EL HIJO DEL REY DE ERIN Y EL REY DE LOS SILFOS (3ªParte)

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EL HIJO DEL REY DE ERIN Y EL REY DE LOS SILFOS

Pero Igerne sabía perfectamente que su padre no iba a quedarse cruzado de brazos ante su huida, y que él y sus otras dos hijas los perseguirían, por lo que pidió a Skaxlon que mirara hacia atrás, para ver si alguien los seguía. El joven lo hizo y dijo:
—Sólo veo a tres pájaros pequeños que vienen en esta dirección, pero se encuentran muy lejos.
—Mira otra vez —respondió ella.
—Ahora parecen tres águilas gigantescas.
—Hazlo de nuevo.
—Pues ahora se han convertido en tres montañas.
—Pues, entonces, tira el prendedor detrás de nosotros —le ordenó ella.
Skaxlon la obedeció, y toda la región se cubrió inmediatamente de enormes púas de acero,que se erguían como rectos árboles sin ramas entre ellos y el rey de los silfos y las dos princesas.
—Regresen al castillo inmediatamente —ordenó Oxiüs a sus dos hijas
mayores—, y traigan el mazo más pesado que puedan encontrar en la herrería. Así lo hicieron ellas, y el rey empezó a golpear con el poderoso objeto los clavos de acero, abriéndose camino entre ellos.
Al oír el estruendo, Igerne le dijo a su compañero:
—Mira de nuevo y fíjate si los ves.
—Veo de nuevo a los pájaros pequeños.
—Mira de nuevo.
—Otra vez se han convertido en águilas.
—Mira por tercera vez.
—Ahora son nuevamente montañas.
—Pues, entonces, tira el anillo detrás de nosotros —le dijo la princesa.
Tan pronto como el muchacho tiró el anillo, toda la comarca a espaldas de ellos se transformóen un profundo lago. Oxiüs, al no poder cruzarlo, les ordenó a sus dos hijas mayores:
—Regresen a casa y tráiganme el balde más grande que encuentren. Así lo hicieron, aunque no sin esfuerzo, y el rey pudo vaciar el lago y los tres reanudaron la persecución.Igerne, por su parte, volvió a pedir a Skaxlon que mirara hacia atrás, y nuevamente se repitieron las preguntas de ella y las respuestas de él.
—Ahora arroja la espada —ordenó la princesa.
El hijo del rey de Erín la obedeció de nuevo y todo el país a sus espaldas se cubrió de una espesura tan densa, que nadie se habría atrevido a internarse en ella.
—Regresen al castillo y traigan el hacha que se encuentra junto a la chimenea— indicó el reya sus hijas. Cuando regresaron con la pesada hacha, el monarca pudo desbrozar el camino, y los tres continuaron la persecución.En ese punto de su huida, la pareja llegó a un ancho río, de más de una milla de anchura, junto a cuya orilla pudieron ver un bote, en el cual se embarcaron y remaron hacia el centro con todas sus fuerzas. Ahora bien, el rey de los silfos podía salvar hasta tres cuartos de milla de un solo salto, y esa era precisamente la distancia a que se encontraba el bote cuando Oxiüs llegó a la ribera. Desesperado como estaba por recuperar a su hija y furioso por la traición de Skaxlon, el rey intentó el salto, con tan mala suerte que cayó junto al bote, y el príncipe lo golpeó en lac abeza con el remo, matándolo instantáneamente. Sin otras dificultades, la pareja llegó a la otra margen y siguió su camino, ahora tranquilamente y sin ninguna prisa. En el trayecto se detuvieron a visitar a los tres gigantes bondadosos y al águila de oro, que aún no se había repuesto del todo de su viaje a la Isla Verde, y finalmente llegaron a Erín donde, en el condado de Connacht, se erguía el palacio del rey de Irlanda.
—Espérame unos instantes aquí; prepararé a mi padre y luego pasaré a buscarte —pidió Skaxlon a su amada.
—Así lo haré, pero te prevengo que no debes besar a nadie, ni dejarte besar por persona alguna mientras estés ausente —le advirtió la princesa—, porque en ese caso te olvidarías inmediatamente de mí.
Entonces, el príncipe se dirigió al palacio de su padre, y no besó ni permitió que nadie lo besara, pero su viejo perro, que lo había extrañado mucho durante todo ese tiempo, se levantó sobre sus patas traseras y lamió su rostro. Como Igerne lo había anticipado, el príncipe la olvidó de inmediato y ella, al ver que no regresaba, intuyó lo que había sucedido y abrumada por la pena se internó en el bosque, sin saber qué hacer.Al cabo de un tiempo de vagar por la espesura, encontró la casa de un herrero, junto a la cual había una fragua y una fuente con un brocal de piedra. Al aproximarse la noche, la princesa, temerosa de las alimañas del bosque, subió a uno de los árboles que se encontraban junto al pozo.Pero quiso el azar que esa noche hubiera luna llena y que la criada de la casa se acercara al brocal de la fuente en busca de agua. Y al ver en el agua el reflejo de un rostro joven y hermoso exclamó:
—¡Es una verdadera pena que, teniendo un rostro perfecto y seductor como el mío, me encuentre sirviendo en la choza de un herrero!
