Las dos hijas del Rey

Las dos hijas del Rey

Publicada en Publicada en CUENTOS, De la India

Las dos hijas del Rey

Había una vez un poderoso rey que gobernaba un país muy rico. El Rey tenía dos hijas, la mayor era muy inteligente. La menor era muy sincera.
El rey se sentía tan orgulloso de ellas y tanto las quería que las consideraba el tesoro más preciado de todo su reino.
Un día, picado por la curiosidad, quiso saber si él era correspondido por ellas y las mandó llamar a la gran sala del palacio.
Momotaj y Nurjahan acudieron presurosas, y algo preocupadas. Pues no era muy habitual que el rey, su padre, las llamara a presentarse en la sala que normalmente utilizaba para importantes asuntos de estado.
Una vez ante él, se inclinaron respetuosamente y dijeron:
—Aquí estamos, padre ¿Cuál es el motivo por el que nos has mandado llamar?
El rey al verlas tan hermosas, se llenó de orgullo. Y al contemplar sus rostros preocupados, sonrió de manera tranquilizadora.
—No temáis, hijas mías —dijo—. Sólo quiero haceros una pregunta.
—Dinos, amado padre —comentó Momotaj, la mayor—. ¿Qué pregunta es ésa? Trataré de responderla con toda la cultura que me habéis enseñado
—Y yo —añadió Nurjahan, la menor— intentaré responderos con la sinceridad que me habéis inculcado.
El rey Omar, complacido, se rió abiertamente.
Al cabo de un rato, dirigiéndose a la mayor, preguntó:
—Momotaj, dime, ¿cuánto me quieres?
La hija mayor, sorprendida, pensó rápidamente en algo que pudiera complacer a su poderoso padre. Y como era muy lista, recordó que al rey lo que más le gustaba de este mundo eran los dulces, que siempre deseaba comer más y más cosas dulces, y supo que ésta era la respuesta.
– Y, Momotaj, con voz firme, dijo:
—Padre mío, yo os quiero como a los dulces.
El rey al oír su respuesta, se puso muy contento pues, como sabemos, los dulces eran muy importantes para él y los apreciaba mucho.
Satisfecho, preguntó a continuación a su hija pequeña:
—Y tú, Nuijahan, dime, ¿cuánto me quieres?
La hija menor del rey no tardó ni un segundo en contestar. Abrió su corazón y, con toda sinceridad, dijo:
—Padre mío, yo os quiero como a la sal.
El rey Omar de repente, alteró la expresión de su rostro y, muy enfadado, exclamó:
— ¡Hija desagradecida! ¿Me quieres como a la sal, una cosa insignificante que no me gusta ni a mí ni a nadie de mi reino?
Nuijahan, temblorosa por la ira que demostraban las palabras del rey, titubeó un instante antes de responder. Sin embargo, como ella consideraba la sal algo muy valioso, decidió mantener su respuesta.
Y, con todo el valor que consiguió reunir, dijo en voz muy baja:
—Sí, padre. Os quiero como a la sal.
El rey estallando de cólera, llamó a sus soldados a gritos.
—¡Qué venga mi guardia personal de inmediato!
Los aguerridos soldados acudieron obedientes en un abrir y cerrar de ojos y rodearon a las dos princesas mientras Nuijahan miraba asusta da a su hermana mayor.
Entonces, el rey Omar, señalando a la hija menor, dijo furioso
—Llevaos a esta hija mía tan desagradecida de mi presencia y dejadla en un bosque para que viva abandonada el resto de sus días.
—¡Padre! —Sollozó Nurjahan al borde del desmayo.
Pero el rey Omar, sin hacer caso de sus lágrimas, se mantuvo inflexible en su castigo y los soldados se llevaron a rastras a la pobre princesa Nurjahan que lloraba desconsoladamente.
Una vez fuera de palacio, los soldados cabalgaron hasta un bosque perdido en los confines del reino. Y allí, cerca de una tenebrosa cueva, abandonaron a la menor de las dos princesas y emprendieron el camino de regreso a palacio.
Triste y desvalida, Nurjahan se quedó sola.
Pasó un día, pasaron dos… y la princesa, sin comer, pues no tenía casi fuerzas, sintió que un oscuro porvenir le aguardaba sino reaccionaba pronto. Entonces, decidida no dejarse abatir por la pena, comenzó a buscar alimento por el bosque. Así, poco apoco, fue encontrando fresas, cerezas, frutas muy dulces que, al comerlas, le fueron devolviendo las energías. Y luego, se dedicó a poner en condiciones la cueva. La limpió, se preparó una especie de lecho con las hojas de unos arbustos e hizo de manera para que le resultara lo más confortable posible.
