La lámpara de Alhazred

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La lámpara de AlhazredWard Philips vivía en casa de su abuelo desde hacía siete años, cuando éste desapareciera. Fue entonces que recibió la lámpara del abuelo Whipple. Éste había dispuesto que la lámpara quedara con su abogado, hasta que pasaran los siete años necesarios, para darle por muerto.

El objetivo de aquella petición, era que su nieto pudiera familiarizarse con la imponente biblioteca del abuelo, requisito que le parecía indispensable para que estuviera en condiciones de recibir el tesoro más valioso.

Philips tenía treinta años y mala salud. Había nacido en el seno de una familia de mediana riqueza, pero el abuelo había realizado malas inversiones, y sólo había heredado la casa de la calle Angell y su contenido. El joven trabajaba como redactor de una revista. Era alto, delgado y llevaba gafas.

Los modestos ingresos de Philips no le permitían disfrutar de la luz eléctrica, por lo que, la lámpara del abuelo Whipple, sería de gran utilidad.

La lámpara fue entregada junto con una carta. Whipple explicaba que la lámpara procedía de una tumba árabe y que era muy antigua. Se suponía que había pertenecido a un árabe medio loco, Abdul Alhazred. La lámpara podía proporcionarle tanto placer encendida como apagada. Podía traer dolor y ser la fuente del éxtasis o del terror.

Era una lámpara de aceite, parecía estar hecha de oro. Su forma era de tetera alargada. Tenía grabados extraños caracteres, que no eran Sánscrito, sino algún idioma más antiguo.

Ward pasó una tarde entera limpiando la lámpara. A la noche la encendió y se congratuló con su luz. Se dispuso a trabajar, pero no pudo concentrarse y se dispuso a descansar. Cuando levantó la vista, pudo distinguir que se proyectaban imágenes extrañas sobre las paredes, en los sectores iluminados por la lámpara, pero en cambio, en las zonas en sombra, se veían los objetos normalmente. Permaneció contemplando aquellas imágenes. Las escenas que veía, parecían provenir del principio de los tiempos, cuando la tierra se formaba. La escena cambió suavemente, vio un desierto arrasado por el viento y en él, la Ciudad de las Columnas, de donde supuestamente provenía la lámpara. Supo entonces que los habitantes de aquella ciudad habían sido exterminados por criaturas misteriosas. También, que la ciudad se llamaba Ciudad Sin Nombre. Junto con las imágenes, que parecía salidas de un sueño, podía distinguir una presencia maligna que lo inquietaba. Apagó la lámpara y prendió una vela. Se sintió mejor.

Estuvo meditando sobre lo visto y concluyó que aquellos paisajes debían ser familiares para Alhazred. Luego, se dejó absorber por el trabajo y olvidó sus inquietudes.

Al día siguiente, salió de la ciudad. Fue al campo y antes de la puesta del sol, subió a una colina, desde donde podía ver el campo, también la ciudad con su aire misterioso. Pudo ver la luna y las cúpulas de los campanarios y alminares.

Descendió de la colina y avanzó por la llanura hasta terrenos más familiares. El camino que conducía a su hogar estaba ante él. Todo el tiempo pensaba en la experiencia de la noche anterior, y la sensación de alarma que experimentara, había sido sustituida por un deseo de aventura. Deseaba que llegara la noche.

Cenó rápidamente y se dirigió a su estudio. Encendió la lámpara y se sentó a esperar lo que ocurriera. La luz alumbró estable y Philips aguardó. Los libros y estantes que cubrían las paredes, parecieron difuminarse, dando paso a las escenas de otros tiempos. Los nombres de los lugares y escenas que veía, llegaban a su mente con naturalidad. Vio Gloucester, un antiguo pueblo holandés, el Arrecife del Diablo. Contempló la Meseta de Leng, las islas de los Mares del Sur, las Tierras del Ensueño, el espacio, las formas de vida que habían existido en otros tiempos.

Todo lo veía, como a través de una ventana que parecía invitarle, y Philips estaba tentado. Pero, al igual que la noche anterior, apagó la luz. Dejó de lado su trabajo y pasó la noche escribiendo relatos, inspirados en las escenas que viera con la lámpara de Alhazred.

Pasó el día durmiendo. Al levantarse estuvo escribiendo cartas, donde relataba las escenas que viera, como si se tratara de sueños. Reconocía que en las visiones se mezclaban sus deseos y anhelos. Pasaron muchas noches sin que encendiera la lámpara. Pasaron años. Mientras tanto, Philips seguía escribiendo sus relatos, y aunque no utilizaba la lámpara, se reflejaba en ellos su influencia.

Luego de dieciséis años, Ward Philips buscó nuevamente la lámpara. Su salud había desmejorado notoriamente, le quedaba poco tiempo. Encendió la lámpara y miró las paredes. Aparecieron entonces las escenas de la lámpara, pero esta vez no eran los lugares de Alhazred, sino los lugares de la niñez de Philips. Lo que la lámpara reflejaba ahora, eran sus propios recuerdos. La lámpara lo invitaba, se levantó dificultosamente y caminó hacia la pared.
Una luz lo rodeó, se sintió libre y comenzó a correr por la orilla del Seekonk, como en su infancia.

Conocieron la desaparición de Ward Philips, cuando un admirador quiso conocerle. Las autoridades concluyeron que debió fallecer en alguno de sus conocidos paseos por el campo. Nunca lo encontraron. La casa y su contenido, se vendieron, incluso una vieja lámpara de aceite, a la que nadie encontró utilidad.

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