La zarevna Belleza Inextinguible (2ª Parte)

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La zarevna Belleza Inextinguible

El Zarevitz Iván dio las gracias a la vieja e hizo cuanto le ordenó. Apenas encendió el fuego, arrojó a las llamas la hierba de modo que el humo flotase en dirección al lugar donde el gigante estaba montando la guardia. Enseguida se le nublaron los ojos, bostezó y cayó al suelo dormido como un tronco. El Zarevitz le cortó la cabeza, arrojó la pelota y echó a correr tras ella. Corre que correrás, corre que correrás, la pelota no dejó de rodar hasta que, entre el verde del bosque se destacó relumbrante el palacio de oro. De pronto se levantó del palacio y a lo largo del camino una nube de polvo, entre el que relucían lanzas y corazas, y al mismo tiempo llegaba un ruido como de escuadrones de guerreros en marcha. La pelota se desvió del camino y el Zarevitz la siguió entre unas malezas que lo ocultaban. Allí se apeó y dejó que el caballo paciese, mientras él observaba a la Zarevna Belleza Inextinguible que se acercaba con su séquito y se detenía en unos hermosos prados para recrearse. Y todo el séquito de la Zarevna estaba compuesto de doncellas a cual más hermosa, pero la belleza inextinguible de la Zarevna se destacaba entre ellas como la luna entre las estrellas.
Levantaron tiendas de campaña y allí estuvieron distrayéndose durante nueve días con diversos juegos; pero el Zarevitz como un lobo hambriento, no podía apartar sus ojos de la Zarevna, y por mucho que miraba nunca estaba satisfecho. Por fin, el décimo día, cuando todo el mundo dormía en la dorada corte de la Zarevna, el joven espoleó el caballo con todo su fuerza, y de un brinco fue a parar al jardín del departamento de las doncellas de compañía; ató las riendas de su caballo a un poste y con las precauciones de un ladrón se introdujo en el palacio y se encaminó directamente al aposento principesco, donde la Zarevna Belleza Inextinguible, tendida en un blando lecho, dormía su sueño heroico.
El Zarevitz cogió el frasco del agua de la vida que la durmiente guardaba bajo la almohada, con propósito de escapar de allí corriendo; pero aquel acto era demasiado tentador para su corazón de doncel e inclinándose sobre la Zarevna besó tres veces sus labios, más dulces que la miel. Pero no bien hubo salido del palacio y hubo brincado por encima del muro, montado en su brioso corcel, se despertó la princesa a causa de los besos.
Belleza Inextinguible montó de un salto su yegua veloz como el viento y se lanzó en persecución del Zarevitz Iván. Éste estimulaba a su brioso corcel, tirando de las riendas de seda y golpeando sus ijares con el látigo hasta que el animal volvió la cabeza para hablarle de esta manera:
– ¿Qué sacarás con pegarme, Zarevitz Iván? Ni las aves del aire ni las bestias de la selva podrían escapar ni burlar a esa yegua. ¡Corre tanto, que la tierra tiembla, cruza los ríos de un salto y las colinas y las cañadas desaparecen bajo sus patas!
Apenas dichas estas palabras, la Zarevna dio alcance al joven; asestó contra él su espada vibrante y le atravesó el pecho. El Zarevitz Iván cayó del caballo a la húmeda tierra, sus claros ojos se cerraron, su sangre moza manaba por la herida. Belleza Inextinguible lo contempló un momento y experimentó una pena indecible, pues comprendió que en todo el mundo no encontraría un joven tan hermoso como aquél. Puso su blanca mano sobre la herida, la lavó con agua de la vida vertida del frasco, y al momento se cicatrizó la herida y se levantó el Zarevitz Iván, sano y salvo.
– ¿Quieres casarte conmigo?
– ¡Es mi mayor deseo, Zarevna!
– Pues vuélvete a tu reino y si dentro de tres años no me has olvidado, seré tu mujer y tú serás mi marido.
