El sueño profético (2ª Parte)

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El sueño profético

El Zarevitz salió del palacio más triste que la vez primera, pensando: “Poco tiempo le queda a mi cabeza de estar sobre mis hombros”. Y de nuevo lo encontró Iván, el hijo del comerciante, y lo consoló con una sonrisa amistosa y diciendo:
– ¡Vamos, Zarevitz! ¿Por qué estar triste? Reza y échate a dormir, que la almohada es buena consejera.
Y apenas el Zarevitz se fue a dormir, Iván se puso el gorro invisible y llegó al palacio en el momento en que la Zarevna daba esta orden a su criada:
– Ve al gallinero y tráeme un pato.
La criada fue corriendo al gallinero y cogió un pato, pero Iván que le iba detrás, cogió un ánade y se lo guardó en el seno, volviéndose los dos por el mismo camino. Las tres veces sabia Elena se sentó de nuevo a la mesa, cogió el pato, adornó sus alas con cintas y su cola con amatistas, y le puso un collarín de perlas. Iván lo vio todo e hizo lo mismo con su ánade.
Al día siguiente, el Zarevitz fue al palacio, donde ya estaban reunidos todos los boyardos y magnates. Sonó la música, se abrieron las puertas y apareció la tres veces sabia Elena, magnífica como un pavo real. Detrás de ella venían las damas de honor con una bandeja de oro y todos vieron que bajo el blanco paño que cubría la bandeja se movía algo. Lentamente, la Zarevna levantó el paño, cogió el pato y dijo al Zarevitz:
– Y bien, ¿descifraste mi acertijo?
– ¿Cómo no descifrarlo? -contestó el Zarevitz.- ¿Puede haber algo más sencillo que ésto?
Y metiendo la mano en su sombrero, sacó su ataviado ánade,
Todos prorrumpieron en una exclamación admirativa, gritando a una voz:
– ¡Magnífico, Zarevitz! ¡Eres realmente digno de tener por mujer a la tres veces sabia Elena!
Pero ella frunció la cejas y dijo:
– ¡Un poco de paciencia! Que realice la tercera prueba. Si tan listo es, que me traiga tres cabellos de la cabeza y tres pelos de la barba de mi abuelo, el rey del Mar, y entonces estaré dispuesta a casarme con él.
El Zarevitz regresó a casa mucho más triste que nunca, sin querer mirar ni escuchar a nadie.
– ¿Por qué apurarse, Zarevitz? -le murmuró al oído Iván, el hijo del comerciante.- Todo se arreglará.
Y en un momento se plantó en el palacio con el gorra invisible, viendo que la tres veces sabia Elena se preparaba para emprender un viaje en su carroza hacia el mar azul. Nuestro Iván ocupó un puesto en la carroza de manera invisible y los fogosos caballos del Zar los llevaron en un santiamén a la orilla del mar.
Allí, la tres veces sabia Elena se sentó en una piedra que había bajo una roca y, vuelta de cara al mar azul, empezó a llamar a voces a su abuelo, el rey del Mar. El mar azul se agitó como en una tempestad, a pesar de la calma que reinaba, se levantaron montañas de espuma que se acercaron a la orilla y de entre ellas emergió, con agua hasta la cintura, el viejo abuelo. En su cabeza, manojos y manojos de rizos blancos brillaban como plata al sol, chorreándole los mechones que caían sobre sus sienes; pero cubría su rostro una barba espesa de hebras de oro como algas. Venía montado sobre una ola que lo dejó en la orilla cubriéndole el cuerpo hasta la cintura, apoyó en una piedra sus manos, que parecían patas de ganso, puso sus verdes ojos en los de la tres veces sabia Elena y gritó:
– ¡Hola, nieta de mis suspiros! ¡Cuánto tiempo sin verte! Anda, haz el favor de peinarme.
Y descansando su revuelta cabeza en las rodillas de su nieta, cerró los ojos en un dulce sueño. La tres veces sabia Elena empezó a jugar con sus cabellos alisándolos, para enroscárselos luego como caracoles con sus finos dedos, mientras murmuraba palabras al oído del viejo, deseándole sueños agradables, y cuando vio que su abuelo, estaba dormido, le arrancó tres hebras de plata de la cabeza. Pero Iván alargó la mano sin ser visto y le arrancó un mechón.
El abuelo se despertó, y mirando a su nieta, dijo en tono soñoliento:
– ¿Te has vuelto loca? ¡Me has hecho un daño horrible!.
– ¡Perdón, abuelito -replicó la tres veces sabia Elena.- Pero hacía tanto tiempo que no te peinaba, que estás muy desgreñado!
Pero el abuelo no oyó las últimas palabras, porque ya roncaba, y entonces la Zarevna le arrancó tres pelos de la barba. Iván, el hijo del comerciante, no quiso ser menos y tirando con fuerza le arrancó un manojo. El viejo del mar se despertó, bramó como un buey y se sumergió en el agua no dejando en la superficie más que espumas.
