EL HIJO DEL REY DE ERIN Y EL REY DE LOS SILFOS (1ªParte)

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EL HIJO DEL REY DE ERIN Y EL REY DE LOS SILFOS

Hace ya muchísimo tiempo, tanto que no muchos lo recuerdan, regía en Erín un rey que tenía un solo hijo, pues su esposa había fallecido al dar a luz, y él le había jurado, en su lecho de muerte, que jamás volvería a casarse. Por ello, y ante el temor de sufrir otra pérdida terrible, el hombre no dejaba que Skaxlon, que tal era el nombre del muchacho, saliera del castillo, ni se alejara de su vista, tanto de día como de noche. Finalmente, cuando el joven hubo llegado a los veinte años de edad, decidió encarar a su padre de esta forma:
—Padre mío, creo que ha llegado el tiempo de que me permitas tener alguna actividad fuera de estos muros.
—Me parece bien, hijo, y como lo que necesitas es hacer ejercicio, toma este stick (palo) de hurling y esta pelota y ve a practicar al llano que hay detrás del palacio.
Un año y un día había pasado el muchacho ejercitando su juego cuando, en un momento de descanso, se le acercó un hombrecillo de cabellos grises y barba negra, y se dirigió a él,diciéndole:
—Después de un año y un día de entrenamiento, supongo que habrás aprendido mucho, hijo del rey de Erín. ¿Quieres demostrarlo jugando conmigo?
—Si primero me dices quién eres y de dónde vienes, no tendré ningún inconveniente en jugar contigo —dijo Skaxlon.
—Soy Oxiûs, el rey de los silfos,y vengo de la Isla Verde, donde vivo con mis tres hijas.
—¿Y cuál sería el premio? —preguntó el príncipe.
—El vencedor podrá imponer un geis sobre el perdedor, para que éste le conceda lo que desee—propuso Oxiûs.
—Para ti sería muy fácil con la ayuda de tu magia, pero quizás yo no pueda satisfacer tu pedido —objetó Skaxlon.
—Pierde cuidado, que no te pediré nada que no puedas cumplir —lo tranquilizó el silfo.
Entonces los dos se pusieron a jugar hurling; debieron jugar todo el día, hasta que casi se había puesto el sol, antes que el joven lograra anotar un tanto.
—Bien, tú ganas, ¿cuál es tu deseo? —preguntó el rey de los silfos.
—Quiero que, en el transcurso de esta noche, mientras dormimos, el castillo de mi padre se, convierta en el palacio más lujoso que nadie haya podido imaginar jamás, con su servidumbre, sus tesoros y todo lo que un palacio debe tener
—Así será —le aseguró Oxiûs, y al día siguiente Skaxlon y su padre, que se habían acostado en sus respectivas alcobas, despertaron tendidos en lujosas camas con colchones de edredón y sábanas de raso, atendidos por cientos de sirvientes solícitos y serviciales
—Pues, me alegro de haberte dado ese stick —dijo el padre cuando el su hijo terminó de contarle su encuentro del día anterior—, pero no debes abusar de tu suerte. Los silfos suelen ser amables con los humanos, pero son volubles y caprichosos, y pueden cambiar de humor de un momento a otro.Al día siguiente, Skaxlon comenzó nuevamente sus entrenamientos. Al cabo de un año y un día reapareció el hombrecillo; jugaron durante todo el día y, justo antes de ponerse el sol, el joven volvió a marcar el tanto del triunfo.
—¿Y qué pedirás esta vez? —preguntó el hombrecillo.—Quiero que, para mañana por la mañana, los campos de mi padre se encuentren llenos de ganado y sus caballerizas, de caballos de la mejor raza.

—Los tendrás —concedió el silfo y, al despuntar el alba, había en los prados cientos de ovejas y vacunos, vigilados por la atenta mirada de sus pastores, y las cuadras encerraban corceles de toda raza y color, cuidados por cuarenta caballerizos bajo las órdenes de un senescal. De nuevo Skaxlon se entrenó arduamente durante un año y un día y, al cabo de ese tiempo,llegó puntualmente el hombrecillo canoso.
—Bien —dijo apenas llegado—, ya van tres años y tres días que practicas, y me has vencido dos veces en ese tiempo. Ahora jugaremos por tercera vez.
—Así lo hicieron y, al caer la tarde,fue esta vez Oxiüs quien marcó el
tanto del triunfo.
—Has ganado y tengo que respetar mi geis—reconoció el muchacho—, pero recuerda que yo soy solamente humano y que prometiste no pedirme cosas que no pudiera cumplir.
—No te preocupes, conozco las limitaciones humanas y no lo haré. Quiero que te presentes en mi Isla Verde dentro de exactamente un año y un día. Allí cumplirás algunos trabajos para mí y luego estarás en libertad para regresar.
—Ni siquiera sé dónde queda tu isla; ¿me darás las indicaciones para
llegar?
—Encuéntrala por tus propios medios; es la primera de las tareas que te encomendaré —dijo el silfo y desapareció.
Cuando esa noche regresó a su palacio, el príncipe se encontraba abatido y acongojado y, al notarlo, su padre le preguntó:
—¿Qué sucede, hijo mío? ¿Qué te ha pasado para que llegues con esa cara apesadumbrada?
—He perdido mi tercer juego con el rey de los silfos y debo ir en busca de la Isla Verde.
—Te han impuesto un geis y lo debes cumplir. Te daré dinero para el viaje —le ofreció el rey.

