La burra del lavandero

La burra del lavandero

Publicada en Publicada en África, CUENTOS

La burra del lavandero

Vivían una vez un mono y un tiburón que eran íntimos amigos. El Mono vivía en un pomposo árbol cuyas ramos colgaban sobre las aguas del mar. Y en este árbol crecían deliciosos frutos. Cada vez que el Mono se ponía a comerlos, gritaba el Tiburón.
– Amigo, tírame un par.
Y durante muchos días, semanas y meses el Mono tiró, cotidianamente, dos o tres veces por jornada, algunos de los codiciados frutos.
Un hermoso día dijo el Tiburón al Mono:
– Amigo, me has prestado muchos servicios con tu bondad y desearía realmente hacer algo por ti. ¿No te agradaría dar un paseo hasta mi morada?
– ¿Y cómo podría yo ir hasta allí? – preguntó el Mono:
– Yo te llevaré y ni un pelo de tu cuerpo se mojará. Baja del árbol y pósate sobre mi lomo.
El Mono así lo hizo.
Al cabo de un rato, cuando habían nadado un regular trecho, cabalgando el Mono sobre el lomo del Tiburón, dijo éste:
– Tú eres mi amigo y quiero decirte la verdad.
– Sí, dímela – respondió el Mono.
– Escucha, pues – empezó el Tiburón ­ donde yo habito yace enfermo de muerte el Sultán, y sus sabios y médicos de cabecera aseguran que únicamente el corazón de un mono puede darle la vida.
– ¡Ah, ah! – exclamó el Mono -. Podrías habérmelo dicho antes.
– ¿Y qué habrías contestado, amigo, a mi invitación? – preguntó el Tiburón.
El Mono pensó:
– Ahora tengo que idearme algo para salvarme, pues de lo contrario estoy perdido.
Como no respondiese en el acto, preguntóle el Tiburón por qué no decía nada.
– ¡Ah! – suspiró el Mono -. ¿Qué podría decirte? Si me hubieses dicho la verdad hubiera traído conmigo el corazón, gustosamente.
Asombrado, preguntó el Tiburón:
– ¡Cómo! ¿No llevas encima tu corazón?
– No – respondió el Mono -. ¿No sabes, pues, la costumbre que tenemos los monos? Cuando salimos de nuestras casas, dejamos nuestro corazón colgado del árbol en que vivimos. Tan sólo nuestro cuerpo se aleja. Pero, tonto de mí, ¿por qué te cuento eso? No me creerás, pensando, acaso, que yo tengo miedo. Vamos, llévame enseguida al palacio del Sultán, para que me maten sus esclavos. Entonces verás por tus propios ojos que en mi cuerpo no se encuentra el corazón que precisáis y te lamentarás de tu error.
El Tiburón dio crédito a las palabras del Mono y dijo:
– Entonces lo mejor será regresar a la costa para que puedas ir a tu árbol en busca de tu corazón.
– No, no, – respondió el astuto Mono – nada de eso. Llévame al palacio del Sultán.
Pero el Tiburón se mantuvo enérgico en sus trece y declaró que primero debían ir a buscar el corazón del Mono. Dióse éste por convencido, y al poco hallóse de nuevo en tierra firme y encaramado en su árbol.
Mas cuando estuvo sano y salvo y en lugar seguro se quedó mudo y sin hacer el menor ruido.
El Tiburón le gritó ordenándole que se diera prisa. No hubo respuesta.
El Tiburón volvió a gritar, esta vez con todas las fuerzas de sus pulmones:
– ¡Ven de una vez! ¡Vamos ya!
– ¿Que vaya contigo? – respondió el Mono – ¿Y adónde debemos ir?
– Pues, al palacio del Sultán; ¿no recuerdas? – respondió el Tiburón.
– Tú estás completamente loco – replicó el Mono.
– ¿Qué quieres decir? – reclamó el Tiburón.
– ¡Por lo visto, tú me has tomado por la burra del lavandero!
– ¿La burra del lavandero dices? ¡Que me cuelguen si te entiendo! ¿Qué es eso?
– Es algo sin corazón y sin orejas -explicó el Mono.
– ¿Qué pasó con tu burra del lavandero? Amiguito, cuéntamelo para que yo pueda comprender lo que quieres decir.
– Escucha, pues – dijo el Mono -. “Érase una vez un lavandero que tenía una burra que se escapó del lavadero y se adentró en el bosque. Allí le iba tan bien que ya no pensó en volver al lado de su amo. Se pasaba todo el santo día comiendo manjares deliciosos y pronto se puso redonda como un tonel.
Una vez la vio la liebre y al verla se le hizo la boca agua y se dijo:
– Esa bestia está muy gorda y convida a comérsela.
