La rosa de la Alhambra

La rosa de la Alhambra (3ª Parte)

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La rosa de la Alhambra

– ¡Es el fin de vuestro sueño, mis hermosas princesas! -les dijo, a su regreso-. Los tres caballeros españoles han sido rescatados por sus familias y ahora se encuentran en Granada, disponiendo el regreso a su patria. Consolaos pensando que, sin duda, otras damas les esperan en Sevilla o en Córdoba.

Las palabras llenas de buen sentido de Kadiga, no consiguieron calmar a las tres princesas. Zaida estaba indignada; consideraba que los caballeros, al partir, les hacían objeto de un desaire que su altivez y su dignidad no podían permitir.

Zoraida lloraba, pero temiendo que las lágrimas estropeasen su belleza, se apresuraba a enjugárselas después…, para volver a llorar un segundo más tarde, tan grande era el pesar que sentía en el corazón.

Y Zorahaida, suspiraba melancólicamente y lloraba en silencio, mientras su mirada se posaba, con gran tristeza, en el barranco por el que tantas veces subieron hasta ellas las canciones de los caballeros.

Y así transcurrieron tres días, sin que ni por un instante se mitigara el dolor y la tristeza de las hermosas princesas.

Por fin, a la mañana del cuarto, Kadiga entró en su cámara, simulando una gran indignación:

– ¡Qué desfachatez la de esos caballeros! ¡Qué insolencia la suya! ¡Qué atrevimiento! ¡No quiero que volváis a hablarme de esos caballeros españoles ¡Si vuestro padre llegara a enterarse…!

– ¿Qué sucede, buena Kadiga? -inquirió Zaida, preocupada ante todas aquellas exclamaciones.

– Me han propuesto nada menos que hacer traición al rey, vuestro padre.

– Explícate, por favor -le pidieron Zoraida y Zorahaida.

– Sí, os lo diré. ¡Vaya si os lo diré!. Pues veréis, los caballeros cristianos se han atrevido a pedirme que os convenza para que aceptéis marchar con ellos a su patria, Córdoba y allí os convirtáis en sus esposas. Es terrible, terrible… ¡Qué insolencia!

Las tres princesas se miraron la una a la otra, perplejas…, pero sintiéndose también muy contentas, en el fondo de sus corazones. Por fin, fue Zaida quien, como de costumbre, rompió a hablar:

– Y eso, ¿sería posible…? En el supuesto, naturalmente, que aceptáramos la proposición.

Kadiga respondió rápidamente:

– ¡Claro que sería posible! ¡Todo lo tienen ya dispuesto, sólo falta vuestro consentimiento! ¡Son unos insolentes y unos atrevidos, ya os lo dije!. Hussein Baba ha sido comprado con sus promesas y ha elaborado un plan muy bien organizado. ¡Se han atrevido a pedirme que engañe a vuestro padre, que ha depositado en mí su confianza!

– Ha depositado su confianza en ti, en efecto -replicó Zaida-, pero no en nosotras. Por el contrario, desde hace años nos mantiene encerradas como prisioneras.

– Sí, tienes razón -corroboró Kadiga-. Y por otra parte, la tierra de esos caballeros es también la de vuestra madre y su fe la que ella tuvo desde su niñez hasta el día de su muerte. ¡Si supierais cuánto sufrió al advertir que iba a morir, pensando que vosotras seríais educadas en la religión de vuestro padre y jamás conoceríais el cristianismo!

Las tres princesas se miraron de nuevo. La decisión iba afirmándose en sus espíritus.

– Kadiga tiene razón -afirmó Zaida-. Y en el país de nuestra madre viviríamos en libertad, junto a un esposo joven y enamorado, mientras que aquí vivimos prisioneras de un padre intransigente y severo.

Después, dirigiéndose a Kadiga y comprendiendo que la pobre mujer temía que la dejasen sola y a capricho de la cólera del rey, siguió diciendo:

– En cuanto a ti, no temas. También tú vendrás con nosotras y podrás regresar a tu ciudad natal o bien quedarte a vivir a nuestro lado. ¡Has sido siempre muy buena y nos has querido y ayudado en todo momento!

-También los caballeros cristianos me han propuesto que marche con vosotras. Dicen que así tendréis quien cuide de vosotras durante el viaje, en tanto llegáis a sus palacios y os convertís, en sus esposas. Y como que también Hussein Baba huirá con ellos de Granada, él se encargará de llevarme a la grupa de su caballo.

Y así quedó todo decidido. Claro que Zorahaida, como de costumbre, sintió temor, pero el ejemplo y las palabras de sus hermanas mayores la ayudaron a decidirse. Terminó diciendo que también ella estaba dispuesta a huir.

