Gilla na brâkon an gour y la princesa triste (2ª Parte)

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Gilla na brâkon an gour y la princesa triste

Pero el rey, que se encontraba demasiado lejos para oír la conversación, la interrumpió para preguntar qué sucedía y qué quería el allomroxs (forastero). —Pretende amedrentar a tus mejores hombres —contestó el pelirrojo. —¡Ah, bueno! —contestó el rey—. Si solamente es eso, que alguno de ellos lo enfrente y ponga a prueba su valor y su habilidad. Inmediatamente, un caballero de armadura se adelantó desde el grupo de guerreros y, desenvainando su espada, amagó una estocada hacia el pecho del joven. Pero éste, golpeando su codo con el garrote mágico, envió la espada volando hacia el techo del salón y asestó un segundo golpe en el casco, que instantáneamente dejó sin sentido al caballero. Un segundo hombre ocupó su lugar, y luego otro y otro, y finalmente grupos de a media docena; pero en todos los encuentros el garrote del hijo de la viuda hizo volar cascos, espadas, escudos y cuerpos, dejando a los soldados gritando que estaban heridos o muertos, y pidiendo auxilio y clemencia, mientras se frotaban los codos, rodillas y caderas sin pudor alguno. Teniendo en cuenta su situación en el palacio, Tom se aseguró de no matar ni herir seriamente a ninguno de sus oponentes, pero la princesa se divirtió tanto con su actuación que dejó escapar una dulce y cristalina carcajada que resonó por todo el salón, haciendo que Tom se dirigiera al rey: —Rey de Dublín, tengo un tercio de tu hija. —Y el rey no supo si estaba satisfecho o consternado, cuando vio que toda la sangre del corazón de la princesa afloraba a sus mejillas. Ante la paliza que Gilla na brâkon an gour —corno ya habían comenzado a llamarlo todos— había propinado a la mayoría de los caballeros, los combates se suspendieron por aquel día, y Tom fue invitado a cenar a la mesa de la familia real. Al día siguiente, por la mañana, el pelirrojo le comentó a Tom acerca de un feroz lobo blanco, del tamaño de una ternera de un año, que se había habituado a entrar en la ciudad y se comía tanto al ganado como a las personas, y le insinuó que el rey se sentiría sumamente agradecido y recompensaría generosamente a quien lo matara.
—Lo haré con muchísimo gusto —respondió el joven—. Envía a un mozo para que me muestre la guarida del animal, y veremos cómo se porta con un allomroxs. Al verlo, la princesa no se sintió muy complacida, pues aquel hombre que la hiciera reír había cambiado sus calzas de cabra por un vestido de brocado y un gorro verde sobre el rizado cabello negro. Pero el rey había dado su aprobación, y una hora después, el enorme lobo se encontraba paseando por el salón principal de palacio, con Tom caminando dos pasos detrás, agitando su porra, como un pastor que guía a su cordero consentido con su cayado. El rey y su familia se encontraban seguros en su palco, pero los caballeros y cortesanos que se habían agolpado alrededor del salón, al ver aparecer al gigantesco animal, estallaron en alaridos de terror y se abalanzaron hacia las puertas, mientras el lobo los miraba relamiéndose, como pensando: “¡Cómo me gustaría almorzármelos!”. Pero el rey, viendo en peligro a sus hombres, gritó desde su palco: —¡Eh, Gilla na brâkon an gour! ¡Aleja de aquí a ese terrible lobo, y tendrás la mano de mi hija! Pero el joven no lo obedeció en absoluto. Sacó del bolsillo su pífano mágico y comenzó a tocar un ritmo agitado y pegadizo; inmediatamente todos los hombres y mujeres del salón comenzaron a mover los pies siguiendo el compás, y el propio lobo se paró sobre sus patas traseras, para bailar el “Tatther Jack Walsh” junto con los humanos. Muchos de éstos huyeron del salón y cerraron las puertas, temerosos de que la peluda bestia los atacara, pero los demás seguían bailando y gritando al son del pífano de Tom, que no cesaba de tocar, y también el lobo bailaba y aullaba, por el dolor que le provocaban sus patas, mirando con un ojo al pelirrojo y con el otro a Tom, para ver si éste le daba permiso para comérselo.

