El niño estrella (2ªParte)

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El niño estrella

Pero cuando le vieron acercarse se burlaron de él y le dijeron:
– ¡Oh, eres tan repugnante como el sapo y tan odioso como la culebra! Vete de aquí, porque no te permitiremos jugar con nosotros.
Y le echaron del jardín.
Y el niño estrella se dijo, ceñudo:
– ¿Qué es lo que están diciendo? Iré junto al pozo, me miraré en él y reflejará mi belleza.
Y se dirigió al pozo y se miró, pero he aquí que su rostro era el de un sapo y su cuerpo tenía escamas como una culebra. Y echándose en la hierba, rompió a llorar, diciéndose:
– Seguramente me ocurre esto por causa de mi pecado. Porque he negado a mi madre, la he alejado y he sido orgulloso y cruel para con ella. Por lo tanto, recorreré todo el mundo en su busca y no descansaré hasta haberla encontrado.
Y he aquí que se le acercó la menor de las hijas del leñador y apoyó la mano en su hombro y le dijo:
– ¿Qué importa que hayas perdido tu belleza? Quédate con nosotros, que no he de burlarme de ti.
Pero él le contestó:
– No; he sido cruel con mi madre, y este mal me ha sido enviado como castigo. Por lo tanto, debo irme y andar por el mundo hasta encontrarla y conseguir su perdón.
Y salió corriendo hacia el bosque y llamó a su madre que volviera, y no obtuvo respuesta. Siguió llamándola durante todo el día, y cuando el sol se puso se echó a dormir sobre un lecho de hojas, y los pájaros y los animales huyeron de él porque recordaban su crueldad, y se quedó solo. Los únicos que quedaron fueron el sapo, que le contemplaba, y la culebra, que se alejó arrastrándose despacio.
Y a la mañana siguiente se levantó y cogió unas bayas amargas y las comió, y emprendió el camino a través del bosque llorando amargamente. Y a todo lo que encontraba preguntaba si, por casualidad, había visto a su madre.
Dijo al topo:
– Tú puedes andar por debajo de la tierra. Dime: ¿está ahí mi madre?
Y el topo contestó:
– Has cegado mis ojos. ¿Cómo puedo saberlo?
Y dijo al jilguero:
– Tú puedes volar por encima de las altas copas de los árboles y puedes ver el mundo entero; dime: ¿puedes ver a mi madre?
Y el jilguero contestó:
– Tú cortaste mis alas para divertirte; ¿cómo voy a volar?
Y a la pequeña ardilla que vivía en el abeto y estaba sola preguntó:
– ¿Dónde está mi madre?
Y la ardilla contestó:
– Tú mataste a la mía. ¿Acaso quieres también matar a la tuya?
Y el niño estrella inclinó la cabeza y lloró y pidió al Dios de todas las cosas que le perdonara y siguió a través del bosque y bajó a la llanura.
Y cuando cruzaban las aldeas, los niños se burlaban de él y le apedreaban, y los campesinos no le dejaban siquiera dormir en los graneros, para que no contaminara el trigo recogido, tan repugnante era su aspecto, y los jornaleros lo echaban y no había nadie que se compadeciera de él. En ninguna parte pudo averiguar nada de la mendiga que era su madre, aunque recorrió todo el mundo por espacio de tres años y que con frecuencia le parecía verla en el camino, delante de él, y entonces la llamaba y corría tras ella hasta que las piedras afiladas le ensangrentaban los pies. Pero jamás pudo alcanzarla, y aquellos que vivían junto al camino negaron siempre haberla visto, o a alguien que se le pareciera, y se divertían burlándose de él.
Por espacio de tres años recorrió el mundo, y en el mundo no encontró amor, ni bondad, ni caridad para él, porque aquel mundo era el que él mismo se había creado en los días de su inmenso orgullo.
Y una noche llegó a las puertas de una ciudad fortificada situada junto a un río y, pese a su cansancio y a las heridas de sus pies, quiso entrar entrar en ella. Pero los soldados que montaban la guardia cruzaron sus alabardas ante la puerta y le preguntaron brutalmente:
– ¿Qué tienes que hacer en la ciudad?
– Vengo en busca de mi madre – contestó -, y os ruego que me permitáis pasar, porque tal vez se encuentra en esta ciudad.
Pero se burlaron de él, y uno de ellos meneó su gran barba negra y apoyó su escudo en el suelo, exclamando:
– En verdad, tu madre no estará contenta al verte, porque eres más feo que el sapo del pantano o la culebra que se arrastra por los helechos. ¡Márchate! ¡Márchate! Tu madre no vive en esta ciudad.