Una noche, mientras Nurjahan intentaba dormir, un príncipe de otro país cruzaba el bosque a caballo con su séquito cuando, de pronto vio una luz brillante que salía de la cueva. Al acercarse, extrañado, comprobó que la luz era el reflejo de la luna sobre el vestido y las joyas que alguien había dejado colgadas en la entrada.
— ¿De quién será este vestido y esas joyas? —se preguntó el príncipe.
Mandó detener al cortejo y desmontó.
—Iré ahí dentro a ver a quién pertenecen —dijo.
—Tened cuidado, príncipe —advirtió uno de sus soldados.
Sin hacer mucho caso, el príncipe se dirigió a la cueva. Y al traspasar el umbral, descubrió durmiendo a la muchacha más bella que nunca habían contemplado sus ojos.
Tan extasiado estaba por la belleza de la muchacha que al príncipe se le escapó un suspiro de admiración y ella se despertó de golpe.
— ¿Quién sois? —preguntó asustada—. ¿Que queréis de mí?
—No temáis —la tranquilizó él.
Y comenzó a contarle quién era y cómo la había encontrado.
Nurjahan, con el corazón palpitando, pues ya se había enamorado del joven con la mirada más dulce que jamás había conocido, le explicó:
—Mi padre me abandonó en el bosque porque le hice una cosa mala.
— ¿Qué le hicisteis? —quiso saber el príncipe con el corazón también desbocado ya que sentía lo mismo que ella—. ¿Que cosa fue ésa?
Ella se lo contó sin decirle que su padre era un rey. Y el príncipe, que ya no era capaz de pensar en nada más que no fuera en Nurjahan, la convenció para que lo acompañara a su país. Y a su país se marcharon.
Al llegar, el príncipe Mahamud, que así se llamaba, corrió a presentársela a sus padres que se pusieron muy contentos al conocerla, ya que vieron que Nurjahan era una buena chica y que el príncipe estaba muy enamorado. Y la aceptaron de tan buen grado que la boda se celebró enseguida y por todo lo alto. Por el país entero corrió la alegría por la nueva pareja.
Y Nurjahan y Mahamud vivieron muy felices.
Un día, el rey Omar, que por entonces se sentía muy triste por haber perdido a la más pequeña de sus hijas, salió de caza. Y caminando, caminando, se fue alejando sin darse cuenta. Más tarde, agotado, quiso des cansar un poco cuando vio, a lo lejos, un palacio muy grande.
—Mira, mira —se dijo—. Es lo’mnico habitado que hay por aquí. Y se acercó al palacio para que le dieran algo de comer.
Se detuvo a las puertas y pidió que le ayudaran, les explicó que era el rey de otro país y que se había perdido.
La noticia llegó a oídos del rey Shajan, que era el padre del príncipe Mahamud, y accedió enseguida a prestarle ayuda permitiéndole la entrada. Luego, hizo que le acompañaran hasta sus estancias y que le dieran comida, bebida y alojamiento. Y mientras aguardaba, el rey Shajan llamó a la reina y a la princesa Nurjahan.
— ¡Venid a conocer a un rey de otro país! La reina acudió con rapidez.
Pero la princesa Nurjahan se quedó detrás de la puerta y, por una rendija atisbó dentro y vio que se trataba de su padre. Quieta, sintió alegría por verle de nuevo y desazón al recordar que había ordenado abandonarla.
Sin moverse, decidió no salir a enfrentarse con él. Entonces, el rey Shajan le dijo:
—Nurjahan, prepara la comida que invitaremos al rey Omar a nuestra mesa, pues está hambriento después de todo un día sin comer.
—Bueno —dijo Nuijahan—, yo prepararé la comida para él si eso es lo que deseáis.
—Sí, éstos son mis deseos —confirmó el rey Shajan.
—Pues así lo haré —obedeció la princesa.
Y se dispuso a preparar una comida donde todos los alimentos fueran dulces, muy dulces, ya que sabía que a su padre era así como le gustaba.
Luego, hizo que se la sirvieran. Y todos los platos eran dulces.
El rey Omar, hambriento después de todo un día sin comer, se puso muy alegre al probar la abundante comida. Y tanto dulce le encantó.
Al día siguiente, el desayuno, que también se lo había preparado su hija Nurjahan, era muy dulce, pero muy, muy dulce.
Y el rey Omar se lo comió disfrutando como un chiquillo.
Y al mediodía, la comida también era muy, muy dulce.
