EL POOKAH DE OFFALY (1ª Parte)

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Imagen nº 7 de "El Reino Sin Nombre", interludio 2

Durante su vida laboral, el señor H. R. solía pasar grandes temporadas fuera de su casa, porque sus ocupaciones lo reclamaban en Dublín, e incluso, algunas veces, en el extranjero, por lo cual su mansión quedaba privada mucho tiempo de su presencia;—no obstante, en tales ocasiones, sus sirvientes permanecían en la gran mansión de Rath, en el condado de Offaly, como si toda la familia estuviera en casa. Pero por las noches, cuando debían irse a acostar, se estremecían de miedo cada vez que oían algún ruido en el enorme caserón, ya que éste tenía fama de estar encantado. Todas las noches resonaban, en medio de las tinieblas, el golpeteo de la puerta del horno, el tintineo de los hierros del hogar o el ruido de cacerolas, tarros y platos, como si alguien estuviera preparando un suculento banquete. En una ocasión, en que habían permanecido más tiempo que de costumbre junto al fuego, contándose unos a otros cuentos de fantasmas, encantamientos y otros conjuros, el más joven de los sirvientes, el pequeño criado, que solía dormir en el establo y que jamás era aceptado junto a la lumbre, con los demás, se deslizó sin que nadie lo viera hasta un lugar junto a la chimenea y, cuando se hubo cansado de escuchar historias, se quedó dormido como un leño. El caso es que, después que todos los sirvientes se fueron a dormir, luego de haber atizado por última vez el fuego para templar en lo posible la fría noche de enero, el joven se despabiló por el ruido que, al abrirse, hizo la puerta de la cocina, que daba al patio trasero; seguidamente, ya bien despierto, pudo escuchar el sonoro traqueteo de los cascos herrados de un asno sobre las piedras del interior, ruido que reconoció perfectamente, por ser el encargado de los establos y de los animales. Espiando desde el escondite en que se había refugiado para no ser visto por los sirvientes, pudo divisar, ni más ni menos, que a un asno, sentado en el suelo sobre sus ancas y bostezando junto al fuego. —Bueno, da lo mismo empezar por el principio que por el final, —pronunció enigmáticamente el animal—; lo importante es empezar. Los dientes del pobre muchacho comenzaron a castañetear sin que pudiera hacer nada por evitarlo, mientras pensaba: “¡Seguro que ahora me va a comer, o quizás algo peor!”; pero aquel engendro de orejas largas y rabo peludo tenía, por lo visto, otras cosas en su mente. Atizó el fuego de la chimenea, dispuso el tripié y colgó de él la marmita más grande que pudo encontrar; luego trajo varios baldes con agua que sacó de la bomba y llenó con ellos la olla. Pero a continuación, al alargar sus patas para calentarlas en la lumbre, divisó al mozo acurrucado en su escondite y éste, lleno de miedo, dejó escapar un gemido; sin embargo, el pookah—pues no otra cosa era aquel representante de la “gente pequeña”— solamente le echó una mirada despectiva, como si su presencia le importara un bledo, y bufó desdeñosamente, demostrándole así el poco valor que le daba a su persona. A continuación, el pookah se echó a todo lo largo junto al fuego y esperó hasta que oyó que el agua comenzaba a hervir; entonces, introdujo dentro de la olla todo cuanto utensilio pudo alcanzar, ya fuesen platos, cucharas, tazas y todo aquello que pudo encontrar en el aparador. Más tarde enjuagó y secó cada uno de ellos, como lo hubiera hecho la cocinera más pulcra de toda Erín. Volvió a colocar cada cosa en su lugar sobre los estantes, y terminó dando al piso de la cocina el mejor lavado que había recibido desde que construyeran la mansión. Al terminar su tarea de limpieza, el asno/pookah se sentó nuevamente frente al muchacho y, con una oreja caída y la otra erguida, abrió su enorme boca, mostrando sus dientes como en una sonrisa de satisfacción. El pobre mozo trataba infructuosamente de dar, aunque fuera, un pequeño grito para alertar a los demás sirvientes, pero su garganta se negaba a emitir el más leve sonido y mucho menos un grito. Al fin, el pookah removió por última vez las brasas y se marchó, golpeando tan fuertemente la puerta exterior que el muchacho pensó que la casa se vendría abajo. ¡Pueden imaginarse la sorpresa de los restantes sirvientes cuando, a la mañana siguiente, el mozo les contó lo que había visto durante la noche!

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