Y otro que llevaba un estandarte amarillo en la mano le preguntó:
– ¿Quién es tu madre y por qué andas buscándola?
Y él contestó:
– Mi madre es una mendiga, lo mismo que yo, y la traté mal, y os ruego que me permitáis pasar para que me conceda su perdón, si es que ha venido a esta ciudad.
Pero no le dejaron y le pincharon con sus lanzas.
Y cuando ya se alejaba llorando, uno cuyo armadura estaba incrustada de flores doradas y en cuyo yelmo campeaba un león rampante y alado, se acercó y preguntó a los soldados quién pedía poder entrar. Y le contestaron:
– Es un mendigo, el hijo de una mendiga, y le hemos echado.
– No – contestó riendo -; venderemos este espantajo como esclavo, y su precio será una copa de vino dulce.
Un viejo mal encarado que pasaba por allí se acercó y dijo:
– Lo compraré por ese precio.
Cuando hubo pagado el precio convenido, cogió al niño estrella de la mano y lo condujo a la ciudad.
Y después de recorrer varias calles llegaron a una puertecilla abierta en un muro al que se adosaba un granado. Y el viejo tocó la puerta con un anillo de jade labrado, y ésta se abrió, y bajaron por cinco peldaños de cobre a un jardín lleno de amapolas negras y jarrones verdes de arcilla quemada. Y el viejo sacó entonces de su turbante un velo de seda estampada y cubrió con él los ojos del niño estrella y le empujó delante de él. Cuando le quitó la venda de los ojos, el niño estrella se encontró en un calabozo iluminado por un candil de cuerno.
Y el viejo colocó ante él un pedazo de pan enmohecido y le dijo:
– ¡Come!
Le dio luego agua podrida en una taza y dijo:
– ¡Bebe!
Y cuando hubo comido y bebido, el viejo salió, cerrando la puerta detrás de él y asegurándola con una cadena de hierro.
A la mañana siguiente, el anciano, que era en verdad el más hábil de los magos de Libia y había aprendido su arte de uno que vivía en las tumbas del Nilo, fue hacia él y le dijo, ceñudo:
– En un bosque cercano a las puertas de esta ciudad de Giaours hay tres monedas de oro. Una es de oro blanco, otra de oro amarillo y la tercera de oro rojo. Hoy me traerás la moneda de oro blanco, y si no me la traes te daré cien latigazos. Ve de prisa, y cuando se ponga el sol te esperaré a la puerta del jardín. Procura traerme el oro blanco o lo pasarás mal, porque eres mi esclavo y te he comprado por lo que cuesta una copa de vino dulce.
Y le vendó los ojos con la seda estampada y le guió a través de la casa y por el jardín de amapolas y por los cinco peldaños de cobre. Y después de abrir la puertecita con su anillo, lo dejó en la calle.
Y el niño estrella salió por la puerta de la ciudad y llegó al bosque mencionado por el mago.
Ahora bien, este bosque era precioso visto desde fuera, y parecía lleno de pájaros cantarines y de flores fragantes; así que el niño estrella entró en él alegremente. Mas su belleza poco le aprovechó, porque, por dondequiera que pasara, grandes zarzales y espinos brotaban del suelo y le cercaban, y dañinas ortigas le pinchaban, y el cardo le atravesaba con sus aceradas puntas, de modo que llegó a desesperarse. Tampoco pudo encontrar por ninguna parte la moneda de oro blanco que el mago le había pedido, a pesar de buscarla de la mañana a mediodía y de mediodía a la puesta del sol. Y al ponerse el sol volvió a la ciudad llorando amargamente porque sabía la suerte que le esperaba.
Pero cuando había llegado ya a la linde del bosque, oyó que de unas matas salía un grito de dolor. Y, olvidando su propio desconsuelo, volvió sobre sus pasos y vio una liebre pequeñita cogida en una trampa que había puesto algún cazador.
Y el niño estrella se compadeció de ella y la liberó y le dijo:
– Yo mismo no soy sino un esclavo; sin embargo, puedo devolverte la libertad.
La liebre le contestó diciendo:
– En verdad me has devuelto la libertad. ¿Qué puedo darte a cambio?
– Estoy buscando una moneda de oro blanco – le dijo el niño estrella -, y no la encuentro por ninguna parte, y, si no se la llevo, mi amo me azotará.
– Ven conmigo y te acompañaré hasta ella, porque sé dónde está escondida y por qué motivo.
Y el niño estrella se fue con la liebre, y he aquí que en la hendidura del gran roble vio la moneda de oro blanco que anduvo buscando. Lleno de alegría, la cogió y dijo a la liebre:
– Me has pagado con creces el servicio que te presté, y el cariño que te demostré me lo devuelves centuplicado.
