El Niño Poderoso

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El Niño Poderoso

Un hombre y su mujer vivían junto a su hijo de cinco años en una choza desgarbada en los bosques. Pero un día, la mujer murió dando a luz a otro niño, alegre y saludable, pero que no era más grande que la palma de una mano. Creyendo que el recién nacido no viviría, el padre lo envolvió cuidadosamente y lo colocó en un árbol hueco cerca de la choza. Luego, quemó el cuerpo de su mujer.
Como solía hacerlo día tras día, el hombre salió de caza. El niño de cinco años jugaba solo cerca de la choza. Se sentía solo. De pronto, oyó el llanto del bebé, que también se sentía solo y hambriento. Cuando el niño encontró a su pequeño hermano, le preparó una sopa de intestino de ciervo, la cual bebió con gran placer.
Con sus fuerzas renovadas, el recién nacido saltó fuera del árbol y los dos jugaron juntos. El hermano mayor le confeccionó un abrigo de piel de cervatillo y al ponérselo, parecía una ardilla correteando alrededor.
Cuando el hombre retornó a su hogar, notó que los intestinos de ciervo no estaban y le preguntó a su hijo qué había hecho con ellos.
-Ah –dijo el niño –tenía hambre.
Notando unas pequeñas huellas alrededor del fogón, el padre le preguntó:
-Estas son huellas de un niño. ¿Quién es?
Entonces el niño confesó que había encontrado a su hermano menor en el árbol hueco, le había hecho una sopa y confeccionado un abrigo de piel de cervatillo.
-Ve a traerlo –le indicó su padre.
-Es muy tímido –le contestó el niño. –No saldría de allí por nada del mundo.
-Bueno, lo atraparemos. Dile que te ayude a cazar ratones en el viejo tocón detrás del árbol hueco y yo lo atraparé.
El hombre juntó una gran cantidad de ratones y los escondió entre sus ropas. Luego, caminó hasta el árbol y se agachó simulando ser el viejo tocón. El niño fue hasta el árbol y llamó a su hermano.
-Ven, vamos a cazar algunos ratones.
El bebé trepó fuera del árbol y los dos corrieron hacia el tocón tras los ratones. Lleno de excitación, el pequeñito reía a gritos. Nunca se había divertido tanto. De pronto, el tocón se convirtió en un hombre que lo atrapó entre sus brazos y corrió hasta la choza. El bebé gritaba y pateaba, pero de nada le servía. No podía zafarse. Y el hombre no pudo tranquilizarlo hasta que puso una rama entre sus manos y le dijo:
-Golpea ese árbol.
El bebé azotó la rama contra un gran nogal y este cayó al suelo. Luego, lo dejó corretear con la rama, y todo lo que tocaba con ella lo rompía. Estaba fascinado y dejó de llorar.
El niño permanecía con su hermano mayor mientras su padre salía a cazar. Antes de partir, les había indicado:
-Mientras yo no esté, no deben ir hacia el norte. Gente mala y peligrosa vive allí.
Pero cuando el hombre partió, el pequeño le dijo a su hermano:
-Vayamos al norte. Quiero ver que hay allí.
Los niños caminaron hasta llegar a un terreno de bosques y pantanos. Oyeron algo que creyeron que eran personas diciendo:
-¡Mi padre! ¡Mi padre!
Pero en realidad se trataban de ranas cantando su canción:
-¡Noqwah! ¡Noqwah!
-¡Oh, no! Estas personas quieren herir a mi padre –gritó el pequeño.
Juntó una pila de rocas ardiendo al rojo vivo y se las lanzó a las ranas, que murieron al instante.
Cuando volvieron a su hogar, su padre estaba furioso.
-No debieron haberse ido. Ni tampoco deben ir hacia el oeste. Allí también es peligroso.
Pero al día siguiente, cuando su padre se había ido, el pequeño dijo:
-Quiero ver que hay en el oeste. ¡Vayamos!
Partieron en dirección oeste hasta que se toparon con un alto pino en cuya punta había una cama hecha de pieles.
-¡Qué lugar extraño para una cama! –dijo el pequeño a su hermano. –Voy a trepar para ver qué hay.
