El joven rey (3ªParte)

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El joven rey

Y se durmió de nuevo, y soñó, y éste fue su sueño:
Creyó que vagaba por un bosque sombrío, lleno de frutos extraños y de flores maravillosas pero envenenadas.
Las víboras le silbaban al pasar, y los loros, de brillantes colores, huían chillando de rama en rama. Enormes tortugas dormían sobre el barro caliente. Los árboles estaban poblados por monos y pavos reales.
Anduvo y anduvo hasta llegar a la linde del bosque, y allí vio una inmensa multitud de hombres trabajando en el lecho de un río seco. Se desparramaban y movían como hormigas. Cavaron hoyos profundos en la tierra y se metieron por ellos. Unos rompían las peñas con grandes hachas, otros cogían la arena a puñados. Arrancaban los cactus por las raíces y pisoteaban sus flores escarlata. Se movían, se llamaban, y ninguno permanecía ocioso.
Desde la oscuridad de una caverna, la Muerte y la Avaricia los vigilaban, y la Muerte dijo:
– Estoy cansada; dame la tercera parte de ellos y deja que me vaya.
Pero la Avaricia meneó la cabeza negativamente y contestó:
– Son mis criados.
Y la Muerte le dijo:
– ¿Qué tienes en la mano?
– Tengo tres granos de trigo – contestó -. ¿Qué te importa?
– Dame uno de ellos – exclamó la Muerte – para plantarlo en mi jardín; sólo uno de ellos y me marcharé.
– No te daré nada – dijo la Avaricia, y escondió la mano entre los pliegues de su vestidura.
Y la Muerte rió y tomó una copa y la mojó en un charco de agua, y de la copa se alzó el Paludismo. Luego pasó por entre la gran multitud, y la tercera parte quedó muerta. Una niebla fría la seguía, y las serpientes de agua corrían a su lado.
Y cuando la Avaricia vio que había muerto la tercera parte de sus hombres, se golpeó el pecho y lloró. Golpeó sus estériles entrañas y gritó con fuerza:
– Has matado la tercera parte de mis siervos; vete. Hay guerra en las montañas de Tartaria, y los reyes de ambos lados te están llamando. Los afganos han sacrificado el toro negro y marchan al combate. Han golpeado sus escudos con las lanzas y se han cubierto con su yelmo de hierro. ¿Qué significa mi valle para ti, para que te entretengas tanto en él? Vete y no vuelvas más.
– No – contestó la Muerte -; hasta que no me hayas dado un grano de trigo no me iré.
Pero la Avaricia cerró la mano y apretó los dientes. – No te daré nada – masculló.
Y la Muerte lanzó una risotada y cogió una piedra negra y la tiró, y de entre unas matas de cicuta silvestre salió la Fiebre en traje de llamas. Pasó a través de la multitud y la tocó, y cada hombre tocado murió. La hierba se secó bajo sus pies a medida que avanzaba.
Y la Avaricia se estremeció y se cubrió la cabeza de ceniza.
– Eres cruel – gritó -, eres cruel. Hay hambre en las ciudades amuralladas de la India y las cisternas de Samarkanda se han secado. Hay hambre en las ciudades amuralladas de Egipto, y la langosta ha llegado del desierto. El Nilo no ha rebasado sus orillas y los sacerdotes han maldecido a Isis y a Osiris. Ve hacia aquellos que te necesitan y deja a mis siervos.
– No – contestó la Muerte -; hasta que no me hayas dado un grano de trigo no me iré.
– No te daré nada – dijo la Avaricia.
Y la Muerte rió de nuevo y silbó por entre sus dedos, y una mujer vino por el aire. Llevaba Peste escrito sobre su frente y una manada de flacos buitres la rondaba. Cubrió el valle con la sombra de sus alas y no quedó hombre vivo.
Y la Avaricia huyó chillando a través del bosque y la Muerte saltó sobre su caballo rojo y partió a galope, y su galope era más rápido que el viento.
Y del cieno que cubría el fondo del valle surgieron dragones y espantosos seres cubiertos de escamas, y los chacales llegaron trotando por la arena, con el hocico levantado, olfateando.
Y el joven lloró y dijo:
– ¿Quiénes eran esos hombres y qué estaban buscando?
– Rubíes para la corona de un rey – contestó alguien que estaba detrás de él.
Y el joven rey se sobresaltó y, volviéndose, vio a un hombre con hábito de peregrino, llevando en la mano un espejo de plata.
Y el joven palideció y quiso saber: – ¿Para qué rey?
Y el peregrino contestó:
– Mira en este espejo y le verás.
Y miró en el espejo y al ver su propio rostro lanzó un gran grito y despertó, y la brillante luz del sol entraba a raudales en la estancia y en los árboles del jardín y del patio cantaban los pájaros.
