Iván el tonto (1ª Parte)

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Iván el tonto

Hace mucho tiempo, en cierto reino de cierto imperio había una ciudad donde reinaban el Zar Gorokh, (que quiere decir guisante) y la Zarina Morkovya, (que quiere decir zanahoria). Tenían sabios boyardos, ricos príncipes y robustos y poderosos campeones, y en cuanto a guerreros no bajaban de cien mil. En la ciudad vivía toda clase de gente, comerciantes de barbas respetables, hábiles artesanos, alemanes mecánicos, bellezas suecas, borrachos rusos; y en los suburbios vivían campesinos que labraban la tierra, cosechaban trigo, lo llevaban al molino, lo vendían en el mercado y se bebían las ganancias.
En uno de los suburbios había una casita habitada por un anciano con tres hijos que se llamaban Pacomio, Tomás e Iván. El anciano no sólo era listo sino astuto y cuando se encontraba al diablo entablaba conversación con él, lo convidaba a beber y le arrancaba muchos secretos que luego aprovechaba obrando tales prodigios, que sus vecinos lo tenían por hechicero y mago, mientras otros lo respetaban como a un hombre ladino enterado de alguna que otra cosa. El viejo hacía realmente cosas prodigiosas. Si alguien se sentía consumido por la llama de un amor desesperado, no tenía más que ir a visitar al hechicero y éste le recetaba unas raíces que ablandaban enseguida el corazón de la ingrata. Si algo se perdía, él se las arreglaba para encontrarlo por más escondido que lo tuviese el ladrón, con agua encantada y una red.
A pesar de su sabiduría no pudo lograr que sus hijos siguieron su ejemplo. Los dos mayores eran unos holgazanes que nunca sabían cuándo echar adelante o cuándo retroceder. Se casaron y tuvieron hijos. Su hijo menor no se casó, pero el anciano no se preocupaba por él, porque su tercer hijo era tonto e incapaz de contar más de tres; no servía mas que para comer, beber y tumbarse a la bartola junto al fuego. ¿Por qué preocuparse de un hijo como aquel? Ya sabría componérselas por sí mismo mucho mejor que un hombre de juicio. Y además Iván era tan blando y suave, que ni la manteca se fundiría en su boca. Si le pedíais su cinto os daba también su caftán; si le quitabais los guantes os pedía que aceptaseis su gorro por añadidura. Por eso todos querían a Iván y lo llamaban queridito Iván o queridito tonto; en fin, era tonto de nacimiento, pero un muchacho muy amable.
El anciano vivió con sus hijos hasta que le llegó la hora de morirse. Entonces llamó a sus tres hijos y les dijo:
—Queridos hijos, la hora de mi muerte ha sonado y habéis de cumplir mi deseo. Cada uno de vosotros ha de venir a mi tumba a pasar una noche en mi compañía. Primero tú, Tomás; después tú, Pacomio, y el tercero tú, Iván el tonto.
Los dos mayores, como personas juiciosas, prometieron obedecer; pero el tonto, sin prometer nada, se limitó a bajar la cabeza.
Murió el anciano y lo enterraron. Comieron tortas y pastelillos y empinaron el codo de lo lindo, todo en honor del difunto, y al tercer día tocó al mayor de los hijos, Tomás, ir a su tumba. Se ignora si fue por pereza o por miedo, el caso es que dijo a Iván el tonto:
—Mañana he de levantarme temprano para moler trigo; ve tú en lugar de mí a la tumba de nuestro padre.
—¡Está bien! —contestó Iván el tonto, que con un pedazo de pan bajo el brazo, fue a la tumba, se acostó y empezó a roncar.
Dieron las doce de la noche, la tumba empezó a moverse, sopló un viento recio, cantó la lechuza, cayó la losa de la tumba, y el difunto salió y dijo: —¿Quién hay aquí?
—Yo —Contestó Iván el tonto.
—Bien, querido hijo; yo premiaré tu obediencia.
Apenas dijo estas palabras cantaron los gallos y el difunto volvió a hundirse en la tumba. Iván se volvió a casa y se acostó junto al fuego, y sus hermanos le preguntaron:
—Y bien, ¿qué ha pasado?
—¡Nada! —contestó él.— He dormido toda la noche, pero tengo hambre y comería algo.
La siguiente noche tocaba por turno a Pacomio, el segundo hijo, ir a la tumba de su padre. Después de mucho pensar, se dirigió a Iván el tonto y le dijo:
—He de levantarme muy temprano para ir al mercado. ¿No podrías ir en mi lugar o la tumba de nuestro padre?
—¡Está bien! —contestó Iván el tonto, que después de comerse una tortilla y una sopa de coles, se dirigió a la tumba y se echó a dormir a pierna suelta. A media noche, la tumba empezó a moverse, sopló la tempestad, una bandada de cuervos volaron haciendo giros, cayó la losa de la tumba y el difunto asomó la cabeza y preguntó:
—¿Quién hay aquí?
—Yo —contestó Iván el tonto.
—¡Bien, hijo mío! —dijo el anciano,— no te olvidaré, porque no me has desobedecido.
Apenas pronunciadas estas palabras, contaron los gallos y el difunto volvió a desaparecer en la fosa.
Iván el tonto se despertó, fue a acurrucarse junto al fuego y sus hermanos le preguntaron.
—Y bien, ¿qué ha pasado?
—¡Nada! —contestó Iván.
Y al tercer día los hermanos dijeron a Iván el tonto.
