El soldado encantado (1ªParte)

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El soldado encantado

La cueva de San Cipriano, en Salamanca, es un lugar del que muchos han oído hablar, pero cuyo emplazamiento exacto nadie puede afirmar con certeza cual era. En tiempos remotos vivió en ella un astrólogo, versado en las artes de la quiromancia y que, al decir de las gentes, tenía profundos conocimientos de todo cuanto a plantas medicinales se refería. Pero, desde hace ya siglos, está cerrada sin que a nadie le preocupe demasiado dónde se encontraba en realidad. Los viejos del país, sin embargo, afirman que la entrada a esa cueva se hallaba donde hoy se encuentra la plazoleta del seminario Carvajal, cerca de la cruz de piedra que se eleva en el mismo centro. Y esa tradición la confirma en cierto modo la siguiente leyenda. Escuchadla:
Hubo una vez en Salamanca un estudiante, alegre, pero muy pobre, que se llamaba Vicente, uno de esos que inician los estudios llenos de ilusiones y con muchas ganas de aprender, pero con ningún dinero en perspectiva y la bolsa vacía y, por eso, durante las vacaciones que les dan en la Universidad, van de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, pidiendo a las buenas gentes y a los caballeros de generoso corazón, hasta reunir así, con constancia y humildad, las monedas que necesitan para poder seguir un nuevo curso.
Este que ahora nos ocupa nos lo encontramos, cuando comienza nuestra historia, a punto de iniciar una de esas correrías, llevando colgada a la espalda una guitarra.
Teniendo algunos conocimientos de música, confiaba en que ese instrumento le ayudaría a conmover el corazón de aquellos a los que se acercara, o le permitiría, llegado el caso, pagarse con canciones y coplas populares una comida caliente o la estancia, por una noche, en alguna posada.
Pero sucedió que cuando el estudiante se disponía a abandonar la ciudad de Salamanca, pasó junto a la cruz de Piedra que se alza en la plazoleta del Seminario y se quitó respetuosamente la gorra, para hacer una breve invocación a San Cipriano rogándole que le diera suerte en el viaje que iba a emprender. Seguidamente, al dirigir la mirada al suelo, advirtió que algo brillaba entre las losas, al pie de la cruz. Se inclinó para recogerlo y advirtió que se trataba de una anillo del estilo de los llamados «sellos», llamándole la atención por estar fabricado en un metal extraño, que parecía una mezcla de oro y plata. Como adorno tenía grabados dos triángulos que se entrecruzaban, formando una estrella de seis puntas.
Los astrólogos, así como también cuantos estudian las artes de los antiguos, saben que ese dibujo fue inventado por el sabio rey Salomón y a él le atribuían los de su tiempo, muchas propiedades maravillosas. Pero el estudiante nada sabía de todo eso, así que, pensando que se trataba de un simple regalo que la suerte le hacía al iniciar su viaje, se limitó a deslizarlo en uno de sus dedos, prosiguiendo alegremente su camino.
– Hubiese preferido encontrar una moneda de oro -dijo- pero mejor es eso que nada. En el peor de los casos me puede servir como pago de alguna comida o para agradecer la generosidad de alguno de los que quieran ayudarme en la correría que ahora emprendo.
En realidad la vida de un estudiante pobre en España en los tiempos en que vivía ése que aquí nos ocupa, no era, ni con mucho, tan miserable ni tan desgraciada como a primera vista puede parecer. Muchos hombres sabios habían comenzado sus carreras de esa forma, por lo cual los estudiantes que iban de puerta en puerta y de aldea en aldea, no eran jamás tratados como mendigos sino que, fuesen o no atendidos, eran siempre respetados. Y como también muchos curas rurales habían sido estudiantes vagabundos en sus mocedades, siempre daban albergue a cuantos llamaban a sus puertas y también llenaban de comida sus estómagos y sus bolsas e incluso, en el mejor de los casos, deslizaban alguna moneda en sus bolsillos, para que con ella pudieran pagarse algún libro y estudiar. Además, a poco simpático que fuese el estudiante o si, como el protagonista le nuestra historia, sabía tocar algún instrumento, podía confiar también en que se le abrirían las puertas de las granjas y de las masías, deseosos como estaban siempre los campesinos de que alguien les amenizara con música y canciones las veladas.
Y así fue cómo nuestro estudiante, deteniéndose en ocasiones en la casa de un cura rural y en otras en la de algún campesino o labrador, cuyo hospedaje pagaba deleitando a los ancianos con sus coplas y canciones, y arrancando después de su guitarra fandangos y boleros, para que bailaran los jóvenes y las mozas, cuando el sol comenzaba a retirarse por el horizonte y daban por terminado el trabajo en el campo, llegó hasta Granada.
