LA LARGA VIDA DE OSSYAN (2ªParte)

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Esa noche descansamos plácidamente y al alba Niamh me dijo que era tiempo de partir nuevamente hacia Tirnanoge, de modo que nos despedimos de Aileen, quien lloró de pena ante nuestra partida, hecho que nosotros también lamentamos profundamente. Una vez
montados sobre el soberbio potro blanco, éste, a una orden de Niamh, partió raudamente hacia el oeste, lanzó los tres consabidos relinchos al tocar sus cascos el agua, y pronto no vimos a nuestro alrededor más que olas y espuma, y nos adentramos en el mar azul y transparente con  la ligereza y la suavidad del viento de primavera sobre las colinas de Leinster. Volvimos a ver a la doncella de la manzana de oro seguida por el joven guerrero, y poco después al ciervo perseguido por el sabueso blanco. También volvimos a pasar junto a nuevas ciudades, islas  desconocidas y palacios de increíble arquitectura.Repentinamente, ominosas nubes comenzaron a ocultar el sol, y pronto estalló una terrible tempestad, iluminando el mar con sus constantes relámpagos; sin embargo, aunque el huracán soplaba y se arremolinaba desde los cuatro horizontes, y las olas rugían embravecidas a nuestro alrededor, el potro blanco proseguía impertérrito su recta travesía, con la misma velocidad y seguridad que antes, sin que las salpicaduras ni los rayos demoraran un ápice su marcha ni alteraran su rumbo en lo más mínimo.
Tiempo después, cuando la tempestad amainó y el sol volvió a brillar
sobre nosotros, pude ver, a corta distancia, una tierra verde y florida, un país de herbosas praderas, agrestes picos yazules lagos y cascadas. Junto a la costa, al pie de un risco, divisé un palacio cuyo lujo y esplendor no desmerecía en nada al de la Isla de las Virtudes.
Todos sus tejados y cúpulas estaban enchapados en oro, y en sus paredes, recubiertas de ónice, había engarzadas gemas de todo tipo y color, formando hermosos diseños. A su alrededor podían verse acogedoras casas construidas en diversos tipos de piedras por los arquitectos más hábiles que había visto en mi vida. Le pregunté a Niamh el nombre de aquel país y me contestó con una voz en que se notaba su orgullo:
—Este es mi país natal, Tirnanoge. En él encontrarás todo lo que te he prometido, y muchas cosas más aún.Tan pronto como hubimos llegado a tierra y desmontado, se acercó a nosotros, viniendo desde el palacio, una comitiva de guerreros de noble apostura y suntuosas vestiduras, que se apresuraron a recibirnos y darnos la bienvenida. Los seguía una chispeante multitud, encabezada por Caerius, el rey y padre de Niamh, que lucía una refulgente túnica recamada en plata y una rutilante corona de oro, con esmeraldas, diamante y rubíes engarzadas en ella.
A su lado la reina, acompañada por un séquito de un centenar de doncellas, vestía una clámide blanca como la nieve, bordada con hilos de oro y una diadema tan brillante como la corona de su esposo. A pesar de haber visto muchos nobles en mi vida con Finn, me pareció que aquella pareja real superaba largamente a cualquier otra del mundo en belleza, gracia y majestad. Una vez que los reyes hubieron besado a su hija y desahogándose de su larga separación, Caerius tomó mi mano y se dirigió en alta voz a la multitud, que no era otra cosa que la totalidad de los habitantes de la Tierra de la Juventud que habían venido a saludar a su adorada princesa:
—¡Pueblo de Tirnanoge!, éste es Ossyan McCumhall, hijo de Finn McCumhall, por quien mi hija y vuestra princesa cruzó el Mar Occidental hasta la verde Erín. El será el esposo de Niamh,el hada de cabellos de oro.
Valiente Ossyan —continuó, dirigiéndose a mí—, te damos nuestra más  calurosa bienvenida. En nuestro país te espera todo tipo de placeres sin pecado, para disfrutar de los cuales serás eternamente joven.
Si has accedido a venir con ella es porque deseas que mi hija, la gentil y dulce Niamh, sea tu esposa, y yo, el rey de Tirnanoge, así lo dispongo. Agradecí sinceramente al rey sus palabras y besé la mano de la reina, después de lo cual regresamos a palacio, donde encontramos servido un espléndido banquete. Los festejos y las demostraciones de afecto del pueblo y los nobles duraron diez días con sus noches, tras de los cuales Niamh y yo nos casamos.Viví en el País de la Juventud durante algo más de tres años, pero al cabo de ese tiempo, comencé a sentir un acucioso deseo de ver a mi padre Finn y a mis viejos camaradas de armas, y pedí al rey y a mi adorada esposa que me permitieran visitar Erín. El rey me dio su permiso, pero Niamh me dijo:
—No puedo hacer otra cosa que aceptarlo, pero con un profundo dolor en el alma, porque mucho me temo que nunca volveremos a vernos.
