LA LARGA VIDA DE OSSYAN (1ªParte)

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De acuerdo con una antigua leyenda irlandesa, Ossyan, el bardo /guerrero hijo deFinn McCumhall,alcanzó la edad de trescientos años, y así es como él mismo relató sus andanzas, al regreso de Tirnanoge:

Luego de acallarse los últimos ecos bélicos de la batalla de Gavra, donde cayeran tantos de nuestros hombres, estábamos con un grupo de guerreros fianna cazando en la ribera oeste del Lough Lein, una hermosa mañana de primavera cuando, mientras galopábamos tras un enorme ciervo de ocho puntas, divisamos a un jinete que avanzaba hacia nosotros, proveniente del oeste. Mirando atentamente, pudimos ver que se trataba de una mujer,montada sobre un magnífico y brioso potro  blanco como la nieve. Tanto mi padre, Finn, como el resto de la comitiva —incluido yo, por supuesto— quedamos tan sorprendidos ante la presencia de tan hermosa doncella, que el ciervo escapó rápidamente, perdiéndose en la espesura del bosque de Athlone. La bella y desconocida joven, pues no tendría más de diecisiete años, vestía un suntuoso vestido negro, salpicado de estrellas de oro rojo, y ceñía su talle con una cadena del mismo metal.Su cabello dorado, que caía en cascada por su espalda, cubriendo en parte el respaldar de la silla,estaba ceñido en su frente por una diadema, también de oro, guarnecida de esmeraldas y rubíes.
Sus ojos celestes eran tan límpidos y claros como dos gotas de rocío y, mientras su mano diminuta y marfilina sostenía las riendas de seda recamadas en oro, se mantenía erguida sobre la silla con más gracia que los cisnes de Lough Lein. El blanco corcel estaba cubierto con una fina gualdrapa de seda roja, y en toda Erín no habría podido encontrarse un potro más hermoso ni mejor plantado que aquél.Al llegar junto a  nosotros, la doncella se dirigió a Finn con una voz tan dulce y gentil como ninguno de nosotros había oído jamás:
—Finn McCumhall, rey de los fianna,he llegado aquí luego de un muy
largo y cansado viaje, ya que mi país se encuentra al otro lado de Erín, en el Mar Occidental. Soy un hada, pero también soy la hija del rey de Tirnanoge, la princesa Niamh, La de los Cabellos de Oro.
—¿Y cuál es la causa que te ha hecho venir desde tan lejos, atravesando el mar y toda Irlanda? ¿Te ha abandonado tu esposo? ¿O quizás has tenido algún otro inconveniente peor?
—Mi esposo no podría haberme abandonado, porque jamás tuve uno, ni estuve comprometida con hombre alguno. Pero mis poderes mágicos me han permitido conocer a tu hijo Ossyan y me he enamorado de él; eso es lo que me ha traído a Erín. Sin embargo, no creas ni por un minuto que mi amor se debe simplemente a un capricho o un impulso; mis poderes, como te he dicho, me permitieron apreciar su valor en la batalla, su gentileza, su bondad y su condición de caballero sin tacha, y esto me ha llevado poco a poco a enamorarme de él. Créeme que no me ha sido fácil decidirme; muchos príncipes y nobles de mi padre han solicitado mi mano en matrimonio, pero jamás he aceptado sus propuestas, ni he permitido que mi padre lo hiciera, hasta que comprendí que mi corazón sólo podría latir por tu gentil hijo Ossyan. Al contemplar y escuchar a la hermosa doncella pronunciar estas palabras, sentí mi pecho inflamado de amor por ella; acercándome, tomé su blanca mano y le murmuré, desde lo más profundo de mi corazón, que era una dulce estrella, plena de brillo y de hermosura, y que, de allí en más, no podría existir otra mujer en mi vida.
—Entonces te impongo un geis que los héroes auténticos jamás violan:
me acompañarás en mi corcel hasta Tirnanoge, el país de la eterna
juventud —dijo la rubia Niamh—.
