EL HIJO DEL REY DE ERIN Y EL REY DE LOS SILFOS (2ªParte)

Publicada en Publicada en CUENTOS, De Hadas

EL HIJO DEL REY DE ERIN Y EL REY DE LOS SILFOS

Skaxlon así lo hizo, pero, mientras cruzaban por sobre las Montañas ígneas, uno de sus volcanes lanzó una llamarada que chamuscó algunas de las plumas del águila. El príncipe sintió que su corazón se detenía, porque el ave se estaba debilitando, pero se tranquilizó cuando la alimentó nuevamente y vio que recuperaba parcialmente sus fuerzas.
Finalmente, el heroico pájaro logró llegar a la Isla Verde, donde descendió suavemente a la orilla de un lago.
—Escúchame atentamente, hijo del rey de Erín —le dijo entonces el águila—, las tres hijas del rey de los silfos se bañan diariamente en este lago, y hoy no va a ser la excepción. Tienes que fijarte en la menor de ellas; te será fácil, pues es la única que luce en su brazo derecho una ajorca de plata que deberás robarle mientras se baña, porque ése es el único momento en que se la quita.Y ahora tengo que marcharme, ya que aún me espera el largo viaje de regreso.
Algo más tarde, cuando las tres sílfides se estaban vistiendo después del baño, la menor de ellas comentó con sus hermanas la falta de su brazalete, pero éstas se rieron de ella y le dijeron:
—El único que podría haberlo robado es nuestro padre y él hoy no está en la isla.
—A continuación, las dos se marcharon y dejaron a su hermana menor buscando su ajorca. Pero, tan pronto como se hubieron alejado, Skaxlon se presentó ante ella y la princesa se enamoró de él de inmediato.
—¿Quién eres y de dónde vienes? —preguntó.
—Soy el hijo del rey de Erín, y tu padre me impuso un geis, por el cual debía acudir hoy a la Isla Verde, a ponerme a sus órdenes.
—Entonces, debes venir al palacio. No debes temer nada. Espera a que yo me vaya y sígueme una hora después.Cuando el príncipe llegó al castillo y llamó a las puertas, el propio rey salió a recibirlo y le preguntó:
—¿Eres tú, hijo del rey de Erín?
—Así es.
—Pasa —invitó el rey de los silfos—. Comerás y te alojarás en el castillo, que es más de lo que has hecho por mí cuando jugábamos en Erín, ya que allí nunca me diste ni siquiera un bocado de pan.Luego condujo a Skaxlon a un pequeño cuartucho, que era poco menos que un calabozo; le ordenó que permaneciera allí hasta que él lo indicara y le avisó que le enviaría algo de comer.Poco tiempo después, llegó la
menor de sus hijas con una jarra de agua y un trozo de pan duro, y vio que el príncipe estaba llorando.
—No dejes que el desaliento te agobie —le dijo—. Esconde esta bazofia, y más tarde te traeré parte de mi propia comida.
—Así lo hizo, y él comió y esperó la llegada del rey.
—¿Te ha gustado el almuerzo que te envíe? —preguntó Oxiüs.
El príncipe no contestó, y el rey continuó—:
Tengo el primer trabajo para ti; prepárate porque mañana por la mañana te lo encargaré.Esa noche Igerne, que así se llamaba la hija menor del rey, lo condujo hasta sus propios aposentos; allí conversaron largamente y luego durmieron juntos en la cama de la joven. Al alba, el muchacho volvió a su cubículo antes de que llegara el rey, quien, al aparecer por allí, le dijo:
—Allí, fuera del castillo, hay un establo que no se limpia desde hace ciento veintitrés años y,entre la basura, se encuentra un prendedor que perteneció a mi familia desde siempre. Tienes que limpiar el establo y hallar el prendedor.El hijo del rey de Erín tomó una pala y comenzó a limpiar el establo, que tenía cuarenta ventanas al exterior; pero cuando comenzó a arrojar fuera la basura, a cada palada que sacaba,tres de ellas caían de nuevo al interior por cada una de las ventanas, de modo que, a poco de empezar, tuvo que detenerse en su trabajo, porque la basura ya le llegaba al pecho y estaba apunto de asfixiarse. Al mediodía, la hija del rey llegó con su almuerzo, y él lloró en su regazo.
—¿Qué es lo que pasa ahora? —preguntó la joven.
—He trabajado muy duro desde el alba, pero el establo está mucho más sucio de cuando empecé a limpiarlo —se quejó él
.—Esto es cosa de mi padre; tranquilízate, yo lo limpiaré por ti.

