El niño perdido

El niño perdido

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El niño perdido

Había una vez un rey muy rico que no era feliz. Estaba casado, pero no tenía un heredero para su reino.
Pasaban los años y no llegaba el heredero. El monarca, rogó a Dios que le enviase un hijo durante muchos años. Hasta que finalmente tuvieron un robusto niño.
La noche anterior al ansiado nacimiento, el padre tuvo un sueño muy extraño. Un anciano le anunciaba que nacería un varón, pero que no debía permitir que sus pies tocaran el suelo antes de los doce años, pues de lo contrario, sucederían terribles desgracias.
El niño tuvo muchas nodrizas, las que fueron instruidas en los cuidados especiales que el infante requería.
Cuando habían transcurrido once años y once meses de su nacimiento. Los padres se aprestaban para celebrar una gran fiesta de cumpleaños. Pero la mañana antes del cumpleaños, hubo un repentino temblor de tierra en el reino, y la nodriza, que llevaba al niño en sus brazos, lo dejó caer del susto.
Cuando intentó recogerlo, no lo pudo encontrar, había desaparecido misteriosamente.
Atraídos por los lamentos, acudieron todos los criados del castillo y luego llegó el rey, que preguntó inmediatamente por su hijo, ante la inquietud que reinaba. La nodriza contó lo ocurrido, muerta de miedo por la situación.
El rey ofreció en vano, sendas recompensas para quien lograra recobrar a su hijo. Pero todo fue en vano. El hijo no aparecía.
El tiempo transcurría, pero el hijo no aparecía.
Llegó un día a oídos del rey, la historia de que en una de las habitaciones más amplia del castillo, podían escucharse pasos y lamentos al llegar la medianoche.
El padre tuvo la intuición de que el hecho pudiera relacionarse con su hijo desaparecido. Ofreció entonces trescientas coronas de oro a aquel que lograse pasar la noche entera dentro de la habitación.
Muchos fueron los que se ofrecieron a cumplir el pedido, pero todos salían espantados apenas escuchaban los gemidos. Hasta que finalmente, una joven molinera, hija de una viuda muy pobre y la mayor de tres hermanas, se presentó en el castillo para pasar la noche en la habitación en cuestión.
La joven solicitó que se la proveyera de abundante comida para pasar la noche. La joven se encerró en la habitación y encendió una hoguera en la estufa, cocinó la cena, puso la mesa y preparó la cama. Cuando dio la medianoche, escuchó pasos que se acercaban. Aterrorizada levantó la cabeza y vio a un adolescente que la miraba fijamente y le formuló tres preguntas:
– ¿Para quién es esa cena? ¿Para quién has puesto la mesa? ¿Para quién has mullido la cama?
A las que, la molinera dio la misma respuesta seca y tajante:
– Para mí sola.
El desconocido se echó a llorar desconsoladamente, se retorció las manos y desapareció.
A la mañana siguiente, la molinera relató al rey lo sucedido durante la noche, cuidándose de no transmitirle el efecto que sus respuestas produjeron sobre el fantasma.
Al atardecer, se presentó la segunda de las hijas de la molinera, que había sido instruida por su hermana sobre lo que ocurriría.
El rey la recibió con alegría y ordenó que se le facilitara todo lo necesario.
La muchacha acomodó todo y preparó la cena. A la medianoche, volvió a presentarse el jovencito. La hija de la molinera no sintió temor y repitió lo que su hermana le instruyera, obteniendo igual respuesta del joven.
Cuando contó al rey sobre lo ocurrido, el soberano le entregó las trescientas coronas y quedó cavilando sobre lo que había conocido.
Esa misma tarde, se presentó en el castillo la hermana más joven de las tres, que había obtenido su permiso a regañadientes, pues la molinera la quería por encima de las otras.
Fue recibida con igual deferencia que sus hermanas y provista de toda clase de manjares y un servicio completo de mesa para dos personas.
La muchacha entró en la habitación y preparó todo como se suponía. Cuando dieron las doce campanadas, se escucharon los pasos, suspiros y quejas.
La asustada molinerita observó hasta que pudo ver al pálido muchacho que la miraba con tristeza. Ella le sonrió y lo invitó a sentarse. Pero él preguntó antes de aceptar:
– ¿Para quién es la cena que preparas?
– Para nosotros dos.- respondió la muchacha.
– ¿Para quién has puesto la mesa?
– Para nosotros dos. ¿No ves los cubiertos?
– ¿Para quién es la cama?- preguntó emocionado el mancebo.
– Para ti solo. Yo dormiré en una silla.
Entonces el joven se arrojó a sus pies y besó sus manos agradecido. Luego le dijo que debía primero agradecer a sus bienhechores y apareció una puerta en el piso de la habitación, por donde el muchacho se marchó.
La molinera sintió tanta curiosidad que se tomó de la capa del joven y bajó tras él, sin ser notada.
Al llegar al fondo se encontró en una selva de oro, donde el joven saludaba con amor a las flores y los pájaros revoloteaban en torno a él. La molinerita tomó una de las ramas de un árbol y la guardó como recuerdo.
Pasaron entonces a una selva de plata y la molinerita tomó otra rama de recuerdo. Cuando el joven se dispuso a regresar, la muchacha subió sin que él se diera cuenta. Y cuando volvió a la habitación, la joven estaba ya sentada en la mesa.
Cenaron y cuando acabaron, el muchacho propuso que ella descansara en la cama, mientras él se sentaba junto a la chimenea, mirándola de cuando en cuando con tierno amor.
Cuando el sol estaba ya alto, el rey no pudo aguantar su impaciencia y entró en la habitación, sorprendiéndose agradablemente al ver a su hijo.
La molinera se levantó apresuradamente y las ramitas cayeron, delatando su viaje furtivo.
El príncipe no reprendió a la muchacha, y le prometió que esas dos ramas se convertirían en dos palacios, uno para ellos y el otro para la familia de la joven.
Los jóvenes se casaron dos días más tarde, con una gran fiesta, a la que todos los habitantes estuvieron invitados.

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