El niño estrella (1ªParte)

Publicada en Publicada en CUENTOS, Europa

El niño estrella

Éranse una vez dos pobres leñadores que cruzaban un enorme bosque de pinos, de regreso a su casa.
Era invierno y hacía una noche glacial. La nieve había cubierto la tierra con una capa espesa y envuelto también las ramas de los árboles; la helada iba rompiendo las ramitas, a ambos lados del camino, a medida que pasaban, y cuando llegaron al Torrente de la Montaña le vieron petrificado en el aire porque el rey del hielo le había besado.
Tanto frío hacía, que hasta los animales y los pájaros no sabían qué pensar ni qué hacer.
– ¡Uf! – rezongó el Lobo cojeando a través de la maleza con la cola entre las patas -, este tiempo es perfectamente monstruoso. ¿Por qué no lo remedia el Gobierno?
– Vit, vit, vit – piaron los verdes jilgueros -; la anciana Tierra ha muerto y la han envuelto en su blanca mortaja.
– La Tierra va a casarse y éste es su traje de novia – murmuraban las tórtolas entre sí. Sus rosadas patitas estaban heridas por la helada, pero creían que su deber consistía en juzgar la situación desde un punto de vista romántico.
– ¡Tonterías! – protestó el Lobo -. Os aseguro que todo esto es culpa del Gobierno, y si no me creéis os comeré.
El Lobo tenía un gran sentido práctico y nunca le faltaban argumentos convincentes.
– Bueno, por mi parte – dijo el Picamaderos, que era un filósofo nato -, me importa un pepino la teoría de las explicaciones. Si una cosa es así, es así, y de momento hace un frío horrible.
Y la verdad es que hacía un frío terrible. Las pequeñas ardillas que vivían en el interior del gran abeto no paraban de frotarse sus hociquitos para calentarse, y los conejos se acurrucaban en sus madrigueras y ni se atrevían siquiera a mirar al exterior. Las únicas que parecían disfrutar de todo aquello eran las grandes lechuzas. Tenían las plumas rígidas por la escarcha, pero no les importaba y, sin dejar de mover sus amarillos ojazos, se llamaban unas a otras a través del bosque:
– ¡Tu-vuit! ¡Tu-vun! ¡Qué tiempo tan delicioso tenemos!
Los dos leñadores iban bosque adelante, soplando sobre sus dedos y golpeando, con sus claveteadas botas, sobre la endurecida nieve. Una vez se cayeron por un hueco profundo y salieron tan blancos como salen los molineros cuando las muelas trabajan, y una vez resbalaron sobre la superficie del hielo, donde se había helado el agua de los marjales, y sus leños se cayeron de los fardos y tuvieron que recogerlos y volverlos a atar de nuevo. Otra vez creyeron que habían perdido el camino, y un gran terror se apoderó de ellos, porque sabían que la Nieve es cruel para con aquellos que se quedan dormidos en sus brazos. Pero pusieron toda su confianza en el buen San Martín, que vela por todos los viajeros, y retrocedieron sobre sus pasos y siguieron fatigosamente adelante y por fin llegaron al término del bosque y vieron a lo lejos, en el valle, las luces de la aldea donde vivían.
Sintieron tanta alegría por verse a salvo, que se echaron a reír a carcajadas, y la Tierra les pareció como una flor de plata y la Luna una flor de oro.
Sin embargo, después de haber reído se entristecieron porque recordaron su pobreza, y uno de ellos dijo al otro:
– ¿Por qué nos alegramos tanto, puesto que la vida es para los ricos y no para aquellos como nosotros? Mejor sería que muriésemos de frío en el bosque o que una fiera cayese sobre nosotros y nos devorara.
– Es verdad – contestó su compañero -; a unos se les da mucho y a otros muy poco. La injusticia ha parcelado el mundo, y no hay partes iguales en nada excepto en el dolor.