Después de estas palabras se puso a trabajar, y por cada palada que ella daba, veintiuna salían del cobertizo por cada ventana, con lo cual pudo terminar su tarea rápidamente y encontrar el prendedor, que entregó a Skaxlon.
—Ahora voy al lago a bañarme con mis hermanas. Tú ve al castillo una hora después de queme haya marchado, y cuando mi padre te pida el prendedor, niégate a dárselo, aduciendo que tienes todo el derecho del mundo a conservar tu probabilidad, pero si te pregunta, no le digas de qué probabilidad se trata.Así, cuando el rey le pidió la joya, el príncipe la conservó en su poder y regresó a su cuartucho; a la hora de la cena, se repitió el episodio del día anterior con el pan, el agua y la comida, y lo mismo sucedió con su ida a la alcoba de la muchacha, de donde regresó antes de que el rey viniera a buscarlo a la mañana siguiente.
—Hoy tengo otro trabajo para ti —anunció el monarca al llegar a la
mazmorra.
—No hay tarea que yo no pueda hacer.—Cerca del castillo hay un lago
—dijo el monarca—. Debes vaciarlo en lo que queda del día, para encontrar un anillo de oro que mi abuela perdió allí hace setenta y ocho años.
El príncipe tomó un balde y comenzó a sacar el agua, pero a medida que lo iba desagotando,el lago se tornaba más y más profundo, de modo que, al mediodía, cuando Igerne llegó con la mitad de su propio
almuerzo, el nivel del agua no había bajado una sola pulgada. Pero ella le entregó su comida y le dijo:
—No debes desanimarte ni acongojarte; siéntate en esa roca y almuerza tranquilo.
—Y mientras él comía, la joven sílfide sacó su pañuelo y lo sumergió en el lago, haciendo que absorbiera las aguas y que éste se secara en un santiamén. Así, Skaxlon pudo recobrar el anillo y,una hora después de haberse separado de ella, se dirigió tranquilamente al castillo.
—¿Tienes la sortija? —preguntó el rey.
—Sí, pero no te la daré, porque debo conservar mi probabilidad — contestó el hijo del rey de Erín antes de volver a su cuarto. Al llegar la princesa con el pan y el agua, los hechos sed esarrollaron tal como habían sucedido las noches anteriores, hasta el momento en que el muchacho debió volver a su mazmorra, antes de la llegada del rey.
—¿Cómo pasaste la noche? —preguntó el monarca.—A decir verdad, de maravillas —respondió el príncipe, sin mentir en absoluto.
—Me alegro, porque me temo que el encargo de hoy es un poco más difícil que los anteriores.
—¿De qué se trata esa tarea? —preguntó intrigado el hijo del rey de
Erín.
—En el bosque vecino al palacio hay un roble de una de cuyas ramas
más altas cuelga una espada. Deberás hachar el árbol y bajarla para mí.
Skaxlon tomó un hacha y se dirigió al roble, pero antes de empezar su labor, ató un cordel alrededor del árbol, para ver si aumentaba de tamaño como había sucedido en las dos ocasiones anteriores. Luego comenzó a hachar el tronco pero, como había sucedido con el establo y el lago, el roble aumentaba su grosor con cada corte. El joven se sentó sobre un tronco caído y comenzó a llorar desconsoladamente, pero al mediodía llegó Igerne con su almuerzo y lo tranquilizó:
—Descuida, yo derribaré el árbol por ti.
—Y con un solo corte el añoso roble cayó cuan largo era. Entonces la princesa descolgó la espada y le dijo:
—Vuelve al castillo con la espada, una hora después que me haya ido, pero recuerda: si mi padre te pide la espada, no se la entregues. Repítele que, cuando menos, debes conservar tu probabilidad.
—¿Has abatido el roble? —preguntó el rey al verlo llegar.
—Sí.—Pues entonces, dame la espada —ordenó el monarca.Pero el príncipe le respondió en la forma acostumbrada, y Oxiüs volvió a encerrarlo en la mazmorra, pero antes de hacerlo le dijo:
—He oído decir que todos los iweronikã son excelentes narradores de
cuentos. Vendrás a mi cuarto esta noche y me contarás algunos. La hija menor del rey fue la encargada de disponer la habitación para la noche: hizo colocar una cama a cada lado de la alcoba, una para su padre y otra para Skaxlon; luego encendió una luz muy tenue, de modo que la mayor parte del cuarto quedó sumido en la oscuridad, y colocó tres hogazas de pan, que ella misma había horneado, disponiéndolas, una en la cama del joven, una en el centro del cuarto y la tercera junto a la puerta. Inmediatamente después ella y Skaxlon abandonaron el cuarto y huyeron de prisa. Al entrar en su aposento, dispuesto a pasar una noche agradable, el monarca dijo:
—Vamos, hijo del rey de Erín. Comienza tu cuento —y, ¡oh, maravilla!: el pan que se encontraba sobre la cama del príncipe comenzó a relatar una historia tan interesante, pero tan larga, que el rey pasó gran parte de la noche escuchándola. Y cuando la hogaza hubo terminado, Oxiüs, que la había escuchado atentamente, quedó encantado con ella.
—Ha sido el cuento mejor contado que he escuchado en mi vida —reconoció—.
Ahora cuéntame otro más.
—Entonces, el pan que se encontraba en el centro del cuarto comenzó a narrar una leyenda bélica, con héroes que se enfrentaban en batallas interminables, y tardó tanto en hacerlo que, cuando término, ya casi había comenzado a amanecer.
—¿Sabes?, también ese cuento es muy bueno. Sin duda, creo que eres uno de los mejores bardos de Erín —lo congratuló el rey—. Ahora nárrame uno más.
—Creo que el siguiente relato sí llamará poderosamente tu atención —dijo ahora la hogaza que se encontraba junto a la puerta—, pues es una historia verídica y ha sucedido hace tan sólo unas horas: quiero decirte, rey de los silfos y de la Isla Verde, que tu hija huyó anoche con Skaxlon, el hijo del rey de Erín. Es más, ya deben de estar muy lejos de ti, y creo que deberías estar buscándolos.El rey se levantó de un salto y, al acercarse a la cama donde creía que se encontraba el príncipe, descubrió que allí sólo había una hogaza de pan. Inmediatamente se dio cuenta de que todo aquello era una estratagema de la princesa, que había utilizado sus poderes mágicos. Entonces llamó a sus dos hijas mayores y los tres emprendieron rápidamente la persecución.

Deja un comentario