El joven rey (2ªParte)

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El joven rey

Y mientras dormía tuvo un sueño, y éste fue su sueño:
Creyó que estaba de pie en un desván, de techo bajo, entre el zumbido y tableteo de muchos telares. La escasa luz del día penetraba por enrejadas ventanas, permitiéndole ver las descarnadas figuras de los tejedores inclinados sobre sus bastidores. Niños pálidos, de aspecto enfermizo, estaban en cuclillas entre los enormes traveses. Cuando las lanzaderas corrían entre la urdimbre, levantaban las pesadas tablillas, y cuando las lanzaderas se detenían, dejaban caer las tablillas y juntaban los hilos. Sus caritas estaban contraídas por el hambre y sus delgadas manos temblaban, inseguras. Unas demacradas mujeres estaban sentadas, cosiendo, ante una mesa. Un espantoso hedor llenaba la estancia. La atmósfera era pestilente y pesada, y las paredes chorreaban humedad.
El joven rey se acercó a uno de los trabajadores, se detuvo junto a él y le observó.
Y el tejedor le miró enojado y dijo:
– ¿Quién eres tú para mirarme así? ¿Acaso un espía puesto aquí por el amo?
– ¿Quién es tu amo? – preguntó el joven rey.
– ¡Nuestro amo! – exclamó el tejedor con amargura -. Es un hombre como yo. La verdad es que hay poca diferencia entre nosotros…, pero él viste ropas buenas, mientras yo llevo harapos, y mientras a mí me debilita el hambre, él padece por exceso de alimentación.
– El país es libre – dijo el joven rey -, y tú no eres esclavo de nadie.
– En la guerra – contestó el tejedor -, los fuertes esclavizan a los débiles, y en la paz el rico esclaviza a los pobres. Tenemos que trabajar para vivir, y nos dan sueldos tan míseros que nos morimos. Trabajamos para ellos de la mañana a la noche, y mientras ellos amontonan oro en sus cofres, nuestros hijos se marchitan antes de tiempo y los rostros amados se vuelven duros y malos. Nosotros pisamos las uvas y otros beben el vino.
Sembramos el trigo y nuestra mesa está vacía. Estamos encadenados aunque ningún ojo lo ve, y somos esclavos aunque los hombres nos llamen libres.
– ¿Y es así con todos?
– Así es con todos – contestó el tejedor: con los jóvenes y con los viejos, con las mujeres y con los hombres, con los chiquitines y con los que los años han doblegado. Los mercaderes nos oprimen, y tenemos que obedecer sus mandatos. El sacerdote pasa a nuestro lado rezando su rosario, pero nadie se apiada de nosotros. Por nuestras calles sin sol se arrastra la Pobreza, con su mirada hambrienta, y el Pecado, con su cara repugnante, la sigue de cerca. La Miseria nos despierta por la mañana y la Vergüenza vela con nosotros por la noche. ¿Pero a ti qué te importa todo esto? Tú no eres de los nuestros. Tu rostro es demasiado feliz.
Y, ceñudo, le volvió la espalda y pasó la lanzadera por la urdimbre, y el joven rey vio que estaba enhebrada de hilo de oro.
Y un terror enorme se apoderó de él y dijo al tejedor:
– ¿Qué es esta vestidura que estáis tejiendo? – Es la túnica para la coronación del joven rey – contestó -.
¿Pero a ti qué te importa?
Y el joven rey lanzó un gran grito y despertó, y he aquí que se hallaba en su propia estancia, y a través de la ventana vio la enorme luna color de miel, suspendida en el aire oscuro.

Y volvió a quedarse dormido y soñó, y éste fue su sueño:
Creyó estar echado sobre la cubierta de una enorme galera en la que remaban cien esclavos. El jefe de la galera estaba sentado a su lado sobre una alfombra. Era negro como el ébano, y su turbante era de seda carmesí. Grandes aretes de plata atravesaban los gruesos lóbulos de sus orejas, y en sus manos sostenía unas balanzas de marfil.
Los esclavos estaban desnudos, excepto por un harapiento paño de cintura, y cada hombre estaba encadenado a su
vecino. El ardiente sol caía de lleno sobre ellos, y los negros corrían de un extremo a otro por una especie de pasarela, y los azotaban con tiras de cuero. Los remeros tensaban sus flacos brazos cuanto podían y daban impulso a los remos dentro del agua. Las palas, al hundirse, salpicaban.
Por fin llegaron a una pequeña bahía y empezaron a sondear. Soplaba una ligera brisa terrestre que dejaba un polvillo rojo sobre cubierta y en la latina grande. Tres árabes montados sobre asnos salvajes llegaron a galope y les arrojaron lanzas. El jefe de la galera cogió un arco pintado y disparó contra uno de ellos, dándole en la garganta; éste cayó pesadamente en la arena, y sus compañeros se alejaron velozmente. Una mujer envuelta en un velo amarillo les seguía sobre un camello, pero de vez en cuando se daba vuelta y miraba hacia el muerto.
Tan pronto hubieron echado el ancla y bajado la vela, los negros descendieron a las bodegas y subieron una larga escala de cuerda, fuertemente lastrada de plomo. El jefe de la galera la tiró por la borda después de haber asegurado su extremo en dos ganchos de hierro. Entonces los negros cogieron al más joven de los esclavos, le quitaron los grilletes, taponaron su nariz y sus orejas con cera y amarraron una gran piedra a su cintura. Pesadamente bajó por la escala de cuerda y desapareció en el fondo del mar. En el lugar donde se hundió aparecieron unas burbujas. Algunos de los otros esclavos miraron con curiosidad hacia el mar. En la proa de la galera estaba sentado un encantador de tiburones golpeando monótonamente un tambor.
Momentos después, el joven esclavo surgió del agua y, jadeando, se agarró a la escala llevando una perla en la mano derecha. Los negros se la quitaron y volvieron a echarlo al agua. Los esclavos se durmieron sobre sus remos.
Una y más veces subió el joven y todas las veces trajo una hermosa perla. El jefe de la galera las iba pesando y guardando en un saquito de cuero verde.
El joven rey trató de hablar, pero su lengua parecía pegada al paladar y sus labios se negaban a moverse. Los negros charlaban entre sí e iniciaron una pelea por una sarta de cuentas de colores. Dos pajarracos volaban en torno al barco.
Entonces el joven esclavo surgió del agua por última vez, y la perla que trajo era más bella que todas las perlas de Ormuz, porque tenía la forma de luna llena y era más blanca que la estrella de la mañana. Pero su rostro tenía una extraña palidez, y al caer sobre cubierta brotó la sangre de sus oídos y de su nariz. Se estremeció apenas, y de pronto dejó de moverse. Los negros se encogieron de hombros y echaron el cuerpo al mar.
Y el jefe de la galera se rió y, tendiendo la mano, tomó la perla y cuando la vio la apretó contra su frente y se inclinó.
– Será para el cetro del joven rey – dijo, y con un ademán ordenó a los negros que levaran anclas.
Y cuando el joven rey oyó esto lanzó un grito y despertó y a través de la ventana vio los largos dedos grises de la aurora intentando agarrar las estrellas que se apagaban.

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