La pequeña liebre (1ª Parte)

Publicada en Publicada en África, CUENTOS

La pequeña liebre

Érase una vez una mujer que dijo a su esposo:
– Ardo en deseos de comer hígado de “nyamatsané”; si me amas, ponte inmediatamente en camino y no vuelvas hasta que hayas conseguido atrapar un nyamatsané para que yo pueda comerme el hígado.
Su marido le respondió:
– Tuesta un poco de pan, quítale la corteza y lléname un saquito.
Hízolo así la mujer y cuando todo estuvo dispuesto lo entregó a su marido, que partió al punto con el decidido propósito de matar un nyamatsané.
Caminó durante mucho tiempo, alimentándose de las cortezas de pan con que su mujer había llenado el saco y, finalmente, llegó al país de los nyamatsanés, junto a un gran río, donde vivían en crecido número.
Pero cuando él llegó, los nyamatsanés no estaban; habíanse marchado a pastar a bastante distancia de allí, dejando en casa a su vieja y decrépita abuela.
El hombre se apresuró a matarla, le quitó la piel y el hígado y se escondió en sus despojos lo mejor que pudo. No había hecho más que cubrirse con la piel del animal cuando llegaron los nyamatsanés, ansiosos por volver a ver a su amada abuela.
Al entrar en la choza gritaron:
– ¡Olemos a carne fresca! ¡Aquí hay un hombre!
El hombre, disfrazado con la piel de la nyamatsané, respondió desfigurando la voz:
– Os equivocáis, hijos míos… No hay ningún hombre entre nosotros…
Pero ellos continuaron husmeando y murmurando:
– Tiene que haberlo, abuela… Lo olemos…
Finalmente, los nyamatsanés, cansados por la infructuosa búsqueda, se acostaron y no tardaron en quedarse dormidos.
Al día siguiente, cuando se despertaron, como no estaban completamente tranquilos, dijeron cuando se disponían a partir:
– Vente hoy a pacer con nosotros, abuela.
El disfrazado hombre salió con ellos y fingió comer guijarros, como ellos hacían, pero en realidad lo que comía eran cortezas de pan de las que llevaba en el saco.
Los nyamatsanés se convencieron de que era su abuela; al poco regresaron todos a casa, se acostaron y se durmieron.
A la mañana siguiente, cuando se despertaron, dijeron a quien creían su abuela:
– Vamos a ejercitarnos en saltar un gran foso.
Saltaron ellos primero, y luego gritaron a la abuela desde el otro lado:
– ¡Salta tú ahora!
La falsa abuela franqueó el foso, sin gran trabajo.
Absolutamente convencidos de que se trataba de su abuela, a pesar de oler como un hombre, los nyamatsanés se marcharon a la mañana siguiente a pacer muy lejos de allí, dejando solo en casa al valiente marido.
Cuando hubieron desaparecido, nuestro hombre se apresuró a tomar el hígado de la vieja nyamatsané, se lo guardó en un bolsillo, se despojó de la piel y, después de haber recogido una piedrecita brillante que descubrió en un escondrijo del suelo de la choza, la guardó con el hígado y salió huyendo a toda velocidad.
Al caer de la tarde, volvieron los nyamatsanés a su choza y se dieron cuenta de que su abuela estaba muerta y no quedaba de ella más que la piel.
– ¡Tuvimos razón al suponer algo extraño! ¡Era en realidad un hombre el que se había disfrazado con la piel de la abuela, después de matarla!
Inmediatamente los nyamatsanés husmearon el suelo y se lanzaron frenéticos en persecución del asesino de su abuela.
Nuestro hombre estaba ya muy lejos cuando vio una nube de polvo que subía hasta el cielo.
– ¡Estoy perdido! – exclamó -. ¡Ésos deben ser los nyamatsanés que viene a devorarme!
En efecto, los nyamatsanés avanzaban hacia él a una velocidad inusitada. Ya babeaban de júbilo creyendo que no tardarían en destrozarlo entre sus agudos dientes.
