Koomara, el murrughach (1ª Parte)

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Koomara, el murrughach

 

Jack Dogherty vivía al pie de los acantilados de Ballyvaghan, en el condado de Clare, Irlanda. Jack, un pescador como lo habían sido su padre, su abuelo y diez generaciones anteriores, vivía, al igual que ellos, completamente solo con su mujer, y en el mismo lugar y la misma casa que habían habitado sus antepasados. La gente a menudo se preguntaba por qué la familia Dogherty era tan aficionada a vivir en condiciones tan inhóspitas, apartadas de la humanidad, entre rocas despedazadas, sin otra perspectiva que el inmenso pero siempre mutable océano. Lo que los demás no sabían era que ellos tenían muy buenos motivos para hacerlo. El lugar era, por alguna razón desconocida, el único paraje costero de aquella comarca a donde nadie más se había atrevido a ir a vivir. En esa región, los pétreos acantilados formaban pequeñas bahías protegidas de las tempestades, donde una barca de escaso porte podía encontrar un excelente refugio contra los rigores del clima. Pues bien, en lo alto de la cala de Dunbeg Bay, sobre una saliente de rocas que se prolongaba hasta hundirse en el mar, los Dogherty habían asentado sólidamente su casa, y siempre que el Atlántico, tal como solía hacerlo con frecuencia en los duros inviernos del norte, desencadenaba violentamente su furia contra la costa, desde sus ventanas ellos podían observar los barcos que regresaban muy cargados de las Indias y que, al verse obligados por los vientos a pasar cerca de aquella costa, se destrozaban irremediablemente contra los traicioneros escollos semisumergidos. Y entonces, las pacas de algodón y tabaco, las pipas de vino, los barriles de ron, los toneles de brandy y los cuñetes de encurtidos y aceitunas iban a parar ineludiblemente a la costa, por lo que Dunbeg Bay era para los Dogherty algo así como un pequeño feudo, con una provisión inagotable de alimentos y delicadezas gastronómicas que no muchos podían disfrutar por los alrededores. Sin embargo, los Dogherty eran también caritativos y humanos con los marineros en desgracia; y ciertamente, fueron muchas las veces en que Jack sacó su pequeño bote, con riesgo de su propia vida, para ayudar a los ocupantes de algún navío que había naufragado. Pero cuando un barco se hacía pedazos y toda su tripulación se perdía, ¿quién podía culpar a Jack de recoger todo lo que encontrara? —¿Y a quién perjudico yo con esto? —decía—. Por lo que al rey respecta, ¡que Dios lo lleve siempre de su mano!; todo el mundo sabe que ya es suficientemente rico sin necesidad de yo le entregue lo que recojo del mar. Pero no piensen que Jack, a pesar de ser un ermitaño por su forma de vida, no era un hombre sociable y gentil; más aún, fue esa amabilidad y dulzura de su carácter, y no otra cosa, lo único que pudo convencer a Biddy Mahony de abandonar la cálida y confortable casa paterna, en la ciudad de Inis, en el condado de Limmerick, para ir a enterrarse entre las rocas, a tantas millas de distancia, con las focas y gaviotas como únicas “vecinas”. Sin embargo, Biddy sabía que Jack era el hombre perfecto para cualquier mujer que deseara vivir feliz y cómoda; porque, sin mencionar el pescado que él mismo pescaba, la casa de Jack, con todos aquellos “regalos del cielo” que llegaban a la bahía, estaba mejor abastecida que la mitad de todas las mansiones nobles de la región. Y ella sabía que había acertado en su elección, porque ninguna mujer podía comer, beber y dormir mejor que lo que ella lo hacía, ni mostrar una apariencia tan digna y saludable en los servicios dominicales de la iglesia, como la señora Dogherty. Como puede suponerse, fueron muchas las escenas extrañas que Jack pudo contemplar; y muchos los sonidos insólitos que pudo escuchar a lo largo de aquella vida junto al acantilado, pero nunca se dejó intimidar por lo que percibía. Más aún, estaba tan lejos de tener miedo a las sirenas, murrughachso cualquier otro de los “seres pequeños”, que el más grande deseo de su corazón era, sin lugar a dudas, encontrarse con uno de ellos. Jack siempre había oído decir a su padre y a su abuelo que allí los había en cantidad y que, a pesar de ser tan grandes como los hombres y mucho más fuertes, los encuentros con los merrows, como los llamaban algunos, siempre traían aparejado algún beneficio.

