La paloma de Suwa

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santuario de Suwa, en Kamakura

 

Muchos años atrás se decía que el santuario de Suwa, en Kamakura, y el de Morito, en Hayama, estaban unidos por estrechos vínculos. Por eso, las fiestas de cada templo se celebraban el mismo día — el ocho de septiembre —, aunque la de Suwa era por la mañana y la de Morito por la tarde.

Y contaban que cada año, en esa fecha, acontecía algo muy particular: una paloma blanca surgía del bosque detrás del santuario de Suwa y volaba hasta alcanzar el de Morito. Con el tiempo, la gente se acostumbró a llamar esta paloma Osuwa-sama, considerándola una enviada de los dioses que simbolizaba la paz y la buena fortuna.

Este prodigio se repitió durante muchos años y llegó a formar parte de la tradición popular. Pero, cierta vez, un cazador, ignorando la gran valía de la paloma, le disparó una flecha que la hirió gravemente en el pecho.

Sin embargo, ante el asombro del cazador, la paloma no cayó en picado sino que, con el albo plumaje del pecho ensangrentado, continuó volando y volando hasta que llegó dando tumbos a Morito, donde respiró el último aliento. Cayó muerta en los escalones de piedra ante el altar del santuario, y los asistentes derramaron lágrimas de compasión por el valeroso animal.

Al año siguiente, la paloma no apareció en el día del festival, y desde entonces no lo ha hecho nunca más.

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