El gobernador y el soldado (2ª Parte)

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El gobernador y el soldado

Cuando el gobernador escuchó las últimas frases del soldado, se irguió en su asiento y se atusó el bigote, con evidente satisfacción. ¡Ahí es nada merecer tan alto concepto de los propios enemigos, que eran guerreros famosos por su valentía y arrojo!
El prisionero, como si no lo advirtiese, siguió hablando:
– Y entonces el moro, descabalgó y entregándome las bridas de su caballo, me dijo:
– Quedaos aquí, mientras yo voy a rendir pleitesía a Boabdil.
Y al punto se perdió entre la multitud que rodeaba el trono, aunque no sin antes indicarme que cuidara de su caballo y no soltara la brida, para que no se escapase.
¿Qué puedo o qué debo hacer? -me pregunté en cuanto me quedé solo-. «¡Esperaré a que este moro regrese y me lleve a la grupa de su corcel hasta quién sabe dónde, con el riesgo de quedarme encantado con él o de morir, quizá, por efecto del mismo hechizo que tiene encantados a todos estos moros, o he de aprovechar esta oportunidad que se me presenta para huir…?
Por fin, con la decisión que debe caracterizar a todo buen soldado y pensando también en que si algo me sucedía, jamás podría advertir a nadie del peligro que corría, no sólo la Alhambra y Granada sino España entera, me apropié del caballo, tomándolo como trofeo de guerra, ya que pertenecía a un hombre que a sí mismo se había declarado como enemigo de mi patria y de mi rey, y pasando de la grupa a la silla, di media vuelta, piqué espuelas y le hice volver a pasar por el mismo pasillo que seguimos para llegar hasta allí.
Al pasar frente a una de las cavernas en las que se alineaban los guerreros, advertí de pronto que algunos de ellos se movían y también llegó a mis oídos confuso rumor de voces, gritos y exclamaciones. Pero no me detuve, muy al contrario, piqué espuelas de nuevo y el caballo avivó su marcha hasta ponerse al trote largo primero y al galope tendido, después. Entonces, oí a mis espaldas un ruido terrible, como un estrépito semejante al del trueno, pero cien mil veces más potente, pero ni siquiera volví la cabeza. Sin embargo, pronto me alcanzó un tropel de jinetes… ¡Y ya creía llegada mi última hora cuando con gran asombro por mi parte algunos se me adelantaron y quedé en medio de la turba, que me arrastraba con ella hacia la salida de la cueva, adonde llegamos pocos instantes después! Una vez allí, se originó un gran alboroto y mucha confusión, mientras los jinetes se esparcían en todas direcciones y yo, por mi parte, intenté tomar un camino que, según me pareció, descendía hacia el llano. Pero por efecto de un golpe, o quizá de algún encontronazo violento con algunos de aquellos jinetes que tan alocadamente salían de la cueva, caí al suelo sin sentido.
Cuando desperté ya había amanecido. Miré a mi alrededor y vi que me encontraba en lo alto de una colina y, junto a mí, estaba el caballo árabe. Al caer al suelo las riendas se habían quedado atadas a mi muñeca izquierda e imagino que eso fue lo que le impidió salir disparado hacia su torre de Castilla o ir en busca de su dueño, porque todo puede esperarse en noche de encantamiento. Me incorporé y vi, a mis pies, una hermosísima ciudad, con sus torres, sus palacios, sus murallas y sus almenas, a la que decidí dirigirme.
Pero no me atreví a montar el caballo. «Quizá hiciera alguna de las suyas y comenzara a correr con la velocidad que ayer lo hizo, y yo no pudiera detenerlo», me dije. Y así, llevándolo de la brida, inicié el descenso por un sendero en el que, poco después, tropecé con los soldados de Vuestra Excelencia, a los que rogué que me llevaran a vuestra presencia, en cuanto me dijeron que esta ciudad era Granada y vos, el «Gobernador Manco», que gobernaba la Alhambra, a cuya guardia pertenecían. Y aquí estoy, señor, para informaros de cuanto he sabido y ver cómo se puede prevenir un posible ataque moro.»
– Bien, bien -dijo entonces el gobernador, mesándose los bigotes-. ¿Y qué me aconsejas tú…?
– Yo sólo soy un modesto soldado. ¡Casi no me atrevo a aconsejar nada a un bravo veterano militar como vos, señor! Pero, ya que pedís mi modesta opinión, os diré que creo que deberían tapiarse todas las cuevas, cavernas y grutas, que existan en las montañas que rodean Granada, a fin de que Boabdil y su ejército jamás puedan salir de ellas -afirmó el joven. Y después añadió, dirigiéndose al fraile, que también había escuchado el relato con mucha atención-: Además, creo que también sería conveniente que se bendijeran los muros de la ciudad.
