La Cabra Embustera

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Érase una vez un papá que tenía tres hijas Florinda, Lorinda y Belinda y vivían en una pequeña casita en el campo al pie de una hermosa montaña. El padre un día fue al mercado a comprar una cabra para que sus hijas pudieran beber leche fresca.

Al día siguiente el padre le dijo a Florinda que sacase a pastar a la cabra para que diera una buena leche. Y así lo hizo Florinda, la llevó a un hermoso prado verde donde la cabra disfrutó de lo lindo comiendo sin parar.

Por la noche el padre preguntó a la cabra si había comido bien y ésta le dijo: No, estoy muerta de hambre, Florinda me llevó a un campo yermo donde no había ni una brizna de hierba para comer.

El padre enfadado castigó a su hija sin cenar.

Al día siguiente le tocó el turno a Lorinda. Fueron paseando hasta llegar al valle más fértil de la comarca. Había apetecibles arbustos y flores de colores, dulces como bombones que la cabra devoró con ansiedad.

Al llegar la noche el padre repitió su pregunta: “¿Cabrita, has comido bien hoy?. Y la cabra repitió su mentira: Nooo, Lorinda se tumbó a dormir bajo un árbol y en los alrededores no había nada que comer. Tengo mucha hambre.

Muy enfadado el padre, castigó a Lorinda sin cenar.

Y al día siguiente, la cabra embustera salió con Belinda, la más pequeña de las hermanas. Recordando cómo se había enfadado su padre, llevó a la cabra al jardín más hermoso nunca visto, había fuentes y riachuelos y los árboles estaban cargados de frutas.

Belinda tomó los racimos de uva más grandes para que la cabra los comiera. Y así pasó el día la cabra, comiendo sin parar.

Y al llegar la noche, el padre preguntó a la cabra: ¿Estás satisfecha hoy, has comido bien?. Y la embustera cabra contestó: No, estoy cada día más famélica y hambrienta, tus hijas me tienen todo el día sin comer.

Cansado ya de que sus hijas no cumplieran con su trabajo, después de castigar también a Belinda, decidió llevar él mismo a la cabra a pastar al día siguiente.
Se levantaron temprano, con el canto del gallo y llegaron a un arroyuelo donde musgos, flores y plantas crecían por doquier.

Era un lugar mágico, pero cada vez que la cabra se acercaba a un arbusto para comer, salía de él un duendecillo que le decía: “Ah cabra embustera, no comas de mi arbusto”. Asustada la cabra fue hacia otra planta ya un poco hambrienta, pero cuando fue a comer, salió otro duendecillo y le dijo: “No cabra mentirosa, no comerás de mi planta, está muy feo eso de mentir”. Y así le sucedió cada vez que quiso comer.

El campesino contemplaba la escena asombrado y se dio cuenta, qué injusto había sido con sus hijas por culpa de la cabra mentirosa. Corrió hasta su casa, las abrazó y les pidió perdón por haber dudado de ellas.

Y a la cabra embustera la castigaron sin cenar durante muchas noches hasta que aprendió que mentir está muy mal, solo trae desgracias y hace daño a la gente. Y así, no volvió a mentir.

 

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