Los prometidos se despidieron y se alejaron en diferentes direcciones. El Zarevitz Iván caminó mucho tiempo y vio muchas cosas, y por fin llegó ante una tienda de campaña sostenida por un mástil dorado, y junto a la tienda vio dos hermosos caballos que se alimentaban de trigo candeal y se abrevaban en aguamiel, y en la tienda estaban sus dos hermanos tumbados a la bartola, comiendo y bebiendo y entreteniéndose en mil diversiones. Y el mayor de los hermanos le preguntó así que lo vio:
– ¿Traes el agua de la vida para nuestro padre?
– ¡Sí! -contestó Iván, que no acostumbraba guardar secretos y en todo era sincero.
Sus hermanos lo invitaron a comer con ellos, lo embriagaron y lo arrojaron por un precipicio, después de quitarle el frasco del agua de la vida.
El Zarevitz Iván rodó por la pendiente al fondo de un abismo muy hondo, tan hondo que fue a parar al Reino Subterráneo. “¡Esto sí que es desgracia! -pensó para sí.- ¡Nunca encontraré el camino que pueda sacarme de aquí!” Y se puso a andar por el Reino Subterráneo. Anda que andarás, anda que andarás vio que el día iba menguando, menguando, hasta que fue completamente noche. Por fin llegó a un lugar que no era desierto, y junto al mar había un castillo como una ciudad y una choza como una mansión. El Zarevitz Iván se acercó a buen paso a un pajar y desde el pajar se introdujo en la choza, rogando a Dios que le concediera un descanso reparador aquella noche.
Pero en la choza vivía una vieja, muy vieja, muy vieja, toda llena de arrugas y con el pelo blanco, que le dijo:
– ¡Buenos noches, amiguito! Sé bien venido, puedes descansar aquí, pero, dime: ¿cómo has llegado?
– Muchos años tienes, abuela, pero tu pregunta no denota mucho seso. Lo primero que deberías hacer es darme de comer y de beber y dejarme dormir, y luego me harás las preguntas que quieras.
La vieja le sirvió enseguida de comer y de beber, dejó que se acostase a dormir, y luego volvió a preguntar. Y el Zarevitz le contestó:
– Estuve en el Reino de Tres Veces Diez como huésped de la Zarevna Belleza Inextinguible y ahora regreso a casa de mi padre el Zar Afron; pero me he perdido. ¿No podrías enseñarme el camino que me lleve a casa?
– ¿Cómo voy a enseñarte lo que yo misma desconozco, Zarevitz? Llevo las nueve décimas partes de mis años viviendo en esta tierra y nunca había oído hablar del Zar Afron. Bueno, duerme en paz y mañana llamaré a mis mensajeros y tal vez alguno de ellos lo sepa.
Al día siguiente, el Zarevitz se levantó muy temprano, se lavó bien y salió con la vieja a una galería, desde donde ella gritó con voz penetrante:
– ¡Eh, eh! ¡Peces que nadáis en el mar y reptiles que os arrastráis en la tierra, mis fieles servidores, reunios aquí al momento sin que falte ni uno de vosotros!
Inmediatamente se produjo una viva agitación en las azules aguas del mar y todos los peces, grandes y pequeños, se reunieron; tampoco faltaban los reptiles. Todos se acercaron a la orilla por debajo del agua.
– ¿Sabe alguno de vosotros en qué parte del mundo habita el Zar Afron y qué camino lleva a sus dominios?
Y todos los peces y reptiles contestaron a una voz:
– Ni lo hemos visto con los ojos ni nos ha llegado la noticia a los oídos.
Entonces la vieja se volvió al otro lado y gritó:
– ¡Eh! ¡Animales que andáis sueltos por los bosques, aves que voláis por el aire, mis fieles servidores, volad y corred aquí al momento sin que falte ni uno de vosotros!
Y las bestias salieron corriendo del bosque a manadas y las aves acudieron a bandadas, y la vieja les preguntó por el Zar Afron, y todos a una voz le contestaron:
– Ni lo hemos visto con los ojos ni ha llegado la noticia a nuestros oídos.
– Y bien, Zarevitz, ya no queda nadie por preguntar, y ya ves lo que han contestado todos.
Y ya se volvían a la choza, cuando se oyó un ruido como si alguien rasgase el aire, y el pájaro Mogol apareció volando y oscureciendo el día con sus alas y fue a posarse junto a la choza.