El fraile no contestó. Pero el gobernador se levantó de pronto y poniendo en jarras su único brazo, exclamó con voz potente, mirando fijamente al soldado:
– ¿Así que, de verdad, supones que has conseguido engañarme con tu fantástica historia y con todos esos embustes y mentiras, que tu imaginación ha inventado para burlarte de mí…? ¡Pues estás muy equivocado! ¡Yo también soy un soldado, como varias veces has dicho recordando a lo largo de tu relato, pero mucho más viejo y con mayor experiencia que tú! De modo que no me dejo engatusar por tus inverosímiles historias de espíritus, montañas y moros encantados. ¡Eh, guardias!
En cuanto la guardia penetró en la estancia, al oír la voz de su señor, el gobernador ordenó con firmeza:
– Esposad a ese hombre y conducidle hasta un calabozo.
La joven sirvienta que había seguido toda la escena con mucha atención e interés, sintió el impulso de intervenir en favor del soldado, pero el gobernador, que lo advirtió, le impuso silencio con una de sus severas miradas. La muchacha se quedó silenciosa, pero muy apenada, hasta el punto que sus bellos ojos se llenaron de lágrimas. Lo cual no dejó de pasar desapercibido al soldado prisionero.
De pronto, el cabo, que fue quien se adelantó a ponerle las esposas, advirtió que en uno de sus bolsillos había un extraño bulto y, al sacarlo, apareció una bolsa de cuero, bastante pesada. A una indicación del gobernador, la abrió, volcando su contenido encima de la mesa, ¡cuál no fue la sorpresa de todos los presentes al ver que de su interior salían joyas de todas clases, brazaletes, pendientes, sortijas, collares, fabricadas en oro y adornadas con preciadas piedras como son los brillantes, y las turquesas! Y también había sartas larguísimas de perlas del más fino oriente, así como cruces de diamantes y muchas monedas de oro.
– ¿Qué me dices de todo esto? -preguntó el gobernador, airado-. ¿A qué gran señor has robado o has asesinado, o qué castillo has saqueado para conseguir tan fabulosas joyas?
– ¡Oh, no, señor gobernador! Ya os dije que soy un pobre soldado y dije la verdad. Si toda esa riqueza es fruto de algún robo, habrá sido efectuado, en tiempos muy remotos, por el moro del que os hablé. Si no hubierais puesto fin a nuestra conversación, ordenando a vuestros soldados que me llevasen preso a un calabozo, os hubiera explicado que esta mañana, al disponerme a emprender la marcha hasta la ciudad, llevando de la brida al caballo, advertí una bolsa de cuero que colgaba del arzón y de la que al momento supuse que se trataba de algún botín que el moro habría conseguido en sus antiguas correrías, no me movió la curiosidad de conocer su contenido y me limité a metérmelo en un bolsillo.
– Bien, bien… -dijo el gobernador-. Pero, como antes te dije, todas esas historias no me convencen en absoluto. Y entretanto aclaro la verdad, permanecerás encerrado en la Torre Bermeja.
– Vuestra Excelencia es quien manda -respondió sencillamente el soldado-. Yo, como antes os dije, soy un soldado acostumbrado a la vida dura. Me sentiré feliz con tener un buen calabozo en el que dormir y poder comer pan cada día. Pero antes de marchar de vuestra presencia, permitidme, señor, que os recuerde la conveniencia de hacer tapiar todas las cuevas y grutas de las montañas que rodean Granada.
Los soldados, a una nueva indicación del gobernador, se llevaron con ellos al prisionero para encerrarlo en uno de los calabozos de Torre Bermeja, mientras el caballo árabe era conducido a las caballerizas y la bolsa de cuero la guardaba el propio gobernador en espera de decidir lo que debía hacerse. ¡Pues harto claro estaba que no había creído, en absoluto, el extraordinario relato que el joven soldado le contara!
Y esa actitud del gobernador puede sernos tanto más comprensible, si tenemos en cuenta que en aquella época el antiguo y bravo militar estaba decidido, como ya dijimos, a acabar con todos los pillos y maleantes y precisamente aquella mañana había tenido noticia de que por los vecinos montes de la Alpujarra, merodeaba una terrible banda de malhechores, mandados por un tal Manuel Borrasco, que ya desde hacía mucho tiempo asolaban el país llegando en ocasiones a penetrar hasta las mismísimas ciudades y apoderándose siempre de cuantiosos botines. «Quizá ese joven forme parte de su cuadrilla», se decía el gobernador. Y ese pensamiento, que desde un principio se había apoderado ya de su espíritu, se afirmó al ver la bolsa de cuero, repleta de joyas y piedras preciosas.

