La rosa de la Alhambra

La rosa de la Alhambra (2ª Parte)

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La rosa de la Alhambra

Zaida era alta y de porte majestuoso. Zoraida tenía menos estatura, pero sus ojos eran muy bellos y tenía una sonrisa cautivadora, y también su andar era grácil y suave como el de una corza. Zorahaida no tenía el porte de su hermana mayor, ni tampoco la belleza cautivadora de la segunda, pero su mirada era tan dulce, su expresión tan tímida y vacilante, siempre en busca de apoyo y protección, que resultaba encantadora. Al igual que sus hermanas, se acercó a saludar a su padre, disponiéndose a besarle la mano, pero, al mirarle a los ojos y ver el cariño con que el monarca la observaba, su ternura salió a la superficie y, con un gesto impulsivo, le echó los brazos al cuello.

“Me siento orgulloso de mis hijas – se dijo el monarca. – Cuidaré celosamente de que no se cumplan los horóscopos de los astrólogos, porque a las tres deseo verlas casadas a mi gusto, con hombres dignos de su belleza y de mi poder”.

Se preparó el regreso a Granada. Y para evitar que nadie pudiera ver a las princesas, el rey mandó emisarios con el encargo de despejar por completo los caminos por los que la cabalgata debía pasar, ordenando que todas las casas de los pueblos que atravesaban permaneciesen con las puertas y las ventanas totalmente cerradas.

Se inició la marcha. Las tres princesas, siempre seguidas de su fiel Kadiga, montaban tres alazanes blancos de bella estampa, ricamente enjaezados con bridas y estribos de oro adornados con perlas y piedras preciosas. Y a su alrededor, la guardia negra de su padre les prestaba brillante escolta.

Casi habían llegado ya a las puertas de Granada, sin haber tenido el menor tropiezo, cuando, en dirección contraria, vieron acercarse un grupo de soldados moros que conducían a unos prisioneros. No había tiempo para que se apartaran, y así, el jefe del destacamento ordenó a sus hombres que se echasen al suelo, con el rostro oculto, amenazándoles con terribles castigos si se atrevían a lanzar una sola mirada hacia la comitiva real.

Todos los soldados se apresuraron a cumplir la orden, y también los prisioneros…

Pero entre éstos se encontraban precisamente los tres caballeros cristianos, que llamaran la atención de las princesas cuando les vieron desembarcar en la costa. Y estos tres caballeros, quizá porque no entendieron la orden, quizá porque eran demasiado altivos para obedecerla, permanecieron de pie, viendo cómo se acercaba el lujoso cortejo.

¡Qué indignación la del monarca! Desenvainó su cimitarra y personalmente hubiese dado muerte a los tres rebeldes, si el jefe del destacamento al que habían sido confiados no hubiera intercedido en su favor, haciéndole comprender al rey que se trataba de caballeros muy principales, por los que sus familias pagarían sin duda elevados rescates. Y también las princesas, que habían contemplado toda la escena, se acercaron a su padre y le suplicaron que les perdonase la vida.

– Bien, les perdono – afirmó el rey, envainando de nuevo su cimitarra. – Pero serán castigados. Ordeno que sean llevados a la Torre Bermeja y obligados a realizar duros trabajos.

Mohamed, llevado de su indignación, había olvidado la prudencia y así no advirtió que las princesas, en su afán de salvar la vida de los tres cautivos, se habían levantado los velos que, como es costumbre entre las mujeres moras, les cubrían por completo el rostro. Con lo cual dejaron al descubierto su radiante hermosura, que causó honda impresión en los corazones de los jóvenes caballeros cristianos. Mientras que ellas, a su vez, al oír cómo el jefe del destacamento hablaba de sus prisioneros con respeto y consideración, sintieron que crecía la admiración que ya les profesaban.