Y la cena.
Pasaron dos días, tres. Y los platos eran siempre dulces, muy dulces.
Entonces, el cuarto día, al ver que la comida volvía a ser dulce, muy dulce, el rey Omar se dijo que ya estaba cansado de comer tanto dulce, que ya no podía más, y deseó marcharse a su país.
Sin pérdida de tiempo, le comunicó sus deseos al rey Shajan.
—No, no —dijo el rey Shajan—, no os podéis marchar. Tenéis que quedaros siete días con siete noches en mi palacio. Es la tradición. Y si no lo hacéis así, la mala suerte se abatirá sobre nosotros diez años.
¿Acaso es esto lo que pretendéis? ¿No sería lo mismo que declararnos la guerra? Pensad: ahora somos amigos y nuestros países necesitan nuestra amistad. ¿Queréis cambiar las cosas?
El rey Omar se quedó pensativo. Lo último que necesitaba su país era una guerra. Pero estaba harto de tanto dulce ¡Y claro, no le podía decir al rey Shajan la verdad para no ofenderle. Estaba atrapado!
— ¿Qué. no os gustan nuestros manjares? —preguntó el rey Shajan.
—No, no es eso. Todos son excelentes —dijo el rey Omar muy a su pesar—. La comida es propia de un gran rey, muy buena.
Y aunque aborrecía ya todo lo dulce, decidió callar y permanecer en el palacio con tal de no provocar males mayores.
Pasaron tres días más y, cada vez que le servían la comida, al ver el dulce en todos y cada uno de los platos se le removían las tripas y se sentía incapaz de dar bocado. Se limitaba a dejarla tal y como se la presentaban, sin probarla, diciendo que no tenía hambre y sin atreverse a pedir otro tipo de alimentos por temor a ofender al rey Shajan.
El séptimo día, el que por fin iba a ser el último, la princesa Nurjahan hizo otro tipo de comida para la velada de despedida del rey Omar. Esta vez preparó una normal, de diferentes sabores, todos exquisitos y variados, abundantes y deliciosos. Y claro, el rey Omar, que llevaba tres días sin comer, comió de todo con mucho apetito y descubrió una gama de sabores que hasta ese momento desconocía y lo muy buenos que podían resultar.
Escondida detrás de la puerta, la princesa Nurjahan observó a su padre comiendo y cómo disfrutaba con los nuevos platos.
Al acabar, el rey Omar preguntó al rey Shajan:
— ¿Ha preparado esta comida tan sabrosa?
—Mi nuera —respondió el rey Shajan—, la mujer de mi hijo Mahamud. Ella ha sido quien os ha preparado esta comida y también la anterior, la dulce.
— ¡Sí! —Exclamó el rey Omar—. ¡Pues hacía muchos años que no probaba comida tan deliciosa y rica! Desearía conocer a vuestra nuera.
El rey Shajan, halagado por el entusiasmo de su invitado, llamó a la princesa Nurjahan y le dijo:
— Aquí, que te presentaré a un rey amigo que desea conocerte.
La princesa salió de detrás de la puerta y entró en la sala. Fue hasta la mesa donde estaban sentados los dos reyes e inclinó la cabeza. Luego, con serena cortesía, saludó a su padre.
—Mis saludos, rey Omar —dijo ella.
—Así que eres tú la gran cocinera —dijo su padre sin reconocerla. Había pasado mucho tiempo y la princesa estaba muy cambiada. Luego añadió: pues la comida ha sido excelente, la más rica que he probado.
—Gracias, ya he visto cómo la habéis disfrutado con gran apetito.
—Sí, sí —murmuró el rey Omar deseando que nadie m hubiera notado el hambre con que había comido—. Me lo ha despertado tu talento para combinar los sabores. Jamás había probado nada igual.
Entonces, la princesa Nurjahan, aclarándose la garganta, dijo:
—Padre, todavía os quiero como a la sal.
En el rostro del rey Omar se dibujó la más absoluta de las sorpresas.
—Preguntó con asombro— ¿Qué dices?
—Padre, soy vuestra hija menor, la princesa Nurjahan —declaró—. Y todavía os quiero.
De pronto, el rey la reconoció y, levantándose de un salto, corrió a estrecharla entre sus brazos, pues durante todo ese tiempo no había pasado ni un solo día sin echarla de menos. Arrepentido de su acción, la abrazó emocionado mientras se daba cuenta del error cometido: que el secreto de la felicidad no reside en una sola cosa sino en el equilibrio de varias diferentes.

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