Gore-Gorinskoe

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Gore-Gorinskoe

Una vez vivían en un pueblo dos hermanos, uno rico y otro pobre. Al rico todo le salía a pedir de boca y la suerte le acompañaba en todos los negocios que emprendía, pero al pobre parecía huirle la fortuna por más que se esforzase en trabajar como un esclavo.
En pocos años, se vio el rico tan acaudalado y en un estado de prosperidad tan abundante, que se trasladó a la ciudad, se hizo construir la casa más grande y se estableció como comerciante, mientras el pobre pasaba tales apuros, que a veces no tenía en casa ni un pedazo de pan que dar a un racimo de hijos, todos pequeños, que lloraban a un tiempo pidiendo algo que comer o beber. El pobre hombre empezó a desanimarse, maldiciendo su suerte y su desgraciada cabeza empezó a hundírsele entre los hombros.
Fue a visitar a su hermano de la ciudad y le dijo: -¡Socórreme! ¡Estoy completamente aniquilado!
– ¿Por qué no? -contestó el rico.- Medios no me faltan, pero has de trabajar conmigo toda esta semana.
– ¡De mil amores! -accedió el pobre. Y puso manos a la obra. Barrió el establo, dio de comer a los caballos y cortó leña para el fuego.
Al fin de la semana, el hermano rico le dio tres monedas y un trozo de pan.
– Gracias, aunque sea por tan poca cosa -dijo el pobre. Y ya se volvía a casa cuando su hermano, sin duda sintió remordimientos de conciencia y le dijo:
– ¿Por qué te marchas tan pronto? Mañana es mi cumpleaños. Quédate a celebrarlo con nosotros.
El pobre hombre se quedó al banquete que se había preparado, pero, por desgracia para él, se reunieron en casa de su hermano gran número de hombres ricos, a quienes el hermano recibía con grandes muestras de alegría, rogándoles como un gran favor que le hiciesen el honor de compartir su mesa.
El hermano pobre se vio completamente olvidado y sólo pudo mirar desde lejos cómo los amigos de su hermano comían y bebían y gritaban alegres y satisfechos. Terminado el banquete, los invitados se levantaron dando la enhorabuena al anfitrión y a su esposa y el pobre hermano también se inclinaba ante ellos hasta la cintura. Todos los comensales se marcharon a casa muy divertidos, riendo, bromeando y cantando canciones. Y el hermano pobre también se dirigió a su casa más hambriento que nunca. Pero reflexionó por el camino y se dijo:
– ¡Caramba! También yo iré cantando para que la gente sepa que he pasado el día en casa de mi hermano y se figure que he comido hasta hartarme y he bebido hasta emborracharme como todos ellos.
Y el campesino se puso a cantar una canción, pero enseguida desfalleció su voz. Oía claramente que detrás de él iba alguien imitando su canción como silbándola. Enmudeció y la voz dejó de oírse. Volvió a cantar y de nuevo oyó que lo imitaban.
– ¡Eh, tú, cantor! ¡Acércate! -chilló el pobre. Y se le presentó un hombre monstruoso, de rostro arrugado y pálido, que apenas daba muestras de vida, envuelto en andrajos y calzado con un manojo de esparto. El campesino se quedó petrificado de horror y preguntó al monstruo:
– ¿Quién eres?
– Soy Gore-GorinskoeDoliente el Dolorido: la autocompasión por la mala suerte. Me has dado lástima y quiero ayudarte a cantar.
– Bueno, Gore, vamos a recorrer los dos juntos el mundo, de bracete; ya veo que aquí no puedo contar con amigos ni parientes.
– Vamos, pues, amo; nunca te abandonaré.
– ¿Y en qué viajaremos?
– No sé en qué viajarás tú, pero yo viajaré sobre ti.
Y esto diciendo, dio un brinco y se subió a la espalda del campesino, agarrándose con tal fuerza, que éste no pudo quitárselo de encima. El campesino no tuvo más remedio que seguir andando llevando a cuestas a Gore, aunque apenas podía él mismo dar un paso firme, y el monstruo no hacía más que contar y arrearlo golpeándole con una varita.
– Oye, amo, ¿quieres que te enseñe la canción que más me gusta?

“¡Soy Gore-Gorinskoe, Doliente el dolorido!
Soy un andrajo. Vivo en una pieza.
¡Tu suerte une a mi suerte, amo querido
Y nunca más sabrás lo que es tristeza!.
Si el dinero que tienes no te basta,
Búscalo donde sea y no te apures;
Pero cuando lo tengas, gasta, gasta,
Y no pienses ni cuentes ni mesures.”

