El soldado encantado (3ª Parte)

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El soldado encantado

Llegados a las márgenes del Darro, cruzaron un puentecillo y, ya en el otro lado, el soldado guió al estudiante por un camino estrecho que, después de bajar hasta un arroyuelo, seguía bordeando un molino y un acueducto hasta volver a subir por el barranco que separa los terrenos del Generalife de los de la Alhambra. Todavía brillaba en lo alto de las almenas de la antigua fortaleza mora un último rayo de sol, mientras las campanas eran lanzadas al viento para anunciar con alegría la festividad del día siguiente cuando ellos cruzaban ese barranco. Pero a pesar de que ya habían andado un buen trecho, el soldado no se detuvo ni un instante. Sin advertir la belleza de aquel momento, siguió andando con paso rápido por aquel camino cubierto en parte por abrojos, zarzas y otras hierbas salvajes.
La noche cae rápidamente en verano. Y así, a los pocos minutos, el estudiante y su guía caminaban ya en la más completa oscuridad, cruzándose de vez en cuando, en su solitaria y apartada caminata con algún que otro murciélago.
Por fin llegaron hasta las ruinas de una torre bastante alejada de Granada que los moros usaban antaño para apostar en ella a centinelas que les avisaran de posibles avances de tropas enemigas. El soldado, sin la menor vacilación, golpeó el suelo, exactamente debajo de una de las antiguas y macizas puertas de hierro con el extremo de su lanza, ¡y al punto se oyó como un sordo rumor y un sonido extraño y lejano, como de piedras que se separan! Y ese sonido extraño fue acercándose hasta que las mismas piedras que tenían frente a ellos, a sus pies, se abrieron dejando un boquete ancho como el de una puerta y en el que el estudiante distinguió unos peldaños, que parecían conducir a las mismas entrañas de la tierra.
– No tengas ningún temor -le dijo el soldado.
El estudiante sentía un cierto miedo, como es lógico y natural, pero haciendo un esfuerzo de voluntad, siguió valientemente al soldado que ya iniciaba el descenso por aquella escalera, que descendía entre paredes de roca viva, en las que se podían leer inscripciones hechas con caracteres moriscos que no acertó a descifrar, a pesar de los conocimientos que tenía de la lengua árabe. No tardaron en llegar a una amplia bóveda, que igualmente parecía cavada en la roca viva, y entonces el soldado le dijo, señalándole un banco de piedra que se encontraba a uno de los lados:
– ¿Ves ese banco de piedra? ¡Pues ha sido mi único lecho, durante tres siglos!
– ¡Parece imposible! -se asombró el estudiante-. Y eso me hace pensar que tu sueño ha debido ser en verdad pesado, para poder descansar en tan dura cama.
– ¡Oh, no, todo lo contrario! -siguió diciendo el soldado-. Te he dicho que ese ha sido mi único lecho, pero eso no significa que haya dormido. Aunque te parezca imposible, ni por un instante he podido cerrar los ojos durante todo ese tiempo. Verás, te contaré mi historia completa, para que comprendas la razón de esa guardia permanente que año tras año he venido haciendo.
»Como ya te dije, yo pertenecía a la guardia real de los Reyes Fernando e Isabel de Aragón y Castilla, y en una de sus frecuentes incursiones en tierras aún ocupadas por los moros, fui hecho prisionero por el enemigo y encerrado en esa torre en cuyo interior hemos penetrado. Ahora es un simple montón de ruinas pero, en aquellos tiempos, se elevaba erguida y soberbia y parecía capaz de desafiar cualquier ataque, por lo que Boabdil la había elegido para prisión, al tiempo que la usaba como avanzada de sus tropas que defendían Granada.
»Pero sucedió que cuando el ataque de los cristianos se hizo más peligroso, los moros tuvieron que ir retirándose de les alrededores de Granada, como sin duda ya sabes, y casi todos los prisioneros que aquí había fueron trasladados a las cárceles que hay en los subterráneos de la Alhambra. Yo permanecí en la torre, pero como que la guardia era ya mucho menos numerosa, me permitían una cierta libertad de movimientos y fue entonces cuando una mañana se me acercó un alfaqui – nombre que los árabes daban a sus doctores o sabios de la ley -, persuadiéndome para que le ayudara a esconder entre los muros de esa bóveda algunos de los tesoros de Boabdil.