—No debes albergar dudas ni temores de ninguna clase, porque los lazos que me unen a ti son más fuertes que cualquier otro que jamás haya tenido sobre la tierra; además, el corcel blanco conoce perfectamente el camino, tanto de ida como de vuelta, y me llevará y me traerá de regreso sano y salvo. —Entonces ella pronunció estas palabras, que en ese momento me parecieron muy extrañas, pero que no tardaría en lamentar no haberlas comprendido:
—No puedo negarme a tu pedido, aunque tu viaje me ocasiona la inefable congoja de saber que es casi seguro que no vuelvas a Tirnanoge. Erín no es ahora el país que dejaste cuandomvinimos aquí. Cuando llegues allí habrán transcurrido trescientos años, y el gran rey Finn McCumhall y sus fianna habrán desaparecido; en vez de ellos, encontrarás una multitud de sacerdotes cristianos, encabezados por uno llamado San Patricio. Ahora, escucha bien mis palabras, pues de ello depende que volvamos a vernos: si bajas una sola vez del corcel blanco, si por alguna circunstancia pones un pie en la nueva Erín, jamás volverás a mí. Le prometí —quizás sin asimilar en toda su profundidad el significado de sus palabras— que no olvidaría sus consejos y que no me apearía del potro blanco por ninguna razón. Mi alma se sentía agobiada al mirar su dulce rostro e intuir su pena; pero, aun así, mi corazón palpitaba aceleradamente ante la idea de volver a ver a Erín.
Me despedí tiernamente de mi amada Niamh y ella reiteró su advertencia:—Te suplico que lo tengas presente: si posas de nuevo los pies sobre la verde hierba de Erín, jamás podrás regresar a este hermoso país.Cuando monté el potro blanco, éste galopó en línea recta hacia el este, en dirección al mar, yavanzamos tan rápidamente como antes sobre su superficie, esta vez calma y tersa como la de un lago. El viento quedó a nuestras espaldas mientras galopábamos  sobre las olas, y volví a pasar,esta vez solo, junto a muchas islas y ciudades, cruzándome con personajes ya conocidos, como elciervo perseguido por el sabueso y la doncella de la manzana dorada; incluso, desde lejos, saludéa la princesa —ahora reina— de la Isla de la Virtudes, quien respondió mi saludo desde unaventana de su maravilloso castillo.Finalmente, tocamos tierra en las verdes riberas de Erín y, mientras atravesaba todo mi país alo ancho, miraba detenidamente a mi alrededor, pero tenía grandes dificultades en reconocer losantiguos paisajes y lugares, porque todo parecía extrañamente distorsionado. Llevado por mi  extraordinario corcel, llegué finalmente a Leinster, pero no vi rastro alguno de Finn y sus fianna, y las palabras de Niamh comenzaron a cobrar un nuevo y aterrador significado en mi mente. Al llegar a los alrededores de Alien, donde otrora se había erigido el palacio de mi padre, distinguí a lo lejos a un grupo de pequeños hombres y mujeres, algunos de ellos montados sobre caballos tan diminutos como ellos, y cuando me acerqué, me observaron con gran curiosidad, asombrándose ante mi estatura y mi prestancia.Alentado por su bienvenida, me di a conocer y les pregunté por Finn y sus fianna,si vivían aún, o si habían sido aniquilados por algún enemigo o alguna repentina catástrofe, y un anciano que parecía ser el más sabio del grupo me respondió:
—Todos nosotros hemos oído hablar, de un modo u otro, del héroe Finn McCumhall, que rigiera a los fianna de Erín en tiempos remotos, y cuyo valor y sabiduría no tuvo igual en toda Irlanda. Los bardos y filidh han narrado sus hazañas y las de sus fianna,pero todos ellos han desaparecido hace ya mucho tiempo. También hemos oído decir que el hijo de Finn, llamado Ossyan, se fue con una hermosa y joven hada a Tirnanoge, el País de la Juventud, y jamás regresó. Su padre y sus amigos, que sufrían por su ausencia, trataron de localizar el lugar y para ello fletaron innumerables expediciones, pero jamás fueron capaces de ubicarlo. Al escuchar estas palabras del anciano, mi alma se sintió agobiada por la pena y,silenciosamente, aparté el caballo de aquella gente que me contemplaba asombrada y me dirigí en línea recta hacia Alien, cruzando las verdes planicies de Leinster, en las que tantas veces habíamos cazado ciervos con mis camaradas fianna.
