El misterioso faro

El misterioso faro

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El misterioso faro

El pueblo de Mundel se abría al océano bravío a través de barrancos de piedra que frenaban el avance de las furiosas olas. Era una pequeña localidad de pescadores, donde la vida era tranquila y la única agitación provenía del mar. Sus costas habían visto muchos barcos hundirse por el oleaje y las piedras que tornaban aquella zona muy peligrosa.
Nadie sabía bien cuándo, pero se había construido un faro para advertir a los navegantes sobre los peligros de la costa y desde entonces había funcionado sin fallar ni una sola vez. Los pobladores de Mundel habían acuñado una frase que decía: “Cuando el mundo se termine, seguirá el faro de Mundel iluminando el espacio”. Tanta era la seguridad que aquel faro les brindaba y tanta la confianza que tenían en su infalibilidad.
La vida en el pueblo giraba en torno a la pesca y al comercio de artesanías que luego vendían a los barcos que atracaban en el muelle solo en caso de averías. Pero como ya dijimos, las costas eran peligrosas y a pesar del faro, siempre algún barco salía dañado y sus tripulantes y pasajeros debían permanecer una temporada en Mundel.
De este modo, el faro y las playas eran los mayores atractivos de la ciudad y todos los obligados visitantes se llevaban a casa fotografías del faro. Fue así que una de aquellas fotografías llegó a manos de un capitán de la marina experto en faros que se mostró muy sorprendido al encontrarse con un faro desconocido.
Archibald Broomer era un marino inglés muy estudioso de los faros y sus historias y jamás en su larga carrera, había escuchado nombrar al faro de Mundel. Consultó con sus colegas obteniendo idéntica opinión, por lo que decidió hablar con el almirantazgo para solicitar se le asignara la misión de reconocimiento e inscripción de aquel misterioso faro.
Realizó una profusa investigación en los archivos mundiales de faros sin encontrar nada que lo orientase, de modo que alistó su viaje para investigar en el lugar. El viejo marino se encontraba muy entusiasmado, era el primer reto importante en su carrera desde sus comienzos, cuando debió investigar las razones por las cuales el faro del Castillo de Hurst había dejado de funcionar.
Arribó por mar una mañana cubierta de niebla espesa. Era el primer viajero voluntario en mucho, mucho tiempo. Los habitantes de Mundel sentían curiosidad y deseos de conocer al visitante y sus razones, por eso nombraron al alcalde y al médico del pueblo, encargados de recibirle y guiarlo en su estadía.
Broomer era el típico marino inglés, algo y robusto, con cabello y barba blanquísimos, vestido con su uniforme de la Marina Real y su pipa en la boca. Se mostró complacido por el recibimiento y casi enseguida comenzó a interrogar a sus anfitriones, quienes se sintieron avergonzados al desconocer las respuestas ante aquellas preguntas.
Era inconcebible que nadie en el pueblo supiera quién, cuándo y cómo se había construido el faro, única construcción importante del lugar. Archibald decidió consultar la biblioteca y el registro municipal para conocer los datos de la construcción, ya que toda construcción debe ser registrada, más aún en el caso de una tan trascendente como un faro.
Pero nuestro capitán quedó desconcertado con lo que encontró en su búsqueda. O mejor dicho, con lo que no encontró. Es que no existía registro alguno sobre el misterioso faro. Molesto consigo mismo, Broomer decidió visitar el faro, ya que debió ser su primera opción si buscaba información y por algún motivo no se le había ocurrido.
Solicitó a sus anfitriones que lo escoltaran hasta el faro para hacer las presentaciones formales, pero quedó anonadado ante su respuesta. Jamás habían estado en el faro y no tenían idea de quién estaba a cargo. Indignado por tanta negligencia, preguntó en la posada en que se hospedaba, con una respuesta similar. Ya sin calificativos para tan insospechada circunstancia, comenzó una pesquisa entre los pobladores que se encontraba en su camino hacia el faro.
Nunca en sus 50 años de marino se había topado con una situación tan insólita, al parecer, nadie en Mundel se había molestado jamás en visitar, informarse o pensar, siquiera en el origen del faro, su vigilante o cualquier elemento que tuviese que ver con el mismo.
Pensando y repensando sobre tamaño disparate estaba el capitán, cuando finalmente llegó hasta la puerta del faro y tocó. Aguardó unos momentos y volvió a tocar sin respuesta. Recorrió los alrededores, pensando que tal vez el encargado estaría haciendo alguna tarea o simplemente tomando aire por el lugar. Pero no vio a nadie.
Luego de gritar varias veces anunciándose, decidió entrar. Abrió la puerta y no pudo articular sonido ante semejante espectáculo. No había entrada tras la puerta, solo una pared del mismo material que el exterior del faro. Corrió hacia la ventana y con una varilla que llevaba hizo palanca para abrir las celosías, con el mismo resultado. Buscó la otra ventana y sucedió lo mismo. Al parecer, el faro era macizo y las puertas y ventanas solo un adorno.
Retornó al pueblo a pedir ayuda al alcalde y demás pobladores. Un grupo de hombres y mujeres con picos, martillos y demás herramientas acompañaron al capitán Broomer a desentrañar el enigma del faro. Golpearon, picaron, martillaron y sólo encontraron más piedra dentro de la piedra. El faro estaba construido en un bloque gigante de piedra coronado por la farola. Todo era muy extraño y nadie sabía qué decir de aquello.
Broomer informó al almirantazgo y éstos enviaron un equipo de investigación internacional que no logró aclarar nada. Solo que la farola estaba colocada sobre el pilón de piedra y que funcionaba por un mecanismo desconocido. El informe fue enviado al Gobierno y la única respuesta que obtuvieron fue una orden de silencio.
Dos días después del descubrimiento, llegó a Mundel una delegación secreta de una cumbre mundial de nombre desconocido y realizó una asamblea donde todos debieron asistir.
Esto es todo lo que sabe el viejo capitán Broomer y solo se lo cuenta a unos pocos amigos de mar que saben la importancia de guardar un secreto.

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