Para su descontento, Jack nunca había podido ver, ni siquiera vagamente, a los murrughachs deslizándose sobre la espuma de las olas, envueltos en sus vestidos de bruma, a pesar de que muchas veces los buscara con afán; ¿en cuántas ocasiones lo había regañado Biddy por pasarse el día entero en el mar y haber regresado sin siquiera un pez? ¡ Poco podía imaginarse la pobre Biddy tras qué clase de pez andaba realmente su Jack! Para Jack resultaba extremadamente irritante que, aun viviendo en un lugar donde los murrughachs abundaban como las gaviotas, nunca hubiera podido ver ni siquiera la sombra de uno. Pero lo que más le molestaba, en realidad, era que tanto su padre como su abuelo los habían visto en incontables ocasiones, y hasta recordaba que, siendo todavía un niño, había oído cómo uno de sus ancestros, el primer Dogherty de la familia en asentarse junto a la bahía, había intimado tanto con un murrughach que, si no hubiese temido indignar al cura, seguramente lo habría adoptado como a un hijo más. Aunque Jack, a pesar de creer en casi todas las leyendas familiares, tenía una marcada propensión a dudar de ésta en particular. Finalmente, la fortuna creyó que ya era hora de que Jack conociera aquello que su padre, su abuelo y tantos otros antepasados habían conocido y que a él le había sido negado aún. De modo que, un día que Jack se había alejado un poco más que de costumbre a lo largo de la costa, en dirección norte, al llegar a unos riscos más allá de los cuales pensaba echar sus redes, vio algo que, sin parecerse a nada que él hubiera visto anteriormente, se posaba sobre una roca que se encontraba algo apartada de la orilla. Por lo que pudo apreciar desde la distancia, su cuerpo era verde y, de no ser una cosa imposible, hubiera jurado que sostenía en la mano un sombrero de tres picos. Jack permaneció allí durante más de media hora, forzando la vista y maravillándose ante la visión, sin que aquel ser moviera una mano ni un pie en todo ese tiempo. Al fin la paciencia de Jack se agotó, y éste lanzó un fuerte silbido, inmediatamente seguido por un grito de saludo, con lo que el murrughach, sobresaltado, se calzó el sombrero de tres picos y en un solo movimiento se arrojó de cabeza al agua. Jack sintió que la excitación le corría por las venas como un ruego fatuo, y dirigió sus pasos hacia el risco en que había visto al ser; pero no logró percibir ningún rastro del misterioso y anfibio caballero del sombrero, por lo que, dando vueltas y más vueltas al asunto dentro de su cabeza, comenzó a creer que simplemente había estado soñando despierto. Sin embargo, un día tormentoso en el que el mar golpeaba furiosamente contra los acantilados, impidiéndole salir a pescar, Jack Dogherty decidió ir a echar una ojeada a la que él llamaba ya roca del murrughach, pensando que hasta ese momento siempre había escogido días tranquilos y que, quizás, aquel ser podía preferir un clima más turbulento para sus andanzas. ¡Y cuál no sería su sorpresa al acercarse y ver a la extraña criatura haciendo piruetas encima de la roca, para luego sumergirse, subir otra vez de un salto y zambullirse nuevamente en el mar! Jack no cabía en sí de la alegría; de allí en más, sólo tenía que escoger el tiempo apropiado (es decir, que fuera un día bien agitado), y podría ver al hombre del mar tantas veces como se le antojara. Todo esto, sin embargo, ya no le parecía suficiente, y se dijo a sí mismo:

—No puedo conformarme con sólo haberlo visto; tengo que lograr acercarme más a él —y desde ese momento sólo podía pensar en entrar en contacto con el murrughach, cosa que, finalmente, pudo lograr algún tiempo después. Hasta que un día terriblemente borrascoso, mientras Jack se dirigía hacia el punto desde donde solía observar la roca del murrughach, la tormenta se desencadenó con tanta violencia que obligó a Jack a buscar abrigo en una de las numerosas cuevas existentes a lo largo de la costa; y allí, para su total deleite, encontró sentado en una roca a un ser de pelo verde, un único diente del mismo color, desmesuradamente largo, una insólita nariz roja y ojos pequeños y porcinos.

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