El soldado encantado (4ª Parte)

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El soldado encantado

 

Así, ya sólo quedaba una dificultad. ¡El ayuno de veinticuatro horas al que el anciano debía someterse, para ser digno de penetrar entre las piedras que guardaban la bóveda encantada! Y decimos dificultad porque el anciano, aunque de costumbres austeras y siempre muy parco en el comer y en el beber, precisamente por ser ya de avanzada edad y tener costumbres y hábitos que no había variado desde hacía años, le resultaba muy doloroso permanecer tantas horas sin ingerir bocado alguno.
Por dos veces lo intentó… ¡y por dos veces fracasó en su empeño! El pobre hombre estaba lleno de buena intención, pero en cuanto habían transcurrido cuatro o cinco horas, sentía que su estómago le reclamaba con insistencia el alimento o la bebida a la que estaba acostumbrado, y a la que, naturalmente, tenía derecho. En cuanto el ayuno llegaba a ser de medio día, experimentaba auténticos vahídos y mareos, hasta qué sin poder resistir más terminaba alguna fruta o bebiendo aunque sólo fuera un vaso de agua.
Finalmente, llegada la medianoche del segundo día, día en que por segunda vez había fallado el ayuno del anciano, el estudiante, con buenas palabras y mucha cortesía, se permitió recordarle que aquella era ya su última oportunidad.
– ¡Si tampoco en las próximas veinticuatro horas podéis resistir sin tomar alimento ni bebida alguno, habréis condenado al soldado a seguir encantado durante un nuevo siglo! Pensadlo bien señor… Y pensad también que perderemos la fortuna con la que queréis socorrer a muchos necesitados.
El anciano sintió que de nuevo se conmovía su corazón al pensar en la desdicha del soldado y también en todos los menesterosos a los que podría ayudar, si conseguía el tesoro del que Vicente le había hablado. Y se hizo la firme decisión de que aquel día resistiría, por doloroso y difícil que le resultara.
¡Y aquel día, por fin, lo consiguió!
Ya hacía rato que el sol se había puesto en el horizonte y la noche estaba avanzada cuando el estudiante, seguido por el anciano y la doncella inició el camino que conducía hasta la torre en la que estaba cautivo el soldado. El joven marchaba alegre, pero el pobre sabio, como consecuencia de su ayuno, iba casi tambaleándose y sintiendo cómo las piernas le temblaban de pura debilidad.
El estudiante, en cuanto lo advirtió, le ofreció su brazo y sólo así, con esa ayuda, pudo el sabio seguir andando. Detrás de ellos caminaba la doncella, llevando al brazo un cesto con provisiones, para que su tío pudiera recuperar fuerzas tan pronto como, llegada ya la medianoche, hubieran conseguido romper el hechizo del soldado.
Llegados a la puerta de la torre, el estudiante tocó ligeramente con su anillo las losas de piedra al pie de la maciza puerta de hierro y al punto se oyeron los mismos ruidos que oyera tres noches antes, cuando iba en compañía del soldado, y de nuevo se abrió a sus pies un ancho boquete, en el que se distinguían las escaleras que conducían a la bóveda.
Iniciaron el descenso. Fue lento, porque a cada escalón el sabio anciano tenía que detenerse para ir descifrando las inscripciones grabadas en las paredes. Pero era tal su saber, que pudo descifrarlas todas, sin dejar ni una sola, con lo cual quedaba ya cumplido uno de los requisitos necesarios para romper el hechizo de aquel lugar.
Llegados a la bóveda encontraron al soldado sentado en el duro banco que durante tres siglos había sido su único lugar de reposo y cuyo rostro se iluminó al verles llegar.
A una seña del estudiante, la doncella avanzó hacia el cofre, tocando sus cerraduras con la mano en la que llevaba el anillo de Salomón que el joven le había entregado previamente. Se abrió la tapa, como si hubieran tocado un oculto resorte y, ¡qué gran tesoro apareció ante sus ojos!
El soldado no había mentido. Sartas de perlas finísimas, joyas maravillosas, monedas de oro, piedras preciosas de incalculable valor… Por unos instantes, lo mismo el anciano que los dos jóvenes se quedaron extasiados contemplándolo.
– ¡Vamos! ¡Démonos prisa en salir de aquí, ahora que el hechizo ya está roto! -exclamó Vicente, apresurándose a llenarse los bolsillos.
– No hay prisa -respondió el soldado-. Saquemos el cofre entero y cuando nos encontremos en la superficie de la tierra lo repartiremos como dijimos. No dejemos ni una sola moneda ahí dentro.
