LA SEÑORA ZORRA Y EL LEÑADOR

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Hace mucho tiempo vivía en una aldea situada a los pies de una montaña un anciano leñador tan pobre de dinero como de familia, pues había enviudado mucho tiempo atrás y desde entonces vivía solo en su choza. Podríamos pensar que la soledad y la pobreza habían hecho del anciano un hombre triste y amargado, pero no era así. Cada mañana nuestro hombre cogía su hacha y se marchaba a la montaña, donde recogía leña durante todo el día para volver al anochecer cargando un enorme haz.

Un buen día volvía el leñador a su casa, tan cargado como siempre, cuando vio, entre las parras, algo que saltaba. Se acercó un poco y se dio cuenta de que era una pequeña zorrita de ojos grandes y mirada encantadora, que intentaba una y otra vez alcanzar un racimo de uvas. Pero eran en vano todos los esfuerzos del cachorrito, pues era muy pequeña para la altura del racimo.

—Pobre pequeña —dijo el leñador— eres todavía demasiado chiquitina para alcanzarlas, y también para separarte de tu madre. Ten, toma, antes de que te hagas daño —siguió diciéndole aquel buen hombre al tiempo que cortaba el racimo y se lo daba—; pero debes prometerme que volverás enseguida con tu madre y tus hermanos. Hala, venga, date prisa, no vaya a verte algún cazador o alguien que te pretenda comer.

Tan sólo cuando vio al cachorro desaparecer con el racimo entre los dientes, el viejo leñador continuó su camino. Pero la zorrita no se fue y, escondida entre los arbustos y las piedras, le siguió durante un buen rato hasta que, temiendo adentrarse demasiado por terrenos desconocidos, se detuvo y, desde la cumbre de una colina, le vio alejarse mientras pensaba cómo demostrarle su agradecimiento por el favor que acababa de hacerle.

Pasó algún tiempo y el leñador siguió su vida de trabajo sin perder su alegría, a pesar de la dureza que suponía el trabajo de cortar y cargar leña. Un día se dio cuenta de que necesitaba algunas cosas y se encaminó por la mañana temprano al mercado, que estaba en una aldea no demasiado cercana. Se entretuvo todo el día entre el bullicio del mercado y emprendió el regreso a casa con la tarde ya avanzada. Como no quería que le sorprendiese la noche a medio camino, procuró darse prisa. Cuando el sol empezaba a ponerse, y tras un recodo del camino, se encontró con la pequeña zorrita que le estaba esperando junto al camino; a pesar de la poca luz la reconoció en seguida, pero como no podía entretenerse si no quería tener un mal encuentro con bandoleros o con las Criaturas Peludas, decidió no entretenerse habiéndola. Sin embargo, el animalillo le siguió durante un trecho y, después, empezó a cruzarse una y otra vez delante de sus pies.

—Pero bueno, —dijo una de las veces, en que casi tropezó con ella— ¿se puede saber qué haces? Parece como si me quisieras decir algo. A ver, ven que te coja y me dices lo que sea—. Naturalmente, la zorrita no se dejó coger, pero tampoco escapó—. Me parece, me parece, que tú quieres llevarme a alguna parte. Está bien, te sigo.

Eso era precisamente lo que quería el animalito que, al instante, se metió por unos senderillos cada vez más enrevesados y ocultos, sin dejar de volverse para asegurarse de que el leñador seguía sus pasos. A pesar de lo difícil de los caminos por los que le llevaba la zorrita y la poca luz que quedaba ya, el anciano ni se perdía ni se retrasaba. Así llegaron a la guarida de la familia de la cachorrita. A la entrada jugaban sus hermanitos, que no parecieron extrañarse ni mucho ni poco ante la presencia del desconocido, grande y casi invisible por la oscuridad creciente.

—Vaya, vaya, mi pequeña amiga, ¡me has traído a tu casa!; es una invitación muy cortés por tu parte.

Estaba hablando todavía cuando vio sobre un cojín plano a la Señora Zorra acostada. A simple vista pudo darse cuenta de que estaba enferma, a pesar de lo cual se incorporó y saludó con toda cortesía.