La colina sobre la que se levanta la Alhambra, está llena de pasadizos secretos y pasillos que sólo algunos conocen. Y por uno de esos pasadizos, que Hussein Baba conocía bien gracias a las confidencias de un capitán de la guardia real, el barbudo carcelero se había comprometido a sacar de su torre a las princesas y a su dueña, y llevarlas al otro lado de las murallas que rodeaban la ciudad, donde ya las aguardarían los caballeros españoles, con caballos fuertes, resistentes y veloces, con los cuales llegarían a la frontera en poco tiempo.

Por fin llegó la noche señalada para la huida. Como de costumbre, la guardia negra custodiaba la torre de las princesas y la puerta estaba bien cerrada con varios candados y fuertes cerrojos. Pero la fiel Kadiga estaba al acecho y llegada la medianoche, oyó que Hussein Baba llegaba al pie de la ventana que daba a los aposentos de las princesas y hacía la señal que de antemano habían convenido. Era el momento.

La buena mujer tomó la escalera de cuerda que desde el día antes tenía guardada, oculta a posibles miradas indiscretas, la ató al alféizar de la ventana, y haciéndoles una seña a las princesas para que la siguieran, comenzó a bajar la primera, para evitarles a las jóvenes cualquier tropiezo o contratiempo inesperado que pudiera surgir.

Zaida y Zoraida la siguieron sin la menor vacilación. Pero cuando Zorahaida se dispuso a poner el pie sobre la escala de cuerda, sintió un escalofrío de temor. Su mirada se dirigió a la habitación que iba a abandonar. Desde su infancia había permanecido prisionera, en efecto, pero entre los muros del castillo de Salobreña primero y en esta Torre de la Alhambra después, había vivido segura. ¿Qué era lo que el Destino le reservaba allá en Córdoba, en aquel país desconocido…? Claro que al punto recordó a su valiente caballero, el que vestía de azul y sintió que la decisión de partir sin más demora la invadía de nuevo. Pero, al instante siguiente, pensó en su padre y de nuevo se sintió vacilar, a efectos de su cariño filial y de la ternura que, a pesar de su aspecto rudo, le inspiraba el rey.

Desde abajo sus hermanas insistían, mientras Kadiga, preocupada, afirmaba que tantas vacilaciones podían dar al traste con todos sus proyectos. Hussein Baba se impacientaba y amenazaba con partir, abandonándolas. Pero todo era inútil. La dulce y tímida Zorahaida vacilaba y sus vacilaciones no terminaban.

Minuto a minuto crecía el peligro. De pronto, se oyeron pasos.

– La patrulla de vigilancia inicia su ronda -afirmó Kadiga-. Princesa Zorahaida, si no bajas inmediatamente pondrás peligro la seguridad de tus hermanas. Decídete de una vez, o nos marcharemos sin ti.

La joven princesa sintió aumentar su temor. Y por fin, soltó la escalera que fue a caer a los pies de sus dos hermanas, asustadas al ver que ya nada podían hacer por ella.

– Me quedo -afirmó Zorahaida- .¡Que el Destino sea benigno con vosotras, mis muy amadas hermanas! Os deseo toda suerte de venturas. Sed vosotras felices, ya que yo jamás llegaré a serlo.

Al momento, Zaida y Zoraida pensaron que no podían abandonar a su hermana, pero pronto comprendieron que habiendo ella soltado la escalera, no les quedaba otra solución que marchar. Además, la patrulla avanzaba y lo mismo Kadiga que Hussein advirtiendo el gran peligro que corrían si eran descubiertos, las empujaban hacia el pasadizo subterráneo.

A tientas, se deslizaron por el laberinto abierto en la roca viva y por fin lograron llegar, sin ser vistos, hasta el otro lado de las murallas, donde ya les esperaban los tres caballeros, disfrazados de moros.

Naturalmente, el enamorado de Zorahaida experimentó una grandísima contrariedad al saber que la más joven de las tres princesas había decidido quedarse en el palacio. Y a toda costa quería ir personalmente en su busca.

Pero Kadiga le hizo comprender que no tardaran los criados, o la guardia, en advertir su huida, si no la habían advertido ya, y el monarca se apresuraría a enviar en su persecución fuertes destacamentos. El joven cristiano comprendió que la buena mujer tenía razón. ¡No podían perder tiempo en lamentaciones, ni mucho menos poner en peligro a las otras princesas!

