El soldado encantado (2ª Parte)

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El soldado encantado

En aquel momento, sin embargo, la joven levantó por fin los ojos y su mirada se cruzó con la del estudiante. Y era tan dulce su expresión, que el corazón del muchacho comenzó a latir con más fuerza.
Cuando ya se hubieron marchado, nuestro estudiante pidió al amigo que antes le informara acerca del anciano, que le ampliara lo que de él le había contado. Y así supo que no sólo era un hombre sabio, dedicado al estudio y generoso, sino también un modelo de orden en sus costumbres y puntual en sus citas.
– Siempre se levanta a la misma hora y jamás varía tampoco ni siquiera en unos minutos, las horas que destina a la comida, al estudio, al paseo o al rezo en la catedral, ¡ni mucho menos las que destina al descanso! Es un dechado de perfecciones y de virtudes, un espejo en el que todos los grandes hombres de Granada pueden mirarse -afirmó el amigo.
– Y esa muchacha que le acompañaba, su sobrina según dijo una mujer, ¿vive con él? -preguntó el estudiante.
– En efecto. Quedó huérfana hace ya muchos años y el anciano que es en realidad su tío abuelo, se la trajo a vivir con él a su casona, en la que también vive un ama de llaves, fiel y honrada como ninguna, y un criado que es el que cuida del patio y de la huerta, que hay en la parte posterior, así como del mulo que tienen en la cuadra y en el cual, en ocasiones, gusta de dar cortos paseos.
A partir de aquel día, mejor dicho, a partir del instante en el que su mirada se cruzó con la de la hermosa y recatada muchacha, el estudiante dejó de ser un joven irreflexivo y alegre. Ya no le interesaba el inconsciente vagabundeo por calles y plazas y sólo haciendo un gran esfuerzo conseguía que sus canciones no fueran siempre tristes y melancólicas. Sólo tenía un único deseo, una única ilusión.
– ¡Si yo consiguiera entrar en esa casa como amigo! -, se decía.
Pero el noble anciano no sentía ninguna simpatía por él. No había sido jamás estudiante vagabundo, ni se había visto obligado a cantar por pueblos y ciudades, para conseguir dinero con el que pagar sus libros o conseguir un plato de comida caliente.
Y también en vano rondó el estudiante noche y día alrededor de la casa del docto hombre de letras, en espera de que su sobrina se asomara en algún momento a una de las ventanas y pudiera intercambiar una simple mirada, ¡todas las ventanas permanecían siempre medio cerradas! Sólo en una ocasión, mientras daba una serenata bajo el balcón de la habitación de la muchacha, vio una fugaz sombra blanca y creyó advertir que una mano, blanca y fina, levantaba muy ligeramente una de las cortinas que cubrían los cristales.
Y así fueron pasando los días. El estudiante seguía rondando la casa y buscando amigos que pudieran introducirle en la amistad del anciano. Pero todo era inútil. Por fin, una noche, decidió darse por vencido si no conseguía sus propósitos antes de una semana.
– No puedo permanecer más tiempo en esta ciudad. Si por lo menos hubiera conseguido la amistad de ese anciano tan erudito, podría aprovechar mis ideas estudiando y aprendiendo de él, pero, no siendo así, partiré el próximo lunes.
Pero aquella semana se celebraba en Granada una festividad que sus habitantes conmemoran anualmente con gran al algazara y alegría: el día de San Juan, o, mejor dicho, la víspera de San Juan. Esa noche, todas las gentes, lo mismo las más humildes que las de elevada posición, la pasan bailando a orillas del Darro y del Genil, encendiendo alegres hogueras que alumbran con sus rojizos resplandores, a los que se reúnen a su alrededor para charlar o explicar historias.
«¡Felices las muchachas que en esa noche maravillosa lavan sus rostros en cualquiera de esos dos ríos, en el preciso momento en que las campanas de la catedral anuncian la medianoche. En tal instante, esas aguas tienen la virtud de embellecer!», afirman los viejos del lugar. Y aunque pocas jóvenes creen ya en tal leyenda, aún hoy en día son muchas las que en tal noche, acuden hasta las márgenes del Darro y del Genil para lavar sus rostros en el agua pura y cristalina.