– No – repuso la liebre -, sino que te he tratado tal como tú me trataste a mí – y dicho esto se alejó velozmente y el niño estrella se dirigió a la ciudad.
Ante la puerta de la muralla se hallaba sentado un leproso. Su rostro aparecía cubierto por un capuchón de tela gris, y a través de las aberturas para los ojos se percibía una mirada ardiente. Cuando se dio cuenta de que el niño estrella se acercaba empezó a golpear un cuenco de madera, agitó su campanilla y llamándole le dijo:
– Dame una moneda o moriré de hambre, porque me han echado de la ciudad y nadie se apiada de mí.
– ¡Ay! – exclamó el niño estrella -. No tengo más que una moneda en mi escarcela, y, si no se la llevo a mi amo, me azotará, porque soy su esclavo.
Pero el leproso insistió y suplicó tanto que al final el niño estrella se apiadó de él y le dio la moneda de oro blanco.
Y cuando llegó a casa del mago, éste le abrió, le hizo pasar y le dijo:
– ¿Tienes la moneda de oro blanco?
Y el niño contestó:
– No la tengo.
Y el mago se le echó encima, y le azotó, y puso ante él una escudilla vacía y le dijo: «Come», y una taza vacía y dijo: «Bebe», y le encerró de nuevo en el calabozo.
Y al día siguiente, el mago entró y le dijo:
– Si hoy no me traes la moneda de oro amarillo, te quedarás para siempre como esclavo y te daré trescientos latigazos.
El niño estrella fue, pues, al bosque y durante todo el día anduvo buscando la moneda de oro amarillo, pero no pudo encontrarla por ninguna parte. Y al ponerse el sol se sentó y rompió a llorar, y, mientras lloraba, la pequeña liebre que había librado de la trampa se acercó y le preguntó:
– ¿Por qué lloras? ¿Y qué buscas por el bosque?
Y el niño contestó:
– Busco una pieza de oro amarillo que está escondida aquí, y, si no la encuentro, mi amo me azotará y se me quedará como esclavo.
– Sígueme – exclamó la liebre, que se fue corriendo bosque a traviesa hasta llegar a un pequeño estanque.
Y en el fondo del estanque estaba la moneda de oro amarillo.
– ¿Cómo puedo darte las gracias? – dijo el niño estrella -. Porque he aquí que es la segunda vez que me has socorrido.
– Primero te compadeciste tú de mí – contestó la liebre, y huyó veloz.
Y el niño estrella tomó la moneda de oro amarillo y la guardó en su escarcela y se apresuró a ir a la ciudad. Pero el leproso le vio venir y corrió a su encuentro y, arrodillándose, le gritó:
– Dame una moneda o moriré de hambre.
– Tengo sólo una moneda de oro amarillo en mi escarcela, y, si no la llevo a mi amo, me azotará y me guardará como esclavo.
Pero el leproso le suplicó tanto, que el niño estrella se compadeció de él y le dio la moneda de oro amarillo.
Y cuando llegó a casa del mago, éste le abrió, le hizo pasar y le dijo:
– ¿Tienes la moneda de oro amarillo?
– No la tengo – contestó el niño estrella.
Entonces el mago se abalanzó sobre él, y le azotó, y le cargó de cadenas, y le volvió a encerrar en el calabozo.
Por la mañana, el mago fue y le dijo:
– Si hoy me traes la moneda de oro rojo, te daré la libertad, pero si no me la traes, ten la seguridad de que te mataré.
El niño estrella fue al bosque y buscó durante todo el día la moneda de oro rojo, pero no pudo encontrarla por ninguna parte. Y al caer la tarde se sentó y rompió a llorar, y estaba llorando cuando se le acercó la pequeña liebre. Y ésta le dijo:
– La moneda de oro rojo que estás buscando está en la caverna que hay detrás de ti. Por lo tanto, no llores más y alégrate en cambio.
– Pero ¿cómo te recompensaré? – exclamó el niño estrella-. Porque ésta es la tercera vez que me has socorrido.
– Tú te compadeciste de mí primero – contestó la liebre, y huyó rápidamente.
Y el niño estrella entró en la caverna y en el último rincón encontró la moneda de oro rojo. Y la metió en su escarcela y corrió a la ciudad. Y el leproso, al verle llegar, se plantó en el centro del camino y le gritó:
– Dame la moneda de oro rojo o moriré.