Pero el hombre sacó de su bolsa la piedrecita brillante y pulida y la echó al suelo, donde se convirtió en el acto en una enorme roca de paredes escarpadas y lisas, sentándose él en la cumbre.
Los nyamatsanés intentaron inútilmente escalarla. No consiguieron más que lastimarse en los escarpados flancos. Continuaron en sus vanos esfuerzos hasta la puesta del sol; luego, agotados por la fatiga, se quedaron dormidos al pie de la roca.
Aprovechándose del sueño de sus enemigos, el hombre redujo la roca a su primitivo tamaño y escapó a todo correr.
A la mañana siguiente, los nyamatsanés se dieron cuenta de la desaparición del fugitivo. Husmearon la pista fresca y reanudaron con furia reconcentrada su persecución.
En el preciso instante en que estaban a punto de alcanzarlo, el hombre volvió a sacar la piedrecita y a tirarla al suelo, convirtiéndose en una roca enorme sobre la cual se sentó tranquilamente.
Los nyamatsanés intentaron de nuevo escalarla, con el mismo resultado negativo que anteriormente, y al atardecer, completamente agotados por el terrible esfuerzo, se quedaron dormidos como troncos.
Entonces nuestro hombre prosiguió su precipitada fuga.
Repitióse este hecho durante varios días, reanudándose la persecución desde la salida a la puesta del sol, para interrumpirla al caer la noche.
Finalmente nuestro hombre llegó a su poblado, y los nyamatsanés, comprendiendo lo inútil de sus esfuerzos, regresaron a su punto de partida, pues estos animales no se atreven a adentrarse en las comarcas habitadas por seres humanos a causa de los perros, a los que temen extraordinariamente. Cuando el hombre llegó a su casa, gritó:
– “¡Itchú!” (¡Qué cansado estoy!).
Luego dijo a su mujer:
– Dame de beber.
Después de haber bebido se sintió algo más aliviado, y añadió:
– Ve a buscar leña y enciende el fuego.
Entonces sacó de la bolsa el hígado del nyamatsané y se lo entregó a su esposa, diciendo:
– ¡Ahí lo tienes! Supongo que ahora estarás convencida de que te amo de veras.
La mujer le respondió:
– Está bien. Haz que salgan todos nuestros hijos. He de quedarme sola en la choza.
Hizo cocer entonces en un viejo cuenco de barro el hígado de nyamatsané.
– Cómetelo entero tú sola – advirtióla su marido-. No des de él a nadie, ni siquiera a los niños.
Y la mujer le obedeció y se lo comió entero.
Apenas hubo acabado de hacerlo cuando sintió una sed insaciable. Tomó un gran vaso de agua y se lo bebió de un solo trago; luego se fue a casa de una vecina y le dijo:
– Amiga mía, dame de beber.
La vecina le dio una gran calabaza llena de agua, que bebió asimismo de un solo trago.
– Dame más – pidió.
– No – respondióle la vecina -. Dejaría sin agua a mis hijos y no debo hacerlo.
La mujer fue entonces a visitar a otra vecina, bebiendo todo el agua que le dieron, y así, de choza en choza, fue bebiendo sin cesar, sin conseguir apagar su sed devoradora.
Salió del poblado, se dirigió a una fuente y no dejó en ella ni gota; de allí se fue a buscar otra, que siguió la suerte de la primera, luego otra, y otra…
Cuando hubo terminado con las fuentes, se arrastró, con la boca seca y la lengua hinchada de sed hasta el río que corría frente al poblado y, en el punto precisamente en que afluían las aguas de otro río, se tendió de bruces sobre la orilla y estuvo bebiendo hasta que dejó secos ambos ríos.
Pero no por eso sació su sed. Arrastrándose penosamente consiguió llegar hasta el enorme lago donde iban a abrevar los animales salvajes del bosque, y bebió con tanta avidez que a los pocos instantes no había dejado en él una sola gota de agua.