Y así, Skaxlon comenzó su búsqueda de la isla de los silfos, y en su tercer día de camino llegó a la casa de un gigante, que lo atendió con gran gentileza y hospitalidad.
—¿Hacia dónde te diriges? —preguntó el hombretón.
—Estoy buscando el camino hacia la Isla Verde —dijo el joven—, pues debo estar allí dentro de un año menos dos días.
—Revisaré mis notas esta noche —dijo el gigante, conduciéndolo al interior de su castillo,donde le dio de cenar y lo alojó en un cuarto enorme para él solo—; si descubro dónde está la isla, te lo haré saber por la mañana.
—¿Has encontrado la Isla Verde? —le preguntó Skaxlon al día siguiente.
—No —respondió el gigante—, pero tengo un hermano que vive a dos días de camino de aquí. Quizás él sepa algo.
—Luego le enseñó el camino hacia la casa de su hermano y le dio dos  panes para el viaje. El príncipe agradeció al gigante su hospitalidad y siguió su camino hasta que, al llegar al castillo del segundo gigante, éste le salió al paso y le gritó, enfurecido:
—¿Se puede saber qué haces, invadiendo mi propiedad? ¡Voy a matarte por esto!—Sólo vine a hacerte una pregunta; vengo de la casa de tu hermano —se defendió Skaxlon, ofreciéndole uno de los panes.
—Esto sólo pudo haber salido del horno de mi madre —reconoció el segundo gigante—.¿Qué es lo que deseas preguntarme?
—Tu hermano me dijo que quizás supieras cómo puedo llegar a la Isla Verde.
—Trataré de descubrir en mis libros si tengo alguna información sobre ella —respondió elsegundo gigante, mientras guiaba al príncipe hacia su cuarto para pasar la noche—. Si encuentro algo, mañana te lo diré.
—¿Tienes alguna novedad sobre la isla? —preguntó Skaxlon al día siguiente.
—No, pero sigue por este camino y al cabo de tres días llegarás al castillo de nuestro hermano menor. Se pondrá furioso al verte, pero no temas; dale el pan y él lo reconocerá.
El muchacho continuó su viaje hasta llegar al castillo del tercer hermano, quien se irritó mucho al verlo e intentó atacarlo; sin embargo, cuando el joven le hubo dado el pan, le dijo:
—Este pan ha sido amasado por las manos de mi madre; —y ante la  pregunta del príncipe respondió—:
Mañana por la mañana estaré en condiciones de decirte dónde se
encuentra y la forma de llegar a ella.
—¿Me dirás ahora cómo llegar a la isla? —preguntó Skaxlon a la mañana siguiente. Y el gigante que, en realidad, era un genio del aire, le respondió:
—Ven afuera conmigo. Llamaré a todas las aves y les preguntaré dónde está la isla. Así diciendo, tomó su cuerno de caza y ambos salieron al prado que había detrás del castillo; allí, el hombretón tocó su cuerno y todos los pájaros del aire se reunieron alrededor de él.
—¿Alguno de ustedes sabe dónde está ubicada la Isla Verde? preguntó el gigante con voz atronadora.
El silencio más absoluto respondió a su pregunta, señal de que ninguna de las aves conocía la respuesta.
—No te preocupes, aún falta un ave —dijo al príncipe—.
El águila de oro todavía no ha llegado. Volvió a tocar el cuerno y, al
repetir la llamada, quince minutos después no tardaron en divisar al
águila, que llegó hasta ellos tan agotada que no podía casi ni hablar.
—¿Dónde estabas cuando toqué el cuerno la primera vez?
—En la Isla Verde —respondió el ave.
—¿Y la segunda vez?
—Volaba por sobre las Montañas ígneas.
—¿Y la tercera?—Ya me encontraba a la vista del castillo. El gigante
alimentó bien al águila y luego le preguntó:
—¿Te encuentras en condiciones de llevar a este muchacho a la Isla
Verde, hoy mismo?
—No. Me encuentro demasiado débil. Necesitaré al menos dos semanas para recuperarme. El hijo del rey de Erín estuvo de acuerdo y, durante esas tres semanas, se entrenó para poder sostenerse sobre el lomo del águila, con miras al largo viaje. Transcurridos los quince días, el águila anunció que ya estaba en condiciones de partir, y entonces el gigante ató al cuello del pájaro una bolsa de provisiones y le recomendó a Skaxlon que no dejara de alimentar al ave toda vez que ésta se lo pidiera; luego el joven subió sobre su montura, y ambos se elevaron a gran altura, hasta que el muchacho le dijo:
—Estás subiendo demasiado alto; tengo mucho miedo.
—Tengo que hacerlo, si queremos franquear las Montañas ígneas —le contestó el águila.
—Entonces, sube todo lo que necesites.
—Bueno, pero dame una porción de carne —pidió el águila de oro.

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