Como ya supondréis, nuestro estudiante, a pesar de su melancolía, se dejó arrastrar por un grupo de amigos y también él se confundió con el tropel de gente, que, ya al anochecer, salía de la ciudad para celebrar esa festividad. Cuando llegó al paraje donde suelen encenderse las clásicas hogueras y donde mayor es siempre el número de personas, lanzó una mirada a su alrededor, deleitándose con la belleza de aquel paisaje y contempló con envidia a las jóvenes que, acompañadas por sus galanes, paseaban seguidas por la atenta y a la par cariñosa mirada de sus madres o dueñas.
– ¡Quizá si mi aspecto no fuera tan desastroso, si tuviera un traje nuevo o menos raído y zurcido, por lo menos, consiguiera yo también merecer la amistad y la confianza del anciano, cuya sobrina me ha conquistado el corazón! Pero, así, ¿puedo imaginar siquiera que ese noble y erudito señor, pueda considerarme como posible pretendiente a la mano de la hermosa muchacha a la que quiere como a una hija…? -se dijo, una vez más.
De pronto, a pesar de estar embebido en sus pensamientos, se fijó en un curioso personaje que estaba casi a su lado y que, como él, parecía estar solo. Era alto, de figura recia y aspecto grave; su rostro estaba curtido por el sol y su barba canosa y no muy larga. ¡Pero lo que principalmente llamó su atención fue que vistiera una antigua armadura española y empuñara lanza y escudo! Parecía arrancado de alguno de los cuadros que adornan los museos reales y que habían sido pintados cientos de años antes. Sin embargo, nadie parecía reparar en él y ni uno solo de los que pasaban por su lado le lanzaba miradas extrañadas o sorprendidas.
Quizá es costumbre, en esta noche de San Juan, que todos vistan como quieran y por eso a nadie llama la atención el extraño atuendo de ese hombre -se dijo el estudiante-. Sin embargo, advierto que nadie más que él viste traje o uniforme antiguo. Me acercaré y le preguntaré.
Y así lo hizo, deseando satisfacer su natural curiosidad.
– ¡Llevas una armadura muy antigua y muy original, amigo! Me gustaría saber la razón…
El soldado abrió y cerró por dos veces la boca, antes que las palabras llegaran a salir de sus labios, como si sus mandíbulas estuvieran enmohecidas y le resultara difícil moverlas.
– Es el uniforme del Cuerpo al que pertenezco -respondió, al fin.
Esta respuesta aún sorprendió más al estudiante, que estaba seguro de conocer todos los uniformes que en aquel momento había en España.
– ¡Jamás lo hubiera creído! -exclamó, añadiendo-: ¿Y puedo preguntar qué cuerpo es ese?
– ¡La Guardia Real de mis señores doña Isabel y don Fernando! -contestó el soldado.
– ¡Cielos, no es posible! ¡Ese Cuerpo dejó de existir hace casi tres siglos! -señaló el estudiante, cuyo asombro iba creciendo por minutos.
Pero el soldado no se inmutó. Clavando sus ojos en el rostro de nuestro amigo, afirmó:
– Ya lo sé. Tres siglos, en efecto. Todo ese tiempo ha transcurrido ya desde que yo monto guardia pero si tú me ayudas, mi liberación puede estar próxima.
– ¿Qué puedo hacer yo por ti? -inquirió el estudiante, interesado-. ¿Y qué ganaría yo con ello o a qué peligros me expondría?
– Puedes hacer mucho por mí. Pero nesesitas tener mucho valor y mucha fe. Y como premio, conseguirás una gran fortuna, como jamás pudiste soñarla.
– Valor no me falta, ni fe tampoco. Y nada tengo que perder, excepto mi pobre guitarra mientras que no me vendría nada mal algún dinero que me permitiera presentarme con una cierta decencia en una casa cuya puerta se me ha cerrado hasta hoy, así como proseguir y terminar sin mayores preocupaciones mis estudios universitarios. Pero antes, debes explicarme muy bien lo que quieres de mí. ¡No me gustan los aparecidos, ni los espíritus que vienen de otros mundos!
Al oír estas palabras, el soldado sonrió.
– No temas, joven -le dijo-. Mi espada jamás se ha desenvainado sino para defender la fe cristiana de mis padres o las tierras de mis reyes. ¡Por eso no podría quererte mal, mi conciencia me lo reprocharía eternamente! Ven conmigo, sígueme tranquilo, no temas, te doy mi palabra de soldado de que nada malo ha de ocurrirse.
Aquella explicación tranquilizó al estudiante, el cual, maravillado, se dispuso a seguir al soldado que, siempre sin que nadie se fijara en él, como si fuera invisible a los ojos de todos, excepto a los suyos, se dirigía hacia la orilla del río, atravesando los corros de gentes que charlaban y las parejas que danzaban incansables.

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