—Mi hija —dijo después de los saludos— me ha contado lo amable y bondadoso que fue usted cogiéndole las uvas, y deseaba agradecérselo personalmente, pero, como estoy enferma, no he podido ir. Sin embargo, no es correcto retrasar la demostración de nuestra gratitud; por eso me he permitido enviar a mi pequeña para que le esperara junto al camino. Espero no haberle causado molestia alguna.

—Es para mí un honor inesperado tener el placer de conocerla, Señora Zorra, pero nada hay que agradecer, salvo su gentil invitación.

Pasaron un buen rato en estas y otras amabilidades semejantes; el leñador se encontraba muy a gusto allí, pero no quería demorarse más, pues los caminos eran peligrosos por la noche.

Cuando ya se estaba despidiendo de la Señora Zorra, ésta sacó de debajo del cojín una caperuza roja y se la dio.

—Es una nadería que quizás pueda serle útil en algún momento. Tiene algunas virtudes muy peculiares y hay que tratarla con cuidado, como sin duda va a hacer usted.

Se despidieron y la zorrita le llevó de nuevo al camino. Llegó a su casa sin encontrar problemas ni con salteadores ni con fantasmas.

A la mañana siguiente, el leñador se levantó como todos los días y, como todos los días, se dispuso a ir al bosque, pero cuando salió de su casa se dio cuenta de que hacía fresco y pensó que sería un buen momento para estrenar el regalo de la Señora Zorra. Así lo hizo y apenas se puso la caperuza oyó:

—Parece que los fríos se adelantan este año.

—Sí, pero todavía nos quedan días de sol.

Pero, por más que buscó a su alrededor, no había nadie que mantuviese semejante conversación cerca; se quitó la caperuza y, ante su sorpresa, dejó de oír las voces. Pensando que sería el sonido de la brisa entre las ramas, se volvió a poner la caperuza dispuesto a iniciar su trabajo. Tan pronto como lo hizo las conversaciones volvieron a dejarse oír, y no era una o dos, sino muchas. Así comprobó el anciano que la caperuza le permitía oír y entender las conversaciones no sólo de los pájaros, a quienes había oído charlar sobre el tiempo, sino también de las plantas y los demás animalillos del bosque. Claro que también había entendido a la Señora Zorra sin llevar la caperuza, pero había sido porque le había hablado en lenguaje humano; con la caperuza, por el contrario, les entendía cuando los animales y las plantas hablaban su propio idioma.

Desde ese día, ir a cortar leña dejó de ser un trabajo para el leñador, pues gustaba de oír lo que decían las criaturas del bosque; aquellos sonidos, entre los que había vivido tantos años, cobraron un nuevo sentido. Descubrió que las grullas son sabias, que conversan sobre Buda y cosas espirituales que son difíciles de entender para los hombres; que los gorriones son traviesos y decidores; que los halcones hablan igual que los samurais; y que los ruiseñores cantan, precisamente, lo que siempre han creído los hombres: canciones melancólicas de amor. Los bambúes son bondadosos y refinados; los pinos en sus charlas semejan antiguos generales, fuertes y con muchos años sobre sus cortezas; los lotos se entienden bien con las grullas; y los crisantemos tienen alma de poeta. Las margaritas son charlatanas; las peonías, aristócratas; la hiedra, sibilina; y la flor del cerezo, valiente.

Era hermoso oírles a todos menos, quizás, a águilas y hortensias, pero especialmente a los simpáticos gorriones y a los sesudos cuervos. Así se le pasaban las horas al anciano leñador sin enterarse ni del tiempo ni del cansancio del trabajo. Una de esas mañanas, mientras cortaba leña, oyó a un grupo de gorriones piar al alejarse volando:

—¿Sabéis que la hija del hombre más rico del pueblo está enferma?

No pudo el leñador oír el resto de la conversación, pues se alejaron rápidamente, y ya sabemos todos a la velocidad con que los gorriones van de acá para allá. Sin embargo, posados en una rama justo encima del anciano estaban dos hermosos y cabales cuervos. Y uno de ellos le preguntó al otro:

—¿Es cierto, mi querido amigo, lo que van diciendo esos insensatos?

—Así parece, mi respetado colega —contestó el segundo cuervo.

—Según yo sé —intervino un tercero posándose en la rama con pesado aleteo— la pobre niña está así por culpa de una maldición.

