EL POOKAH DE OFFALY (2ª Parte)

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Imagen nº 7 de "El Reino Sin Nombre", interludio 2

Al principio, ninguno de ellos quiso creerle, pero cuando vieron la vajilla refulgente, el piso limpio y perfumado y las ollas y fuentes prolijamente acomodadas, la visita del pookah fue el tema obligado de conversación durante todo ese día. Cada uno vertía sus propias opiniones, pero la más inteligente de ellas fue la que aportó la primera asistente de cocina: —Pues… si el pookah se dedica a limpiar todo mientras dormimos, ¿para qué matarnos fregando y fregando todo el día, si él puede hacerlo por nosotros? —¡Shu gu dheine! (“ella tiene razón”) —agregó la cocinera en jefe—. Creo que esas son las palabras más sabias que se han pronunciado en este día, Kauth, y no seré yo quien te contradiga. Y así se hizo, de común acuerdo; ni plato ni cubierto alguno vieron aquel día una sola gota de agua ni de lejía, ni tampoco trapo alguno se arrastró por el suelo. Todos los habitantes de la casa se recogieron temprano, asegurándose de que tampoco el pequeño criado se quedara levantado, para no molestar al pookah laborioso. Y a la mañana siguiente todo estaba tan pulcro y brillante como si un ejército de mucamas hubiera pasado por la casa. Como pueden imaginarse, aquello era el edén para ese hato de sirvientes haraganes, quienes pronto se acostumbraron a la buena vida de holganza, que les duró hasta que un mucamo irresponsable decidió que pasaría la noche en pie, para conversar un rato con el pookah. Y así lo hizo; después de una amena charla junto al hogar, los sirvientes se fueron retirando uno a uno, excepto el joven aguafiestas, que se quedó despierto, sentado junto a la mesa de la cocina. Al poco tiempo, cuando el mucamo ya cabeceaba, casi vencido por el sueño, apareció el asno, dirigiendo sus pasos hacia el joven, quien sintió algo de miedo cuando vio que el pookah se encaminaba directamente hacia él. —Estimado señor —dijo, sin embargo, armándose de valor, aunque las rodillas le temblaban un poco—, ¿puedo preguntaros, si no es demasiada molestia, por qué sois tan amable y gentil de hacer todas las noches más de la mitad del trabajo que nos corresponde a nosotros, los sirvientes? —No es ninguna molestia, y te contestaré con gusto —respondió el pookah—. Hace ya muchos años, en los tiempos en que aún vivía el padre de H. R., yo era uno de los mozos a su servicio, y era el más perezoso de todos los granujas que alguna vez haya sido alimentado y pagado por un hombre, porque no respondía con lealtad a su indulgencia. Por ello, cuando me llegó la hora de abandonar este mundo, cosa que sucedió el día anterior a mi llegada a esta casa, se me impuso este castigo de venir todas las noches aquí, a hacer todo el trabajo de limpieza que fuera necesario, y luego marcharme de nuevo a pasar el resto de la noche al raso. En los meses de verano y primavera la cosa no está tan mal, ¡pero tendrías que ver lo duro que es dormir al aire libre, con la trompa entre las patas, aguantando la nevisca hasta el amanecer, en una cruda noche de febrero!… “Eso debe de ser realmente duro”, pensó el mucamo, pero dijo en voz alta: —¿Y tú crees que nosotros podríamos hacer algo para aliviarte? —Bueno, en realidad, no lo sé —dudó el pookah—, pero pienso que un buen acolchado forrado en piel podría ayudarme a soportar mejor las nevadas en las noches de invierno. —La verdad sea dicha, seríamos los más ingratos de los humanos si nos negáramos a una cosa tan sencilla como ésa —reconoció el mucamo. Así fue que, dos noches más tarde, el joven esperó nuevamente al pookah y le entregó un magnífico abrigo de gruesa lana, forrado en piel de oveja, con el cual le aseguró que no tendría frío, por muy densa que fuera la nevada. Con la ayuda del mucamo, el asno logró, aunque con cierta dificultad, ponerse la prenda, pasando sus cuatro patas por las mangas que le habían agregado especialmente, y el joven terminó con su tarea abrochándole el abrigo por debajo de la barriga. Al terminar, el pookah no pudo evitar el contemplarse largamente en un espejo, para ver cómo le quedaba. —¡Perfecto! —dijo complacido—. Me sienta como un guante, así que ha llegado la hora del adiós. Les quedo eternamente agradecido a ti y a tus compañeros. Por primera vez desde que he pasado a mejor vida, me siento feliz. Una vez que hubo dicho esto, el asno se dirigió hacia la puerta, pero el joven mucamo gritó: —¡Hey, pookah! ¿No te vas demasiado temprano? ¿Qué pasa con la limpieza de la casa? —¡Ah, sí, casi me olvido! Dile a las muchachas que desde mañana ya pueden volver a ocupar sus puestos. Mi penitencia tenía que durar hasta que alguien me recompensara por mi aplicación al trabajo. Así que ya no volveré a molestarlos por la noche. Y entonces se acabó el edén; los sirvientes volvieron al trabajo y, de allí en más, muchas veces se sintieron verdaderamente arrepentidos por haberse apurado tanto en gratificar a aquel indiferente y desagradecido pookah.

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