Pero al llegar allí recibí la más amarga de las sorpresas, ya que encontré la colina desierta, sin rastro alguno de los aldeanos que habían poblado el lugar, y el castillo de mi padre en ruina y cubierto por la maleza. Con renuencia, aparté lentamente el potro blanco de lo que había sido mi hogar durante muchos años, y recorrí la región en todas direcciones, en busca de indicios de quienes alguna vez—las palabras de Niamh martillaban amargamente mis oídos— habían sido mis amigos. Sin embargo, lo único que hallé fueron pequeños grupos de pobladores desconocidos, que me contemplaban con una actitud desconfiada, y nadie reconocía en mí al hijo de quien había sido el rey absoluto de aquella región. Visité todos los rincones que alguna vez habían regido los fianna,pero todos sus feudos estaban como en Alien, solitarios e invadidos por la cicuta y las ortigas.En mi peregrinaje, finalmente arribé a Glenasmole, donde tantas veces cazara con Edwin McEntyre, uno de mis camaradas fianna, y allí vi a un gran grupo de gente reunida alrededor de una enorme roca.
Tan pronto como me vieron, uno de ellos se dirigió rápidamente hacia mí y me dijo:
—Poderoso héroe, a la primera mirada se ve que tú eres un hombre
generoso y de grandes fuerzas; te suplico que nos ayudes en este apuro, porque de lo contrario muchos de nosotros vamos a encontrar la muerte aquí. Acerqué mi caballo al centro del grupo y pude ver que trataban en vano de desplazar una enorme piedra, lisa como una laja. Esta se hallaba semilevantada del suelo por un extremo, y varios de los hombres se habían introducido debajo de ella, pero no eran lo suficientemente fuertes para terminar de alzarla; peor aún, ni siquiera eran capaces de soportar su peso mucho tiempo más, por lo que estaban en un inminente peligro de ser aplastados por ella.Mi primer sentimiento fue de vergüenza, al ver que tantos hombres fueran incapaces de levantar una laja que mi amigo Edwin, de haber estado vivo, hubiera tomado con una sola mano y la hubiera arrojado a mil yardas de aquella débil muchedumbre. Sin embargo, después de haber comprendido el verdadero peligro que corrían aquellas gentes, la piedad se impuso rápidamente a este sentimiento e, inclinándome hacia adelante en la montura, tomé la piedra con la mano izquierda y la levanté más de dos pérticas de su posición anterior, permitiendo así que los hombrecillos abandonaran su peligrosa posición. Pero aquel acto solidario significó mi perdición: el inusitado esfuerzo rompió la cincha que sujetaba la silla de oro a la espalda de mi corcel y, al echarme hacia adelante para evitar la caída,me vi repentinamente parado sobre mis dos pies; ¡parado precisamente sobre aquella tierra de Erín que mi adorada Niamh me había anticipado que no debía pisar, so pena de no volver a verla nunca más!El potro blanco, por su parte, apenas se vio libre de mi peso, corcoveó, lanzó un prolongado relincho y partió con la velocidad de un relámpago, dejándome allí de a pie, sumido en la más profunda desesperación al saber que ya no podría regresar jamás a Tirnanoge. Instantáneamente después de la partida del corcel blanco, un irreversible cambio físico comenzó a producirse en mi cuerpo: mis cabellos rubios se convirtieron en hirsutas guedejas de un gris ceniciento; mi vista se enturbió hasta no poder distinguir mis dedos frente a mis ojos; mi rostro se transformó en una horrible máscara surcada por arrugas y pústulas; perdí mis fuerzas hasta el punto de no poderme tener en pie, y me desplomé al suelo, transfigurado en un anciano,arrugado, casi ciego, marchito y enclenque.
Jamás volví a ver al corcel blanco, que sin duda debe de haber regresado a su hogar; jamás recuperé mi juventud, mi vista ni mis fuerzas. Desafortunadamente, tampoco me fue concedida la merced de la muerte, y así continué viviendo en esta espantosa carcaza semihumana, recordando siempre la forma en que había abandonado a mi padre Finn y mis compañeros de armas, y eternamente acongojado por la pérdida de mi esposa Niamh, el hada de los cabellos de oro.

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