Pronto corrió la noticia de que el «Gobernador Manco» había apresado al propio bandido Manuel Borrasco, porque ya sabemos cómo se deforman y extienden las nuevas entre la gente sencilla. Y así todos los que habían sido robados por él y también muchos curiosos y desocupados quisieron verle y se acercaron a la Torre en la que le sabían prisionero.
Esa Torre, como es sabido, queda algo alejada de la Alhambra, y se alza sobre una colina separada de la fortaleza por un profundo barranco. Allí acudieron todos los que deseaban comprobar su identidad, pero, en cuanto le vieron, a través de los gruesos barrotes de su celda, en seguida advirtieron que aquel joven de rostro simpático, y mirada inquieta y viva, en nada se parecía al bandido de rostro feroz y mirada torva y oscura. Por eso fueron en aumento los comentarios y no sólo de Granada, sino de otros pueblos y ciudades de los alrededores, fueron llegando gentes que deseaban conocerlo. ¡Y todos coincidieron, en que aquel simpático soldado no podía ser el famoso y terrible bandido!
Así en la mente de todas las sencillas gentes del pueblo fue surgiendo la duda de si no sería cierta la historia que había contado y que, sin que nadie supiera exactamente cómo, todos conocían ya. Los más ancianos afirmaban que sus padres, les habían explicado, cuando eran niños, la leyenda que hablaba de Boabdil encerrado en las montañas con todo su ejército, y muchos jóvenes subieron hasta la montaña indicada por el soldado y escudriñaron la profunda y oscura caverna, cuyo final jamás se ha podido llegar a encontrar y que, según él, era la entrada a la gruta subterránea, en la que los moros dormían su sueño de siglos.
Día a día, crecía así la popularidad y la simpatía que el joven soldado inspiraba a las gentes. Como era de carácter alegre, se pasaba muchas horas junto a la ventana de su calabozo, entonando canciones románticas o guerreras, según el humor del día, acompañándose de una guitarra que se habla procurado. ¡Y a todos les gustaba escucharle porque tenía una bonita voz! Además, siempre tenía una frase amable para cuantos se acercaban hasta su celda, e incluso se interesaba por los problemas que algunos llegaban a contarle, dándoles siempre acertados y buenos consejos.
Por fin, el vulgo llegó a considerarle como un pobre inocente, injustamente culpado y reprochaban al gobernador que demorase el devolverle la libertad. Pero no cabe duda alguna que quien más simpatizó con su causa y quien con mayor dolor lamentaba que estuviera recluido en aquel calabozo, era la joven sirvienta de la Alhambra, la que estuvo presente cuando contó su extraordinaria historia. Esta muchacha, que casi a diario servía el desayuno a su señor, aprovechaba cuantas ocasiones se le presentaban para abogar en su favor, sin desanimarse al ver que no conseguía ningún resultado práctico y, entretanto, no dejaba de hacer cuanto estaba en su mano para aliviar en lo posible la triste situación del joven, llevándole a menudo platos que ella misma había preparado, golosinas y otros manjares exquisitos, de los muchos que sobraban en la mesa del «Gobernador Manco».
Este, entretanto, se enfrentaba con una delicada situación.
Sabedor el capitán general de Granada de la captura del joven soldado, al punto quiso intervenir también en el asunto, no sabemos si porque seguía latente la antigua rivalidad con el «Gobernador Manco» o porque la noticia de que el soldado llevaba una bolsa muy repleta de joyas y monedas de oro excitó su ambición. Pero la verdad es que lo reclamó, alegando que había sido capturado fuera de la fortaleza de la Alhambra, por lo cual no correspondía a la jurisdicción del gobernador el juzgarle, sino a la suya y también a él correspondía decidir qué debía hacerse con la bolsa y el caballo que llevaba.
Y por su parte, el Inquisidor General, a cuyos oídos había llegado también la noticia de la captura del soldado, enterado por el fraile de que aseguraba haber visto espectros y aparecidos, lo reclamó también a su vez, diciendo que esas afirmaciones eran herejías y como tal debían ser juzgadas por el Tribunal de la Inquisición.
El gobernador gritaba una y cien veces que el prisionero le pertenecía, que sólo él tenía autoridad para juzgarle, porque fueron sus soldados los que le capturaron y que antes que entregarlo le haría ajusticiar como a un espía. Y su cólera y su indignación crecieron, cuando supo que el capitán general se preparaba para mandar un fuerte escuadrón con la orden de apoderarse del prisionero de Torre Bermeja y que también el Inquisidor, por su parte, iba a tomar medidas para que rápidamente pasara a su poder, interesando para ello, si preciso era, al propio rey.
– ¡Hagan lo que hagan y aunque conspiren mil veces, no lograrán arrebatármelo! -gritó el gobernador que, como ya sabemos, era sumamente testarudo y celoso guardián de todas las prerrogativas y derechos, que como gobernador de una fortaleza real poseía-. Mañana mismo, al amanecer, trasladaré al prisionero de Torre Bermeja al calabozo que, se abre debajo mismo de mis habitaciones, junto a las fuertes murallas de la fortaleza. ¡De ahí jamás podrán sacarle, si yo no quiero! Porque la Alhambra es inexpugnable, eso todos lo sabemos.
