La calabaza embrujada

La calabaza embrujada

Publicada en Publicada en CUENTOS, De Miedo

La calabaza embrujada

– ¿Qué traes ahí mamá, que traes?
A Adrián le encantaba registrar las bolsas cuando su mamá volvía de la compra. Porque a veces había sorpresas agradables: una tableta de chocolate, unos caramelos…
– ¡Adrián, quieto! Deja de revolver las bolsas que vas a tirarlo todo– dijo su madre.
Pero aquel día parecía no haber nada interesante. A excepción de una enorme calabaza que su madre sacó de la bolsa y depositó en la encimera de la cocina. Era realmente enorme, la más grande que Adrián había visto nunca. Cuando le preguntó para que era, su madre le dijo que era para una crema de puerros y calabaza. Cuando se quedó solo en la cocina, Adrián se quedó observando pensativo la calabaza cuando de repente aparecieron en ella dos enormes y fantasmagóricos ojos negros.
– ¡AAAAAAAAAAH!– gritó Adrián y retrocedió de un salto tan rápido que sin querer tiró una pila de platos que había en el fregadero. Su madre acudió enseguida ante semejante estruendo.
– ¿Pero qué has hecho, Adrián? ¡Sal ahora mismo de la cocina!
– Pero… yo… la calabaza…– intentó explicar Adrián.
– ¡Vete ahora mismo a tu habitación!
Adrián se fue a su cuarto cabizbajo y asustado. Estuvo un rato pensando en ello, y al final llegó a la conclusión de que era imposible que la calabaza tuviera ojos, debía de habérselo imaginado. Al rato salió de su cuarto para ir a ver un rato la tele al salón. Pero al pasar junto a la cocina la puerta estaba abierta, y pudo ver cómo la calabaza abría otra vez los ojos, y además le sonreía con una sonrisa maléfica con una boca llena de dientes puntiagudos.
Adrián salió corriendo aterrorizado y tropezó con su padre, que llegaba en aquel momento a casa y acababa de entrar por la puerta. ¡Del tropezón que se llevó se cayó de culo al suelo!
– Pero, hijo mío, ¿qué haces? ¡Que te vas a matar dando esas carreras!
– ¡Papá, papá! Es que la calabaza.
– ¿Qué calabaza?
– La que ha traído mamá, ¡está viva!
– Pero qué dices, hijo, anda que no tienes imaginación.
– Que no, papá, que le he visto los dientes.
– Creo que has visto demasiados dibujos animados de Halloween. Deberías ver menos tele y leer un poco.
Estaba claro que nadie iba a creerle, así que Adrián desistió. Esa noche se levantó de madrugada porque tenía ganas de hacer pis y cuando iba por el pasillo medio adormilado en dirección al baño, sin encender la luz porque había luna llena y entraba algo de claridad por las ventanas, se quedó petrificado cuando vio a la calabaza ¡andando en dirección al dormitorio de sus padres! Ahora además de ojos y boca llena de dientes, le habían salido unas raquíticas patitas negras llenas de pelos, como las de algunos insectos, y con ellas caminaba con andar sigiloso, seguro que con aviesas intenciones. Adrián corrió de vuelta a su cuarto y se encerró echando el pestillo. Apoyando la espalda en la puerta, jadeaba por el esfuerzo y estaba tan nervioso que casi temblaba.
– ¿Qué puedo hacer?– se dijo a sí mismo. Tengo que pensar en algo antes de que esa calabaza le haga daño a mi familia.
Estaba muy asustado, pero tenía que hacer algo. También sabía que sus padres se enfadarían mucho si cometía una imprudencia y se enfrentaba él solo a algo peligroso. No, no podía arriesgarse a acercarse a la calabaza. Podía gritar para intentar despertar a sus padres, pero no se atrevía a abrir la puerta y con ella cerrada seguro que no le oirían porque el dormitorio estaba en la otra punta de la casa. ¿Qué podía hacer? Empezó a mirar todo lo que había en su habitación y sus ojos se fijaron en su camión gigante teledirigido. ¡Entonces tuvo una idea! Cogió el mando a distancia y puso el camión delante de la puerta. La abrió y vio a la calabaza ya a punto de entrar en el dormitorio de sus padres. ¡No había tiempo que perder! Teledirigió el camión a toda su potencia por el pasillo de la casa. La calabaza lo miró sorprendida pero no tuvo tiempo de más: el camión la embistió con fuerza y por un instante voló por los aires, cayendo casualmente sobre el volquete vacío del camión con las patas para arriba.
– ¡Bien!– se dijo Adrián, y continuó dirigiendo el camión a través del salón mientras corría tras él a cierta distancia. En ese momento se dio cuenta de que la ventana de la terraza estaba abierta así que, antes de que la calabaza tuviera tiempo de reaccionar, estrelló el camión contra la barandilla, provocando con el golpe que la calabaza saliera volando otra vez, tan alto que terminó cayendo por encima del balcón y estrellándose contra el suelo tres pisos más abajo, escuchándose un gran ¡plof!
Tanto ruido sí que terminó por despertar a sus padres, que acudieron rápidamente al salón a ver qué había pasado. Vieron que Adrián miraba por el balcón y se asomaron también: allí vieron la calabaza, o más bien los trocitos que quedaban de ella, espachurrados por toda la acera.
– Pero, hijo, ¿qué ha pasado aquí? ¿Qué has hecho?– dijo su padre.
– Es por esa dichosa calabaza que le tenía obsesionado– dijo su madre. Seguro que ha tenido una pesadilla con ella y medio dormido se ha levantado y la ha tirado por la terraza. A ver ahora qué hago yo mañana de cena
– Mamá, a partir de ahora me comeré todas las verduras que quieras en la cena, incluso las coles de Bruselas pero, por favor, ¡prométeme que la crema de calabaza la comprarás ya envasada en tetra brick!

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