»Me dejé tentar por la ambición -siguió diciendo el soldado con voz apenada y de intenso arrepentimiento- y acepté su proposición, no sin antes hacerle prometer por Alá y por Mahoma que, terminada la guerra, nos repartiríamos a partes iguales el cofre lleno de piedras preciosas y monedas de oro.
»Pero ignoraba que aquel hombre estaba versado en los conocimientos de los antiguos egipcios y era una especie de brujo, que sabía artes de encantamiento. Y así, en cuanto tuvimos el cofre escondido me lanzó un conjuro mágico, con el que me obligaba a guardar el cofre hasta su regreso, impidiendo que nadie pudiera acercarse siquiera a él.
»Y algo debió sucederle. Murió sin duda, o quizá fuera hecho prisionero por los cristianos, pero lo cierto es que jamás regresó a la torre y aquí he permanecido yo desde entonces, enterrado vivo, por así decirlo, sin descansar jamás pues ese mágico conjuro que pesa sobre mí me impide conciliar el sueño. Estoy en perpetua guardia, ya te lo dije. 1
– Es triste tu historia -afirmó el estudiante.
– Muy triste, en efecto. ¡Si tú supieras todo cuanto he sufrido encerrado en esa bóveda, hora tras hora, día tras día, año tras año…! Una a una he oído cómo iban cayendo y desmoronándose las piedras de esa torre, y también he oído cómo sus mismos cimientos, que tan fuertes creyeron hacer los árabes que la construyeron, eran sacudidos por varios terremotos que esas tierras han experimentado…
»Sólo una vez, cada cien años, precisamente en tal día como hoy, la víspera de San Juan, me es permitido salir de mi cautiverio y acercarme hasta las márgenes del Darro, allí donde tú me has encontrado y en espera de encontrar a alguien que pueda romper el hechizo que me domina. Hoy hace trescientos años que se inició mi cautiverio y hoy es, por lo tanto, la tercera vez que salgo de él, pero la primera en que alguien advierte mi presencia. En las anteriores ocasiones, caminaba entre la gente sin que nadie me viese, como si una nube me ocultara a los ojos de los mortales.
– ¿Y por qué razón sólo yo puedo verte? -preguntó Vicente.
– Ese anillo que llevas en el dedo -afirmó el soldado, señalando el anillo que nuestro amigo encontrara al pie de la cruz en la plazoleta del seminario Carvajal- es el anillo de Salomón y, aunque tú quizá no lo sepas, un talismán que salva de todo hechizo o encantamiento al que lo lleva. ¡Por eso precisamente, porque es tuyo ahora, puedes librarme del encanto que me tiene preso!
El estudiante pareció dudar. ¿A qué peligros se exponía a sí mismo si aceptaba ayudar al soldado…? Pero éste, que adivinó sus vacilaciones, dijo:
– Elige entre salvarme o dejarme aquí encerrado por cien años más, por lo menos, porque quizá esos cien años se conviertan en otros trescientos, o en quinientos. Ya te dije que las dos veces anteriores que salí no encontré a nadie que pudiera verme…
Esas palabras decidieron al estudiante, que era un muchacho de corazón noble y generoso. Aunque muchas veces antes de aquel momento había oído leyendas acerca de los tesoros que escondía la Alhambra, así como muchas de las montañas que se levantan en las cercanías de Granada, siempre las consideró como cuentos o fábulas, nacidos de la imaginación de las gentes. Pero ya no podía seguir dudando. Lo que estaba viviendo no era un sueño, sino una realidad. Y lo que aquel soldado le pedía era un acto de misericordia.
– Acepto. Puedes confiar en mí y en mi amistad. Te prometo que haré cuanto esté en mi mano por salvarte de tu hechizo.
– Te quedaré eternamente agradecido -contestó el soldado. Y era tanta la emoción que el pobre hombre experimentaba, viendo aproximarse la hora de su liberación, que, a pesar de ser un antiguo y rudo guerrero, sus ojos se llenaron de lágrimas-. Pero como antes te dije, si consigues salvarme podrás contar no sólo con mi agradecimiento, sino también con una fortuna que te permitirá vivir libre de preocupaciones el resto de tu vida.