Después, dirigiéndose precisamente a la joven sirvienta que terminaba de servirle la cena, le dijo:
– No dejes de llamarme mañana a primera hora, en cuanto cante el primer gallo. ¡Quiero presenciar personalmente la ejecución de esas órdenes que acabo de dar!
Aquella noche el gobernador durmió intranquilo y sólo de madrugada pudo por fin conciliar un sueño reparador. Y pasaron las horas. Cantó el gallo y el sol se elevó radiante en el horizonte…
Por fin, el gobernador, se despertó sobresaltado oyendo las voces que daba el cabo de la guardia, mientras golpeaba con fuerza la puerta de su cámara.
– ¡Señor… ! ¡Excelencia, excelencia… ¡Despertad, ha volado! ¡Ha desaparecido, señor, ha desaparecido!
El gobernador saltó del lecho, sorprendido de que fuesen aquellos gritos y aquellos fuertes golpes, los que le despertaban, en lugar de la voz dulce y los suaves golpecitos en la puerta con los que solía llamarle la joven sirvienta. Y, naturalmente, se apresuró a abrir al cabo.
– ¿Quién ha volado…? ¿Alguno de los halcones adiestrados para la caza, quizá? -preguntó, todavía medio adormilado.
– ¡No, señor, no se trata de halcones, sino del prisionero! ¡Ha desaparecido y nadie puede comprender cómo salid del calabozo, porque la puerta estaba cerrada cuando llegamos, aunque el interior estaba vacío!
– ¡No es posible! ¿Y el centinela…?
– Completamente dormido. Parece como si alguien le hubiese administrado algún preparado.
Aquella sorprendente noticia hizo que el gobernador se despabilase por completo y su mente comenzó a trabajar, tratando de descubrir la explicación de aquel misterio.
– ¿Quién fue la última persona que le vio? -preguntó.
– La joven doncella, hija del ama de llaves, la que a menudo se encarga de serviros el desayuno o la cena.
– ¡Que la traigan inmediatamente a mi presencia!
Pero la orden del gobernador no pudo ser cumplida.
– También la habitación de la muchacha está vacía, señor ­explicó el cabo, pocos minutos después-. Y el lecho aparece intacto, señal evidente de que no ha dormido en él esta noche.
Estas palabras abatieron al antiguo militar. Quedaba ya fuera de posible duda que su propia sirvienta había facilitado la huida al prisionero, marchándose después con él. ¿Quién sabe dónde estarían ya…? Sin embargo, dio orden que una patrulla saliera inmediatamente en su búsqueda.
Pero una nueva y desagradable sorpresa le aguardaba. En cuanto penetró en su despacho advirtió que la caja de caudales había sido forzada y al comprobar su contenido, advirtió que faltaba la bolsa de cuero, repleta de monedas de oro y piedras preciosas, que se había encontrado en el bolsillo del soldado.
Eso aún le abatió más. Claro que le quedaba la esperanza de que los fugitivos fuesen alcanzados por la patrulla. Pero también esa esperanza no tardó en desaparecer.
Al poco rato, uno de los soldados que la formaban, regresó trayendo consigo a un viejo campesino, que vivía en una choza junto al camino que se dirige a la sierra. Y el anciano afirmaba que antes de que despuntara el sol había oído las fuertes pisadas de un corcel y, sorprendido por la velocidad que parecía llevar, se asomó a la puerta y vio pasar a un magnífico alazán. La gran rapidez de la carrera no le permitió distinguir muchos detalles, aparte de que era de noche todavía, pero podía asegurar que lo montaban dos personas. El jinete y una mujer que iba sentada en la grupa.
Al oír que el campesino hablaba de la velocidad que llevaba el corcel, un nuevo temor apareció en el espíritu del gobernador.
– ¡Registrad bien los establos y decidme al punto, si falta de ellos el corcel árabe! -ordenó dirigiéndose a dos soldados de su guardia.
Los soldados se apresuraron a cumplir la orden y, tal y como el gobernador temía, pocos instantes después regresaron con la noticia de que todos los caballos estaban en sus pesebres, con una sola excepción: ¡el caballo árabe! Y con ellos traían un grueso garrote con un letrero en la punta.
– Lo hemos hallado amarrado al lugar donde estaba atado el caballo, excelencia -afirmaron, entregándoselo al antiguo militar.
El letrero decía:

«Al buen «Gobernador Manco», con simpatía, un antiguo soldado que gracias a él tiene esposa y fortuna.»

Autor: Washington Irving

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