LA CAMA VOLADORA

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LA CAMA VOLADORA

Había una vez un rey y una reina que tenían un único hijo, que era apuesto, valiente y juicioso. Y cerca del palacio, en una cabaña, vivían unos pescadores que tenía una única hija, que además de hermosa era muy inteligente.
Un día, el joven príncipe salió con sus hombres a cazar al bosque. Capturaron muchos animales, y al caer la tarde se dirigieron de vuelta al palacio. De repente se levantó una espesa niebla, y sin darse cuenta el príncipe quedó separado de sus acompañantes.
Al ver que no estaba con ellos, los guardias y el resto del séquito lo buscaron por los alrededores, pero no dieron con ningún rastro de él y tuvieron que regresar y contárselo al rey.
Durante tres días y tres noches, todo el mundo se dedicó a buscar al príncipe sin resultado alguno.
El rey y la reina, no sabiendo qué hacer, decidieron publicar un bando en el que anunciaban que entregarían la mitad de su reino a quien pudiera encontrar a su hijo y lo condujera a palacio.
La hija de los pescadores oyó hablar de la desaparición del príncipe y decidió buscarlo por su cuenta.
-Padre, madre -dijo un buen día-, necesito llevarme comida para algunos días. Voy a intentar encontrar al príncipe.
Los padres le dieron lo que pedía y la dejaron marchar. La muchacha caminó durante dos días y dos noches, y al anochecer del tercero se adentró en un bosque de abedules. Cerca de unas rocas, atisbó la entrada de una cueva. Entró y vio que era grande y espaciosa, y estaba amueblada como una casa. Hacia el fondo, descubrió tres camas. Se acercó, y en una de ellas, que tenía unos extraños signos grabados en la cabecera, dormía profundamente el hijo del rey.
-¡Príncipe, despierta!
La joven lo zarandeó, pero no consiguió que se moviera.
Como estaba muy cansada, se echó encima de una de las camas y se quedó dormida. De pronto, oyó voces en la entrada de la cueva y, muerta de miedo, se escondió debajo de la cama del príncipe. Poco después, vio que entraban unos espantosos trols.
-¿No te parece que huele a humano? -receló la mujer trol.
-Claro, es el olor que despide el príncipe -dijo el hombre trol.
El tercer trol, también mujer, era más joven y aunque también olfateaba el aire, permaneció en silencio.
Se acercaron a la cama donde dormía el príncipe, y el hombre trol recitó:
¡Despierta, despierta, que ahora comerás!
De inmediato, el príncipe despertó. Después de preguntarle si tenía hambre, le sirvieron y esperaron mientras comía.
-Te lo pregunto de nuevo -dijo el hombre trol-. ¿Quieres casarte con mi hija?
-No -fue la respuesta del príncipe.
La mujer trol recitó entonces:
¡Pues hora dormirás!
Y el príncipe se acostó en la cama y volvió a quedarse profundamente dormido. Poco después, los trols se acostaron en las dos camas restantes. Mientras tanto, la muchacha decidió permanecer acurrucada debajo de la cama y esperar hasta que los trols saliera por la noche para despertar al príncipe.
Al anochecer, la familia de trols se levantó y volvió a despertar y a dormir al príncipe con las mismas fórmulas y luego los tres abandonaron la cueva.
La muchacha esperó un rato, salió de su escondite y despertó al príncipe utilizando las mismas palabras que el trol.
Le contó quién era y que había venido a rescatarlo. Le dijo que tenía un plan: cuando regresara la familia de trols, debía decirles que aceptaba casarse con su hija a condición de que le descifraran la inscripción que había en la cabecera de su cama y le dijeran el motivo por el cual salían por la noche y dormían durante el día.
Pasaron el resto de la noche charlando y, al despuntar el día, oyeron cantos y risas que se acercaban a la cueva. La joven recitó la frase que servía para dormir al príncipe y se escondió de nuevo debajo de su cama.
Después de servirle la comida, el trol hizo la pregunta de costumbre:
-¿Quieres casarte con mi hija?
-Sí, pero antes debes decirme qué significa la inscripción grabada en la cabecera de mi cama.
El trol miró a su mujer, movió la cabeza y esta recitó:
es hora de despertar. Cama, vamos a viajar.
-Y a continuación -añadió el trol-, solo hay que indicarle el lugar al que queremos dirigirnos.
-Necesito saber una cosa más -prosiguió el príncipe-. ¿Por qué dormís durante el día?
-Porque no soportamos la luz del sol. Nos convertiríamos en piedras -y el trol añadió-: Basta de conversación, ahora tienes que casarte con mi hija.
La cabeza del príncipe daba vueltas en busca de una excusa. De repente, bostezó y dijo:
Estoy muy cansado. Seguro que vosotros también. Será mejor que durmamos y por la noche celebraremos la boda.
Todos estuvieron de acuerdo y los trols se acostaron a dormir después de recitar la fórmula mágica que dormía al príncipe.
La muchacha esperó un buen rato hasta comprobar que los trols dormían profundamente. Luego despertó al príncipe, se sentó junto a él en la cama mágica y temiendo despertar a los trols, musitó:
Es hora de despertar. Cama, vamos a viajar.
A continuación la dirigió a la cabaña de sus padres que los recibieron con mucha alegría.
Al día siguiente, la muchacha se dirigió al palacio y preguntó al rey cuál sería la recompensa por llevarle a su hijo sano y salvo.
-Muchos lo han buscado y nadie ha conseguido encontrar su paradero. La recompensa sigue siendo la mitad de mi reino.
-Di a tus guardias que me acompañen -dijo la joven-. Tu hijo se encuentra desde ayer en la cabaña de mis padres.
Pasados unos días, en los que el rey y la reina celebraron festejos para celebrar el regreso de su hijo, el príncipe pidió permiso a sus padres para casarse con la bella muchacha que lo había rescatado. Los reyes no supieron negarse: consideraban que la muchacha, además de hermosa, era muy valiente y decidida, y estaban seguros de que sería una magnifica compañera para su hijo.

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