Al subir se encontró con que en la cama había dos niños desnudos y asustados, un niño y una niña. Pellizcó al niño desnudo, que comenzó a gritar:
-¡Padre, padre! Un extraño niño se apareció y me dio un susto de muerte.
Repentinamente, la voz del Trueno se oyó en el lejano oeste. Retumbó hacia ellos a una gran velocidad hasta que llegó a la punta del árbol donde estaba la cama. Con una rama en su mano, el pequeño niño, el Poderoso, golpeó al Trueno en la cabeza y este cayó muerto al suelo.
Luego, el pequeño pellizcó a la niña desnuda, que comenzó a gritar:
-¡Madre, madre! Un extraño niño me está molestando.
E instantáneamente, la voz de la madre Trueno estalló en el oeste, oyéndose cada vez con más fuerza hasta que llegó al árbol. El Niño Poderoso la golpeó en la cabeza como había hecho con su esposo y cayó muerta al suelo.
El Poderoso pensó: “Estos niños Trueno serán un lindo bolso de tabaco para mi padre. Se los llevaré a casa”.
Golpeó a los niños con su rama y cayeron al suelo.
Los dos hermanos volvieron a su hogar y al ver a su padre, el pequeño le dijo:
-Oh, padre, mira este bello bolso que te he traído.
-¿Pero qué has hecho? –exclamó el padre al ver los niños Trueno muertos. –Estos Truenos jamás nos lastimaron. Ellos traen la lluvia y eso nos hace bien. Pero ahora vendrán a destruirnos para vengar a sus hijos.
-Oh, no, no nos harán daño. He matado a toda la familia –le contestó el Niño Poderoso.
Entonces el padre tomó las pieles para confeccionarse un bolso de tabaco, pero les advirtió:
-Jamás deben ir hacia el norte, a la tierra donde vive Pelo de Piedra.
El hermano mayor no quería desobedecer más a su padre, así que al día siguiente, el Niño Poderoso se dirigió rumbo al norte solo. Cerca del mediodía, oyó los fuertes ladridos del perro de Pelo de Piedra, que en altura sobrepasaba a la de un ciervo. Pensando que su dueño estaría cerca, el pequeño saltó al corazón de un castaño a esconderse.
El perro seguía ladrando y Pelo de Piedra se acercó a ver qué sucedía.
-No hay nada allí –le dijo a su perro, pero este seguía ladrando de cara al árbol.
Pelo de Piedra golpeó al árbol con su rama y se partió a la mitad.
-¡Qué niño tan extraño eres! –dijo Pelo de Piedra mirando al pequeño niño mientras salía del árbol. –No tienes el tamaño ni siquiera para llenarme una muela.
-No he venido a llenarte ninguna muela. He venido hasta tu casa para ver cómo vives –le contestó el niño.
-Muy bien, vamos –dijo Pelo de Piedra y comenzó a dar enormes pasos.
En su cinturón llevaba dos enormes osos colgando, pero en proporción a él parecían dos pequeñas ardillas. Cada tanto miraba hacia abajo donde el niño corría a su lado para exclamar:
-¡Qué criatura tan rara eres!
Su casa era enorme. El niño nunca había visto nada semejante. Pelo de Piedra les quitó las pieles a los osos y colocó uno frente a su invitado y el otro para sí mismo.
-Cómete este oso –le ordenó –o me lo comeré yo y a ti también si no lo haces.
-Si no terminas el tuyo antes que termine el mío, ¿entonces podré matarte?
-Seguro –le contestó Pelo de Piedra.
El pequeño cortó los trozos de carne, las limpió tan rápido como pudo y se las llevó a la boca. Luego, salió corriendo de la casa a esconder la carne que guardaba en su boca. Entró y salió corriendo hasta que la carne de su oso había desaparecido.
-No has terminado de comer el tuyo –le dijo el niño. –Ahora voy a matarte.
-Espera –le dijo Pelo de Piedra –y te mostraré cómo deslizarte por la montaña.
