La rosa de la Alhambra

La rosa de la Alhambra (1ª Parte)

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La rosa de la Alhambra

En tiempos muy lejanos, reinaba en Granada un rey moro que se llamaba Mohamed y al cual sus súbditos apodaban “El Hayzari”, que significa “El Zurdo”. Algunos cronistas opinan que ese apodo se debía a que era, en realidad, zurdo, es decir, mucho más diestro con su mano izquierda que con la derecha; pero otros, en cambio, afirman que se lo habían adjudicado porque jamás conseguía hacer nada a derechas y su reinado fue un cúmulo de desastres y contrariedades.

Lo cierto es que un día, mientras cabalgaba seguido por su séquito por las estribaciones de la Sierra, se tropezó con uno de sus destacamentos, que regresaba de una incursión fronteriza trayendo consigo un buen número de prisioneros.

El Rey, naturalmente, se interesó por los cautivos y pronto le llamó la atención la belleza de una joven cristiana que, inconsolable, lloraba angustiada en los brazos de su dueña. Preguntó quién era y le contestaron que la hija del alcaide de una fortaleza que habían atacado y saqueado, a lo largo de su incursión.

Mohamed, muy interesado, mandó que fuese llevada inmediatamente a su propio palacio y, una vez allí, fue alojada no como una prisionera, sino como una huésped de honor, reservándole las mejores habitaciones y poniendo a su disposición un enjambre de sirvientes. Y a los pocos días, la pidió en matrimonio.

La joven cautiva rechazó al principio aquella oferta. ¡No, ella jamás podría casarse con un enemigo!, afirmó una y otra vez. Pero el rey, mostrándose cauto por primera y quizá también por última vez en toda su vida, consiguió atraerse a su dueña con regalos y promesas, convenciéndola de que aconsejase a la joven de acuerdo con sus deseos.

Y la dueña, que era también una muchacha joven y de temperamento vivo e inquieto, habló con su señora, diciéndole:

-¿Por qué os negáis, señora, a convertiros en la esposa del rey moro? Es, en efecto, un enemigo de nuestro pueblo, pero, decidme, ¿Qué conseguís negandoos…? En lugar de reina y señora, os veréis convertida en una pobre cautiva y toda vuestra vida se deslizará entre rejas. El Rey Mohamed es un hombre cortés y ha prometido que os permitirá seguir practicando vuestra religión. Aceptad, pues, mi señora. Vuestro padre muerto, no tenéis familia alguna, ¡nadie vendrá a socorrernos! No tenéis más alternativa que ser reina, poseer cuantiosas riquezas y palacios de ensueño, ser servida por cientos de criados o convertiros en una pobre cautiva durante el resto de vuestra vida.

Al fin la joven se dejó convencer. Y a los pocos días se convertía en la esposa de Mohamed “El Zurdo”. Su dueña se quedó naturalmente a su servicio particular y desde entonces la llamaron con el nombre moro de Kadiga.

Pasó algún tiempo y, al año de la boda, les nacieron tres niñas preciosas. El monarca hubiera preferido que fuesen niños, pero como amaba mucho a su esposa, ese nacimiento le llenó de satisfacción. Y como es costumbre entre los árabes, mandó llamar a los astrólogos del reino, para que predijeran el destino de las recién nacidas princesas.

Y los astrólogos contestaron:

– Estas princesas serán célebres por su extraordinaria belleza, ¡oh rey! Pero debéis tener mucho cuidado cuando llegue el momento de casarlas. Vigílalas personalmente, si no deseas que hagan un matrimonio que no ha de ser de tu agrado.

Al Rey aquella predicción no le preocupó gran cosa. Pasarían aún muchos años antes de que llegase el momento de casar a las princesas. Y cuando ese momento llegase por fin, él tenía a su disposición soldados, sirvientes y guardianes, para vigilarlas y evitar que pudieran hacer un matrimonio indigno de su rango de princesas.

El real matrimonio ya no tuvo más hijos y la reina murió a los pocos años, encomendando a las niñas al amor de su esposo y los cuidados de la fiel Kadiga.

Siguió pasando el tiempo. Hasta que, un día, el monarca recordó las palabras de los astrólogos y a pesar de que las princesas eran todavía niñas, se dijo que era mejor prevenir con tiempo los acontecimientos y decidió enviarlas a un castillo alejado de la corte. Su nombre en el castillo real de Salobreña y estaba situado en el interior de una fortaleza mora, casi totalmente inexpugnable.

Y allí vivieron las princesas durante tres años, rodeadas de toda clase de lujos y comodidades, en compañía de la fiel Kadiga, y servidas y cuidadas por criadas y sirvientes que se anticipaban a todos sus caprichos, para satisfacerlos al instante. Tenían también algunos maestros, entre los más sabios del país, pues su padre deseaba que recibieran una educación inmejorable. Pero aún cuando las tres recibían las mismas enseñanzas pronto descubrieron que sus caracteres eran totalmente distintos.

La mayor (habían nacido con tres minutos de diferencia la una de la otra) se llamaba Zaida y era muy inquieta e intrépida, así como también sumamente curiosa y amiga de conocer hasta el fondo todas las cosas. Le gustaban mucho los libros y era particularmente estudiosa.

La segunda se llama Zoraida y era amante de la belleza. Por eso, sin duda, sabiéndose hermosa, gustaba de contemplarse durante largos ratos en el espejo de su habitación, o en las tranquilas aguas de los estanques que adornaban los jardines del palacio. Y se interesaba enormemente por las joyas y por los adornos, así como también por el arreglo de las salas que les estaban reservadas y por la confección de sus vestidos.