Al día siguiente, la Zarevna entró en el palacio pensando: “¡Ahora sí que el Zarevitz no se escapa de mis manos!” Y enseñó al Zarevitz los tres cabellos de plata y los tres pelos de oro.
– ¿Y qué? ¿Ha logrado el Zarevitz proporcionarme algo tan maravilloso como ésto?
– ¡La Zarevna me parece que exagera el mérito! Manojos de esas fruslerías te dará si quieres.
Y todo el palacio prorrumpió en gritos de admiración cuando el Zarevitz mostró los cabellos del abuelo. La tres veces sabia Elena se indignó, corrió a su aposento y consultando sus libros de magia descubrió que no era el Zarevitz el adivino y sabio, sino su criado favorito Iván, el hijo del comerciante. Volvió, pues, a la sala de recepción y dijo en tono de suave y falsa persuasión:
– No has adivinado mis acertijos ni has cumplido mis encargos por ti solo, Zarevitz, sino con la ayuda de tu criado favorito Iván. Me gustaría conocer a ese joven bondadoso. Tráemelo enseguida.
– No tengo un criado sino doce, Zarevna.
– ¡Pues traedme al llamado Iván!
– Todos se llaman Iván.
– Pues que vengan todos -ordenó ella, porque pensaba: “Ya descubriré yo al culpable”.
El Zarevitz mandó a llamar a sus criados y los doce jóvenes comparecieron en la corte. Todos tenían el mismo aspecto y la mismo estatura; sus voces eran iguales y entre ellos no había ni un pelo de diferencia.
– ¿Cuál de vosotros es el principal?
Todos gritaron a un tiempo:
– ¡Yo soy el principal, yo soy el principal!
“Bueno -pensó Elena- veo que no os puedo coger con esto; pero ya daré en el clavo”.
Mandó que le trajeron once copas ordinarias y una de oro puro. Ella misma las llenó de vino y se las ofreció a los jóvenes invitándoles a beber. Pero ninguno quiso ni mirar a las copas ordinarias y todos alargaron la mano para coger la de oro, armando tal algarabía, que nadie se entendió y todo el vino se derramó por el suelo. La Zarevna comprendió que le había fallado la treta e invitó a los criados del Zarevitz a pasar la noche en palacio. Los trató a cuerpo de rey y les preparó lechos muy blandos, y cuando los doce jóvenes dormían como troncos, la tres veces sabia Elena se introdujo en el dormitorio que les había destinado y examinando su libro de magia descubrió al momento cuál de ellos era Iván, el hijo del comerciante. Entonces cogió sus tijeras y cortó unos rizos de la sien izquierda del indicado, pensando para sí: “Con esta señal te conoceré mañana y te castigaré”.
Pero al día siguiente, Iván, el hijo del comerciante, se despertó antes que nadie y al posarse la mano por la cabeza notó que le habían cortado el pelo. Inmediatamente saltó de la cama y despertó a todos sus compañeros:
– ¡Pronto, hermanos, coged vuestras navajas y cortaos los rizos!
Al cabo de una hora los llamaron a presencia de la tres veces sabia Elena, que al ver que todos los jóvenes tenían los rizos cortados de la mismo manera, se enfureció, tiró al fuego el libro de magia y llamó al Zarevitz para decirle:
– ¡Seré tu mujer, ya puedes preparar la boda!
El Zarevitz llamó a sus fieles criados y dijo a Iván:
– Corre a ver a mi hermana y dile que lo tengo preparado todo para la boda.
Iván fue a ver a la Zarevna, le dio noticias de su hermano y le comunicó su encargo.
– Gracias, buen joven, por tus servicios -dijo la hermana del Zarevitz a Iván.- Dime cómo he de recompensarte dignamente.
– ¿Cómo me has de recompensar? No puedes darme mejor recompensa que encerrarme otra vez en el calabozo.
Y aunque la Zarevna no se dejaba convencer, él insistió en lo mismo.
Llegaron los novios con los boyardos y los magnates y todos los invitados salieron a recibir a lo pareja, deseándoles toda clase de felicidades y ofreciéndoles el pan y la sal de rigor, y eran tantos los reunidos, que se hubiera podido andar sobre sus cabezas.
– ¿Pero dónde está mi fiel servidor Iván, que no lo veo por ninguna parte? -preguntó el Zarevitz.
Y la Zarevna, su hermana, le contestó.
– Tú mismo lo mandaste al calabozo a causa de cierto sueño.
– ¡Pero no puede ser el mismo!
– El mismo es. Só1o lo dejé en libertad para que te ayudase.
El Zarevitz ordenó que llevasen a Iván a su presencia, se le echó al cuello derramando lágrimas y le suplicó que no te guardase rencor.
– ¿Pero no sabes, Zarevitz, que no podía contarte mi sueño porque en él vi por anticipado todo lo que acaba de pasarte? Juzga por ti mismo y dime si no me hubieras tomado por loco, si llego a contártelo todo.
Y el Zarevitz premió a Iván y lo nombró el más grande de su reino. Iván escribió a su padre y a su hermano y desde entonces todos vivieron juntos en buena armonía y en completa felicidad.

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