Y el niño estrella volvió a sentir compasión y le entregó la moneda de oro rojo, diciéndole:
– Tu necesidad es mayor que la mía – pero su corazón estaba acongojado porque sabía lo que le esperaba.
Y he aquí que, al cruzar la puerta de la ciudad, los guardias se inclinaron ante él y le rindieron homenaje, diciendo:
– ¡Qué hermoso es nuestro señor!
Y una multitud de ciudadanos le seguía, gritando:
– ¡En verdad que no hay nadie tan hermoso en todo el mundo!
Y el niño estrella se echó a llorar diciéndose: «Se están burlando de mi desgracia.» Y tanta era la aglomeración de gente, que se perdió, y se encontró por fin en una gran plaza en la que estaba el palacio del rey.
Y la puerta del palacio se abrió y los sacerdotes y los altos signatarios corrieron a su encuentro y se inclinaron ante él diciéndole:
– Tú eres nuestro señor, hijo de nuestro rey, y te estábamos esperando.
Y el niño estrella les contestó:
– No soy ningún hijo de rey, sino el hijo de una pobre mendiga. ¿Y cómo podéis decir que soy hermoso, ya que sé cuán feo soy?
Entonces, aquel cuya armadura llevaba flores doradas incrustadas y en cuyo yelmo campeaba el león rampante y alado, levantó su escudo y exclamó:
– ¿Cómo puede decir mi señor que no es hermoso?
Y el niño estrella se miró, y su rostro reflejado era igual a como había sido antes; su belleza le había sido devuelta y vio en sus ojos lo que nunca había visto hasta entonces.
Y los sacerdotes y los signatarios se prosternaron y le dijeron:
– Hace tiempo, una profecía dijo que en tal día como hoy llegaría aquel que tenía que gobernarnos. Por tanto, tomad, señor, esta corona y este cetro y sed nuestro rey justo y misericordioso.
Pero él objetó:
– Yo no soy digno, porque he renegado de la madre que me dio el ser, y no descansaré hasta haberla encontrado y conseguido su perdón. Por lo tanto, dejadme ir, porque debo seguir recorriendo el mundo y no me puedo entretener aquí por más que me ofrezcáis una corona y un cetro.
Mientras hablaba se volvió de cara a la calle que llevaba a las puertas de la ciudad, y he aquí que entre la multitud que se apretujaba detrás de los soldados vio a la mendiga que era su madre, y a su lado se hallaba el leproso que solía sentarse a un lado del camino.
Un grito de alegría escapó de sus labios, y corrió hacia ella y cayendo de rodillas besó las heridas de sus pies y los mojó con sus lágrimas. Inclinó la cabeza sobre el polvo y, sollozando como si se le fuera a partir el corazón, le dijo:
– Madre, te negué en la hora de mi orgullo. Acéptame en la hora de mi humildad. Madre, te pagué con odio; dame tu amor. Madre, te rechacé; acoge ahora a tu hijo.
Pero la mendiga no le contestó una palabra. Él tendió entonces sus manos y se abrazó a los blancos pies del leproso y le suplicó:
– Por tres veces te di compasión; ruega a mi madre que me hable una sola vez.
Pero el leproso no le contestó una sola palabra. Y él rompió a llorar de nuevo, diciendo:
– Madre, mi sufrimiento es superior a mis fuerzas. Perdóname y deja que vuelva al bosque.
Y la mendiga, poniéndole la mano en la cabeza, le dijo:
– ¡Levántate!
Y el leproso puso su mano sobre la cabeza del niño estrella diciéndole también:
– ¡Levántate!
Y al ponerse en pie los miró, y he aquí que eran un rey y una reina.
Y la reina le dijo:
– He aquí a tu padre, al que socorriste.
Y el rey le dijo:
– Ésta es tu madre, cuyos pies has lavado con tus lágrimas.
Y se le echaron al cuello, y le besaron, y le llevaron al palacio, y le vistieron con ropas magníficas; colocaron la corona sobre su cabeza y el cetro en su mano, y fue el señor que gobernó la ciudad que se alzaba junto al río. Para con todos se mostró justo y misericordioso; desterró al perverso mago y mandó ricos presentes al leñador y a su esposa, y a los hijos los colmó de honores. No permitió que nadie fuera cruel con los pájaros y demás animales, sino que predicó el amor, la ternura y la caridad, y dio pan a los pobres, y visitó a los desnudos, y en su tierra reinó la paz y la abundancia.
No obstante, no gobernó mucho tiempo, porque tan grandes habían sido sus sufrimientos y tan amargas las pruebas por que pasó, que murió transcurridos tres años. Y el que le sucedió gobernó mal.

Autor: Oscar Wilde

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