El hijo del Rajá y la princesa Labam (2ª Parte)

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El hijo del Rajá y la princesa Labam

Apenas acababa de formular la petición, la bolsa se fue hinchando. En un momento se formó a los pies de la cama, un montón de las hojas pedidas. Entonces el joven sentóse de nuevo en su cama y regresó a casa de la anciana.
A la siguiente mañana los servidores de la princesa encontraron el montón de hojas de betel, y se pusieron a masticarlas.
– ¿De dónde habéis sacado eso? -les preguntó la bellísima muchacha.
– Lo hallamos junto a vuestro lecho -contestaron los criados, que ignoraban por completo la visita del hijo del Rajá.
Entretanto, la anciana fue a despertar al hermoso príncipe, y le dijo muy triste:
– Debéis abandonar esta casa, pues si el rey supiese que he faltado a sus órdenes seguramente me haría matar.
– Hoy me siento enfermo, buena señora -contestó el joven.- Os ruego que me permitáis quedarme hasta mañana por la mañana.
– Bien, -replicó la anciana, que sentía un gran afecto por él.
Aquel día comieron y cenaron de lo que les dio la bolsa encantada. Al llegar la noche la princesa Labam salió al mirador de palacio y el príncipe permaneció todo el rato con la vista fija en ella.
A las doce, la princesa se retiró a su dormitorio, y al poco tiempo, el hijo del Rajá sentóse en su lecho y solicitó ser trasladado al cuarto de su adorada. Una vez en él, pidió a la bolsa el más bello chal del mundo, y como de costumbre, la bolsa obedeció.
Apoderóse el príncipe del chal, que estaba hecho de azul de noche y espolvoreado con estrellitas caídas del cielo, y cubrió con él a la hermosa princesa, que pareció más bella que nunca. Enseguida regresó a la casa donde se hospedaba y durmió hasta el día siguiente.
Al despertarse la princesa y ver el chal, que tan bien armonizaba con su traje de rayos de luna, se sintió muy feliz.
– Mira, mamá -dijo a la Raní.- Este chal tan hermoso debe de habérmelo traído Kuda.
– Sí, hijita -replicó la madre, que también se sentía muy feliz.- Sin duda es un regalo de Kuda.
En aquel mismo instante la anciana que hospedaba al hijo del Rajá le indicó:
– Ahora ya podéis marcharos, noble caballero.
– Por favor -suplicó el príncipe.- Os ruego me dejéis quedar unos días más, pues aún no me encuentro completamente bien. Os prometo no salir para nada de casa, y así nadie me verá.
La anciana, cautivada por las palabras del joven, cedió una vez más.
Aquella noche, lo mismo que las anteriores, la princesa Labam salió al mirador de su palacio. Y asimismo el príncipe estuvo todo el rato con la mirada fija en ella, sintiendo arder su corazón, de amor hacia la hermosa joven.
A las doce y media, un rato después de haberse retirado la princesa, el príncipe sentóse en su cama y se trasladó al dormitorio de su amada. Al llegar allí, sacando la bolsa, le pidió:
– Bolsa, dame el anillo más precioso del mundo.
La bolsa obedeció, entregando a su dueño una sortija hecha con sol del mediodía y adornada con una estrella de medianoche. El hijo del Rajá colocó suavemente el anillo en la mano de la princesa, mas, en este momento, despertóse la joven y le miró asustada.