La comitiva reanudó por fin su marcha. Pero Zaida, Zoraida y Zorahaida, se quedaron pensativas durante largo rato

Y una vez instaladas en su nueva residencia, demostraron al paso de los días una melancolía y una tristeza que cada vez iba en aumento. La torre de la Alhambra que su padre les había destinado era, sin embargo, una de las más lujosas y maravillosas que la más sorprendente imaginación pueda soñar. Comunicaba con el palacio real a través de la muralla que rodea toda la cima de la colina, pero quedaba algo apartada, poseyendo un jardín en el que crecían los mejores árboles frutales y las más hermosas y exóticas flores, destinado al exclusivo recreo de las tres princesas.

En su interior, la torre estaba amueblada con exquisito gusto, todas las habitaciones eran del más puro estilo árabe y se abrían sobre un patio interior, en el que siempre reinaba una agradable temperatura, incluso en las horas más calurosas de los días de verano. En el centro se alzaba una fuente de alabastro, adornada con figuras de oro y diversas jaulas primorosas, en cuyo interior cantaban los pájaros más alegres y hermosos, que contribuían a dar un maravilloso encanto a aquel lugar.

Sin embargo, la melancolía de las princesas era cada día mayor, con gran sorpresa por parte del monarca, que sabía que en el castillo de Salobreña vivían felices y contentas. Incluso pensó que aquello podía deberse a que, siendo ya muchachas casaderas, necesitaban interesarse por los vestidos, las sedas y las joyas. Y mandó a la torre a los mejores joyeros y artífices de la ciudad, como también a costureras y comerciantes, dejando a sus hijas en completa libertad para adquirir o encargar todo cuanto desearan.

Pero todo fue en vano. Las princesas apenas prestaron ninguna atención a los brocados, las telas preciosas, los anillos de brillantes, los collares de perlas, las diademas de raras pedrerías orientales o los objetos preciosos. Y el rey no sabía qué hacer. Por fin, decidió consultar con Kadiga.

– Tú has cuidado a las princesas desde su más tierna infancia y tengo plena confianza en tu discreción y buen juicio – le dijo cuando llegó a su presencia. – Te ruego que averigües la causa de la extraña melancolía que las aflige, porque es preciso que veamos cómo podemos curarlas.

Kadiga prometió cumplir lo que se le ordenaba y se apresuró a reunirse de nuevo con las princesas. Y así, aunque su experiencia y sus años le hacían ver con toda claridad qué era lo que afligía a las muchachas, aparentó completa ignorancia y les preguntó:

– ¿Qué os sucede? ¿Cómo es posible que viváis tan tristes y abatidas, en una residencia tan hermosa como esta que vuestro padre os ha ofrecido…?

Las princesas miraron con indiferencia el lujo que las rodeaba y suspiraron, pero ninguna palabra salió de sus labios.

– ¿Os gustaría, acaso, que ordenara traeros el maravilloso papagayo, del que dicen que posee un vocabulario más completo que el de ningún mortal?

– ¡Qué horrible sería tener que escuchar continuamente las palabras, sin sentido, de un animal que no sabe lo que se dice! – exclamó Zaida, sin vacilar.

– ¿Queréis que haga traeros un mono? Quizá sus travesuras os distrajesen y alegrasen…

– ¿Un mono…? ¡Bah! – contestó Zoraida, desdeñosa.

– ¿Os distraería, quizá, escuchar las canciones del negro Casem, el más famoso de todo Marruecos…?

– Tiene un aspecto muy desagradable – afirmó Zorahaida. – Además, por mi parte, he perdido por completo la afición musical.

Entonces Kadiga, que como ya dijimos era sumamente astuta, afirmó:

– No dirías eso, princesa Zorahaida, si hubieras oído, como yo, las canciones que entonan los tres prisioneros cristianos, encerrados en la Torre Bermeja. Uno de ellos toca la guitarra con singular maestría y los otros dos entonan canciones muy bellas. ¡Ay, cómo despertaron los recuerdos de mi infancia y de mi juventud, que transcurrieron allá, en el lejano país de mis padres!.

– Tal vez nos distrajese oír a esos tres caballeros – afirmó Zaida que, al igual que sus dos hermanas, había enrojecido primero y palidecido después, al oír hablar a Kadiga de los tres prisioneros.

