La niñera fantasma

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La niñera fantasma

Había una vez, una tienda de golosinas muy bonita situada en el centro de una plaza de un pueblito, pasó algo muy extraño que me gustaría contarte.
Aquella noche de verano, era muy agradable y se respiraba un aire fresco y limpio. Mientras el vendedor se disponía a cerrar porque ya era muy tarde, se acercó a la tienda una señora y le dijo casi en un susurro: “Por favor, ¿me puede dejar una bolsita de golosinas?”.
El vendedor se quedó pensativo, no tenía ni idea de quién se trataba el rostro de aquella señora le era totalmente desconocido.
La señora de rostro blanco y gélido, empezó a ir todas las noches muy tarde a comprar golosinas, en una hora donde todos los niños ya están durmiendo.
Un día vino un amigo del vendedor, él vivía justo en el pueblo de al lado. Hablaron y hablaron hasta altas horas de la noche.
Como siempre, vino la señora. El amigo se asustó y empezó a temblar cuando vio a la señora.
Después que la señora se marchara, el vendedor le preguntó a su amigo: “¿Qué te pasó?”, “¿Por qué estás tan asustado?”
Éste le dijo: “Es la esposa de Matsukichi que vive en mi pueblo. Pero estoy asustado porque murió hace un mes…”
El vendedor se sorprendió mucho y exclamó: “Entonces, ¿Ella es un fantasma? , ¿Por qué compra golosinas?” “¡Sigámosla!”, y así lo hicieron.
Ella se dirigía al pueblo vecino y al llegar desapareció al adentrarse en el cementerio.
Ellos al observar eso, no sabían qué hacer fueron a un templo a contárselo a un monje budista.
El monje les dijo: “¿De veras? ¡Vamos a comprobarlo!” y entraron al cementerio.
Cuando llegaron, los tres se quedaron inmóviles y atónitos al observar un bebé llorando envuelto en una mantita encima de una tumba. El bebé había sido abandonado.
El monje les dijo: “¡Miren, esta tumba pertenece a la esposa de Matsukichi! Ella ha estado cuidando de este bebé con golosinas. Todo el mundo sabía lo buena que era” “¡Le ha salvado la vida!”.
El vendedor dijo: “¡Ah! En este pueblo todos conocían a la señora Matsukishi, es por eso que iba a mi tienda a comprar.”
El monje se dirigió a ella y le dijo: “Voy a criar a este bebé, ya no tienes por qué preocuparte más, puedes irte tranquila”.
La señora haciéndoles una reverencia de agradecimiento, se alejó y desapareció entre un ciprés del cementerio.
Desde entonces Masao, que así le pusieron al bebé, vive muy feliz con el monje en el templo y ahora va a comprar golosinas al pueblo de al lado.

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