El hada del perfume

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Hace muchos, muchos años, había un país donde no existía nada, todo tenía que ser inventado. Su rey era el mejor de ellos, el más imaginativo, el artesano que más cosas había creado.

Este rey tuvo una hija, precioso don, cuando ya contaba con la edad de los recuerdos. La niña fue realmente un tesoro para el rey y para todo el país. A todas partes donde iba llevaba su sonrisa iluminándolo todo. Si veía a un artesano cansado de tanto inventar, sólo con una sonrisa suya enseguida se les ocurría algo nuevo.

La princesa creció entre el amor de sus súbditos pero llegó un día que se dieron cuenta que la princesa estaba muy triste y melancólica, se iba a pasear sola por el bosque y a nadie contó la causa de sus desvelos.

Una noche  en que la luna con sus rayos plateados iluminaba todo el bosque, la princesa se acurrucó entre las raíces de un árbol y lloró desconsoladamente.

La Luna iluminó cada lágrima y como estrellas se elevaron al cielo.

La princesa había crecido y ahora acababa de descubrir qué quería ser en la vida. Corrió al palacio en busca de su papá y la dulce princesa le miró fijamente con esa sonrisa irresistible y le dijo: Padre mío, quiero ser perfume.
El anciano bajando entristecido la cabeza le reprochó: Hija, eres mi don más preciado, mi único tesoro, en ti tengo el consuelo y mi alegría, mi empuje y mi descanso y me pides que te convierta en perfume. Este mundo necesita de ti, no puedes desaparecer como la lluvia de invierno.

Padre mío, si tú me conviertes en perfume, yo ofreceré al mundo el poder mágico de imaginar con sólo olerme, vitalidad para la fatiga, placer por la conquista, haré renacer el amor donde me encuentre, seré la inspiración de músicos y poetas, sabré evocar el recuerdo de la persona amada. El viejo rey, guardó un profundo silencio, y tocando a su hija, la revistió de gotas. Ella es el Hada del Perfume.

La princesa aún sigue por el mundo repartiendo felicidad, recuerdos bonitos y gotitas de alegría.

 

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