Es la más placentera y atractiva de todas las regiones del orbe; allí
abundan las joyas y los metales preciosos, pero nadie los atesora,
porque no son necesarios. Las plantas fructifican todo el año y el
alimento se obtiene sin esfuerzo alguno. Te proporcionaré los caballos, los sabuesos, las ropas y las armas que tu capricho te dicte, entre ellas una arma dura y una cota de malla que no pueden ser regresado.
¡Esta vez no será distinta de aquéllas! —Pero algo en mi interior hizo
que mirara fijamente el hermoso y viril rostro de mi padre, empañado por el dolor, porque yo también presentí que no volvería a verlo vivo.
Nos abrazamos estrechamente y luego me despedí de mis amigos y
camaradas de armas y de cacerías, mientras la bella Niamh se movía
hacia adelante en la silla, haciéndome lugar a sus espaldas; monté, y
la doncella dio una orden a su corcel, que partió rumbo al oeste con
un galope fácil y sereno hasta que, luego de cruzar todo el territorio
de Erín, llegamos a la orilla del Mar Occidental. Allí, cuando sus
herraduras de oro tocaron las aguas, se detuvo sólo un instante y
relinchó tres veces, pero a una nueva orden de Niamh, reanudó su
sostenido galope, esta vez por sobre la cresta de las olas, a una
velocidad que ni la más ligera de las barcas habría alcanzado bajo el
impulso de un viento huracanado.Inmediatamente perdimos de vista la costa; ante nuestra mirada sólo podían distinguirse olas y más olas, rompiendo unas contra otras en feroces marejadas que, sin embargo no nos mojaban ni afectaban en lo más mínimo. Aparecieron otras costas y otros continentes, y pronto fueron quedando atrás uno tras otro; a nuestro paso, sin embargo, fueron desfilando escenas prodigiosas:
pueblos y ciudades gigantescas; mansiones blancas como la nieve,
rodeadas de maravillosos jardines, y casas pequeñas y humildes,
desde las cuales nos saludaban sus moradores, ocupados en sus labores.
En una oportunidad cruzó ante nuestra vista un fuerte ciervo de grandes cuernos, que saltaba ágilmente de la cresta de una ola a la próxima y, siguiéndole el rastro de cerca, en actitud de caza, un enorme sabueso blanco de rojas fauces. Vimos también pasar a una joven doncella, de singular hermosura, que llevaba una manzana de oro en su mano y cabalgaba un palafrén tordillo, y, junto a ella, un gallardo guerrero jinete en un brioso potro negro; luego,ambos se sumergieron en las aguas, mientras la roja capa de la niña revoloteaba, juguete de las olas. Sintiéndome azorado por la contemplación de todas aquellas maravillas, pedí a mi amada que me explicara su significado, pero ella quitó importancia a lo que estábamos contemplando:
—No te dejes impresionar por estas imágenes, Ossyan; todos estos
portentos no son nada comparados con lo que verás en Tirnanoge. Algún tiempo más tarde pudimos ver a la distancia una nueva costa y allí, sobre un empinadorisco, el palacio más hermoso que hubiera visto en mi vida; sus torres y sus minaretes fulguraban bajo el cálido sol de la mañana como si fueran de oro. Pregunté a Niamh a qué casa real pertenecía aquella maravilla, y qué reino era aquél, y ella me
respondió:
—Esa es la Isla de las Virtudes. Su rey es un gigante formaré de nombre Ardiûs, que en su lengua significa “el más alto de todos”. Su esposa, la reina, es la hija del rey de la Tierra de la Vida, a la que Ardiûs se llevó por la fuerza de su propio país y la retiene prisionera. Sin embargo,ella le impuso un geis,por el cual el formoré no puede desposarla ni hacerla suya hasta que aparezca un campeón que luche contra él en un combate individual; si el gigante gana, ella deberá convertirse en su esposa, y quedará libre si el forastero vence en la lid.