Pero mientras se lamentaba de su miseria ocurrió este hecho extraño. Cayó del cielo una estrella muy brillante y hermosa. Resbaló por un lado de la bóveda celeste, pasando junto a las otras estrellas en el curso de su descenso, y a medida que la contemplaban asombrados les pareció que se hundía detrás de un grupo de sauces que se destacaban junto a un pequeño redil, a un tiro de piedra de distancia.
– Vaya, habrá oro para el que lo encuentre – exclamaron, y se echaron a correr, tal era su afán por encontrar oro.
Y uno de los dos corrió más veloz que el otro y le adelantó y se abrió paso por entre los sauces y salió por el otro lado y he aquí que había algo sobre la nieve. Se apresuró hacia aquello y, agachándose, le puso las manos encima, y era una capa de tisú de oro, curiosamente entretejida de estrellas y profusamente doblada. Y gritó a su compañero que había encontrado el tesoro caído del cielo, y cuando su compañero llegó a su lado se sentaron ambos en la nieve y soltaron los dobleces de la capa para poder repartiese las piezas de oro. Pero, ¡ay!, no había oro allí, ni plata, ni en verdad ningún tesoro; solamente un niño que dormía.
Y uno de ellos dijo al otro:
– Éste es un amargo final para nuestra esperanza, y ¡qué poca suerte tenemos!, porque ¿qué beneficio puede un hombre sacar de un niño? Dejémosle aquí y prosigamos nuestro camino, pues somos pobres y tenemos hijos propios, cuyo pan no podemos repartir con otro.
Pero su compañero replicó:
– No. Sería una mala acción dejar el niño para que muera de frío aquí en la nieve, y aunque soy tan pobre como tú y tengo muchas bocas que alimentar y muy poca cosa en el puchero, de todos modos lo llevaré a casa conmigo y mi mujer cuidará de él.
Y con gran ternura cogió al niño y lo envolvió en la capa para protegerle contra el cortante frío y fue hacia la aldea, colina abajo, mientras su compañero quedaba sorprendido por tanta locura y blandura de corazón.
Y cuando llegaron a la aldea, su compañero le dijo:
– Tú tienes el niño; por tanto, dame a mi la capa, porque es justo que repartamos.
Pero él le contestó:
– No, porque la capa no es tuya ni mía, sino solamente del niño – y, deseándole buena suerte, se acercó a su casa y llamó a la puerta.
Y cuando la mujer abrió la puerta y vio a su marido sano y salvo ante ella, le echó los brazos al cuello y le besó y le descargó del haz de leños que llevaba a la espalda, le limpió la nieve de las botas y le hizo pasar.
Pero él le dijo:
– He encontrado algo en el bosque y te lo traigo para que lo cuides – y no se movió del umbral.
– ¿Qué es? Enséñamelo, porque la casa está desnuda y necesitamos infinidad de cosas.
Y él entonces apartó la capa y le dejó ver al niño que dormía.
– ¡Pero, hombre de Dios! – murmuró -. ¿No tenemos ya bastantes hijos, que necesitas traer un niño encontrado a que ocupe un nuevo puesto en el hogar? ¡Quién sabe si nos traerá mala suerte! ¿Y cómo vamos a cuidarle?
Y se indignó contra él.
– Es un niño estrella – contestó, y le contó el extraño modo de encontrarlo.
Pero ella no quiso calmarse, sino que se burló de él y le increpó:
– ¿Nuestros hijos carecen de pan y vamos a dar de comer al hijo de otros? ¿Quién se apiada de nosotros? ¿Y quién nos da de comer?
– Bien, pero Dios cuida incluso de los gorriones y les procura alimento – contestó él.
– ¿Acaso no mueren de hambre en invierno también los gorriones? ¿Y no estamos ahora en invierno?
Y el hombre no dijo palabra, pero no se movió del umbral.
Y por la abierta puerta entró el aire cortante del bosque, que hizo estremecer a la mujer, quien, temblando, dijo a su marido:
– ¿No quieres cerrar la puerta? Entra un viento helado y yo tengo frío.