Y el chambelán y los altos funcionarios del Estado entraron y se prosternaron ante él, y los pajes le trajeron la túnica de oro tejido y depositaron ante él la corona y el cetro.
Y el joven rey los miró, y en verdad eran preciosos.
Más preciosos que cuanto hubiera visto en su vida. Pero recordó sus sueños y dijo a sus nobles:
– Llevaos estas cosas, porque no las usaré.
Y los cortesanos se asombraron, y algunos se rieron porque creyeron que hablaba en son de burla.
Pero les habló de nuevo, severamente, y dijo:
– Llevaos estas cosas lejos de mí y escondedlas. Aunque sea el día de mi coronación, no las usaré. Porque ésta, mi túnica, ha sido tejida en el telar de la Desesperación por las blancas manos del Dolor. Hay Sangre en el corazón del rubí y Muerte en el corazón de la perla.
Y les contó sus tres sueños.
Y cuando le oyeron los cortesanos, se miraron unos a otros, diciéndose en un murmullo:
– Con seguridad está loco, porque, ¿qué es un sueño sino un sueño, y una visión sino una visión? No son cosas reales para que uno las tome en serio. ¿Y qué tenemos nosotros que ver con las vidas de aquellos que trabajan para nosotros? ¿Acaso el hombre tiene que esperar a comer el pan hasta que haya visto al sembrador, ni beber vino hasta que haya hablado con el viñador?
Y el chambelán habló al joven rey y dijo:
– Mi señor, os ruego que apartéis de vos esos pensamientos negros y vistáis esta preciosa túnica y ciñáis vuestra cabeza con esta corona. Porque, ¿cómo conocerá el pueblo que sois un rey, si no lleváis vestiduras y atributos reales?
– ¿Es así, en verdad? ¿No me reconocerán como rey si no llevo vestidura real?
– ¡No os reconocerán, mi señor! – exclamó el chambelán.
– Creí que había hombres cuyo solo aspecto era real – contestó -; pero tal vez sea como tú dices. Sin embargo, no vestiré esta túnica ni seré coronado con esta corona, sino que saldré de este palacio tal como vine a él.
Y rogó a todos que le dejaran, excepto a un paje al que retuvo como compañero, un muchacho un año más joven que él. Le retuvo para su servicio, y cuando se hubo bañado en agua clara, abrió un gran cofre policromado y de él sacó la túnica de cuero y el burdo manto de piel de cordero que había vestido cuando guardaba, en la colina, las flacas cabras del cabrero. Vistió esas humildes prendas y en su mano tomó el cayado de pastor.
Y el pajecillo abrió asombrado sus grandes y azules ojos y le dijo sonriendo:
– Mi señor, veo vuestra túnica y vuestro cetro, ¿pero dónde está vuestra corona?
Y el joven rey cortó una rama de zarza silvestre que trepaba por el balcón y la dobló, y con ella formó un cerco y se lo puso sobre la cabeza.
– Ésta será mi corona – contestó.
Y así vestido salió de su estancia y entró en el gran salón, donde los nobles le esperaban.
Y los nobles se rieron y algunos de ellos le increparon:
– Mi señor, el pueblo espera a su rey, y vos le mostráis un mendigo.
Y otros, indignados, protestaban:
– Cubre de vergüenza nuestro Estado y es indigno de ser nuestro señor.
Pero él no respondió palabra, sino que siguió adelante, y bajó por la deslumbrante escalera de pórfido, y atravesó las puertas de bronce, y montó su caballo, y cabalgó hacia la catedral con el pajecillo corriendo a su lado:
Y la gente reía y decía:
– Es el bufón del rey el que pasa a caballo – y se burlaban.
Y él tiró de las riendas y les dijo:
– No, soy el rey – y les contó sus tres sueños.
Y un hombre salió de entre la multitud y le habló con amargura y dijo:
– Señor, ¿sabéis acaso que del lujo de los ricos sale la vida del pobre? Vuestra pompa nos nutre y vuestros vicios nos dan pan. Trabajar para un amo es amargo, pero no tener un amo para el que trabajar es más amargo aún. ¿Creéis que los buitres nos alimentarán? ¿Y qué remedio encontraréis para estas cosas? ¿Diréis al comprador: «Comprarás por tal cantidad», y al vendedor: «Venderás a este precio»? No lo creo. Por lo tanto, volved a vuestro palacio y vestid la púrpura y el lino. ¿Qué tenéis que ver con nosotros y con los que sufrimos?
– ¿No son hermanos los ricos y los pobres? – preguntó el joven rey.
– Sí – contestó el hombre -, y el nombre del hermano rico es Caín.
Y los ojos del joven rey se llenaron de lágrimas, y siguió cabalgando por entre las murmuraciones de la gente, y el pajecillo se asustó y le abandonó. Y cuando llegó al gran portal de la catedral, los soldados cruzaron sus alabardas y dijeron:
– ¿Qué buscas aquí? Nadie entra por esta puerta excepto el rey.
