La pequeña liebre (2ª Parte)

Publicada en Publicada en África, CUENTOS

La pequeña liebre

Viéndose a punto de ser alcanzada, la liebre se metió en una estrecha fisura entre dos rocas; pero una de sus orejas sobresalía y fue descubierta por sus perseguidores. Mas éstos no lograron sacarla de allí por más esfuerzos que hicieron, aunque al final de sus infructuosas tentativas la oreja de la liebre quedó convertida en una masa sanguinolenta e informe por las infinitas heridas que le causaron con dientes y uñas los enfurecidos animales.
Cuando se hubieron marchado, la liebre abandonó su escondite, y al cabo de poco tiempo se encontró con el conejo.
– ¡Ah, amigo conejo – le dijo -; ya ves que, como a ti, me han pegado!
El conejo le respondió:
– No te compadezco por eso… Te portaste muy mal conmigo, ya que, habiendo sido tú la que bebiste el agua, me echaste la culpa a mí.
La liebre le interrumpió diciendo:
– Bueno… Ya estamos en paz… Y para que veas que te aprecio, te voy a enseñar el secreto para no morir.
– ¿Qué secreto es ése? – inquirió el conejo.
– Vamos a hacer un agujero aquí mismo.
Cavaron un hoyo poco profundo, y entonces añadió la libre:
– Ahora encendamos una hoguera aquí dentro.
Buscaron leña y hojas secas y encendieron una gran hoguera. Cuando empezaron a elevarse las llamas, la liebre dijo al conejo:
– Amigo mío, cógeme ahora y arrójame al fuego… No me saques hasta que mi piel empiece a crepitar al chamuscarse y me oigas decir: “¡Itchi, itchi, basta ya!”.
Obedeció el conejo, y asiendo a la pequeña libre por la oreja sana, la arrojó al fuego. Apenas sintió el calor de las brasas, la libre echó a las llamas las bayos verdes de que se había provisto, y éstas empezaron a crepitar, a tiempo que la liebre gritaba:
– ¡Itchi, itchi, sácame de aquí! ¡Ya está bien!
El conejo cogió a la pequeña liebre de la oreja y la sacó del fuego.
– Ahora te toca a ti, amigo mío…
Y la liebre asió al conejo y lo arrojó a la hoguera.
Cuando el conejo sintió el intenso calor del fuego, empezó a gritar:
– ¡Itchi, itchi, me quemo, sácame de aquí!
Pero la liebre le respondió:
– Nada de eso… Puesto que has sido lo suficientemente tonto para dejarte engañar, sufre el castigo de tu ingenuidad… ¿Ignorabas que el fuego quemaba, idiota?
Y así murió el pobre conejo, consumido por el fuego. Muy pronto no quedó de él más que los huesos.
Cuando el fuego se extinguió, la pequeña libre descendió al hoyo, cogió una de las tibias del conejo y se hizo una flauta, con la que empezó a tocar, interrumpiéndose de vez en cuando para cantar:

“¡Pii, pii, flautita amada!
¡Pii, pii, al conejo he engañado!
¡Pii, pii, le hice ver que me quemaba!
¡Pii, pii, y ha sido él el que se ha quemado!”

Y se paseó por todas partes, envaneciéndose de la muerte del conejo, cantando a diestro y siniestro su canción:

“¡Pii, pii, flautita amada!
¡Pii, pii, al conejo he engañado!
¡Pii, pii, le hice ver que me quemaba!
¡Pii, pii, y ha sido él el que se ha quemado!”

A renglón seguido, la pequeña liebre se dirigió a la caverna en que moraba el Gran León y entró a su servicio.
Un día le dijo:
– Abuelo, ¿quieres que te indique un medio para saciarte de carne sin necesidad de salir de caza?
– Hazlo y te lo agradeceré – respondióle el León.
– Vamos a cavar una fosa – propúsole la liebre.
Entre los dos cavaron una fosa de muchos metros de profundidad.
Entonces la pequeña liebre sugirió al monarca de la selva:
– Acuéstate en la fosa y hazte el muerto.
El León obedeció.
La liebre subió a un montículo y empezó a soplar en un cuerno para llamar la atención de los animales, gritando después:

“¡Pii, pii, el León ha muerto!
¡Pii, pii, la paz ha vuelto!”

Acudieron los animales corriendo.
– Entrad todos – díjoles la liebre -. Que no se quede nadie fuera.
Todos obedecieron a excepción del mico que llegó el último, llevando a su hijo a horcajadas sobre los hombros. El cuadrúmano cogió un tallo de hierba y se puso a hacer cosquillas al León, observando que se estremecía, por lo que dijo a su pequeño:
– ¡Vámonos de aquí, hijo mío!… ¡No me convence este cadáver que tiene cosquillas!
La liebre dijo a los otros animales:
– ¿Estáis todos?
– Sí – le respondieron.
– ¡Levántate ya, abuelo! – gritó entonces al León.
El gran soberano de los bosques se puso en pie de un salto y degolló en pocos momentos a todos los animales que había en el recinto, ayudándole la liebre a despedazarlos.
Como quiera que el León no daba a la liebre más que los desechos, quedándose él con los mejores trozos, el inteligente animalejo buscó el medio de vengarse. Había observado lo ignorante que es el león a pesar de su fortaleza, y lo fácil que resultaba engañarlo.
– ¡Vamos a construir una choza, abuelo! – le dijo, cuando hubieron terminado de comer.
El León accedió.
Cuando tuvieron clavados los postes y las estacas, colocaron el armazón del techo, y la liebre dijo al León:
– Súbete al techo para ayudarme a terminarla.
El León obedeció. La larga cola le llegaba hasta cerca del suelo. La liebre tomó entonces un clavo grueso, puso el centro de la cola junto al mayor de los postes y la clavó a él de un solo martillazo.
– ¿Qué es lo que me ha picado en la cola, pequeña liebre?
– No sé, abuelo – contestóle la aludida -. Baja tú a verlo.
Pero, por muchos esfuerzos que hizo, el León no pudo descender del techo.
Entonces la liebre se puso a comer la carne del león ante sus mismas narices.
El León emitía furiosos rugidos de cólera e impotencia, pero la liebre continuó comiendo tranquilamente.
Cuando hubo terminado, subióse a un árbol y, soplando en su flauta de tibia, empezó a cantar:

“¡Pii, pii, caiga la lluvia y el granizo!”