Pero el joven negaba con la cabeza y seguía tocando, haciendo que tanto el ártabro como el lobo continuaran bailando y desgañitándose, ambos ansiosos de abandonar su postura debido al agotamiento que sentían. Pasado cierto tiempo, la princesa, viendo desde el palco que nadie corría peligro de ser herido, se sintió tan divertida por la ridícula situación de los cortesanos que dejó escapar una gran carcajada, ante lo que Tom exclamó: —¡Rey de Dublín! ¡Ya tengo dos tercios de tu hija! —¡Está bien! — gritó el rey—. ¡Pero aleja a ese animal infernal y entonces hablaremos! Divertido, Gilla guardó su flauta en el bolsillo que llevaba en bandolera, y se dirigió al animal, que había caído sobre sus cuatro patas, pero se encontraba a punto de desmayarse por el agotamiento. —Vete a tu montaña, mi buen amigo, y reanuda tu vida como animal libre; pero si algún día vuelvo a encontrarte a menos de diez millas de cualquier ciudad… El joven no completó la frase, pero agitó su garrote en dirección al pobre lobo, que metió la cola entre las patas y salió huyendo despavorido, sin que, de allí en más, ningún ser humano, ni la luna, ni el sol, ni las estrellas volvieran a verlo por Dublín. Más tarde, ya repuestos del susto y del agotamiento, todos rieron, menos el hipócrita del pelirrojo quien, sin duda, ya planeaba la forma de ajustarle las cuentas a Tom el día siguiente. —Creo que eres afortunado, ¡oh mi señor y rey! Las incursiones de los vikingos por el norte os molestan constantemente, pero si alguien puede ayudarnos a echarlos definitivamente de nuestra amada Eire es este caballero de la piel de cabra. En alguna viga del infierno está colgado un mayal6 mágico con el que ningún danés ni el mismo demonio podrían enfrentarse. —¿Me darás el último tercio de la princesa si te traigo el mayal? —preguntó el hijo de la viuda. —¡No, no! —saltó la princesa—. Prefiero perderte como esposo a verte en tal peligro. Pero el pelirrojo no estaba dispuesto a abandonar su presa y musitó al oído de Tom que sería una ruindad echarse atrás por cobardía, así que el joven pidió que le mostraran el camino y el ártabro le indicó una vecindad, donde se reunían muchas mujeres de vida fácil y había muchas tabernas clandestinas, en la cual Tom se internó sin dudar, sosteniendo su garrote. Después de mucho viajar, el joven divisó lo que, sin duda, eran las murallas del infierno, y antes de golpear a la puerta se frotó íntegramente con el ungüento verde del tercer gigante vencido por él. Luego golpeó y, en respuesta a su llamado, aparecieron un centenar de diablillos que lo espiaron por entre los barrotes, preguntándole qué quería. —Quiero hablar con el Diablo Mayor —respondió Tom—. Abrid la puerta. Rápidamente, los pequeños demonios abrieron la pesada puerta y Satanás en persona recibió al muchacho con reverencias y zalemas, preguntándole luego qué deseaba. —No mucho —contestó Gilla—. Sólo vine a que me prestaras ese mayal que veo colgado de esa viga, para que el rey de Dublín pueda darle una buena paliza a los daneses que acosan sus fronteras. —La verdad es que los daneses son mucho mejores clientes para mí que los iwerionikâ — dijo Satanás—, pero ya que has recorrido un camino tan largo, no puedo negártelo. Alcánzale ese mayal —agregó, dirigiéndose a un joven demonio, pero guiñándole al mismo tiempo un ojo, de forma que Tom no lo viera. De modo que, mientras sus compañeros estaban cerrando y atrancando las puertas, el diablillo trepaba en busca del instrumento; de más está decir que el muy taimado ya se estaba relamiendo de placer al imaginarse cómo quemaría el mayal las manos de Tom, ya que sabía perfectamente que tanto la empuñadura como la esfera eran de hierro y se encontraban al rojo vivo. Sin embargo, nada de eso sucedió, y el joven tomó el arma y la empuñó como si fuera una rama de roble, sin muestras de sentir siquiera el calor del metal. —Muchas gracias —dijo Tom como si nada—. Ahora, si me abrís las puertas, podré irme tranquilamente a mi país. —¡Caramba! —exclamó Satán—. Pues eso es más fácil decirlo que hacerlo, ya que salir de aquí es mucho más difícil que entrar. ¡Quitadle ese mayal y dadle unas buenas dosis de aceite hirviendo! —ordenó el demonio.