Pelo de Piedra lo llevó a un barranco empinado y resbaladizo que terminaba en una caverna. Colocando el niño en un tazón de madera, Pelo de Piedra lo empujó cuesta abajo a gran velocidad. Pero con suma rapidez, el Niño Poderoso corrió cuesta arriba.
-¿Dónde has dejado el tazón de madera? –preguntó sorprendido Pelo de Piedra.
-Oh, no sé, supongo que quedó allí abajo –le contentó.
-Muy bien. Ahora veamos quién patea más alto este tronco –propuso Pelo de Piedra.
-Intenta tú primero –dijo el pequeño.
El tronco tenía medio metro de espesor y un metro de largo. Colocando el pie por debajo del tronco, Pelo de Piedra lo envió a una altura que doblaba la suya. Luego el niño colocó el pie debajo del tronco y lo envió hacia el cielo produciendo un silbido. Estuvo un buen rato suspendido en el aire, hasta que cayó sobre la cabeza de Pelo de Piedra y lo mató.
-Ven aquí –le dijo el niño al perro de Pelo de Piedra.
El perro se acercó y montó a su espalda y lo condujo a su hogar.
-Ahora mi padre tendrá un buen perro de caza.
Cuando su padre vio al perro, exclamó:
-¿Qué has hecho? Pelo de Piedra nos matará a todos.
-Mate a Pelo de Piedra. No nos molestará nunca más –contestó el niño.
-Bueno, niños. Jamás deben ir al sudeste, a la tierra de las apuestas.
Pero al día siguiente, cerca del mediodía, el pequeño partió caminando hacia el sudeste. Llegó a un bello claro en los bosques donde a lo lejos podía verse una choza. Debajo del techo de la choza, había un hombre con una enorme cabeza, mucho más grande que la de un búfalo, jugando a los dados, apostando las cabezas de todo aquel que se acercara a aquel lugar. Para los dados, utilizaba carozos de ciruela con dibujos.
Una muchedumbre se disponía a apostar en grupos de a tres. Cuando perdían, como les sucedía a todos, el hombre de la gran cabeza colocaba estas tres personas a un costado. Luego jugaba con otros tres y cuando perdían, los colocaba con los otros tres, y así sucesivamente hasta que decidía que era un gran número de personas. Entonces se ponía de pie y les cortaba las cabezas.
A medida que el niño se acercaba, un grupo de personas que había perdido sus apuestas, esperaban su momento de morir. Pero comenzaron a sentirse esperanzados cuando sintieron que este niño poseía una gran orenda, un gran poder o una medicina poderosa.
El niño se sentó y el juego comenzó inmediatamente. Cuando el hombre de la gran cabeza arrojó los dados, el niño hizo que unos quedaran en el tablero y otros se elevaran, de manera que los dados cayeron con diferentes dibujos. Pero cuando los arrojó el niño, los dados se convirtieron en pájaros que se elevaron en vuelo, y al caer sobre el tablero como dados, tenían el mismo dibujo. Siguieron jugando hasta que le niño recobró todas las personas que habían perdido, y el apostador perdió su propia gran cabeza, ya que el niño se la cortó instantáneamente.
Toda la multitud gritaba:
-¡Tú debes ser nuestro jefe!
Pero él les contestó:
-¿Cómo una cosa tan pequeña como yo puede ser un jefe? Quizá mi padre quiera serlo. Le preguntaré.
Así que el niño volvió a su hogar y contó lo sucedido. Pero su padre no quería mudarse a la tierra de las apuestas.
-Ahora, -le dijo su padre –nunca debes ir hacia el este, donde juegan a la pelota.
Pero al día siguiente, el niño emprendió viaje hacia el este, hasta que llegó a un terreno inmenso con hermosas planicies. Allí los clanes Lobo y Oso jugaban contra los clanes Águila, Tortuga y Castor. El niño tomó partido por los clanes Lobo y Oso.
-Si ganas –le dijeron –serás dueño de todas estas tierras.
Y jugaron, y el niño salió vencedor.
El niño volvió a su casa y le contó a su padre.
-He ganado todas las hermosas tierras del este. Ve allí y serás jefe.
Su padre asintió y se trasladó junto a sus dos hijos al este, donde vivieron.
Así es la historia.

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