—Y acicateada por este pensamiento erróneo, ya que no había sido su rostro el que había visto reflejado en la fuente, sino el de Igerne, arrojó el balde al suelo y se marchó rápidamente, y nunca más volvieron a verla por la región.Pasado cierto tiempo, la esposa del herrero, temiendo que la mujer hubiera caído al pozo, o hubiera sido atacada por una fiera, salió a buscarla, se asomó a la fuente y, al ver en el agua el mismo reflejo que había visto la criada, sin darse cuenta que no era suyo ese rostro, pensó:
—¡Oh! es una verdadera lástima y una vergüenza que yo, siendo tan hermosa, sea la mujer de un herrero. —Y a continuación huyó corriendo, y su marido jamás la volvió a ver. A continuación fue el turno del herrero de salir a buscar a las dos mujeres; se acercó al pozo, miró la superficie del agua, observó la imagen reflejada en ella y comprendió inmediatamente lo que había sucedido. Así que miró hacia la copa del árbol y, al ver a la hermosa joven que lo observaba, le ordenó:
—Baja de allí inmediatamente. Mi esposa y mi criada me han abandonado por culpa tuya, así que ahora deberás cuidar de mí y de mi casa.
Así que la hija del rey de los silfos debió marchar con el hombre a su casa, y allí cuidó de sus cosas durante un tiempo, hasta que varios días después corrió el rumor de que el príncipe de Eríniba a contraer matrimonio, y el herrero le dijo:
—Si te presentaras a palacio, quizás podrías conseguir algún trabajo durante la fiesta y ganar algún dinero.Aunque sus propias motivaciones y propósitos eran muy distintos, la princesa se presentó en palacio, donde le dijeron que se planeaba preparar una gigantesca torta de bodas para el día de los esponsales.
—¿Puedo hornear yo esa torta? —preguntó al maese repostero.
—¿Y tú qué sabes de preparar tortas? —preguntó a su vez el hombre, exasperado por lo que creía una impertinencia de aquella criada.
Pero entonces Igerne le aplicó un pequeño conjuro que había aprendido de la “gente pequeña”, y el pastelero la autorizó a cocinar el pastel y hasta le enseñó dónde se encontraban los distintos ingredientes. Así que la princesa se abocó de inmediato a la tarea y, cuando estuvo listo, lo decoró con una réplica del castillo del rey de la Isla Verde, que incluía el establo, el lago y el viejo roble, de modo que Skaxlon no pudiera dejar de verlos. Cuando la enorme torta estuvo terminada la dejó enfriar a la sombra de un nogal y luego la hizo llevar por cuatro mozos al salón; al verla, todos comentaron:
“Esta torta no pudo haber sido preparada por el viejo borracho del
maese pastelero; debe de haber contratado a alguien de afuera”.
Al preguntarle al jefe de cocina, éste explicó que la torta la había
preparado y decorado una joven, y que no había pedido remuneración alguna por ella.
—Tráiganla inmediatamente a mi presencia —ordenó el rey al enterarse.
—De inmediato, la princesa subió al salón del trono y se le permitió quedarse junto a los invitados. Más tarde,cuando según las antiguas costumbres de Erín, los bardos comenzaron a narrar y entonar viejas crónicas de guerra y lances amorosos, el monarca preguntó a la joven:
—¿Te animarías a contarnos una hermosa historia de amor?
—No sé ninguna, pero si me das tu anuencia, puedo mostrarles a todos un truco de magia blanca.
—Por supuesto que te la doy —contestó el rey —e, inmediatamente, Igerne arrojó al suelo dos granos de trigo, de los cuales surgieron un gallo y una gallina. A continuación tiró otro grano, que no se convirtió en nada, sino que fue atrapado por la gallina, pero el gallo se lo arrebató.
—Si me hubieras tratado tan mal el día en que tuve que ayudarte a limpiar el establo, todavía estarías allí, enterrado entre la basura
—dijo la gallina.
Luego, la sílfide dejó caer otro grano y la gallina lo picoteó, pero el gallo volvió a quitárselo.
—Seguro que no me hubieras hecho esto el día en que llorabas por no poder vaciar el lago buscando el anillo, y yo tuve que hacerlo por ti— volvió decir enojada la gallina.
Igerne arrojó un tercer grano con el mismo resultado, y la gallina
exclamó:
—Tampoco me hubieras maltratado el día en que tuve que hachar el gran roble en lugar tuyo,para recobrar la espada de mi padre, ni cuando horneé las tres hogazas mágicas que nos permitieron huir.Al oír las palabras de la gallina, el príncipe recobró de inmediato sus recuerdos y reconoció a la joven que había sido su primer amor. Al hacerlo, la tomó de la mano, se volvió hacia su padre y le dijo con un tono de voz firme y decidido:
—Padre mío, lamento contrariar tu decisión, pero ésta es la mujer a quien amo, y no aceptaréa ninguna otra por esposa.Y así, el hijo del rey de Erín desposó a la sílfide, hija del rey de Isla Verde y de los silfos.
En el transcurso del tiempo, los felices esposos tuvieron cuatro hijos, que heredaron la gallardía de su padre y la belleza y los poderes mágicos de su madre. Algunos años después, el padre de Skaxlon murió y el príncipe ocupó su trono, desde el cual rigió los destinos de Erín durante muchos y felices años.

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