Esta vez la mujer no pudo moverse ya; tenía el vientre tan desmesuradamente hinchado que se elevaba por encima de su cabeza y tenía las dimensiones de una colina.
Cuando los animales, apremiados por la sed, llegaron a su abrevadero, descubrieron estupefactos que el lago había desaparecido. A la orilla vieron tendido un objeto informe, inmenso, que apenas tenía aspecto de figura humana.
Entonces, el Gran León preguntó:
– ¿Quién es el que se ha tumbado al borde del lago de mi abuelo?
Cuando se acercaron comprobaron que se trataba de Molkadi-sa-Molata.
Preguntáronle:
– ¿Qué haces tumbada junto al lago de nuestros abuelos?
Ella respondió:
– Estoy tumbada porque no puedo andar. Me lo impide el agua que he bebido.
El Gran León gritó entonces:
– ¿Quién de vosotros horadará el vientre de esta mujer para recobrar el agua que nos pertenece?
Viendo que nadie respondía, llamó al conejo y le dijo:
– Hazlo tú, conejo.
Éste contestó:
– No me atrevo, señor.
El Gran León dio la misma orden a la gacela.
Pero ésta repuso:
– Tengo miedo, señor.
Asimismo se negaron todos los animales, a excepción de la liebre, que se alzó sobre las patas posteriores y desgarró el vientre de Molkadi-sa-Molata de una sola dentellada.
Brotó inmediatamente el agua, que llenó el lago, los ríos y las fuentes.
El Gran León prohibió seriamente que bebieran agua hasta que se hubiese clarificado, y todos los animales se retiraron a sus cubiles sin haber bebido.
Cuando la pequeña liebre vio que todos dormían, se levantó sin hacer ruido y fue a beber al lago del Gran León; luego, tomó un poco de barro y manchó con él las rodillas y el hocico del conejo, a fin de que creyesen que había sido éste el que había bebido agua durante la noche.
Al día siguiente, tan pronto como despertó, el Gran León se dirigió al lago, y vio que alguien había ensuciado el agua durante la noche.
Reunió inmediatamente a todos los animales y, furioso, les preguntó:
– ¿Quién ha sido el osado que ha bebido de esta agua a pesar de mi prohibición?
La liebre hizo una pirueta y, señalando al pobre conejo, dijo:
– ¡Ése es que el que ha bebido agua del rey! ¡Mirad las manchas de barro de sus patas, rodillas, frente y hocico!
El conejo, aterrorizado, intentó inútilmente protestar de su inocencia. El Gran León dio orden de que le administraran cincuenta vergajazos, castigo que llevó a cabo el elefante.
Al día siguiente, creyéndose sola, la pequeña liebre empezó a jactarse de lo que había hecho, incapaz de guardar su secreto.
– ¡Yo, yo soy la que se ha bebido el agua del Gran León y he demostrado la culpabilidad del conejo!
Uno de los animales que dormitaba cerca de allí, desvelado por los gritos de la liebre, le preguntó:
– ¿Qué diablos estás diciendo?
La liebre se apresuró a responderle:
– Te estaba preguntando si habías visto mi bastón.
Algo más tarde, creyendo que nadie la oía, continuó diciendo:
– ¡Yo, yo soy la que se ha bebido el agua del Gran León y he demostrado la culpabilidad del conejo!
Pero uno de los animales la oyó y fue a decirlo al monarca de la selva, que inmediatamente dio orden de que la pequeña liebre compareciera a su presencia.
– ¿Qué estabas diciendo, pequeña liebre? – le preguntó irritado.
La liebre, sin atemorizarse, respondió:
– Dije, y lo repito, que yo fui la que se bebió el agua de tu abuelo y luego eché la culpa al conejo.
Inmediatamente emprendió la fuga, corriendo con toda la velocidad que le permitían sus ágiles piernas.
Todos los animales se pusieron en el acto a perseguirla.

Deja un comentario