Koomara, el murrughach (2ª Parte)

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Koomara, el murrughach

 

Y ahora no perdamos más el tiempo, y haz lo que yo haga. Abandonaron la cueva para adentrarse en el mar, nadando un trecho hasta llegar a una roca cubierta de algas. Jack tuvo que esforzarse para trepar hasta la cima, siguiendo los pasos del merrow. El lado posterior del islote era tan recto como el más perfecto de los muros, y por debajo, el mar era, a su vez, del azul oscuro que sólo tienen las grandes profundidades, a tal punto que Jack por poco desiste de su aventura. —Ahora, Jack —dijo el murrughach—, simplemente, ponte el sombrero, aférrate de mi cola, procura mantener los ojos abiertos, y te aseguro que te gustará ver lo que verás si me sigues de cerca. Y tan pronto como terminó de decir esto, la criatura se lanzó hacia las aguas, seguida por el valeroso Jack. Y así se sumergieron y sumergieron, cada vez a mayor profundidad, a tal punto que Jack creyó que nunca iban a detenerse. Muchas veces deseó estar en su casa, sentado con Biddy junto al fuego, pero pronto comprendió que de poco le serviría desear nada en ese momento, mientras se encontrase, por lo que parecía, a muchas millas bajo la superficie del océano Atlántico. Todos los esfuerzos de Jack se concentraban en permanecer aferrado con desesperación a la cola del murrughach, a pesar de lo resbaladiza que era; y entonces, para su total sorpresa, salieron del agua y se encontraron sobre tierra firme, aunque sin haber abandonado el fondo mismo del mar. Cuando Jack miró a su alrededor, asombrado, se encontró frente a una hermosa casa techada con nacaradas ostras dispuestas a modo de tejas, y el murrughach giró sobre sus pies para dar a Jack la bienvenida. Jack quiso agradecerle su recepción, pero las palabras no salieron de su boca, por un lado, por encontrarse atónito por la emoción y, por otro, por haber perdido el aliento debido a su odisea a través del mar. Miró a su alrededor, pero no pudo divisar a ningún otro ser viviente aparte de los cangrejos y las langostas que, en gran cantidad, se paseaban indiferentes a lo largo y lo ancho de la playa. Justo por encima de sus cabezas, estaba el mar, como un firmamento, y los peces se paseaban por él como los pájaros se pasean por el cielo. —¿Por qué no dices palabra, hombre? —dijo el murrughach—. Cualquiera diría que no tenías ni la más mínima idea de que podría existir un refugio tan acogedor aquí, ¿eh? ¡Tampoco pareces asfixiado o ahogado, como temías! ¿O acaso estarás preocupado por Biddy? —¿Eh? ¡Oh, no, no, qué va! —dijo Jack, haciendo una mueca de placer que dejaba ver sus dientes—; pero a cualquier persona del mundo de afuera que se le hubiera ocurrido siquiera decir que se podría ver algo semejante, la hubieran tratado de loca. —Bueno, basta por ahora; ven conmigo y veamos qué exquisiteces han preparado para nosotros. Jack estaba realmente hambriento, y su sorpresa no fue menor cuando por la chimenea vio dibujarse una delgada columna de humo, a modo de preámbulo para lo que esperaba adentro. Siguió al murrughach al interior de la casa, donde pudo ver una enorme y bien equipada cocina. No faltaban en ella un elegante aparador y una enorme cantidad de ollas y cacerolas, y Jack pudo ver a dos jóvenes murrughachs cocinando. Siempre guiado por su anfitrión, Jack pasó de largo junto a ellos, y entró en el comedor, el cual, en contraste con la estancia anterior, estaba muy pobremente amueblado. El salón era bastante amplio, pero no había en él mesas ni sillas para sentarse, sino tan sólo algunos troncos y tablones de madera. Sin embargo, para regocijo de Jack, había un buen fuego ardiendo en el hogar.

—Ven, Jack, tengo que enseñarte el lugar en donde guardo tú ya sabes qué —dijo el murrughach dirigiendo una mirada cómplice a su huésped, mientras abría una pequeña puerta y descubría una increíble bodega, llena de barriles, cuñetes y toneles.