Uno de los esbirros, ansioso de complacer a su amo, estiró una de sus garras para tomar el instrumento, pero Tom le dio tal golpe con él en un costado del cráneo, que le rompió uno de los cuernos y le hizo soltar un bramido de dolor. Al ver esto, toda la horda demoníaca se precipitó sobre él, pero el joven comenzó a propinarle una tunda tan fenomenal, que pronto estuvieron todos por el suelo, lamentándose de sus golpes y magulladuras. Finalmente, el viejo Lucifer, que aún se encontraba sentado en su trono, intervino y dijo: —¡Dejad salir de aquí a ese imbécil! ¡Y pobre del que vuelva a dejarlo entrar, por las razones que fueren! De manera que Gilla abandonó el Averno sin prestar atención a la gritería y los anatemas que le proferían todos sus demonios; y cuando hubo regresado al gran salón del palacio de Dublín, todo el mundo se reunió para verlo entrar con el mayal. Y cuando hubo narrado en detalle su aventura, como se usaba en aquellas épocas, depositó el instrumento sobre los escalones de piedra de acceso al salón, pero avisó que nadie lo tocara, porque le iba la vida en ello. Si el rey, la reina y, especialmente, la princesa lo tenían en gran estima antes de haber salido en busca del mayal, ahora su opinión se había decuplicado, pero el pelirrojo no quiso dar su brazo a torcer y se arrimó subrepticiamente, tratando de apoderarse del arma demoníaca para golpear con ella a Tom. Pero apenas llegó a rozarlo con las puntas de sus dedos, lanzó un alarido que hizo temblar las paredes, y comenzó a saltar y gritar de tal modo que hubiera despertado a un muerto. Al verlo, Gilla se precipitó sobre él, le tomó las manos con las suyas, impregnadas del ungüento, y las frotó hasta que el lacerante dolor desapareció rápidamente, pero entre la sorpresa de la quemadura, y el alivio que sentía, su rostro tomó expresión tan cómica que todos estallaron en carcajadas, y lo mismo hizo la princesa, que tampoco pudo contener la risa. Y entonces Tom (ya por entonces definitivamente Gilla na brâkon an gour) se acercó a la princesa, diciéndole:

—Ahora, señora, quiero creer que si vos tuvierais cuatro tercios, también me daríais el cuarto. La princesa dio muestras de ningún fingido recato; miró a su padre, se acercó al joven, le tomó las manos entre las suyas y… bueno, sería muy indiscreto de mi parte relatar
lo que sucedió a continuación, ¡pero puedo decirles que no sé lo que hubiera dado por estar en los zapatos de Gilla aquella tarde! Previendo lo que iba a suceder, Tom no llevó el mayal al interior del palacio. Después de lo ocurrido con el pelirrojo, nadie se acercó al arma para nada. Y cuando pasaron los primeros madrugadores, a la mañana siguiente, pudieron ver dos largas grietas en los escalones de piedra, por donde el mayal se había abierto camino hacia abajo, quemando hasta la roca misma y desapareciendo hacia… bueno, creo que nadie podría decir hacia dónde. Sin embargo, algo más tarde, después del mediodía, llegó un heraldo desde el norte, pregonando que los daneses se habían aterrorizado tanto al enterarse de la llegada del mayal a Dublín, que se habían embarcado de vuelta en sus naves, zarpando a toda vela hacia su patria. Por mi parte, me imagino, aunque nadie me lo ha contado, que antes de casarse Gilla na brâkon an gour ha de haber encontrado a un hombre, como Pat Mará de Tomenine, que le enseñara los principios de urbanidad, los quebrados y decimales, los cálculos de artillería y fortificaciones y la regla de tres simple, para poder sostener una conversación coherente con la familia real.
No sé a ciencia cierta si habrá perdido el tiempo con estas ciencias, pero lo que sí es seguro es que su madre no volvió a pasar penurias económicas hasta el fin de sus días.

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