Y además -añadió Gore, el Dolorido- aun te quedan esas monedas para un mal día, y un pedazo de pan. Vamos, pues, a beber y a divertirnos.
Anda que andarás y bebe que beberás, llegaron a casa. Allí estaban la madre y los hijos llorando de hambre, pero el Dolorido hizo bailar el campesino. Al día siguiente Doliente empezó a contar y dijo:
– ¡Me duele la cabeza de tanto beber!
Y obligó a su amo a que lo llevase a echar una copa.
– No tengo dinero -dijo el campesino.
– ¿No te tengo dicho que siempre puedes encontrarlo, querido? Empeña la azada y el arado, el trineo y el carro, y bebamos; hemos de pasar un día alegre, sea como sea.
¿Qué podía hacer el pobre? le era imposible desprenderse de Doliente que se agarraba a él tan fuerte, que parecía que iba a romperle los huesos, y se dejó conducir de taberna en taberna bebiendo todo el día en vez de trabajar,
Al día siguiente, el Dolorido se quejó aún más y empezó a gruñir diciendo:
– Vamos a dar una vuelta. Nos beberemos todo lo que tengas por empeñar. Véndete en esclavitud y tendrás dinero para beber.
Viendo el campesino que su perdición era inevitable, recurrió a la astucia y dijo a Doliente el dolorido:
– He oído decir a los ancianos del pueblo que no lejos de aquí se enterró un tesoro hace mucho tiempo, pero le pusieron encima piedras tan pesadas, que mis solas fuerzas no bastarían a levantarlas. Si pudiéramos sacar ese tesoro, queridito Gore, ¡qué vida de regalo podríamos llevar juntos!
– Pues vamos a sacarlo, que Gore tiene fuerzas para todo.
Llegaron a un paraje solitario y se detuvieron ante una piedra muy grande y pesada, que cinco campesinos no hubieran podido mover ni uniendo sus fuerzas; pero nuestro amigo Gore la levantó sin el menor esfuerzo. Y, ¡Oh, maravilla! bajo la piedra apareció un arca negra y maciza en cuyo fondo resplandecían numerosos objetos. Y el campesino dijo a Gore:
– Anda, baja el arca y saca el oro mientras yo sostengo la piedra.
Gore bajó al fondo con gran alegría y gritó:
– ¡Amo! ¡Aquí hay riquezas incalculables! ¡Veinte jarras llenas de monedas de oro, puestas en fila! ¡Ahí va una! – y alargó al campesino la primera jarra.
El campesino cogió la jarra con una mano y al mismo tiempo dejó caer la piedra sepultando al Doliente dolorido en el arco, con todo el oro restante.
– ¡Ahí te pudras con todas tus riquezas! -pensó el campesino,- ¡Nada bueno puedo esperar de ti!
Se volvió a casa andando y con el dinero de la jarra compró madera, reparó su vivienda, adquirió nuevas tierras, trabajó con más afán que nunca, se dedicó al comercio y todo le iba bien. En un año acrecentó su riqueza y en vez de la cabaña se construyó una hermosa casa de madera. Entonces fue a la ciudad e invitó a su hermano y a su cuñada a la inauguración de su nueva vivienda.
– ¿Cómo ha sido esto? -dijo el hermano rico con una sonrisa burlona.- ¡Hace poco estabas desnudo y te morías de hambre y ahora inauguras un palacio y das banquetes!
– Sí, hubo un tiempo en que nada tenía que comer; pero ahora a Dios gracias, no estoy peor que tú. Ven y verás.
Al día siguiente el hermano rico se dirigió al campo a ver a su pobre hermano y se quedó admirado ante las magníficas construcciones de madera, de que ningún rico comerciante podía jactarse. El hermano pobre obsequió al rico con un banquete en que no faltaron los manjares más exquisitos y cuando se le desató la lengua con las abundantes libaciones, contó de qué manera había llegado a ser tan rico. La envidia se apoderó del rico comerciante, quien pensó:
– Qué tonto es mi hermano. De veinte jarras que había, sólo cogió una. Con tanto dinero como allí queda ni el mismo Doliente es temible. Iré allá, apartaré la piedra, cogeré el dinero y dejaré en libertad a Doliente el dolorido. ¡Qué se vengue de mi hermano con la mismo muerte!
Y dicho y hecho. El rico se despidió de su hermano, pero en vez de volver a casa se dirigió a la famosa piedra. Apelando a todas sus fuerzas, logró removerla hasta dejar espacio para poder mirar el arco. Pero antes que él pudiera sacar la cabeza, el Doliente se escabulló del agujero y en un instante se le subió a la espalda y se le agarró el cuello.
El rico sintió el peso en la espalda, volvió la cabeza y vio al monstruo colgado de él y murmurándole al oído:
– ¡Lindo compañero estás hecho! ¡Conque querías matarme de hambre! Pues te juro que no te desprenderás de mí tan fácilmente. ¡Nunca te dejaré!
– No seas insensato, Doliente -chilló el rico.- No soy yo quien te dejó encerrado bajo la piedra, y no hay razón para que te prendas a mí, que soy el rico; ve a atormentar a mi hermano, que te ha encerrado.
Pero el otro no quiso escucharlo.
– ¡Mientes! -gruñó.- Una vez me engañaste y no volverás a hacerlo.
Y el rico no tuvo más remedio que llevar a cuestas a Doliente el dolorido hasta su casa y por todos los días de su vida. Sus riquezas se extinguieron y su opulencia se convirtió en humo y cenizas. El pobre hermano vive en paz y en la abundancia y canta cantinelas divertidas de Doliente, el que era más listo que todos.

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