Y la ira enrojeció su rostro, y les dijo:
– Yo soy el rey – y, apartando las alabardas, entró.
Y cuando el anciano obispo le vio entrar con sus ropas de cabrero se levantó asombrado de su sitial y avanzó a su encuentro y le dijo:
– Hijo mío, ¿son éstas las vestiduras de un rey? ¿Y con qué corona voy a coronarte y qué cetro colocaré en tu mano? En verdad, éste debería ser para ti un día de gozo y no de humillación.
– ¿Acaso el Gozo puede vestir lo que ha confeccionado el Dolor? – contestó el joven rey. Y le contó sus tres sueños.
Y cuando el obispo los hubo oído, frunció el ceño y dijo:
– Hijo mío, soy un anciano, estoy en el invierno de mis días y sé que en todo el mundo ese hacen muchas cosas malas. Los feroces ladrones bajan de las montañas y raptan a los niños y los venden a los moros. Los leones acechan las caravanas y saltan sobre los camellos. El jabalí salvaje arranca la raíz del maíz en el valle, y las zorras roen las viñas de la colina. Los piratas devastan la costa y queman los barcos de los pescadores y les roban las redes. En los marjales salinos viven los leprosos, tienen casas de cañas y nadie puede acercárselas. Los mendigos vagan por las ciudades y comparten su comida con los perros. ¿Puedes evitar que estas cosas sean? ¿Harás del leproso tu compañero de lecho, y sentarás al mendigo en tu mesa? ¿Hará el león lo que mandes y te obedecerá el jabalí? ¿No es Aquel que creó la desgracia mucho más sabio que tú? Por tanto, no encarezco lo que has hecho, sino que te ruego que vuelvas a palacio y alegres tu rostro y vistas la túnica digna de un rey, y te coronaré con la corona de oro y colocaré en tu mano el cetro de perlas. En cuanto a tus sueños, no pienses más en ellos. El peso de este mundo es demasiado fuerte para que tenga que sufrirlo un solo corazón.
– ¿Y dices esto en esta casa? – preguntó el joven rey, y pasando ante el obispo, subió los escalones del altar y se detuvo ante la imagen de Cristo.
Se detuvo ante la imagen de Cristo, y a su derecha y a su izquierda se hallaban los maravillosos vasos de oro, el cáliz con el vino ambarino y la jarrita de los santos óleos. Se arrodilló ante la imagen de Cristo, y los enormes cirios ardieron alegremente ante el enjoyado tabernáculo, y el humo del incienso se unió en guirnaldas azules en la cúpula. Inclinó su cabeza en oración, y los sacerdotes, con sus rígidas vestiduras, se alejaron del altar.
Y de pronto se oyó el tumulto desatado en la calle y los nobles entraron con las espadas desenvainadas, y sus penachos agitados, y sus escudos de acero bruñido, gritando:
– ¿Dónde está el soñador de sueños? ¿Dónde está ese rey vestido como un mendigo…, ese muchacho que cubre de oprobio nuestro pueblo? En verdad que vamos a matarle, porque es indigno de gobernarnos.
Y el joven rey volvió a inclinar la cabeza y rezó, y cuando hubo terminado su oración se levantó y volviéndose cara a ellos los miró con tristeza.
Y he aquí que a través de las vidrieras de colores la luz cayó sobre él a raudales, y los rayos del sol tejieron en torno suyo una túnica mucho más bella que la que había sido tejida según su gusto. El seco cayado floreció y se cubrió de lirios más blancos que las perlas. La zarza floreció también y dio rosas que eran más rojas que los rubíes. Más blancos que perlas eran los lirios, y sus tallos eran de brillante plata. Más rojas que el más rojo rubí eran las rosas, y sus hojas eran de oro batido.
Y se quedó de pie con sus ropajes de rey y las puertas del enjoyado tabernáculo se abrieron y del cristal de la radiante custodia brotó una luz maravillosa y mística. Allí estaba, con sus ropas de rey, y la Gloria de Dios llenó el lugar, y los santos en sus hornacinas talladas parecieron moverse. Con su hermoso traje de rey estaba ante ellos, y sonó la música del órgano y los trompeteros soplaron en sus trompetas y el coro de niños empezó a cantar.
Y el pueblo cayó de rodillas, asustado, y los nobles envainaron sus espadas y le rindieron pleitesía, y el rostro del obispo palideció y sus manos temblaron.
– Uno más Grande que yo te ha coronado – exclamó arrodillándose ante él.
Y el joven rey bajó del altar mayor y volvió a palacio por entre la multitud. Pero ninguno se atrevió a alzar los ojos a su rostro, porque era el rostro de un ángel.

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