—¿Qué te parece, Jack Dogherty? ¿Eh? ¿Acaso sigues creyendo que no se puede vivir confortablemente debajo del agua? —Nunca lo puse en duda —dijo Jack con un chasquido de labios cómplice, señal de que estaba realmente convencido de lo que decía. Volvieron al comedor justo a tiempo para encontrar la comida servida. No había mantel alguno, lo cual era de esperarse, pero ¿realmente importaba? Ni siquiera Jack tenía uno en la mesa siempre. La comida no habría desacreditado a la mejor casa del país de Erín después de un día de ayuno de Cuaresma. La mesa era un completísimo muestrario de lo más selecto que el mar puede entregar: róbalos, esturiones, langostas, lenguados, ostras y unas veinte especies más, junto al más fino surtido existente de licores extranjeros, ya que los vinos, según explicó más tarde el merrow, eran demasiado livianos para su gusto. Jack comió y bebió hasta el hartazgo, y entonces, al tiempo que tomaba una caracola de brandy, dijo:

—A tu salud, señor; aunque, si perdonas mi impertinencia, es algo inapropiado que, en lo que llevamos tratándonos, aún no conozca tu nombre.

—¿Sabes, Jack? Creo que tienes razón —respondió él—, no me había acordado de ello antes, pero siempre es mejor tarde que nunca ¿verdad? Mi nombre es Koomara.

—Y un hermoso nombre es, sin lugar a dudas —dijo Jack, al tiempo que tomaba otra caracola—.

A tu salud, entonces, Koomara. ¡y que vivas los próximos cincuenta años!

—¡Cincuenta años! —repitió Koomara—. ¡Desde luego que te lo agradezco! Si hubieras dicho quinientos, sin embargo, habría sido algo que valdría más la pena.

—¡Por todos los cielos! —exclamó asombrado Jack—. ¡Por lo que veo, alcanzan unas edades increíbles aquí debajo de las aguas! Tú conociste a mi abuelo, que ha estado muerto desde hace ya más de sesenta años. Este debe de ser un lugar muy saludable para vivir, sin lugar a dudas.

—En efecto, así es; pero, ánimo, Jack, no dejes que ese delicioso licor se te avinagre. Vaciaron caracola tras caracola, y para su total sorpresa, Jack observó que en ningún momento la bebida se le subía a la cabeza, debido, según supuso, al hecho de encontrarse por debajo del mar, lo que mantenía su mente despejada. El viejo Koomara, por el contrario, se sintió bastante alegre y entonó algunas canciones, pero Jack, aunque su vida hubiera dependido de ello, nunca fue capaz de recordar más que esto:

—¡Rum fun boodle boo, Ripple dipple nitty dob; Dumdoo doodle coo, Raffle taffle chittiboo! Ese era el estribillo de tan sólo una de ellas; y, a decir verdad, nadie rué capaz de encontrarle sentido alguno; aunque éste, seguramente, es el caso de la mayoría de las canciones de hoy en día. En un momento dado, el anfitrión le dijo a Jack:

—Ahora, mi querido amigo, si me concedes el honor de seguirme, te mostraré mis “curiosidades”. Abrió una pequeña puerta y condujo a Jack hacia el interior de una gran cámara, en donde pudo ver una gran cantidad de curiosidades y objetos varios que Koomara había ido recogiendo durante sus numerosas expediciones. Sin embargo, lo que más llamó la atención de Jack fueron unas cosas parecidas a tarros de langostas, que yacían en el suelo, alineadas a lo largo de la pared.

—¿Y, Jack, ¿qué te parecen mis “curiosidades”? —dijo el viejo Koomara. —Por Dios, señor —dijo Jack—, en verdad que vale la pena verlas; pero, ¿me permitirías la osadía de preguntarte qué son esas cosas que parecen tarros de langostas?

—¡Ah!, te refieres a mis “jaulas de almas”, ¿no? —¿Las qué?

—Esas cosas en donde guardo las almas.

—¿Qué almas? —dijo Jack que no podía terminar de creer lo que acababa de oír—. ¿Es que acaso los peces tienen almas?

—¡Oh, no! —contestó Koomara, con un dejo de indiferencia en la voz—; de eso no tienen; éstas son las almas de marineros ahogados.

—¡Que el señor nos proteja de todo mal! —murmuró Jack, absolutamente sorprendido—. ¿Cómo demonios las has conseguido?

