey moro de Granada habitaba en su interior. ¡Ese talismán que posees, te permitirá verlo todo sin correr el menor riesgo!
La niña, muy ilusionada, siguió a la princesa y, en silencio, subieron los escalones que conducían a la entrada. Junto a la Puerta de la Justicia y pasando entre los centinelas dormidos, pronto llegaron a la llamada plaza de los Aljibes, que es una gran explanada que se abre en el interior de la fortaleza.
¡Cuánto gentío había en ella! Multitud de guerreros, formados en filas ordenadas y con las banderas desplegadas, parecían aguardar una orden para ponerse en marcha y, junto al portal, había guardias reales con otros muchos criados y sirvientes. Los guardias llevaban anchas y largas cimitarras y su aspecto era muy feroz, pero Sanchica seguía sin experimentar ningún temor y, con la mayor tranquilidad, seguía a la princesa.
Pero asombro sí lo experimentó, y muy grande, al penetrar en aquel palacio en el que desde niña había vivido, que la luna iluminaba ahora con una claridad mucho más intensa de lo normal. Todos los aposentos, así como los jardines, los patios y los corredores, se habían transformado por completo. De las paredes de todas las cámaras y pasadizos, así como de los muros de los jardines y patios interiores, habían desaparecido las manchas y las grietas que el paso del tiempo había dejado en ellas y, en su lugar, Sanchica pudo admirar cortinajes lujosísimos, telas de damasco y estatuas, figuras y lámparas, fabricadas en oro puro. En los salones y en todos los aposentos que estaba acostumbrada a ver desprovistos de muebles, admiraba ahora magníficos divanes y lujosísimas otomanas, recubiertas de sedas y adornados con bordados realizados con hilos de oro, plata y piedras preciosas. Por todas partes había ricas alfombras persas y tapices, que ella, a pesar de su ignorancia, comprendió que eran de valor incalculable. Y, en los jardines, corría de nuevo el agua de las fuentecillas y las estatuas habían recobrado su brillo, así como también las flores y las plantas más exóticas, se abrían con inusitado esplendor y magnificencia.
Las cocinas, que Sanchica solía ver siempre completamente desiertas, estaban ahora invadidas por una muchedumbre de cocineros y sirvientas, que preparaban los más diversos y apetitosos guisos, asando pollos y perdices, aderezando con exóticas salsas frutas y verduras, que después un enjambre de mozos iba disponiendo en largas mesas que parecían preparadas para celebrar un espléndido banquete preparado para muchas personas. El Patio de los Leones se hallaba lleno de guardias negros, que charlaban con los cortesanos y palaciegos, como en los antiguos tiempos, y en uno de los extremos del Salón de Justicia, estaba el rey Boabdil, sentado en un trono que refulgía por el oro en que había sido fabricado y por las muchas piedras preciosas que lo adornaban. Allí recibía el homenaje de sus súbditos.
Pero a pesar de toda aquella muchedumbre que llenaba salas y patios, no se oía ni una voz, ni un susurro, ni el menor rumor de pisadas. La noche estaba tranquila y el silencio que reinaba, sólo era interrumpido por el caer del agua de las fuentes.
Por eso, aunque Sanchica seguía sin experimentar temor, al fin, el mismo asombro que sentía, llegó a intimidarla un poco. Pero no lo demostró ni en una sola ocasión y, sin la menor vacilación, seguía por todas partes a su guía. Así, después de cruzar todo el palacio, de punta a punta, llegaron hasta la puerta que conduce a los pasadizos de techo abovedado, que se extienden por debajo de la Torre de Comares.
Adornaban la puerta dos maravillosas estatuas de singular belleza, fabricadas en el más puro alabastro y colocadas una a cada lado, pero mirando ambas hacia un mismo punto de la bóveda. Y allí, junto a ellas, se detuvo la hermosa princesa.
– Fíjate en esas dos estatuas -le dijo a Sanchica, haciéndole una seña para que se acercase-. Ellas son las guardianas de un secreto que quiero revelarte en premio a tu valor y del que ellas son las únicas sabedoras desde tiempo inmemorial. Pues sabrás, niña, que guardan un tesoro que perteneció a un antiguo rey moro. Dile a tu padre que busque el punto exacto de la bóveda en el que tienen fijos los ojos y abra un agujero. ¡Encontraréis un tesoro que os convertirá en la familia más rica de toda Granada! Si tropezáis con alguna dificultad, no olvides que el talismán que posees, te ayudará siempre, pero no dejes de recomendarle a tu padre que sea extraordinariamente discreto. Una indiscreción podría acarrearle a él y a tu madre, desagradables consecuencias; a ti nada malo podrá sucederte nunca, porque eres inocente y porque posees ese talismán, pero, como es lógico, sufrirías viendo la desgracia de ellos. Y dile también que con una parte del tesoro, haga buenas obras y no deje nunca de ayudar a los necesitados y enfermos.
Después de pronunciadas estas palabras, la joven princesa condujo a la niña hasta el cercano jardín de Lindaraja que, como es sabido, es uno de los más pequeños, pero también uno de los más bellos que se conocen. La luna brillaba sobre las aguas de la fuentecilla que se eleva en el centro, y los naranjos y los limoneros aparecían envueltos en una claridad suave y aterciopelada. La hermosa joven cortó con sus propias manos una rama de mirto e hizo con ella una corona, que colocó con cariño sobre la frente de Sanchica.
– Esta corona es lo único que personalmente puedo darte -le dijo-. Guárdala como recuerdo mío y de la verdad de mis revelaciones. Ahora debo dejarte. ¡No intentes seguirme, porque podría ocurrirte alguna desgracia de la que ni tu manecita de azabache te salvaría! Adiós, querida niña, y recuérdame de vez en cuando.
Y seguidamente, antes de que Sanchica pudiera reaccionar, desapareció en el interior del pasadizo, que pasando por debajo de la Torre de Comares, conducía hasta otros pasillos interiores o misteriosos de los que nada se sabe. Y ya nadie volvió a verla jamás.

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