—Jamás he escuchado música alguna que suene tan melodiosa y embriagante como tu voz;¡que Dios te bendiga por ella, mi hermosa Niamh! —le dije, porque repentinamente sentí la necesidad de hacerlo así—. Me agrada tanto escucharte, que por un instante casi paso por alto las penurias que debe de estar pasando esa princesa. Pero, si tú me lo permites, dueña mía, deseo ir a ese palacio, para enfrentarme con ese formoré y liberar a la dama.
—Esas, y no otras, son las palabras que esperaba salieran de tus labios —respondió Niamh.De modo que llegamos a tierra y, cuando nos aproximábamos a palacio, salió a nuestro encuentro la joven y bella cautiva, que nos dio la bienvenida y nos condujo al interior, donde nos invitó asentarnos en sendas sillas de oro y plata. Luego nos sirvieron un opíparo banquete con exquisitas viandas y cornucopias llenas de hidromiel y metheglyn,al término del cual la princesa abordó el tema de su cautiverio y nos narró con másdetalles lo mismoque yo ya había escuchado de labios de Niamh. Al terminar, mientras las lágrimas corrían por sus rosadas mejillas, se lamentó diciendo:
—¡Jamás podré regresar a mi tierra ni volveré a ver a mis padres,
mientras ese cruel y gigantesco formoré siga viviendo!
—Seca ya tus lágrimas y tranquilízate —la consolé, sintiéndome conmovido hasta lo más profundo de mi ser—. Yo enfrentaré a ese vil gigante, y lo mataré o caeré muerto en tu defensa—agregué, estrechando su mano para sellar mi promesa.En ese preciso instante escuchamos unos pesados pasos que se acercaban, y el portal del salón se ocupó casi completamente con el corpachón de Ardiûs, que llevaba sobre sus hombros un lío de pieles de ciervo y un enorme garrote de roble en su mano derecha. Al vernos, arrojó al suelo su carga de pieles y, sin  saludarnos siquiera, echó a la princesa una mirada amenazante y me desafió a luchar inmediatamente.En lo que a mí respecta, jamás me ha inquietado una provocación, ni me asustaba aquel enemigo en particular, por muy grande y terrorífico que pareciera, así que me lancé al combate de inmediato, sin ningún temor en mi corazón; sin embargo, aunque en mi vida había librado infinidad de batallas en Erín, ya fuera contra invasores extranjeros, animales feroces y hechiceros malignos, jamás me había costado tanto enfrentar a un enemigo. Luchamos sin detenernos durante tres días con sus correspondientes noches, sin dormir, sin comer y sin beber, pues el formoré parecía incansable, y yo no estaba dispuesto a dar el brazo a torcer. Al cabo del tercer día, cuando miré a las dos princesas, abrazadas y con los ojos desorbitados por el temor, evoqué las formidables hazañas guerreras de mi padre y decidí que no podía deshonrar su nombre,pereciendo a manos de aquel ser vil y despreciable.
Entonces, sacando fuerzas de flaqueza, lancé una fulminante embestida, arrojando al formoré por tierra y, antes de que pudiera recuperarse, le seccioné el cuello, separando la cabeza de su tronco.¡Cuál no sería la alegría de las princesas al ver al monstruo muerto, tendido sobre las losas delpatio! Profiriendo gritos de regocijo, corrieron hacia mí y me condujeron al interior del palacio porque, es preciso reconocerlo, yo tenía heridas y magullones en todo el cuerpo y, ahora que la excitación de la lucha había cesado, sentía vahídos y estaba a punto de desmayarme. Pero cuando Aileen —que así se llamaba la hija del rey de la Tierra de la Vida— me aplicó un ungüento y me dio a beber una pócima de hierbas, me recuperé rápidamente y, en poco tiempo más, ya estaba en posesión de todas mis facultades físicas. Al día siguiente cavé una tumba suficientemente amplia y sepulté en ella al formoré, levanté con piedras un gran túmulo y coloqué sobre ellas otra roca con su nombre grabado.

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