Y corriendo fue a ver al león que, habiendo estado enfermo mucho tiempo, se encontraba ahora muy débil. Y dijo al León:
– Mañana te traeré un exquisito trozo de carne, para que lo comamos juntos.
El León contestó:
– Muy bien.
Al día, siguiente, al rayar el alba, se encaminó la liebre hacia el lugar donde había visto la burra. Y le dijo:
– He sido enviada por el poderoso señor que quiere hacerte proposición de casamiento.
– ¿Quién te ha mandado? – preguntó la Burra.
– El mismito León – respondió la Liebre.
– Muy bien – dijo la Burra -. Voy contigo.
Fueron juntas al cubil del león y el León dijo:
– Entra y toma asiento.
Y la Burra se asiento.
La Liebre dio a entender al León que el delicioso trozo de carne de que le había hablado estaba allí, y, acto seguido, se marchó.
A la Burra le dijo:
– Tengo que ir a mi casa. Habla con tu novio para que os conozcáis.
Apenas había salido la Liebre, cuando el León saltó sobre la Burra para despedazarla, pero la Burra luchó valerosamente, dando coces y mordiscos, hasta que el León, que estaba debilitado, cayó en un rincón.
Entonces la Burra, llena de heridas de las garras del León, regresó a su bosque.
Un rato después llegó la Liebre al cubil del León y le preguntó:
– Amigo, ¿ya terminaste el banquete?
– No – suspiró el León – aquella bestia era demasiado fuerte. Primeramente me asestó un par de coces fenomenales; luego mordióme y por último se me escapó. Yo le había dado unos zarpazos, pero a causa de mi enfermedad fueron poco potentes; ¡estoy muy débil!
– No, no – replicó la Liebre – estás mejorando a pasos agigantados.
Un par de días después fue y preguntó al León si se veía con ánimos y sentía haberse repuesto.
– Sí – respondióle -; ahora soy el León de antes y me haría con la presa por fuerte que fuera, si me entrara en ganas.
– Bien – dijo la Liebre -; te la buscaré.
Cuando llegó al bosque, la Burra la saludó cordialmente y le preguntó si había novedad.
– Sí – contestó la Liebre -; tu novio te ruega que vayas a verle.
– No – contestó la Burra, – no me agrada tal invitación. Ya antes me arañó y me lastimó tanto, que, asustada, huí de él.
– Bah – replicó la Liebre -; prueba otra vez. El León no es tan mala persona. Y tampoco un partido despreciable. Es así como él recibe a los otros animales.
– Bueno – dijo la Burra -; probaré nuevamente.
Pero, ¡ay!, apenas hubo penetrado en la cueva del León, cuando éste saltó sobre la pobre Burra y la mató.
Poco después, la Liebre se presentó en la cueva del León y éste dijo:
– Escucha: coge la carne y ásala. Yo no quiero más que el corazón y las orejas; el resto puedes comértelo tú.
– Muchas gracias – dijo la Liebre, y se llevó la carne hasta donde el León no la podía observar.
Cogió primero el corazón y las orejas, se los comió con verdadera fruición y escondió el resto de la carne.
Al cabo de un rato apareció el León para ver dónde estaba la Liebre.
– Amiga Liebre – le dijo -, dame seguidamente el corazón y las orejas de la burra; tengo hambre y desfallezco.
La Liebre le contestó:
– ¿Dónde están el corazón y las orejas?
– ¿Por qué preguntas esto? – dijo el León sobresaltado.
– Sí – añadió la Liebre -; ¿no sabes que ésta era la burra del lavandero?
– Ciertamente – respondió el León – ¿Pero qué tiene que ver esto con su corazón y sus orejas?
– ¡Oh, León! – exclamó la Liebre -. Eres un animal ya crecidito y al parecer no comprendes que, si semejante burra hubiese tenido corazón y orejas, no hubiese comparecido por segunda vez a tu cueva. La primera vez, al presentarse, pudo comprender que querías matarla, y por eso huyó. Y presentóse por segunda vez, ello no obstante; dime, pues, ¿lo hubiera hecho de tener corazón?
Y el León contestó:
– Amigo, hay algo de verdad en lo que dices.
– Pues bien, amigo Tiburón – dijo el Mono -, ésta es la historia de la burra del Lavandero. ¿Verdad que yo no sería más cauto y sabio que la burra del cuento si fuese contigo? ¡Adiós, Tiburón! Vete a ver a tu querido Sultán. Y… dale recuerdos de mi parte.

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