La pequeña, llamada Zorahaida, era extraordinariamente tímida y dulce. Tenía una personalidad mucho menos definida que la de sus hermanas y gustaba de cuidar a los pájaros, así como también a las flores que crecían bajo su ventana. Era muy reposada y a menudo dejaba pasar las horas escuchando el trino de los pájaros o la música de la flauta de un pastor, o el eco de las canciones de los pescadores que, al anochecer, regresaban a sus casas con las redes llenas de peces.

Claro que, precisamente por su naturaleza tímida y dulce, todo la conmovía y llenaba de temor, incluso el simple retumbar de un trueno en la montaña o el rumor de una tormenta desencadenada en las costas, frente a las cuales se levantaba el castillo.

Y así transcurría, apacible y tranquila, la vida de las tres princesas recluidas en aquel castillo inexpugnable. Hasta que un día…

Un día, cuando las princesas, para refrescarse durante las calurosas horas del mediodía, bajaron como de costumbre hasta una torre que recibía directamente la brisa del mar, llegó a la costa una galera llena de hombres armados.

Zoraida y Zorahaida dormitaban entre almohadones, pero Zaida, siempre inquieta, siempre curiosa, advirtió que de la galera desembarcaba un buen número de moros armados, conduciendo varios cautivos cristianos. Se apresuró a despertar a sus hermanas y las tres siguieron atisbando entre las celosías de su ventana, que las ocultaban por completo a cualquier mirada del exterior.

Al momento, tres de los cautivos llamaron poderosamente la atención de las princesas. Acostumbradas como estaban a que todos sus sirvientes fuesen ancianos, sus guardianes rudos y de físico poco agradable, se sintieron atraídas por la apostura, la gallardía y también la juventud de aquellos tres caballeros.

– ¡Jamás había pisado esa costa un caballero tan apuesto como ese que lleva el traje de color carmesí! – exclamó Zaida, siempre la más impulsiva de las tres.

– ¡Fijaos en aquél que viste de verde! ¡Qué elegante, a pesar de que su traje demuestra que sostuvo una fuerte lucha antes de ser apresado! ¡Jamás vi otro más gallardo! – exclamó después Zoraida.

La pequeña no dijo nada. Su timidez le impedía expresar en voz alta sus pensamientos, aún delante de sus propias hermanas. Pero a su vez se sintió atraída por el tercer caballero, que vestía de azul.

Cuando Kadiga fue a buscarlas, porque debían dar su lección de música, las encontró con aspecto abatido, melancólicamente sentadas en las otomanas cubiertas con ricos almohadones de seda.

– ¿Qué os sucede? – les preguntó, asustada.

Y ellas, que no tenían secretos para la buena mujer, le contaron lo que habían visto.

– ¡Pobres muchachos! – exclamó. – Estoy segura que más de una dama, en su país, sentirá llenarse de angustia su corazón al tener noticia de su cautiverio. Porque si es cierto lo que decís de su gallardía y apostura, seguro que suelen participar en brillantes torneos. ¡Ay, queridas princesas, qué hermosos son los torneos de los cristianos!

Zaida, siempre curiosa, se interesó al punto por saber cómo se desarrollaban aquellos torneos, de los que con tanto entusiasmo hablaba Kadiga. Y la mujer no se hizo rogar para explicárselo con todo lujo de detalles, porque la conversación había traído a su memoria los tiempos ya lejanos, en que vivía en el país que la vio nacer.

Las conversaciones eran interminables, pues las niñas no se cansaban de escuchar y la fiel aya de explicar. Y cuanto más hablaban, mayor curiosidad sentían las princesitas por conocer los usos y costumbres, que habían sido los de la dulce mujer que les dio el ser.

A partir de aquel día, a menudo se interesaban las princesas por conocer nuevas historias de caballeros cristianos. Y, naturalmente, era siempre Zaida quien hacía las preguntas, pero Zoraida, por su parte, cuando Kadiga les hablaba de la belleza de las damas, lanzaba furtivas miradas al espejo, que le devolvía su imagen, como si deseara convencerse de que ella podría muy bien competir en hermosura con tales damas, mientras Zorahaida suspiraba melancólicamente cuando hablaba de las serenatas que, terminados los banquetes y las fiestas, ofrecen los caballeros a sus damas a la luz de la luna.

Al fin Kadiga se dio cuenta de que aquellas historias hacían daño a sus jóvenes princesas, porque las hacían soñar en contra de las órdenes de su padre el Rey. “Se han convertido en jóvenes casaderas -se dijo. – Avisaré a Mohamed”.

Y a través de un emisario de confianza le envió un mensaje en el que, después de felicitarle por el cumpleaños de sus hijas, le decía que las princesas se alegrarían mucho de verle. Y también le envió un cofre delicadamente cincelado, dentro del cual el soberano encontró, reposando en un lecho de hojas frescas, tres frutos muy hermosos: un melocotón, un albaricoque y un prisco.

El Rey, que como todos los orientales comprendía el lenguaje de las flores y los frutos, entendió al instante el mensaje oculto de la sagaz Kadiga.

“Ha llegado el momento crítico, predicho por los astrólogos – pensó. – Mis hijas han llegado a la edad en que han de contraer matrimonio. Y yo, personalmente, debo cuidar de que elijan marido de acuerdo con su rango”.

Pocos días después, el Rey, al frente de una brillante comitiva, partía en dirección al castillo de Salobreña, para recoger personalmente a sus hijas y traerlas consigo a la corte para lo cual ya había dispuesto fuese preparada una torre en la Alhambra, donde serían alojadas con todo lujo y riqueza.

Mohamed se sorprendió mucho al ver a las princesas. Hacía ya tres años que no las había visto y advirtió que se habían convertido de jóvenes de gran belleza.

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