Y a los pocos minutos, cuatro caballos partían veloces en dirección al Paso de Lope, en su viaje hacia Córdoba. Kadiga iba montada en la grupa del caballo de Hussein Baba y Zaida y Zoraida en las de sus respectivos caballeros. Sólo el enamorado de Zorahaida no llevaba a nadie, y el recuerdo de la dulce y tímida princesa, le hacía lanzar continuas exclamaciones de pesar y hondos suspiros se escapaban a cada instante de su corazón.

De pronto, oyeron fuerte sonar de trompetas y tambores, que el eco de los valles parecía difundir a muchas leguas a la redonda y que provenían de las murallas de la Alhambra.

– ¡Han descubierto nuestra fuga! Debemos apresurarnos gritó Hussein.

Todos picaron espuelas a sus caballos y la carrera se hizo aún más veloz. Al llegar al pie de Sierra Elvira se detuvieron un momento para escuchar. Felizmente para ellos, no se oía nada. ¡Sin duda todavía no habían encontrado su pista!

– ¡Podremos escapar! – exclamaron a coro los tres caballeros.

Pero apenas habían pronunciado estas palabras, cuando se encendió una luz en el punto más alto de la Alhambra.

– ¡Esa luz pondrá sobre aviso a los guardianes de todos los pasos que cruzan la montaña! -exclamó Hussein-. Corramos, corramos…

Los cuatro caballos aumentaron aún más la velocidad de su carrera. Pero pronto advirtieron que las luces de todas las atalayas, colocadas sobre las montañas, iban encendiéndose a su vez contestando así al aviso de la que se había encendido en la Alhambra.

– ¡Si no conseguimos cruzar el puente antes de que la alarma llegue hasta allí, estamos perdidos! – exclamó Hussein.

Y todos picaron de nuevo espuelas a sus caballos.

Pero cuando llegaron a las inmediaciones del puente de los Pinos, advirtieron que estaba poblado de luces y de gran número de soldados a pie y a caballo.

Jamás podrían cruzar el puente. Hussein, sin embargo, tenía recursos para todo. Haciendo una señal a los caballeros, para que le siguiesen, remontó el río, siguiendo la orilla, hasta llegar a un punto donde las aguas parecían bajar con menos furia. Y, entonces, sin dudarlo un solo instante, se metió en el agua.

Lo mismo hicieron los tres caballeros, no sin antes recomendar a Zaida y a Zoraida que se agarrasen fuertemente a sus cinturones. Y aunque la corriente era fuerte, fuertes eran también los brazos que sujetaban las bridas de los caballos y grande la valentía de los jinetes. Por eso pudieron por fin llegar felizmente al otro lado. Desde allí, siguiendo unos caminos muy ocultos entre las peñas, que Hussein conocía perfectamente, llegaron sin nuevos contratiempos hasta Córdoba

¡Cuántos festejos se celebraron en la ciudad, para celebrar el retorno a la patria de los tres gallardos caballeros, así como también la llegada de las dos princesas! Las nobles familias a las que pertenecían los jóvenes, acogieron con gran cariño a Zaida y a Zoraida, las cuales, después de ser bautizadas por el obispo, se convirtieron en las felices esposas de sus dos enamorados caballeros.

La leyenda nada, o casi nada, dice acerca de la reacción del monarca al enterarse, de la huida de sus dos hijas mayores. Sólo se sabe que, a partir de entonces, redobló la vigilancia cerca de la más pequeña, la tímida y dulce Zorahaida, la que no tuvo valor para acompañar a sus hermanas.

Y hay quien asegura que la joven se arrepintió de no haberlo hecho. Todos los habitantes de Granada podían verla, a menudo, melancólicamente reclinada en el alféizar de las altas ventanas de la torre en la que día y noche permanecía encerrada, mirando a lo lejos, en dirección a Córdoba. Siempre estaba suspirando y algunas veces se oían las notas de su laúd, acompañando a las canciones que cantaba, tristes y melancólicas.

Murió muy joven y, según cuenta la tradición, fue enterrada en uno de los jardines que se encuentran debajo de la torre. Allí creció un rosal que siempre florecía con una única rosa .

Su muerte en la flor de la vida, dio origen a muchas leyendas, pero ésta, llamada “la rosa de la Alhambra”, es la que más ligada está a la dulce princesita, que no tuvo valor para seguir el destino que los astrólogos habían previsto para ella.

De lo que sí se habla todavía en la ciudad de los califas es de que su padre solía pasear junto al rosal y sus miradas entristecidas se posaban sobre las flores, mientras decía suspirando:

– ¡Mi rosa preferida! ¿Por qué te marchaste de la Alhambra, que tanto suspira por ti?

Pero a esta pregunta la princesita no habría podido responder sin explicar su gran tragedia de libertad que no supo reconquistar en un momento de su vida.

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