Había recorrido casi medio país, pero ese había sido desde un principio el fin previsto para su viaje. ¡Cuánto deseaba nuestro estudiante conocer tan famosa ciudad, pasear por su vega, admirar las montañas que la rodean y muchas de las cuales tienen sus picos cubiertos de nieve, aún en pleno verano! Casi con emoción traspuso las murallas y recorrió calles y plazas. Y su imaginación, extraordinariamente viva, le hacía ver a auténticas princesas moras en cuantas muchachas se cruzaban en su camino y, llevado de su romanticismo, ante ninguna de ellas dejaba de extender su capa de estudiante, rogándole que se dignara pisarla.
Decidido a quedarse varios días en la ciudad, para conocer a fondo todos sus rincones, estudiar sus joyas arquitectónicas y admirar todas sus típicas callejuelas en las que tan vivo estaba – y está todavía-, el recuerdo de los siglos en que fue capital del reino moro, pronto se hizo amigos. Su simpatía, su constante buen humor, su natural respetuoso y también su juventud y su gallardía, le proporcionaron general aprecio, a pesar de su absoluta carencia de fortuna y de sus trajes raídos. ¡Qué días tan interesantes, y también tan divertidos vivió nuestro estudiante en la hermosa Granada!. Incansable, recorría continuamente la ciudad de punta a punta, deteniéndose en cuantos edificios o lugares le parecían de interés, así como también los alrededores, alternando sus paseos con las muchas fiestas y reuniones a las que era invitado.
Pronto uno de sus lugares preferidos fue la popular fuente del Avellano, que se encuentra en el valle del río Darro. Allí se dirigía a menudo, cuando quería tomarse algún descanso y siempre encontraba en ese paraje gente amable con la que iniciar agradables conversaciones. Pero nuestro estudiante que, como ya dijimos era aficionado a la música, jamás abandonaba su guitarra. Y, así, nunca se limitaba a conversar. Siempre terminaba pulsando las cuerdas de su instrumento, gustando de improvisar alegres melodías, o románticas y sentimentales canciones, que hacían las delicias de cuantos las escuchaban, principalmente de los jóvenes «majos» y «majas» que aprovechaban todas cuantas ocasiones se les presentaban para demostrar su ligereza y habilidad en el baile.
Una tarde, estando precisamente en ese lugar, tocando una alegre melodía, vio llegar a un anciano de larga barba blanca y noble porte. Todos los que allí se encontraban le saludaron con grandes muestras de respeto por lo cual comprendió que se trataba de un hombre notable.
– Es un gran sabio -le dijo uno de los jóvenes con los que durante aquellos días había hecho amistad-. Vive enteramente consagrado al estudio y a la práctica del bien. ¡Jamás niega una limosna a cuantos a él se acercan pidiéndosela y siempre ayuda con consejos y dinero a todos los menesterosos o desdichados!
– ¡Que Dios os bendiga y os dé larga vida, señor! -exclamó entonces una mujer del pueblo-. ¡Y que el destino sea propicio con vuestra hermosa sobrina!
La joven, en cuyo brazo se apoyaba el anciano para subir la ligera cuesta, sonrió a la mujer al oír estas palabras y así nuestro estudiante supo el parentesco que les unía. ¡Y en verdad que era hermosa la muchacha! Poseía la clásica belleza andaluza, de cuerpo menudo pero esbeltísimo, pies pequeños y larga cabellera negra, rodeando un rostro de facciones finas pero bien definidas, en el que destacaban unos maravillosos ojos, rodeados de largas y sedosas pestañas, Además parecía tan recatada y virtuosa como hermosa, y su mirada apenas se levantaba del suelo, escuchando siempre con atención y respeto cuanto a su alrededor se decía, en particular si quien hablaba era su señor tío.
Después que hubieron saludado a los allí reunidos, el anciano se sentó en uno de los bancos de piedra que adornaban la fuente y la joven corrió a buscarle un vaso de agua fresca con la que apagar la sed que el paseo le había dado. Se lo entregó para que la bebiera, mientras comía una de esas yemas escarchadas tan famosas y populares en la Granada de aquellos tiempos.
El estudiante no dejaba de observarles, ni por un segundo.
«¡Qué feliz sería si cayera simpático al anciano! Estoy seguro de que podría aprender mucho en pocas horas de conversar con él…, ¡y también me agradaría enormemente ganar la amistad de su hermosa sobrina!»
Pero todo cuanto hizo para conseguirlo fue completamente inútil. En vano tocó sus más alegres canciones y jamás como aquella tarde salieron de sus labios frases tan ingeniosas. Sin duda, al anciano, no le agradaba la música y si venía hasta aquel lugar no era para mantener conversaciones más o menos agudas, sino, muy al contrario, para reposar de las horas que en su propia casa dedicaba al estudio y a la reflexión. En cuanto a la muchacha, su natural recato le impedía levantar los ojos del suelo para fijarlos en un desconocido. Además, poco tiempo permanecieron en la fuente. Apenas había transcurrido media hora desde su llegada, cuando el anciano se levantó del banco y apoyándose de nuevo en el brazo que su afectuosa sobrina le ofrecía, se despidió de los conocidos que allí había encontrado.

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