– Sin duda su música podría animarnos mucho – corroboró Zoraida.

Como de costumbre, Zorahaida no dijo nada, pero su mirada fue tan suplicante, que la buena Kadiga se sintió emocionada. Y les prometió que haría cuanto estuviera de su parte para complacerlas.

Kadiga sabía que al hacerlo se exponía a la cólera del rey, pero era tanto el afecto que profesaba a las jóvenes princesas, que era capaz de cualquier sacrificio por alegrarlas. Además, también ella estaba emocionada, porque, como no había ocultado, las canciones de los tres caballeros le habían traído a la memoria antiguos recuerdos de infancia y juventud. Y también se preguntaba: “¿Qué mal puede haber en que las princesas oigan el rasgueo de la guitarra y las canciones de esos caballeros?”.

Decidió hablar con Hussein Baba, el barbudo carcelero a cuya custodia habían sido confiados los tres prisioneros. Deslizándole en la mano una moneda de oro, le dijo:

– Mis señoras, las tres princesas que viven encerradas en la Torre de la Alhambra, han oído hablar de la singular ciencia musical que poseen los cautivos cristianos y desean oírles.

– ¡El rey puede enojarse y hasta incluso castigarme con la muerte! – exclamó Hussein Baba, asustado ante lo que se le proponía.

– ¡Oh, no! El rey ni siquiera lo sabrá. Bastará con que mañana al mediodía lleves a los prisioneros a trabajar al barranco que separa la Torre Bermeja de la colina en la que se levanta la Alhambra, precisamente por el lado de la torre que habitan las tres princesas. Y en los descansos de su trabajo, permíteles que canten las canciones de su tierra. Desde allí, sólo mis señoras pueden oirles…, ¡y te pagarán bien tu amabilidad, no lo dudes!.

y como que al decir esas palabras la astuta Kadiga deslizó una nueva moneda en la mano del barbudo carcelero, Hussein aceptó por fin.

Al día siguiente las tres princesas se pasaron toda la mañana llenas de impaciencia, esperando que llegase la hora del mediodía. Y en efecto, a esa hora, mientras sus compañeros de trabajo reposaban bajo los árboles y sus guardianes estaban sentados tranquilamente, gozando también de un rato de descanso, los tres caballeros cristianos, al pie mismo de la torre de las princesas, entonaron algunas de sus mejores canciones españolas, acompañándose con el rasgueo de la guitarra.

En la tranquilidad de aquellas horas, sus voces llegaron con claridad desde lo profundo del barranco hasta lo alto de la ventana en la que se encontraban las princesas. Y al punto se llenaron de animación sus ojos, mientras desaparecía de sus mejillas la palidez que durante tantas semanas había llenado de preocupación a su padre.

Kadiga, en el fondo, estaba asustada, temiendo que alguien pudiera sorprenderles. Pero también a ella la emocionaban las bellas canciones españolas. Al fin, cuando la guitarra enmudeció y también dejaron de oírse las voces bien timbradas de los caballeros, Zoraida tomó un laúd y, con voz dulce, entonó a su vez una canción, cuyo estribillo era extraordinariamente significativo:

“Aunque oculta está la flor,

con deleite escucha al galante ruiseñor…”

La voz de la princesita era dulce y juvenil y no podía por menos de producir impresión en los que la oyeran, máxime si estos eran unos jóvenes ansiosos de libertad y de amor.

Y así se fueron tejiendo los hilos de aquel romance entre unos caballeros cautivos y tres niñas moras, que casi no se conocían.

Gracias a las monedas de oro que Kadiga iba deslizando periódicamente en la mano del barbudo Hussein Baba, los caballeros eran llevados diariamente al barranco. Y también a diario podían oír las princesas sus canciones, a las que contestaban, manteniéndose así una especie de comunicación que a todos satisfacía.

Pero un día ninguna canción subió desde el barranco. Ni al siguiente, ni al otro… Las princesas se angustiaron. ¿Qué podía haberles sucedido a los tres caballeros cautivos?

Kadiga salió en busca de noticias y regresó muy apenada.

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