– ¿Quieres que entre en una casa donde vive un corazón duro y tan frío como el viento helado? – preguntó.
Y la mujer no abrió la boca, pero se acercó más aún al fuego.
Pasado un rato, se volvió y le miró, y tenía los ojos llenos de lágrimas. Y él entró entonces rápidamente y puso al niño en sus brazos, y ella le besó y le acostó en una cuna donde dormía el más joven de sus hijos. Y a la mañana siguiente el leñador cogió la extraña capa de oro y la guardó en un arcón, y la mujer guardó también con la capa una cadena de ámbar que el niño llevaba en el cuello.
Así fue como el niño estrella creció con los hijos del leñador y se sentó a la mesa con ellos y fue su compañero de juegos. Y a cada año que pasaba su belleza era mayor, al extremo de que todos los habitantes de la aldea se maravillaban porque mientras ellos eran morenos y de cabello negro, él era blanco y delicado como una talla de marfil y sus rizos eran como los pétalos del narciso. También sus labios eran como pétalos de una flor, y sus ojos como violetas junto a un claro arroyo, y su cuerpo como el narciso de un campo por el que no pasa el segador.
Pero su belleza era una maldición para él, ya que creció orgulloso, egoísta y cruel. Los niños del leñador y los demás niños de la aldea eran víctimas de sus desprecios; les decía que eran de origen miserable, mientras que él era noble por el hecho de haber nacido de una estrella, y se erigió en señor de todos ellos y los llamaba sus siervos. No se apiadaba del pobre, ni de aquellos que eran ciegos, o contrahechos, o desvalidos de un modo u otro, sino que los apedreaba y los empujaba al camino y les ordenaba que se fueran a pedir limosna a otra parte, de modo que nadie, excepto los que estaban fuera de la ley, iba por segunda vez a mendigar a la aldea. En verdad era un enamorado de la belleza, y se mofaba de los débiles y de los feos, y su burla era cruel. Sólo se amaba a sí mismo, y en verano, cuando los vientos reposaban, se echaba al suelo junto al pozo del huerto del rector y contemplaba la maravilla de su rostro y reía por la alegría que su hermosura le proporcionaba.
El leñador y su mujer le reprendían con frecuencia, diciéndole:
– No te tratamos como tratas tú a los desvalidos que no tienen a nadie que los socorra. ¿Por qué eres tan cruel para con los que necesitan compañía?
También el viejo sacerdote solía mandarle a buscar para inculcarle el amor a los seres vivientes, diciéndole:
– La mosca es hermana tuya; no le hagas daño. Los pájaros silvestres que vuelan por el bosque tienen derecho a la libertad; no los caces para divertirte. Dios creó al gusano ciego y al topo, y ambos tienen designado su puesto. ¿Quién eres tú para provocar el dolor en el mundo de Dios? Hasta el ganado en el prado canta las alabanzas del Señor.
Pero el niño estrella no escuchaba sus palabras, sino que hacía un mohín de desprecio y volvía junto a sus compañeros y los capitaneaba. Y sus compañeros le seguían porque era hermoso y ligero de pies y sabía bailar y tocar la flauta y componer melodías. Y dondequiera que el niño estrella los guiara, ellos le seguían, y cualquier cosa que les mandara, ellos le obedecían.
Y cuando con una caña afilada pinchó los ciegos ojos del topo, se rieron, y cuando apedreó al leproso, también rieron. Y en todas las cosas los gobernaba, y se hicieron tan duros de corazón como él.
Y he aquí que un buen día pasó por la aldea una mendiga. Sus ropas estaban destrozadas, hechas jirones, y sus pies sangraban por la aspereza del camino que habían recorrido y se notaba que su situación no podía ser peor. Y como estaba agotada se sentó a descansar bajo un castaño.
Pero cuando el niño estrella la vio dijo a sus compañeros:
– ¡Mirad! Bajo aquel árbol hermoso y verde se sienta una mendiga repugnante. Vamos, echémosla de allí, porque es fea y desastrada.
