La Cenicienta

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Hace algún tiempo, había un viudo rico que se había vuelto a casar, con una mujer tan orgullosa y altanera que era insoportable, y tenía dos hijas como su madre.
El viudo tenía una hija propia, pero ésta, era la criatura más dulce y hermosa, viva imagen de su madre.

La madrastra y sus hijas resentían las cualidades de la joven hija del viudo, por lo que decidieron deshacerse de ella y le asignaron las peores tareas de la casa y la obligaron a vestirse con harapos. Desde entonces, debió dormir en la cocina dentro de la chimenea, porque ni siquiera tenía cama. Por ello sus ropas estaban tiznadas y entonces comenzaron a llamarla Cenicienta.

Cierto día, el rey anunció que se daría una fiesta en palacio a la que estaban invitadas todas las jóvenes del reino, para que el príncipe buscara esposa. La fiesta duraría tres días y tres noches.

Todas las muchachas del reino estaban entusiasmadas, pero las más inquietas, eran las hermanastras de Cenicienta, estaban decididas a conquistar al príncipe, sin importar el costo.

Finalmente llegó el día de la fiesta y las hermanastras se acicalaron durante todo el día, solicitando a Cenicienta que las ayudase. Cuando la muchacha se enteró del baile, sintió deseos de asistir y pidió autorización a la madrastra. La madrastra se negó rotundamente por más que Cenicienta rogara.

– ¡No permitiré que nos pongas en ridículo! Eres fea y tosca, además no tienes vestidos.- gritaba la madrastra.

La madrastra y sus hijas se marcharon hacia el baile, dejando a Cenicienta atrás. La pobre muchacha estaba inconsolable. Lloraba lamentándose de su suerte cuando un hada apareció junto a ella.

– ¿Qué te ocurre, mi niña?- preguntó el hada.

Cenicienta le contó lo que ocurría y el hada le ofreció ayuda. Le dio a la joven un finísimo vestido de encaje, con zapatillas de cristal diminutas como sus piececitos. Para que llegara apropiadamente conducida, hizo aparecer una carroza y también joyas. Pero todos estos regalos desaparecerían cuando sonara la última campanada que marca la medianoche, de modo que Cenicienta debería retornar a su casa, antes de que la descubrieran.

Llegó la joven al baile y entró con gran revuelo, ya que todos los presentes la admiraban. Estaba tan hermosa, que nadie pudo reconocerla, ni siquiera su familia.

En el momento en que el príncipe la vio, quedó prendado de ella y no se separó ni un minuto. Hasta que dieron las doce menos cuarto y Cenicienta salió del salón con excusas. Cuando el príncipe notó que no regresaba, comenzó a buscarla por todo el palacio, pero no la halló.

Cenicienta regresó rápidamente a su casa, donde retomó sus vestimentas habituales y se fue a dormir.

Al día siguiente, se repitió la escena del día anterior. La madrastra y sus hijas se fueron al baile y Cenicienta llamó nuevamente al hada madrina.

Cuando entró nuevamente al palacio, todos exclamaron de admiración y sorpresa por su retorno. El príncipe corrió feliz a su encuentro y bailó con ella toda la noche, hasta que marcaron las doce y Cenicienta se le escapó otra vez. El príncipe la siguió tanto como pudo, pero cuando llegaba a la casa de Cenicienta, la perdió de vista, y sólo logró ver a una pequeña harapienta y sucia, que jamás imaginó que fuese su invitada misteriosa. Buscó por toda la casa, pero no la encontró y regresó a palacio, muy triste.

Al día siguiente, todo se repitió. Cenicienta llegó a palacio, más ricamente ataviada y el príncipe fue a su encuentro. El joven estaba tan feliz y bailaba con tanta alegría, que Cenicienta se sintió muy a gusto y se olvidó de la hora. Cuando faltaba apenas un minuto para las doce, se escabulló entre los invitados y corrió hacia la calle. Pero el príncipe estaba decidido a no perderla nuevamente, había ordenado que colocaran brea en las escaleras, por eso, cuando Cenicienta bajó, uno de sus zapatos quedó atrapado en la brea, y como ya era tarde, siguió sin él.

Dieron las doce cuando apenas abandonaba la escalera, y sus harapos volvieron, justo a tiempo, para que el príncipe no la reconociese mientras huía.

El príncipe quedó consternado parado en la escalera, intentando en vano, descubrir a su amada. Pero cuando se marchaba vio el zapatito. Lo tomó en sus manos y se sorprendió de lo pequeño que era, esto le dio una idea. Buscaría a la muchacha que pudiera calzarlo, y esta sería la adecuada.

A la mañana siguiente, muy temprano, el príncipe llamó a la puerta de la casa de Cenicienta y preguntó a la madrastra por su princesa misteriosa. La madrastra le enseñó a sus hijas. El príncipe le alcanzó el zapato para que se lo probaran.

Primero se lo probó la hermana mayor, pero sus pies eran demasiado largos. Luego la menor, pero sus pies, eran demasiado anchos. La madre trataba de dar excusas para que el príncipe las eligiera. Pero el príncipe preguntó si no había alguna otra joven en la casa. La madrastra lo negó, pero el príncipe le recordó a la harapienta que había visto unas noches atrás.

A regañadientes, la madrastra llamó a Cenicienta por orden del príncipe. La muchacha entró en la habitación y se probó el diminuto zapato, que le calzó con toda naturalidad.

Al ver su rostro, el príncipe comprendió que era ella su amada. En ese instante apareció el hada, que transformó los ropajes de Cenicienta en un vestido deslumbrante.

El príncipe la invitó a su carruaje y se marcharon rumbo a palacio, mientras la madrastra y sus horribles hijas, quedaban sumidas en la rabia más profunda.

Cenicienta y su príncipe, vivieron felices para siempre.

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