Dichas estas palabras, le señaló un pesado cofre que se encontraba en un rincón de la estancia, que estaba cerrado con diversas cerraduras y en cuya tapa se velan grabadas inscripciones hechas con caracteres árabes.
– Fíjate en ese cofre -siguió diciendo-. Contiene un verdadero tesoro en piedras preciosas, monedas de oro y sartas de perlas del más fino oriente. ¡Te ofrezco la mitad, en pago a tu servicio!
– Ya te dije que estaba dispuesto a ayudarte -afirmó de nuevo el joven estudiante-. Dime de una vez qué debo hacer.
– Necesitamos la ayuda de otras dos personas. Y, naturalmente, sólo tú puedes encargarte de encontrarlas sobre la superficie de la tierra. Esas dos personas deben ser un anciano erudito, que pueda descifrar las inscripciones que están escritas con caracteres árabes en las paredes que conducen a esa bóveda y que, al mismo tiempo, sea hombre de virtud y respetado por cuantos le conocen. Y una doncella joven, recatada y buena, para que con su propia mano, en la que deberá llevar ese anillo del sabio Salomón, toque el arca que contiene el tesoro. Y todo eso ha de hacerse durante la noche.
Al oír aquella explicación, el estudiante pensó al punto que las dos personas de las que el soldado hablaba se encontraban exactamente reflejadas en el anciano sabio y su hermosa sobrina. ¡Y eso, como es de suponer, le llenó de alegría!
– ¡Estupendo! -exclamó-. Conozco a un anciano erudito, que tiene una sobrina muy hermosa, y sus personas y sus almas corresponden exactamente a esa descripción que acabas de hacerme. ¡Estoy seguro de que conseguiré su ayuda!
– Perfecto. Pero debo advertirte que es condición esencial para que el anciano pueda penetrar hasta esa bóveda que, antes, mortifique su carne con el ayuno. Durante veinticuatro horas no debe probar bocado alguno ni beber siquiera un sorbo de agua. Y en cuanto a la doncella, asegúrate de que sea realmente un dechado de perfecciones y virtudes. De lo contrario, de nada servirla cuanto hiciésemos -explicó el soldado-. Y ahora, apresúrate a volver a la tierra para hablar con ellos y convencerles de que me ayuden. Tienes tres días de tiempo. Pasadas esas setenta y dos horas todo será inútil. Tu anillo de Salomón, a pesar de su poder, ya no volverá a abrirte la entrada a mi encierro en cuanto suene la medianoche del tercer día. Y yo habré de esperar una nueva oportunidad, el próximo siglo.
El estudiante se apresuró a salir, sintiéndose muy alegre y contento. ¡Le parecía algo facilísimo conseguir la liberación del soldado! Y ni siquiera sintió el más mínimo temor cuando advirtió que las piedras volvían a cerrarse a sus espaldas.
Al día siguiente, muy de mañana, se dirigió a casa del anciano erudito, con paso seguro y firme. ¡Ahora no iba a presentarse como un pobre estudiante sin más bienes que su saber y sus deseos de nuevos conocimientos y una vieja guitarra, sino como el embajador de un mundo fantástico, y futuro poseedor de un tesoro digno del más poderoso rey!
Desgraciadamente, la leyenda no nos cuenta lo que hablaron el estudiante y el anciano. Pero lo cierto es que el noble y bondadoso sabio, al tener conocimiento de que un pobre soldado estaba hechizado y de que él podía contribuir a salvarlo, sintió conmoverse su corazón y no tardó en decir a Vicente que podía contar con su ayuda. Además, el joven le ofreció la mitad de las joyas y del oro que el soldado había prometido entregarle.
– ¡Cuántas limosnas podré hacer, y a cuántos menesterosos podré ayudar con ese tesoro! -exclamó el sabio, lleno de contento. Y seguidamente llamó a su sobrina, a la que informó de cuanto el estudiante le había pedido.
Naturalmente, también la muchacha se mostró dispuesta a colaborar, lo cual le ganó una agradecida mirada del joven.

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