Así que se acercó a ella, la apedreó y le hizo burla, y ella le miró con el terror reflejado en sus ojos y no apartó la vista de él. Y cuando el leñador, que partía leña en un lugar cercano, vio lo que el niño estrella estaba haciendo, se acercó corriendo y le reprendió diciéndole:
– En verdad, eres duro de corazón y desconoces la piedad, porque ¿qué daño te ha hecho esta pobre mujer para que tú tengas que tratarla de este modo?
Y el niño estrella enrojeció de ira, pateó el suelo y contestó:
– ¿Y quién eres tú para pedirme cuentas de lo que hago? Yo no soy hijo tuyo y no te debo obediencia.
– Dices verdad – contestó el leñador -; no obstante, me apiadé de ti cuando te encontré en el bosque.
Y cuando la mujer oyó estas palabras lanzó un grito de angustia y se desmayó. Y el leñador la llevó a su propia casa, y él y su esposa la atendieron, y cuando despertó del desmayo que había sufrido colocaron ante ella comida y bebida y la hicieron descansar.
Pero ella se negó a comer y a beber y preguntó al leñador:
– ¿No dijiste que el niño fue encontrado en el bosque? ¿Y no hace de eso diez años precisamente hoy?
Y el leñador contestó:
– Sí, fue en el bosque donde le encontré, y hoy hace precisamente diez años.
– ¿Y qué cosas encontraste junto a él? – exclamó – ¿No iba envuelto en una capa de oro entretejida de estrellas?
– Cierto – contestó el leñador -; fue tal como tú dices.
Y sacó del arca la capa de oro y la cadena de ámbar y se las enseñó.
Y cuando las vio, la mendiga se echó a llorar de alegría, diciendo:
– Es mi hijito, que perdí en el bosque. Te suplico que lo mandes a llamar enseguida, porque he recorrido el mundo en su busca.
Y el leñador y su mujer salieron y llamaron al niño estrella y le dijeron:
– Entra en casa, y allí encontrarás a tu madre que te está esperando.
Y él entró corriendo, asombrado y lleno de alegría. Pero cuando vio a la que le esperaba, rió despectivo y dijo:
– ¿Dónde está mi madre? Porque aquí no veo a nadie más que a esta despreciable mendiga.
Y la mujer le dijo:
– Yo soy tu madre.
– Estás loca si dices eso – gritó, enfurecido, el niño estrella -. Yo no soy tu hijo, porque tú eres sólo una mendiga fea y harapienta. Por lo tanto, vete en seguida y no permitas que vuelva a ver tu repugnante rostro.
– No; eres en verdad mi hijito que yo llevaba por el bosque – gimió, y cayó de rodillas y le tendió los brazos -. Los ladrones te arrancaron de mi lado y te dejaron para que murieras – murmuró -. Pero te he reconocido al verte y he reconocido las prendas, la capa de tisú de oro y la cadena de ámbar. Por ello te suplico que vengas conmigo, porque he recorrido toda la tierra yendo en tu busca. Ven conmigo, hijo mío, porque necesito tu cariño.
Pero el niño estrella no se movió de su sitio y cerró la puerta de su corazón ante aquella llamada, y tampoco se oyó más ruido que el llanto de la descorazonada mendiga.
Por fin el niño habló, y su voz era dura y tajante:
– Si eres en verdad mi madre, hubieras hecho mejor alejándote en lugar de venir a traerme vergüenza, ya que yo creía ser hijo de alguna estrella y no de una mendiga, como tú aseguras que soy. Así que vete y que no te vuelva a ver.
– ¡Ay, hijo mío! – exclamó -. ¿No quieres besarme antes de que me marche? Piensa que he sufrido mucho para encontrarte.
– No – contestó el niño estrella -; me repugna verte, y antes besaría a una culebra o a un sapo que a ti.
Entonces la mujer se levantó y se alejó por el bosque llorando amargamente; y cuando el niño estrella vio que se había ido se puso contento y volvió junto a sus compañeros para poder jugar.

Deja un comentario