Inmediatamente el cielo se cubrió de nubes, retumbó el trueno por todas partes y sobre la choza cayó una granizada espantosa.
La pequeña liebre, refugiándose en la choza, gritó al León:
– ¡Baja, abuelo!… ¡Vente a comer conmigo!
La granizada terminó por matar al león, incapaz de desasirse, mientras que la liebre comía tranquilamente la carne que el difunto había acaparado en el interior de la choza.
Cierto día empezó a soplar el viento cuando la liebre se hallaba comiendo dentro de la cabaña, y derribó con gran estruendo los restos del León, ya casi desecados.
La liebre dio un salto, frenética de pavor, pero viendo que el León no se movía y que de él apenas quedaba otra cosa que la piel, se acercó y lo limpió cuidadosamente, y le mantuvo abierta la inmensa boca valiéndose de unas ramitas.
Entonces se deslizó bajo la piel del león y se puso a viajar disfrazada de esta guisa.
No tardó en llegar al país de las hienas.
Cuando éstas lo descubrieron se estremecieron de pánico y gritaron:
– ¿Cómo podríamos escapar a las insaciables mandíbulas de este feroz animal?
La pequeña liebre penetró en el domicilio del rey de las hienas y se instaló allí.
Todos decían:
– Hoy seremos devorados sin compasión.
La pequeña liebre, viendo un caldero lleno de agua hirviendo, dijo a una hiena:
– ¡Siéntate ahí dentro!
La hiena no se atrevió a desobedecer y murió escaldada.
La pequeña liebre fue recorriendo las chozas de las hienas, diciendo a todas:
– ¡A sentarse inmediatamente sobre el agua hirviendo!
Con lo que las hienas murieron rápidamente, despoblándose la aldea, en la que no quedaron más que las hembras.
Un día que todas las hienas se habían marchado al campo, no dejando en el poblado más que a una pequeña, nuestra liebre se dirigió al “lapa”plazoleta formada en el centro del poblado y rodeada por las chozas, sin darse cuenta de la presencia de la pequeña, y, saliendo de la piel del león, se puso a cantar y a saltar.

“Yo soy la pequeña liebre, vencedora de las grandes hienas!”

La pequeña hiena se dijo:
– ¡Y pensar que un animalito tan pequeño ha hecho morir a tantos de los nuestros!
Un ligero soplo de viento hizo que la liebre, al ver moverse las cañas del “lapa” se apresurara a vestirse la piel del león.
Por la noche, cuando las hienas regresaron a sus chozas, la pequeña dijo a su padre:
– Padre mío, nuestro pueblo ha sido casi completamente exterminado… ¿Sabes quién ha sido el causante?
– Pues el maldito León, hijo mío… ¡Nadie puede matarlo!
– Te equivocas, padre… No fue el León, sino un animalejo insignificante que se ha disfrazado con su piel.
El padre, repuso riendo:
– ¡Eso lo has soñado tú, hijito!
– No, padre; estoy seguro de lo que digo… Lo vi con mis propios ojos.
El padre fue a transmitir la noticia a uno de sus amigos, que le dijo:
– Escondámonos mañana y comprobaremos si tu pequeño ha dicho la verdad.
Así lo hicieron. Al amanecer, los dos padres se escondieron detrás del “lapa”. Poco antes del mediodía vieron llegar a la liebre, que se despojó de la piel del león y se puso a saltar y a cantar alborozadamente:

“¡Yo soy la pequeña liebre, vencedora de las grandes hienas!”

Llegada la noche, las dos hienas dijeron a sus compañeras:
– Nos hemos dejado exterminar por un animal insignificante. Creíamos que era un león, y no era más que su piel.
Cuando terminaron de hacer la cena, nuestra liebre, cubierta con la piel del león, dijo a una de las hienas:
– ¡Siéntate sobre el agua hirviendo!
Ninguna de las hienas se movió; pero una de ellas se levantó de pronto y lanzó una piedra con todas sus fuerzas sobre la piel del león.
La liebre abandonó su escondite de un salto y emprendió precipitada huída, perseguida por todas las hienas, grandes y chicas, que lanzaban espantosos gritos de cólera.
En un recodo del camino, la liebre se cortó la única oreja que le quedaba para no ser reconocida por sus enemigos, y fingió roer una piedra plana.
Cuando llegaron junto a ella, las hienas le preguntaron:
– ¿No has visto pasar por aquí a la pequeña liebre?
– Sí – respondió el astuto animal -. Hace unos segundos pasó por aquí, corriendo con triple velocidad que la de la gacela; parecía que ni siquiera posaba los pies en el suelo… Ha estado a punto de derribarme con el aire que levantaba su veloz huída… Si no corréis mucho, no lograréis alcanzarla jamás.
Las hienas, ebrias de venganza, prosiguieron la persecución, dispuestas a no cejar hasta haber dado muerte a su verdugo, y se dice que todavía están corriendo.
La pequeña liebre, en cambio, murió aquel mismo día, reventada de tanto reír.

Deja un comentario