—Ahora te toca a ti ir a la tumba de nuestro padre. El deseo de un padre se ha de cumplir.
—¡No faltaba más! —contestó Iván el tonto, que después de comer una fritada, se puso la blusa, y se dirigió a la tumba.
A media noche la losa de la tumba se levantó y el difunto salió y preguntó:
—¿Quién hay aquí?
—Yo —contestó Iván el tonto.
—¡Bien, hijo obediente! —dijo el anciano.— No en vano has cumplido mi deseo. ¡Verás premiada tu fidelidad!
Y se puso a gritar con una voz monstruosa y a cantar en voz de ruiseñor:
—¡Eh, tú! ¡Sivka-burka, vyeshchy kaurka! (tordillo, castaño, negro, inteligente corcel). ¡Párate ante mí como la hoja ante la hierba!
Y le pareció a Iván el tonto como si se acercase corriendo un caballo que hacía temblar la tierra y echaba fuego por los ojos y nubes de humo por las orejas. Se detuvo ante el difunto como si las patas se le hubieran clavado en el suelo y habló con voz humana diciendo:
—¿Qué quieres?
El anciano se introdujo por una oreja, tomó un baño fresco, se secó, se vistió las ropas más finas y salió por la otra oreja tan joven y hermoso, que no hay lengua que pueda expresarlo ni pluma que pueda describirlo, ni imaginación que pueda imaginarlo.
—¡Querido hijo mío, aquí tienes mi valiente corcel; y tú, caballo, mi buen corcel, sirve al hijo como serviste al padre!
Apenas hubo pronunciado estas palabras, los gallos de la aldea batieron las alas y cantaron anunciando el nuevo día, el anciano se hundió en la tumba y sobre la tumba creció la hierba. Iván el tonto se encaminó paso a paso a su casa, se acostó en su rincón de siempre y empezó a roncar hasta hacer temblar las paredes.
—¿Qué sucede? —preguntaron sus hermanos. Él, por toda respuesta, agitó la mano.
Y así continuaron viviendo juntos, los hermanos mayores pasando por listos, y el menor pasando por tonto. Vivieron así un día y otro día y como una mujer forma un ovillo arrollando hilo, así se arrollaban los días para ellos hasta que quedaron del todo enrollados.
Y un día supieron que los capitanes del ejército iban por todo el reino con trompetas y clarines y tambores y platillos, y hacían sonar las trompetas y los tambores, proclamando en los mercados y en las plazas la voluntad del Zar, y la voluntad del Zar era ésta: El Zar Gorokh y la Zarina Morkovya tenían una hija única, la Zarevna Baktriana, heredera del trono, tan hermosa, que cuando miraba al sol, el sol se avergonzaba y cuando miraba a la luna, la luna se sentía humillada. Y el Zar y la Zarina pensaron: ¿A quién podremos dar la hija en matrimonio para que gobierne nuestro reino, lo defienda en tiempo de guerra, se siente a juzgar en el real consejo, ayude al Zar en su vejez y sea su sucesor cuando muera? El Zar y la Zarina deseaban un novio que fuese un valiente guerrero, un hermoso campeón, que amase a la Zarevna y se hiciese amar de ella. Pero el asunto del amor no era tan fácil, pues ofrecía una gran dificultad: la Zarevna no amaba a nadie. Cuando su padre el Zar le hablaba de un pretendiente, siempre contestaba ella: “¡No lo amo!” Si su madre la Zarina le indicaba a alguien, siempre contestaba: “¡No es guapo!”. Por fin el Zar y la Zarina le dijeron:
—Querida hija y mimada niña, más de tres veces bella Zarevna Baktriana, ha llegado el tiempo de que elijas esposo. Pon tus ojos en los pretendientes que te rodean; los reales e imperiales embajadores están todos en la corte; se han comido todos los pasteles y han dejado seca la bodega, y ¡aun no has elegido el amado de tu corazón!
Entonces la Zarevna les dijo:
—Mi soberano papá y mi soberana mamá, me aflige vuestra pena, y de buena gana os obedecería; pero permitid que la suerte decida quién es mi prometido. Erigidme un aposento a la altura de treinta y tres pisos con una ventana saliente encima. Yo, la Zarevna, me sentaré en ese aposento junto a la ventana y vosotros mandad publicar una proclama. Que todo el mundo acuda: Zares, Reyes, Zareviches, Príncipes, adalides, jóvenes valientes, y el que dé un brinco hasta mi ventana en su bravo corcel y cambie los anillos conmigo, ése será mi esposo y vuestro hijo y sucesor.
El Zar y la Zarina siguieron el consejo de su prudente hija.
—¡Está bien! —dijeron.
Mandaron construir una torre de treinta y tres pisos, de fuertes vigas de roble, y adornaron el aposento de la Zarevna con graciosos relieves y con brocados venecianos y tapicerías de perlas y de oro, y lanzaron pregones y soltaron palomas mensajeras, y mandaron embajadores a todos los reinos, convocando a todos los caballeros para que acudiesen al imperio del Zar Gorokh y de la Zarina Morkovya, para que quien llegase de un brinco, en su magnífico corcel, al aposento de la hija y cambiase los anillos con la Zarevna Baktriana, la tomase como esposa y heredase con ella el trono, ya fuese Zar o Rey, Zarevitz o Príncipe, o aunque no fuese más que un libre y esforzado cosaco sin cuna ni linaje.

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