– ¿Dónde estabas tú y por qué has tardado tanto? -le chilló la vieja.
– Estaba volando muy lejos de aquí, sobre el reino del Zar Afron, que se halla al extremo opuesto del mundo.
– ¡Caramba! ¡Sólo tú me hacías falta! Si quieres hacerme ahora un favor que te agradeceré mucho, conduce allá al Zarevitz Iván.
– Con mucho gusto te serviría, pero necesito montones de carne, porque hay que pasar tres días volando para ir allá.
– Te daré toda la que necesites.
La vieja preparó provisiones para el viaje del Zarevitz Iván. Colocó sobre el pájaro un tonel de agua y sobre el tonel una banasta llena de carne. Luego entregó al joven una barra de hierro puntiagudo y le dijo:
– Mientras vueles a caballo del pájaro Mogol, siempre que éste vuelva la cabeza y te mire, metes este hierro en la banasta y le das un trozo de carne.
El Zarevitz dio las gracias a la vieja y se acomodó sobre el lomo del enorme pájaro, que inmediatamente desplegó las alas y emprendió el vuelo. Vuela que volarás, vuela que volarás, se pasaba el tiempo y venía la gana, y siempre que el animal se volvía a mirar al Zarevitz, éste hundía la barra de hierro en la carne, sacaba un tasajo y se lo alargaba. Al fin, el Zarevitz Iván vio que la banasta estaba casi vacía y dijo al pájaro Mogol:
– Mira, pájaro Mogol, ya te queda muy poco alimento; desciende a tierra y te llenaré la banasta de carne fresca.
Pero el pájaro Mogol contestó diciendo:
– ¿Estás loco, Zarevitz Iván? A nuestros pies se extiende un bosque negro y espantoso que está cuajado de ciénagas y lodazales. Si descendiésemos en él ni tú ni yo saldríamos en toda nuestra vida.
Cuando ya no quedaba ni un pedazo de carne, el Zarevitz empujó la banasta y el tonel y los arrojó al espacio; pero el pájaro Mogol seguía volando y volvía la cabeza pidiendo más comida. ¿Qué hacer en semejante situación? El Zarevitz Iván se quitó el calzado de piel de becerro y poniéndolo en la punta de la barra de hierro lo presentó al voraz animal que se lo tragó. Poco después descendía con su preciosa carga para descansar de su largo vuelo en un verde prado sembrado de azules flores. Apenas el Zarevitz Iván hubo saltado al suelo, el pájaro Mogol devolvió las botas de piel de becerro, calzó a su dueño, las humedeció con su saliva, y el Zarevitz se alejó caminando aligerado y reconfortado.
Llegó a la corte del Zar Afron, su padre, y vio que algo extraordinario ocurría en la ciudad. Por las calles todo era grupos de gente que iban de un lado a otro y los sabios consejeros del Zar, vagaban como desconcertados haciendo preguntas a cuantos hallaban al paso y moviendo sus canosas cabezas como si hubieran perdido el juicio. El Zarevitz preguntó al primer ciudadano que encontró:
– ¿A qué se debe esta agitación que se nota en la ciudad?
Y el buen ciudadano le contestó:
– La Zarevna Belleza Inextinguible nos ha declarado la guerra y ha venido contra nosotros con un ejército innumerable en cuarenta naves. Exige que el Zar le entregue al Zarevitz Iván que la despertó hace tres años besándole los labios que son más dulces que la miel, y si no se lo entrega entrará en nuestro país a sangre y fuego.
– ¡Caramba! ¡Me parece que no he podido llegar más a tiempo! Quiero a esa Zarevna tanto como ella me quiere a mí.
Inmediatamente se dirigió a bordo de la nave de la Zarevna donde los dos jóvenes se abrazaron cariñosamente. Luego fueron juntos a la iglesia donde recibieron la corona nupcial, y desde allí se dirigieron a presencia del Zar Afron y se lo contaron todo.
El Zar Afron expulsó a sus hijos mayores de la corte, los desheredó y vivió con su hijo menor en completa felicidad y lleno de prosperidades.

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