—A decir verdad, es bastante fácil; tan sólo tengo que esperar a que se avecina una tormenta, colocar un par de docenas de ellas por aquí y allá, y entonces, cuando los pobres marineros mueren ahogados y sus almas abandonan sus cuerpos y se encuentran bajo las aguas, al no estar acostumbradas al frío y ser tan frágiles, corren también un gran riesgo de morirse; así que se meten en mis jaulas para buscar cobijo, y como ahí dentro están tan cómodas y calentitas, entonces yo las traigo aquí a casa, donde ellas tienen un excelente refugio ¿A ellas no les parecería así?

Por fin divisó un sitio donde el mar “colgaba” un poco más bajo de lo habitual, y decidió probar suerte en aquel lugar. Una vez allí, vio un bacalao que se paró justo al lado de él. Jack le tomó la cola de un salto, por lo que el pez, asustado, dio un tirón e impulsó a aquél hacia arriba. En el preciso instante en el que el sombrero tocó el agua, Jack salió disparado hacia arriba como un corcho de botella, arrastrando detrás de él al pobre bacalao, ya que había olvidado soltarlo. Llegó a la roca en cuestión de segundos, y salió de prisa hacia la casa, feliz por el bien que había hecho. En ese mismo momento, otra serie de sucesos se desataban en la casa de Jack, debido a que ni bien éste había marchado a cumplir con su misión de liberar a las almas, Biddy estaba regresando al hogar, en el pozo. Cuando llegó, entró en la casa y, viendo el desorden, exclamó:

—Parece que voy a tener bastante trabajo por aquí. ¡Ese canalla de Jack! ¿quién me mandaría a casarme con él? Seguro que, mientras yo estaba rezando por su alma, él trajo alguno de sus amigos borrachos y han estado bebiéndose todo el pateen que mi hermano le regaló y todos los otros licores que había en la casa. En ese momento Biddy bajó la cabeza y vio al dormido Koomara tendido en el suelo.

—¡Que la Virgen Bendita me proteja! —gritó aterrorizada—. ¡Finalmente acabó por convertirse en una bestia! No sería la primera vez que a alguien le pasa luego de beber tanto. ¡Oh, Jack, cariño!, ¿qué voy a hacer contigo? y para peor, ¿qué haría sin ti? ¿Cómo podría una mujer decente como yo vivir con una bestia? Lamentándose, Biddy salió corriendo de la casa, sin saber a dónde ir, cuando oyó la conocida voz de Jack canturreando una alegre tonada. Asombrada y feliz ya que su marido estaba sano y salvo, y no convertido en una bestia, fue a su encuentro. En ese momento, Jack se vio obligado a contarle todo, y Biddy, aunque enfadada por haber sido engañada, aceptó de buenas ganas el bien que él había hecho por esas almas. Luego de la pequeña charla, volvieron a la casa y Jack despertó a Koomara; al ver que éste se encontraba algo deprimido, le dijo que no se preocupara, que el pateen había hecho estragos en los hombres mejor preparados, y que todo se debía a su falta de conocimiento de la bebida; y le recetó que, a modo de medicina, se comiera un pelo de un perro que lo mordiera. El murrughach, sin embargo, consideró que ya había tenido bastante. Se levantó algo tambaleante, y sin siquiera saludar a su anfitrión ni a su esposa, se retiró con la esperanza de poder refrescarse con un viajecito por el agua salada. Koomara nunca echó de menos las almas. El y Jack continuaron siendo los mejores amigos del mundo, y nadie, jamás, pudo superar a Jack en su liberación de almas del purgatorio; ya que con el tiempo se había armado de una serie de excusas para ir a la casa bajo el mar, sin que su amigo se enterase, y liberarlas abriendo las “jaulas”. Le intrigaba el hecho de no poder verlas nunca, pero como ya sabía que eso era imposible, se resignaba de ese modo. La relación de Koomara y Jack se prolongó por algunos años, hasta el día en que Jack fue a las orillas del mar a dar la señal como de costumbre y no recibir ninguna contestación. Después de lanzar otra piedra, y otra, y otra, continuó sin obtener respuesta, y regresó a su casa. A la mañana siguiente volvió al punto de encuentro, pero sólo para no obtener respuesta nuevamente y, como no tenía el sombrero, no podía bajar a ver qué le había pasado al viejo Koo. Finalmente se tranquilizó, pensando que, o bien el pobre hombre, pez, hombre-pez —o lo que fuera que fuese— había muerto, o trasladado su hogar a otra parte.

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