El estudiante aprobó aquellas palabras y entre los dos se pusieron a mover el cofre. Pero era tan grande el tesoro que contenía, que resultaba enormemente pesado, por lo cual sólo muy lentamente conseguían ir moviéndolo.
Entretanto, el anciano, a quien el tesoro no interesaba particularmente, y que había oído claramente cómo el estudiante afirmaba que el hechizo ya estaba roto, se lanzó hacia la cesta de las provisiones que su sobrina había dejado a un lado en el suelo, y en menos tiempo del que se tarda en explicarlo se bebió una taza de apetitoso caldo, apresurándose después a hincarle el diente a una manzana de piel brillante y hermosos colores, al tiempo que se tomaba una copita de vino generoso, para templar el estómago, reseco por el prolongado ayuno.
¡Jamás lo hubiera hecho! Aún no había terminado de comer la manzana cuando las paredes de la caverna comenzaron a retumbar. Oyendo el ruido, el soldado lanzó una exclamación, porque al momento advirtió que todas sus esperanzas e ilusiones se desvanecían.
Y en efecto, el cofre, que ya habían conseguido llevar hasta el pie de las escaleras, volvió a cerrarse con un golpe seco y en un instante volvió a estar en el que antes se encontraba, mientras el anciano, el estudiante y la doncella se encontraron de nuevo en la superficie de la tierra, y las losas de piedra se cerraban de nuevo a sus pies, sin que jamás llegaran a saber si habían conseguido salir corriendo y por sus propios méritos, o si el mismo hechizo que mantenía cautivo al soldado, les había echado fuera de la bóveda subterránea.
El anciano lloró lágrimas muy amargas.
– Yo soy el único culpable. ¡Rompí demasiado pronto mi ayuno! ¡Pobre soldado! -exclamaba una y otra vez.
– Calmaos, señor -le dijo el estudiante-. Quizá consiga entrar de nuevo en la caverna y hacer salir conmigo al soldado.
Pero entonces advirtieron que el anillo de Salomón, lo único que de nuevo podía abrirles la entrada, se había quedado dentro. Eran tan pequeñas las manos de la doncella y de dedos tan finos, que era casi seguro que el talismán se había escurrido, cayendo al suelo sin que ni ella misma se diera cuenta. Y además, en aquel momento, llegaron hasta sus oídos las campanas de la catedral de Granada que daban las doce.
El encanto volvía a iniciarse.
¡El soldado de la guardia de Fernando e Isabel de Aragón y Castilla, quedaba condenado a otros cien años de completa reclusión, por su antiguo pecado de ambición!
También la hermosa doncella derramó lágrimas de compasión pensando en el pobre soldado. Pero, finalmente, los tres emprendieron de nuevo el regreso a Granada, porque ya nada podían hacer.
La leyenda ya no nos cuenta más. Pero la tradición que los viejos del lugar se complacen en ir repitiendo a los jóvenes de generación tras generación, nos dice que, llegados ya a Granada, Vicente advirtió que las joyas y las piedras preciosas con las que había llenado sus bolsillos, permanecían todavía en ellos, constituyendo por sí mismas una bonita fortuna, con la cual pudo aumentar su saber, terminando su carrera y llegando a ser, con el tiempo, tan erudito y respetado en Salamanca, como lo era en Granada el anciano tío de la doncella.
Y también nos dice esa misma tradición que apenas habían transcurrido dos años de todos esos sucesos, cuando la hermosa doncella y el estudiante contrajeron matrimonio, y la boda complació mucho al viejo tío, que había llegado a apreciar enormemente al joven, por su clara inteligencia y por su generoso corazón.
La doncella fue tan perfecta esposa como antes había sido buena sobrina y modelo de jóvenes solteras, y de su matrimonio nacieron siete hijos, cuatro niñas y tres niños, todos los cuales heredaron la belleza de la madre, la inteligencia del padre y las virtudes que adornaban a ambos, con lo cual llegaron a ser, con el tiempo, jóvenes de gran valor, queridos de cuantos les conocían.
En cuanto al soldado encantado, hay quien afirma que aún hoy sigue montando guardia junto al tesoro y que sólo sale de su encierro la víspera de San Juan, donde aún podría verle, junto al puente, quien poseyera el mágico anillo de Salomón. Pero también hay quien dice que su encanto se rompió por fin, cien años después de que el estudiante le encontrara, gracias a un pastor que en uno de los montes que rodean Granada encontró otro – o quizá el mismo – anillo de Salomón.
Claro que eso nadie puede afirmarlo con seguridad.

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