—Ciertamente —dijo el segundo cuervo—, así lo aseguran los cuervos más ancianos.

—¿Quién ha podido maldecir a la pobre criatura?

—Parece ser que su padre ha construido un granero muy grande junto al alcanforero.

—¿Aquel hermoso alcanforero? —graznó con añoranza, que al leñador le pareció de amores, el primer cuervo.

—Sí, aquél. Lo malo es que como el granero es tan grande, está oprimiendo demasiado al árbol y éste, en venganza contra el padre, ha enfermado a la niña; una niña encantadora, por otra parte.

Después cambiaron de conversación y, finalmente, acordaron ir a otro árbol para contemplar un paisaje que, según el primero de los cuervos, era bellísimo en aquella época.

Sin embargo, nuestro hombre no tenía el ánimo para paisajes, pues le había dejado muy preocupado oír que una niñita estaba enferma. Creo recordar que ya hemos dicho que era persona sumamente bondadosa, y por supuesto no podía quedarse de brazos cruzados ante tal situación; así que se encaminó directamente a la casa del rico del lugar. Efectivamente, allí estaba el alcanforero y, a su sombra, un enorme granero. Era un árbol espléndido, añoso y fuerte, pero ahora, a simple vista, se apreciaba que estaba enfermo; con las hojas lacias, las ramas quebradas y, envolviéndolo, un aire de tristeza. Buscó al padre de la niña y dueño del alcanforero que, como podemos suponer, estaba sumamente preocupado; por eso, cuando el leñador le dijo que quizás pudiera ayudarle a recuperar la salud de la niña, el buen padre se entusiasmó y le prometió compensarle de mil maneras si lo conseguía.

—No quiero nada, salvo que me permitas pasar la noche en tu jardín, y mañana te podré decir con toda seguridad si podemos hacer algo por tu hija.

Permitió eso y hubiera permitido cualquier cosa con tal de poder ayudar a su niña; llevaba muchos días junto a su colchoneta y empezaba a desesperar. Toda la familia se alegró, como cabe imaginar, y se alteraron todos tanto que el leñador se llegó a preguntar cómo podría decirles que no se podía hacer nada, si tal era el caso. Llegó la noche y todos entraron en la gran casa, todos menos el leñador, naturalmente. Esperó hasta la medianoche, cuando toda la aldea dormía; entonces se puso la caperuza y escuchó. Pasó largo rato sin oír nada, y ya comenzaba a impacientarse, cuando el alcanforero se quejó:

—Cada día me haces más daño, ¡ay!, estás demasiado lleno, no lo resistiré mucho más tiempo —se lamentaba el árbol hablando con el granero, que, lógicamente, no le contestaba.

Hasta entonces el leñador tan sólo había oído a los animales y a las plantas, ni una sola vez se le ocurrió intervenir en sus conversaciones, así que no sabía si podía hablar con ellos, pero valía la pena probar.

—Buenas noches, Señor Alcanforero, —saludó cortesmente— le ruego me disculpe si le causo alguna molestia, pero he oído sus quejas y me pregunto si acaso se deben al granero que tiene a su lado.

—Sí, es por su culpa, está tan repleto, es tan grande, que me está matando. Por eso, para vengarme de su dueño, he hecho que la niña enfermara.

—¿Podría entender que si le quitasen tan molesto edificio la niña sanaría?

—Por supuesto, pero ¿quién puede hacer que el ricachón quite de aquí su granero?

Cuando amaneció, el leñador se presentó ante el desesperado padre y le contó lo que ocurría. Ni que decir tiene que el rico ordenó quitar el granero inmediatamente y que a los pocos días la niña jugaba bajo el alcanforero, rebosando los dos salud y alegría.

Aunque nuestro leñador no quería recibir recompensa alguna, tanto y tanto insistieron los padres de la pequeña en ofrecérsela, que hubiera sido una imperdonable descortesía no aceptarla. Y fue tan grande la que le dieron los padres de la niña que pudo vivir siempre sin tener que trabajar, aunque siguió yendo al bosque todos los días a escuchar a los animales; no olvidó entonces llevar a la Señora Zorra y a los zorritos mucha pasta de soja, que como todo el mundo sabe es la comida favorita de los zorros, y que ayudó a que la Señora Zorra se recuperase de su enfermedad.

 

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