– ¿Quién eres? -preguntó.- ¿De dónde vienes? ¿Por qué estás en mi dormitorio?
– No te asustes, hermosísima princesa. No soy un ladrón, sino el hijo de un poderoso Rajá. Hiraman, el rey de los loros de la selva donde yo cazo, me dijo tu nombre e inmediatamente dejé a mi padre y a mi madre para venir a verte.
– Si eres el hijo de un Rajá -murmuró la muchacha, que había quedado prendada del hermoso joven,- no te haré matar, y diré a mis padres que quiero casarme contigo.
Loco de alegría, el príncipe regresó a casa de la anciana; pero era tanta su felicidad, que aquella noche no pudo dormir.
A la mañana siguiente la princesa, que tampoco había podido descansar, dijo a su madre:
– Ha llegado a nuestro país el hijo de un poderoso Rajá y deseo casarme con él. Te suplico por favor que se lo comuniques a mi padre.
– Está bien -asintió el Rajá al enterarse por su esposa del deseo de su hija.- No tengo ningún inconveniente en que ese príncipe se case con mi hija, pero antes ha de hacer lo que yo le diga. Si fracasa le mataré. Voy a darle cincuenta kilos de simiente de mostaza y si no logra extraer en un día todo el aceite que contiene, será decapitado.
Entretanto, el príncipe había despertado y lo primero que hizo fue explicar a la buena mujer que le hospedaba, que pensaba casarse con la princesa Labam.
– ¡Marchaos enseguida de este país y olvidaos de la princesa! -exclamó la anciana.- Muchos Rajás y príncipes han venido a pedir su mano y el rey los ha mandado matar. A todo el que intenta casarse con su hija le impone una serie de condiciones tan terribles que no hay quien pueda cumplirlas. Si intentáis hacerlo moriréis como los demás.
Aunque los consejos de la anciana eran muy acertados, el príncipe no quiso escucharla. Era joven, adoraba a la princesa y nada podía detenerle.
Al poco rato de sostener esta conversación, llegó a casa de la anciana un mensajero del rey, que invitó al príncipe a acompañarle hasta palacio. Allí, el soberano, rodeado de toda su corte, le entregó cincuenta kilos de semilla de mostaza, ordenándole que extrajese el aceite que contenía y se lo llevara a palacio el día siguiente a la misma hora.
– Quien desee casarse con mi hija tiene que hacer cuanto yo le ordene -explicó el Rajá.- Si no es capaz de ello, tengo que matarlo. Por lo tanto, si no consigues extraer todo el aceite de esas simientes, te mandaré decapitar.
Al oír esto y ver lo que abultaban los cincuenta kilos de semilla, el príncipe sintióse muy desanimado, pues comprendió que le sería imposible salir airoso de aquella prueba.
Como no podía hacer otra cosa, cogió la semilla y se la llevó a casa de la anciana. Estuvo reflexionando varias horas acerca de su situación, sin llegar a decidir nada. De pronto, acordóse de la reina de las hormigas, y apenas acababa de pensar en ella la vio aparecer.
– ¿Cuál es el motivo de tu tristeza? -preguntó el animalito
El hijo del Rajá le mostró el montón de simiente de mostaza y replicó:
– ¿Cómo puedo extraer en un día todo el aceite que contiene esta semilla? Sin embargo tengo que hacerlo antes de mañana, o seré decapitado por orden del Rajá de este país.
– No te preocupes -contestó alegremente la reina de las hormigas.- Ve a tu lecho y descansa. Mientras tanto, entre mis súbditos y yo, haremos ese trabajo.
Confiado en aquella palabra, el príncipe fue a acostarse, y efectivamente, los pequeños insectos extrajeron todo el aceite.
Al otro día, el príncipe se trasladó al palacio del Rajá y le presentó el resultado de la laboriosidad de las hormigas. Pero el soberano movió la cabeza y dijo:
– Aún no puedes casarte con mi hija. Es necesario que antes luches con mis dos demonios y los mates.
Años atrás, el Rajá había logrado cazar en una trampa a dos terribles demonios. No supo qué hacer con ellos, y como temía soltarlos, los encerró en una jaula, esperando que algún día se presentase un hombre lo bastante fuerte para matarlos.
Hasta entonces ninguno de los príncipes que intentaron vencerlos lo consiguió, y el Rajá empezaba a temer que, aquellos demonios, se convirtieran en una carga eterna.
Cuando el joven vio a los dos terribles demonios, se dijo:
– ¿Cómo podré vencer a dos seres tan espantosos?
En aquel momento recordó a sus dos amigos los tigres, quienes inmediatamente aparecieron ante él.
– ¿Qué te ocurre? -le preguntó el tigre.
– El Rajá de este país me ha ordenado que luche contra sus dos demonios y los mate. ¿Cómo podré hacer semejante cosa?
– No te apures -contestó la hembra.- Nosotros los mataremos.
En efecto, los dos tigres vencieron en pocos momentos a los demonios, y el Rajá se sintió mucho más tranquilo al verse libre para siempre de la amenaza de los dos demonios.
– Está muy bien -dijo felicitando al príncipe.­ Mas, para conseguir a mi hija, debes hacer aún otra cosa. En lo alto del cielo tengo un enorme tambor. Es necesario que llegues hasta él y lo hagas sonar. Si no lo consigues, ya sabes lo que te espera.
El joven príncipe recordó enseguida su lecho, y sin perder un minuto, corrió a casa de la anciana que le hospedaba, y sentándose en la cama, ordenó:
– Cama, llévame hasta el tambor del Rajá.
El lecho obedeció en seguida, y a los pocos minutos el príncipe hacía sonar el enorme instrumento.
A pesar de haber oído el Rajá las notas del tambor, no quiso entregar su hija al joven, diciéndole que aún quedaba una última prueba.
– ¿Cuál? -preguntó el joven.
El soberano le cogió de la mano y acompañándole al jardín del palacio, le mostró un grueso tronco, diciéndole:
– Mañana por la mañana deberás partir este tronco con esta hacha de cera.
Esta vez el príncipe quedóse muy triste. No veía solución posible al nuevo problema, pues estaban ya agotados todos sus recursos. Convencido de que al día siguiente iba a ser decapitado, quiso despedirse de la princesa Labam, y por ello, trasladóse a sus habitaciones montado en su lecho volador.
– Vengo a despedirme de ti, hermosa princesa ­dijo.- Mañana tu padre hará rodar mi cabeza por el suelo.
– ¿Por qué?
– Me ha ordenado que parta un árbol muy grueso con un hacha de cera. ¿Cómo podré hacer semejante cosa?
– No te preocupes -replicó la princesa, que habiéndose enamorado del joven no quería dejar de ser su esposa.- Toma este cabello mío y colócalo extendido sobre el filo del hacha. Mañana, cuando nadie te oiga, ordena al árbol: “Déjate cortar por este cabello; te lo manda la princesa Labam”.
Al otro día, el hijo del Rajá, siguió las instrucciones de la princesa, y en efecto, tan pronto como el cabello tocó el tronco, éste quedó partido en dos.
Maravillado por todos aquellos prodigios, el Rajá cedió al fin, diciendo:
– Has ganado a mi hija, y puedes casarte con ella.
Al casamiento de los dos príncipes acudieron todos los Rajás de los alrededores, y los festejos duraron varias semanas. Cuando se terminaron, el príncipe dijo a su esposa:
– ¿Quieres que vayamos al país de mi padre?
La princesa Labam aceptó complacida y al poco tiempo los dos esposos partieron hacia los dominios del Rajá.
El padre de la princesa Labam les regaló una enorme cantidad de camellos y caballos cargados de rupias y objetos de oro. También les dio una escolta de numerosos criados que les acompañaron con gran pompa hasta la capital del vecino reino, donde, de allí en adelante, vivieron.
El príncipe conservó siempre su cama voladora, el tazón, la bolsa, el palo y la cuerda; sólo que esto último, como vivió siempre en paz, no tuvo que emplearlo nunca.

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